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Tablón de CEREMONIA SIN TELÓN:Un sitio sobre artes escénicas | Grupos en Geomundos

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Cultura

CEREMONIA SIN TELÓN:Un sitio sobre artes escénicas

El género dramático "piensa" tanto en quién lee como en quién vé y oye,lleva implícita la libertad de la realidad en que nos vemos reflejados.Este sitio será su memoria,su guia.Obras de teatro,autores,teoria,critica teatral para todos.Suscribase gratis.


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Por carlos.rouen.menard - 27/05/2007 8:46:47 [denunciar este mensaje]
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LA VARSOVIA
LA VARSOVIA

Patricia Suárez



El agua, el fuego y las mujeres nunca dicen basta.

Proverbio polaco y suizo




Mignón

Rachela





1.

Borda de un barco. Las dos mujeres miran el paisaje; visten con cierta elegancia; llevan sombrillas. Rachela sufre del mal del mar.

Mignón: Es así: usted junta aire dentro de la boca y no lo suelta, no lo suelta hasta que pasa la arcada. ¿Comprende?

Rachela asiente.

Mignón: Era bonito El Havre. ¿Le gustó?

Rachela asiente.

Mignón: Muy colorido. ¿Le gustaron las castañas asadas que compró Schlomo?

Rachela: Sí.

Mignón: ¿Las había probado antes?

Rachela (habla con dificultad): Padre solía traérnoslas cuando viajaba a Varsovia…

Mignón: ¿Padre? ¿Su padre?

Rachela asiente.

Rachela: Hay un perfume en el camarote, a lo mejor si lo huelo se me pase el malestar.

Mignón: Cuando diga “perfume”, Rachela, diga siempre “perfume francés” que queda mejor… ¿Cómo fue que pudo su padre ir a Varsovia alguna vez?

Rachela: Fue.

Mignón: Nunca lo hubiera imaginado.

Rachela: No siempre fuimos pobres.

Mignón: Ah, ¿no?

Rachela: No.

Mignón: ¿Pero ya hace mucho tiempo de cuando estaban en mejor situación?

Rachela tiene un acceso de arcadas. Mignón la contiene.

Mignón: Probemos otra cosa. Aspire profundo y suelte el aire.

Rachela lo hace.

Mignón: así, así, bien hecho.

Rachela sigue aspirando profundo.

Mignón: ¿Se siente mejor ahora?

Rachela: Sí. Fue la melancólia.

Mignón: ¡No mire el mar, Rachela! ¡No siga la ola, no ve que…! ¡Si será terca, caramba!

Rachela recomienza con las arcadas.

Rachela (lloriqueando): Es melancólia.

Mignón: Sería bueno comer castañas en este momento. ¿Le quedaron algunas castañas o…? ¿De melancólia dijo?

Rachela: Sí.

Mignón: Diga melancolía, Rachela. Se dice melancolía. ¿Melancolía de qué? ¿De El Havre o de cuando usted estaba en mejor posición?

Rachela (llorando): De mi padre.

Mignón: Basta, basta. Le van a volver las arcadas.

Pausa.

Mignón: ¿Le quedaron castañas o se las comió todas, glotona?

Rachela: Me quedaron. Las guardé en el camarote, entre la ropa blanca...

Mignón: Ay, Rachela. ¡Entre la ropa blanca! ¡Mire si la ensucia! ¡Con lo que pagó Schlomo por su ropa!

Rachela: ¿Le salió muy caro, verdad?

Mignón: Eso creo.

Rachela: Yo le dije que no gastara tanto, que a mí con…

Mignón: Es su novio, ¿no?

Rachela: Sí.

Mignón: ¿Qué esperaba? El dice que la ama…

Rachela: Sí, eso dice.

Mignón: ¿Qué? ¿No lo cree?

Rachela: Claro que lo creo. ¿No nos vamos a casar acaso?

Mignón asiente.

Rachela: Apenas bajemos en Buenos Aires nos vamos a casar.

Mignón: Usted precisaba un ajuar, Rachela.

Rachela: Lo sé; no me estoy quejando. Es que… no sé.

Mignón: Su enagua estaba muy usada ya. El me pidió mi opinión y yo le dije sinceramente: “Schlomo, esa muchacha necesita ropa interior de seda cruda o de batista, y un vestido si no de terciopelo, al menos…

Rachela (interrumpiendo): Ese será mi vestido de boda.

Mignón: …de crespón de China, y algunos pares de medias, de seda a ser posible…”

Rachela: El ha sido muy generoso conmigo.

Mignón: Me alegro de que se dé cuenta.

Rachela: ¿Sabe lo que pienso, señorita Mignón? Que Schlomo… (Se interrumpe). Usted no se llama Mignón, ¿verdad?

Mignón (sobresaltada): ¿Cómo dice?

Rachela: Que su nombre verdadero no es Mignón.

Mignón: No.

Rachela: ¿Y cuál es?

Mignón: Hace tanto que no lo uso… Se imagina. Desde que estoy en la Argentina que no se lo escucho pronunciar a nadie.

Rachela: ¿Nadie? ¿Ni a su hermano?

Mignón: Schlomo me llama… No, no, a nadie.

Rachela: ¿Cuál es?

Mignón: ¿Mi nombre? Ah, ¡es que no me gusta!

Rachela: Dígamelo.

Mignón: No, mejor no.

Rachela: Le prometo que no voy a llamarla así

Mignón: Ester.

Rachela: Ester.

Mignón: Yésterle, me decía mi madre.

Rachela: Yésterle, ¿por qué no le gusta?

Mignón: Es que hace ya tantos años… Tantos años. Diga mi nombre en voz alta otra vez, por favor.

Rachela: ¿Cómo?

Mignón: Da gusto escuchar como lo pronuncia usted.

Rachela: Yésterle.

Mignón: Una vez más, por favor.

Rachela: Yésterle.

Pausa larga.

Mignón: Sería bueno comernos ahora el resto de las castañas ¿no le parece?…

Rachela: Voy a buscarlas.

Mignón: No, no se moleste, Rachela, era un decir…

Rachela: Voy. Así nos las comemos.

Rachela sale corriendo.

Mignón (a Rachela): ¡No corra, que se va a marear otra vez! (para sí misma) Si será terca…





2.

Tiradas en la reposera de cubierta. Rachela se apantalla con un abanico, Mignón hojea una revista de modas.

Mignón: Cuando llegue me haré hacer un vestido así.

Rachela: A ver. Ah. Bonito.

Mignón: Sí. Son los que tiene la señorita Agnés.

Rachela: ¿La que le prestó la revista?

Mignón: Sí: la hija del Barón.

Rachela: ¿La chica que viste…

Mignón: No diga “chica”, Rachela, diga “señorita”.

Rachela: ¿La señorita que… viste de azul claro y lleva un peinado alto como un pastel de casamiento?

Mignón: Exactamente.

Rachela (señalando la revista): Ah. ¿Pero cómo hará usted para pagarse un vestido así?

Mignón: No sé.

Rachela: Su hermano tiene un buen pasar, a lo mejor él...

Mignón (sigue con la revista): Si no me haré uno como éste. En París se usa mucho la gasa.

Rachela (inclinándose sobre la revista): Bonito también.

Mignón: Sí.

Rachela: Un poco escotado, pero usted es una muchacha soltera, todavía puede usarlo…

Mignón: Quiero parecer una estrella del cinematógrafo.

Larga pausa.

Mignón: ¿Usted fue al cinematógrafo alguna vez?

Rachela: No. ¿Es bonito?

Mignón: Mucho. En Buenos Aires no le va a faltar oportunidad.

Rachela: ¿Le gusta el cinematógrafo a su hermano?

Mignón: ¿A Schlomo? No sé, pregúntele usted, ¿no es su novio?

Rachela: ¿Pero no van nunca juntos?

Mignón: A él no le gusta llevarme a ninguna parte. Antes de viajar fui a ver Expreso Shangai al Empire, con Marlene Dietrich. ¿Sabe quién es Marlene Dietrich?

Rachela: No.

Mignón: Una actriz alemana.

Rachela: Ah.

Mignón: Sí. Antes iba al cinematógrafo con una amiga, Bronia. Pero ahora no tengo quién me acompañe.

Rachela: ¿Es polaca su amiga?

Mignón: Sí.

Rachela: ¿Y cómo la conoció?

Mignón (dubitativa): En un barco, como a usted. Cuando yo iba a la Argentina.

Rachela: Ah. Se levantó fresco.

Mignón: Fuimos amigas un tiempo; después nos enemistamos.

Rachela: Oh. ¿Por qué?

Mignón: Por Schlomo.

Rachela (sobresaltada): ¿Por Schlomo?

Mignón: Ella… lo pretendía.

Pausa.

Mignón: Ella lo conoció en Polonia y se enamoró de él. Entonces lo siguió a Argentina. Pero… pero él no la quería, ¿comprende? Ella no era la clase de mujer que él necesitaba a su lado. Para… para formar su hogar.

Rachela (turbada): Ah, ¿no? ¿Es hogareño él? ¿Usted no tiene algo de frío ya?

Mignón: ¿Usted dice si Schlomo es hogareño? ¡Es un calavera!

Rachela: A mí no me lo pareció, señorita Mignón.

Mignón: Usted porque recién lo conoce.

Rachela: No me asuste. ¿Cree entonces que soy yo, la clase de mujer que él necesita?

Mignón no contesta.

Rachela: ¿Lo cree o no?

Mignón: Tal vez.

Rachela: El prometió a mi padre casarse conmigo en cuanto lleguemos a Argentina. Si él no cumpliera su promesa, yo me tiraré al río.

Mignón: No exagere. Además, ¿no es el amor lo que verdaderamente importa?

Rachela: No.

Mignón (sorprendida): ¿No?

Rachela: Estoy cada vez más lejos de mi casa. Espero que Schlomo sea mi casa para mí.

Mignón: No diga casa, Rachela. Diga hogar. Me tiene a mí, si se asusta de la distancia.

Rachela: Vamos a llevar la casa entre las dos, usted y yo. El hogar.

Mignón asiente.

Rachela (tomándola de la mano): Seremos amigas siempre. Yo no la voy a despreciar como su amiga Bronia. Aunque Schlomo se distancie de usted o de mí, seremos amigas. Hasta iremos al cinematógrafo juntas, ya verá. A mi pueblo a veces iba una compañía de teatro ídisch… o unos saltimbanquis o volatineros… y yo iba a verlos siempre con mis hermanas. Voy a extrañarlas.

Pausa.

Rachela: Dormíamos las cuatro juntas. A la mañana había un revoltijo tal de sábanas y mantas, que mi hermana Edit, la mayor –la que es un poquito tonta- gritaba: “¡No nos movamos! ¡No sea que una se levante subida a los pies que son de otra!”

Rachela ríe.

Rachela: Y mi hermana la menor, que era muy menuda siempre respondía: “Caminar en los pies de Edit sería para mí mi felicidad”.

Mignón: Su hermana Edit se quedará soltera.

Rachela (sobresaltada): ¿Por qué lo dice?

Mignón: ¿Quién puede querer de esposa a una mujer tonta?

Rachela: No…

Mignón: Y su hermana la menor, ¿cómo era que se llamaba?

Rachela: Yenta.

Mignón: Yenta, eso es. Ella también se quedará soltera.

Rachela: ¿Por qué?

Mignón: ¿No es la que es enana?

Rachela: ¡No! Es un poco bajita… ella no se alimentó bien cuando…

Mignón: Usted tuvo suerte, Rachela, de que la encontrara Schlomo.

Rachela: No lo sé, yo…

Mignón: ¿¡No lo sabe!? Tendría que darle gracias a Dios de encontrar un hombre como él. Buen mozo y adinerado. ¿Quién cree que podría haber puesto sus ojos sobre usted y su familia, si no? Miserables como estaban, sus hermanas llenas de llagas y suciedad… No me haga acordar, se me pone la piel de gallina.

Larguísima pausa.

Rachela (triste): Mi madre le sabía decir a mi hermana Yenta que se había quedado pequeña por dormir con potingues y hebillas clavadas en el cabello. Lo mismo que los enanos, le decía, que dejan de crecer porque duermen con el gorro puesto…

Mignón (con su revista): Si al menos su hermana se consiguiera unos zapatos de tacón… Más no podrá ser: habrá que aserrar los tacos de los zapatos este año: fíjese… Ya no se usan altos en París, por cierto, y no he visto que la señorita Agnés calce estas botitas que…

Rachela: ¿La baronesita?

Mignón: Diga “la señorita baronesa”, Rachela, no “la baronesita”. Sí, ella no calza tampoco zapatos de tacón.

Rachela: Mi hermana Yenta se enojaba con mi madre y le decía que si era tanto así de deforme como mi madre la acusaba, ella se buscaría un enano por esposo.

Mignón la mira horrorizada.

Rachela: Sí. Y mi madre le contestaba que lo principal no era la estatura en un hombre, si no el que una mujer siempre debe tener a su lado un hombre que la represente.

Mignón: Bueno, usted eso lo ha conseguido, Rachela.

Rachela: Sí.

Mignón: Claro que su madre en su desesperación es capaz de entregarlas a ustedes a cualquier monstruo… ¡Un enano! Por Dios, qué idea. ¿Se imagina usted con un enano? ¡Un hombrecito con quien usted debería agacharse cada vez que él hable para ponerle su oreja, no vaya a ser que su esposo se lo pase a los gritos!

Rachela: ¿Cómo se dice cuando el esposo es chiquito, señorita?

Mignón: No lo sé… ¿Esposito?

Rachela: ¡Esposito!

Mignón ríe. Rachela ríe. Están tentadas de risa.

Rachela: Es muy triste. No deberíamos, es muy triste.

Mignón: No, no.

Rachela: ¿No siente frío?

Mignón: Un poco. Es el viento.

Rachela: ¿Hace frío en la Argentina?

Mignón: Adonde usted va, no.

Rachela: ¿Cómo…?

Mignón: Donde vivimos nosotros no hace frío muy intenso. No nieva nunca, por ejemplo.

Rachela: ¿Nunca?

Mignón: No.

Rachela: Qué lástima.

Mignón: Allá en pleno invierno con un mantón de lana se está bien…

Rachela: ¿Y los hombres qué usan?

Mignón: ¿Qué usan?

Rachela: ¿Schlomo tiene algún caftán…?

Mignón: ¿Un…? No, no… Les basta con una chaqueta gruesa… No hace falta ir todo encapotado…

Rachela: Por eso Schlomo no me compró ropa de invierno.

Mignón: Claro.

Rachela: En Argentina no hace frío jamás, entonces.

Mignón: A veces hace frío. Pero usted no a estar nunca expuesta al frío, Rachela. Schlomo la va a tener siempre en el hogar, ¿comprende?

Rachela: ¿Cómo?

Mignón: El no va a permitir que usted se pesque una pulmonía.

Rachela: Pero no voy a estar todo el día encerrada…

Mignón: No…

Rachela: ¿Usted se pasa el día encerrada, señorita Mignón?

Mignón: El negocio me exige salir muchas veces. Y además, yo no tengo un novio a quien darle celos.

Rachela: ¿En Argentina tampoco?

Mignón: No…

Rachela: ¿Por qué? Con la figura que usted tiene… Seguro que en este barco encuentra un novio enseguida, ya va a ver. Yo la voy a ayudar.

Mignón: No, no.

Rachela: ¿Qué? ¿Ya perdió las esperanzas?

Silencio.

Rachela: ¿Cuántos años tiene, señorita Mignón?

Mignón: Veintisiete.

Rachela: Séame franca.

Mignón: Veintisiete.

Rachela: Yo le voy a buscar un pretendiente.

Mignón: No se moleste. Por favor. Schlomo me mataría.

Rachela: ¿Por qué? El es su hermano, tan celoso no debe ser. Además yo lo voy a convencer.

Mignón: No, Rachela, por favor.

Rachela: ¡Con lo bonito que es estar enamorada!

Mignón: Sí, pero…

Rachela: ¿Usted ha estado enamorada alguna vez?

Mignón: Rachela, basta. No quiero que usted…

Rachela: Aaah. ¡La señorita Mignón tuvo un amor y lo guarda en secreto!

Mignón: Basta.

Rachela: ¿Lo tuvo o lo tiene?

Mignón: Basta. No sea chiquilina.

Rachela (alegre): ¡Lo tiene! ¡Lo tiene! ¿Quién es? ¿Es argentino? ¿Quién…?

Mignón se levanta de la reposera con torpeza y sale.

Rachela la mira irse.

Rachela: Con lo torcido que camina, la pobre…





3.

Borda del barco. Cruce del Ecuador. Detrás se oye los sonidos de un baile que termina. Hay confeti y guirnaldas de papel por todas partes. Ellas están vestidas de fiesta. Mignón está incómoda, un poco descompuesta por el calor. Rachela está feliz.

Rachela: No entiendo por qué no bailó con el muchacho que le presenté.

Mignón: No me gusta bailar, le dije.

Rachela: Pero con su hermano bailó.

Mignón: Eso es distinto.

Rachela: ¿En qué es distinto?

Mignón: Porque bailamos para mostrarle a usted, para que usted aprenda. En la Argentina se baila mucho el tango.

Rachela: ¿Y no podía siquiera bailar una sola pieza con el joven que le presenté…? El se moría por bailar con usted.

Mignón (desdeñosa): Parecía un niño bien. Aunque…

Rachela: ¿Para qué se puso ese vestido si solamente quería bailar con su hermano?

Mignón: Yo no tengo la culpa de tener una linda figura.

Pausa.

Rachela: Igual él deseaba bailar con usted. No le hubiera hecho mal a ninguno de los dos, creo yo.

Mignón: Quizás él ya sabe bailar tango.

Rachela: ¿Y cómo puede ser?

Mignón: Me parece haberlo visto en Buenos Aires.

Rachela: Ah, ¿si?

Mignón: Peletero del ramo.

Rachela: ¿Con negocio o importador?

Mignón: No estoy segura. Quizá Schlomo sepa. Pregúntele a él.

Rachela: Oh, no, no.

Mignón: ¿Le tiene miedo a Schlomo?

Rachela: Tiene el carácter un poco fuerte. No me gusta importurnarlo.

Mignón: No es bueno provocar los celos de un hombre, cuando no hay motivo.

Rachela asiente.

Mignón: Además, ya verá que él no le dará motivos a usted tampoco. Es un hombre muy tranquilo. Verá que está siempre de buen humor, y casi no viaja. Desde que yo tengo memoria, este viaje lo ha hecho nada más que tres veces en su vida, sin contar la vez que se vino de Polonia.

Rachela: ¿Usted vino después?

Mignón: ¿Cómo? Ah. Sí.

Rachela: El me había dicho que llegaron juntos a Argentina.

Mignón: Es un decir. El viajaba a buscarme a Polonia, con Bronia.

Rachela: ¡Con la otra! Ay, señorita, dígame la verdad: ¿no era ése un viaje de bodas? ¿Está casado ya Schlomo?

Mignón (riendo): ¡No!

Rachela: ¿Es bígamo?

Mignón: ¡No! Era Bronia la que lo seguía a todas partes: él no estaba interesado en ella. Pero le daba pena decirle que no la quería.

Rachela: ¿Qué edad tiene ella?

Mignón: ¿Bronia?

Rachela: Sí.

Mignón: ¿Ahora? Cuando yo la conocí tenía cerca de treinta años; hará de eso cuatro o cinco años.

Rachela: ¿Cree que Schlomo la quiere todavía a esta Bronia? Dígame la verdad, señorita.

Mignón: Ya le dije que no. Nunca la quiso.

Rachela: ¿Y ella que hace ahora? ¿Dónde está? ¿Usted sabe?

Mignón: No… sí… Hace tiempo que no la veo ya. Debe vivir en Rosario. La última vez que la vi estaba muy gorda. Pero me dijeron después unos señores que la conocen que había vuelto a tener una figura agradable. Comió huevos de tenia: eso la puso en forma.

Rachela: Oh, qué asco. Y Schlomo: ¿no ama ahora a otra mujer? Otra cualquiera de la que a lo mejor usted no sabe con pelos y señales, pero que sospecha.

Pausa.

Mignón: De Bronia nunca estuvo enamorado, ya le dije. ¿Además cómo me daría cuenta de si está él enamorado o no de otra mujer en secreto?

Rachela: Una mujer se da cuenta de esas cosas.

Mignón (intrigada): ¿Cómo?

Rachela: Cuando estamos cerca, él siempre trata de tocarme, de rozarme aunque sea. Y cuando hay una oportunidad, cuando me toma del brazo o de la mano, él me aprieta hasta hacerme daño, como si dudara de que yo fuera una persona de carne y hueso… Como si yo fuera agua que se pudiera escurrir…

Mignón: Schlomo es muy brusco para tratar a una dama.

Rachela: A lo mejor. O me busca con la mirada… Estemos donde estemos, él me busca con la mirada: quiere que yo lo mire, y cada vez que lo miro, él tiene sus ojos posados en mí. No me pierde pisada. A veces, cuando estoy en la borda, me doy cuenta que él contempla mi sombra. ¡Mi sombra! ¿Se da cuenta? ¡Contempla mi sombra con la misma insistencia con que nosotras contemplamos el mar!

Mignón: El oceáno, Rachela.

Rachela: El oceáno.

Mignón: ¿Así que usted por estas cosas presume de saber si un hombre está enamorado o no? ¿No es un poco chiquilina en este sentido?

Rachela: Quizá. Pero piense, señorita, ¿ha visto alguna vez a Schlomo tocar a una mujer como me toca a mí cuando estamos en público? ¿Tocaba así a Bronia? ¿Toca así a alguna otra mujer?

Pausa.

Rachela: El otro día me dijo: “¡Ojalá mi corazón estuviera adentro de su cuerpo!” ¿Qué hombre que no esté enamorado puede decir algo así? Ninguna Bronia ha escuchado lo que yo…

Mignón: A mí una vez me dijeron algo parecido…

Rachela: ¿Ah, si? Pero ya ve que no era amor verdadero…

Mignón: ¿Por qué lo dice?

Rachela: ¿Acaso está este hombre junto a usted? ¿Quién, que la ame, la dejaría cruzar el… oceáno, como usted dice? Estaría con usted, señorita, o está con otra.

Pausa.

Rachela: Conocí un hombre de mi pueblo que nunca había viajado más allá de Curlandia. Jamás. Viajó de una mujer a otra, durante su vida entera; lo cual viene a ser lo mismo. Conseguía que el rabino lo casara vez tras vez sin repudiar nunca a la esposa anterior; mi padre llegó a contarle seis esposas que desconocían la existencia una de otra. Esto era una hazaña: era un hombre anciano para ir de mujer en mujer, pero le gustaban los secretos. Nuevos paisajes, nuevas aduanas. La acumulación de recuerdos. Este hombre de mi pueblo sabía decir que una vida larga no depende de los años, un hombre sin recuerdos puede llegar a los cien años y sentir que su vida ha sido muy corta…

Pausa incómoda.

Rachela: Yo me he preguntado cómo se sentirían estas mujeres cuando se enteraron una de la existencia de la otra. Se sentirían unas infelices. ¿No cree usted?

Mignón: No lo sé.

Rachela: Imagine. Si usted tuviera un novio o un marido, al que ama con pasión, y de pronto usted cae en la cuenta de que él tiene una amante, ¿cómo se sentiría usted?

Mignón: No lo sé. Puede haber mil motivos para que este novio, como dice usted,…

Rachela: Sí, sí. Mil motivos puede haber. Pero no es eso lo que le pregunto, si no, ¿cómo se sentiría usted? ¿Cómo cree usted que se sintió esta Bronia?

Mignón (tajante): No lo sé.

Larga pausa.

Rachela: Usted se lució bailando el tango.

Mignón: Schlomo baila muy bien.

Rachela: ¿Le costó aprender a usted?

Mignón: Al principio, pero es cuestión de dejarse llevar. El me lo enseñó todo.

Rachela: ¿Su hermano?

Mignón (incómoda): Sí. (Divertida): También me aprieta cuando bailamos, y de eso yo no deduzco que él…

Rachela: Ay, señorita. Eso sería una monstruosidad: ¡usted es su hermana! Además, mientras él bailaba con usted, me estaba mirando a mí.

Pausa dolorosa.

Rachela: Lo de las quebradas me parece muy difícil. No sé si yo podré aprenderlo alguna vez.

Mignón: Claro que sí, ya verá.

Rachela: ¿Y Schlomo cómo aprendió?

Mignón: No sé… con los muchachos, en el… en los cafetines. Después me enseñó a mí.

Rachela: Él la quiere mucho a usted.

Mignón, incómoda, asiente.

Rachela: ¿Sabe que es notable el cariño que se tienen ustedes dos? Me pregunto si llegará a quererme a mí como la quiere a usted…

Pausa.

Rachela: Igualmente, son dos cariños distintos…

Pausa.

Rachela: Pero usted no puede estar búscandole la quinta pata al gato a cada pretendiente que le aparece ni desdeñarlo por Schlomo, ¿se da cuenta?… Usted es una arisca. Y (se vuelve al interior y saludo con la mano): Adiós, adiós, hasta mañana. (A Mignón): Eran simpáticos los Guimard.

Mignón asiente.

Rachela: ¿No le gustó el joven que le presenté porque no era judío?

Mignón (sin comprender): ¿Qué?

Rachela: Que si lo que usted busca es un muchacho judío.

Mignón: No diga “judío”, Rachela; diga “hebreo”.

Rachela: Hebreo. Si lo que usted quiere es un muchacho hebreo.

Mignón: ¿Yo? ¿Para qué?

Rachela: Para usted.

Mignón: No comprendo.

Rachela: Para casarse.

Mignón: Ah.

Rachela: ¿Pero lo busca judío o no?

Mignón: Hebreo.

Rachela: Hebreo. ¿Lo busca hebreo o no?

Mignón: No sé… No lo he pensado.

Rachela: A lo mejor el joven que le presenté era judío… hebreo. André Ambrosin; no lo parecía, es cierto, pero usted vio que los franceses están tan mezclados…

Mignón: Casi con seguridad le digo que ese muchacho no es hebreo. Tiene… tiene una agencia en París, ¿sabía usted?

Rachela: ¿Una agencia?

Mignón: Como nosotros.

Rachela: Un negocito.

Mignón: Algo así.

Rachela: …de armiños.

Pausa.

Mignón: Yo en su lugar no lo dejaría hacerme la corte. Eso podría enfurecer a Schlomo.

Rachela: No, no, yo no…

Mignón: Le hace la corte, Rachela.

Rachela: No…

Mignón: Seguramente quiere que usted termine este viaje con él y no con nosotros… ¿Viaja a la Argentina también su amigo?

Rachela: ¿Mi amigo? (ríe) No, a Montevideo.

Mignón: ¿Montevideo?
Rachela: Sí.

Mignón: Entonces tendremos oportunidad de verlo durante un tiempo más. ¿Le dijo ya Schlomo que cuando lleguemos a Montevideo pasaremos allí unos días…?

Rachela: Sí. Me dijo.

Mignón: En mi Montevideo, esta clase de negocio que hace su amigo es bastante más deshonesto. ¿O pensó usted que él podría ser mejor marido que Schlomo?

Rachela: ¡No!

Mignón: Ya una vez quiso conquistar una muchacha que yo conocí… hace unos años… y ella acabó mal, ¿sabe?

Rachela: Mal.

Mignón: En el arroyo, que se dice. El la puso a trabajar para él y luego, cuando se cansó, la abandonó a su suerte…

Rachela: ¿Y ella…?

Mignón: Hizo la vida por su propia cuenta y… (Mira hacia el interior; a Rachela): La llaman: su amigo.

Rachela (a Mignón): Es un momento, perdone…

Rachela sale.

Mignón tamborilea los dedos, canturrea disgustada.

Entra Rachela. Se acomoda junto a Mignón.

Mignón: ¿Qué le dijo?

Rachela: Que quiere verla.

Mignón: ¿A mí?

Rachela: Claro, ya se lo dije: está enamorado de usted.

Mignón: Ese no es pájaro de enamorarse, Rachela, y no me pareció que su amigo estuviera…

Rachela: Es muy tímido.

Mignón: No lo parece.

Rachela (incómoda): Hablamos de las pieles. El se dedica al visón. ¿Qué animal me dijo que exporta su hermano?

Mignón: Zorra patagónica.

Rachela: ¿Zorra?

Mignón: Sí.

Rachela: ¿Y qué compró en Varsovia?

Mignón: Martas.

Rachela: Pobrecitas. Tan pequeñitas y tantas se necesitan para confeccionar un tapadito… ¿cuántas lleva un siete octavos?

Mignón: No lo sé.

Rachela: ¿Quince? ¿Veinte? Pobrecitas.

Mignón: No diga pobrecitas, Rachela. Están en el mundo para ser usadas. ¿Acaso no es el hombre el rey de los animales? Si no las aprovecha el hombre, ¿quién las va a aprovechar?

Rachela: Me dan pena, nada más.

Mignón: No tenga pena. La pena envicia a las personas. En la Argentina tendrá que aprender a ser fuerte.

Rachela: ¿Usted dice por el clima? ¿No me dijo que no nevaba nunca?

Mignón: No, Rachela. No lo digo por la nieve.

Rachela: ¿Las mujeres usan tapados de piel en Argentina?

Mignón: Mucho. Las que son muy ricas, tienen una cámara frigorífica en su propia casa, para guardarlas en verano y que no se les apolillen.

Rachela: ¿Son muy caras?

Mignón: En la tienda La Favorita, una estola de piel de Loutre con colas de Kilinsky cuesta casi diecisiete pesos.

Rachela: ¿Cuánto es diciesiete pesos?

Mignón: Doscientos rublos.

Rachela: ¡¡Doscientos rublos!! El negocio de las pieles debe dar mucho dinero.

Mignón: Así es. Así es.

Rachela: Voy a aprender el oficio; voy a trabajar junto a Schlomo. Seremos ricos, señorita.

Mignón: No creo que él la vaya a necesitar, Rachela. La peletería la podemos llevar muy bien entre él y yo solos. ¿Me comprende? El la quiere a usted para que esté en su hogar.

Rachela: Yo… yo…

Apagón.



4.

Han pasado por Brasil. Penumbra. Cerca de ellas están los botes salvavidas.

Tensión.

Rachela (llorosa y con arcadas): La vi besándose con Schlomo.

Pausa.

Rachela: El no es su hermano.

Mignón: No. Respire profundo como le dije.

Rachela respira.

Mignón: Es el jurel. Pescaron jureles: ese olor da asco.

Rachela: Me imaginaba que no era su hermano. (Pausa). ¿Por qué lo hace?

Mignón: Por dinero.

Rachela se acerca a un balde y vomita dentro.

Mignón: Tenga cuidado. No se manche el vestido, Rachela. Malditos jureles que lo pudren todo. ¿Quiere que traiga el agua de colonia?

Rachela: ¡El perfume francés!

Mignón: Voy a buscarlo.

Rachela: No. No, ya me pasa.

Mignón: Hasta el aire pudrieron.

Rachela inspira, se repone.

Rachela (limpiándose con un pañuelito): ¿Qué hace por dinero?

Mignón: Venir. Venir a buscarla a usted. Usted vale tres mil pesos. ¿Tiene fiebre, Rachela? (le pone la mano sobre la frente). ¿No se habrá agarrado tifus? El Brasil es un país asqueroso. ¿O… cuántas bananas comió cuando bajamos en Río de Janeiro?

Rachela: Nueve.

Mignón: Debe ser indigestión, entonces. Las peló, ¿no?

Rachela: A las dos primeras no las pelé. No sabía. Después me dijo Schlomo que se les sacaba la cáscara…

Mignón: Estaban verdes. Yo comí dos nada más. En Argentina está lleno de bananas.

Rachela: Estoy asqueada de todo.

Mignón: ¿Por qué? ¿Sabe cuánto es tres mil pesos argentinos? Treinta y cinco mil rublos.

Rachela: Treinta y cinco mil rublos. No me refería a eso. El calor. Hace que todo me de asco. ¿Estamos en el trópico, todavía?

Mignón: Sí.

Rachela: Quizá estoy gruesa.

Mignón (automáticamente): No diga “gruesa”, diga “esperando familia”. (Sobresaltada, cae en la cuenta): ¿Qué?

Pausa.

Mignón: Su madre dijo a Schlomo que usted era virgen.

Rachela: Lo era.

Mignón: Usted vale los tres mil pesos porque es virgen precisamente.

Rachela: Yo valgo treinta y cinco mil rublos porque Schlomo se enamoró de mí. Luego, ya ha visto cómo es un hombre enamorado.

Mignón: Qué dice. (Se ahoga): Estos malditos jureles: apestan. Qué dice, Rachela.

Rachela: No pudo contenerse.

Mignón: ¿Cómo? ¿Y usted se lo permitió?

Rachela: ¿No dice usted que él me compró por treinta y cinco mil rublos?

Pausa.

Rachela: Exactamente, ¿qué hace usted por dinero?

Mignón (con sorna): Tenemos una sociedad con Schlomo, ¿lo sabía?

Rachela: La peletería.

Mignón: Una sociedad que pone a trabajar a las mujeres.

Rachela: Una sociedad.

Mignón: No es un movimiento libertario feminista.

Rachela: No.

Mignón: Es… usted habrá oído hablar, Rachela.

Rachela: Una casa de mala vida.

Mignón: ¿Le da horror? Su madre misma se lo olía y la dejó venir.

Pausa

Mignón: La entregó.

Rachela: Eran treinta y cinco mil rublos. Siempre sale a relucir el dinero conversando con usted.

Mignón: Usted sabía.

Rachela: No.

Mignón: Usted se lo olía.

Rachela: Un poco, quizás.

Mignón: ¿Usted creía que Schlomo se había enamorado locamente por su cara bonita?

Rachela: El está enamorado de mí.

Mignón: Ah, por favor. El está trabajando.

Rachela: No.

Mignón: Yo soy su mujer.

Pausa.

Rachela: ¿Está casado con usted? ¿Tiene usted los papeles? Porque, que yo sepa, Schlomo no los tiene.

Mignón: No…
Rachela: Entonces usted no es su mujer.

Mignón: Usted piensa que todo son los papeles, Rachela. Para que se desayune: en cuanto a papeles, él está casado con Bronia. Viajaban a buscarme a mí, él y ella, ¿se da cuenta? El barco se llamaba Reina Victoria. Note qué coincidencia: éste se llama Princesa Luisa. Yo era una muchachita ingenua como usted, él me enamoró, yo venía confiada… y de pronto… ya ve, como cambia la suerte. Bronia se había puesto muy vieja. Estaba achacada.

Rachela: ¿Cuántos años tiene usted?

Mignón: Treinta y dos.

Rachela: Ah.

Mignón: Los cumplí el mes pasado.

Rachela (como para sí misma): ¿Habrá este olor a pescado rancio todo el tiempo en la Argentina?

Pausa.

Rachela: Usted va a cumplir treinta y seis años, el próximo agosto, Ester. Schlomo me lo dijo: usted ya no le sirve.

Mignón: ¡Ja! ¿Así le dijo? ¿Cómo le dijo en realidad? “Mi hermana está ya grande para estar todo el día en la peletería y necesita de su ayuda, querida Rachela”… Es un truco.

Rachela: Schlomo me dijo: “los clientes la desprecian, porque su carne es macilenta y flácida y está muy entrada en carnes”.

Pausa. Desconcierto de Mignón.

Rachela: “Después de la medianoche ya está agotada. Amarilla y enclenque; huele mal”.

Mignón: Usted está mintiendo.

Rachela: “Tiene el grano malo: en cuanto los clientes lo sepan dejarán de frecuentarla. Las mujeres dejarán de obedecerla. Es un buitre viejo”.

Mignón: ¿Un buitre dijo? No pudo haber dicho “un buitre”.

Rachela: Ya vio que él es muy expresivo cuando habla.

Pausa. Horror de Mignón.

Rachela: Dijo, además: “La tengo conmigo porque una mujer no se desgracia como un caballo”.

Mignón se espanta.

Rachela: “La puse al lado mío para que me llevara las cuentas, y que ya no atendiera a la gente. Y hasta para eso es una inútil”.

Mignón: Él le miente, Rachela.

Rachela: Dijo más. Espere. Dijo: “Mignón se está reventando. Ella ni siquiera se da cuenta. Está toda podrida por dentro”. Me llamó “mi chiquita” mientras me lo contaba… ¿Cómo dice qué él la llamaba a usted cuando estaban solos?

Mignón (duda, tiembla): Rubita.

Rachela: Dijo así: “Esta es una profesión difícil, mi chiquita, y a mí me puede el corazón”.

Mignón llora.

Rachela: ¿Se da cuenta? Me dijo que su mayor problema era que él tenía un gran corazón.

Pausa.

Rachela: Usted qué cree. ¿Qué está más cerca del corazón en un hombre, “rubita” o “mi chiquita”?

Mignón (llorando vivamente): ¿Por qué cree que él no la engaña? El va a traicionarla a usted también.

Rachela: No lo hará.

Mignón: Bronia… Bronia decía lo que usted, y ya ve.

Rachela: Bronia era una estúpida.

Mignón: …Y ella… ella tampoco fue la primera. Antes hubo otra… no… no recuerdo el nombre…

Rachela: ¿Pondría él a trabajar a una mujer preñada… -oh, no, ¿cómo era? “que espera familia”- para dentro de unos pocos meses…?

Mignón: ¿Meses?

Rachela: Cinco meses.

Mignón (desconsolada): ¿Hace cuatro meses que usted…?

Rachela: ¿No vio la faja que llevo? Usted siempre tan atenta a la moda y no vio…

Pausa.

Mignón: …creí que era una vestidura religiosa…

Rachela ríe.

Rachela: El se prendó de mí apenas me conoció. La casamentera le señaló a mi hermana Edit, la que es tonta. Precisamente porque es tonta. Pero él se enamoró de mí. Yo era virgen; él puede dar fe. Era junio, era el verano. Él no contaba con que se enamoraría de mí.

Mignón (con arcadas): Dios mío.

Rachela: Usted se había quedado en París, comprando ropa. Venía en un tren. Usted llegó en agosto. Festejamos su cumpleaños en mi casa. Le dijo a mi madre que usted cumplía veinticinco años. Le dijo que usted se llamaba Magdalena, pero que la apodaban Mignón. ¡Por Dios! ¿Cree que la gente es tonta? ¿Qué clase de muchacha judía, hebrea, como usted dice, podría llamarse Magdalena? Es muy traviesa, Ester. Su padre era rabino. Un hombre santo, sin duda. Dejó de mencionar su nombre cuando usted se marchó a la Argentina. Su padre es conocido de mi padre. En la época en que viajaba a Varsovia, se veían. Usted está muerta para su padre, ¿lo sabía? El nunca revela que ha tenido una hija que marchó a la Argentina para…

Mignón (sin poder contener el vómito, en pleno acceso de llanto): Estos malditos jureles…

Rachela: Dice su padre que usted está muerta. Su madre murió de pena hace poco tiempo. A sus hermanos los mataron unos soldados rusos, que andaban de juerga. Los soldados rusos son de temer: odian a los jóvenes judíos.

Mignón se dobla en dos, para vomitar. Rachela le alcanza el balde en que ha vomitado ella.

Rachela: Quédese tranquila, no la ve nadie.

Mignón (desesperada): ¡No le creo nada! ¡No le creo!

Rachela (con aire de suficiencia): Respire profundo.

Mignón: Cuando lleguemos a la Argentina, la voy a hacer matar.

Rachela: ¿A mí? Yo valgo treinta y cinco mil rublos, no lo olvide. Yo valgo lo que la finca que regalaron a la zarina en Moscú, su último cumpleaños. Había turquesas empotradas en las paredes que dibujaban un cisne… Ya sabe cuánto le gustaban los cisnes a la familia real…

Mignón: Le juro que la voy a hacer matar.

Rachela: Usted, Ester, vale lo que el escarpín de la cocinera. Lana, esparadrapo y suciedad. ¿Cuánto es eso? ¿Veinte rublos? ¿Quince rublos? ¿Menos quizás? ¿Unos copecs apenas? ¿Cuánto es cinco copecs en pesos argentinos?

Pausa, Mignón descompuesta.

Rachela: Además. Supongamos que logre matarme. ¿Qué cree que hará Schlomo? ¿Cree que se quedará a su lado? Un hombre no se enamora dos veces de la misma mujer. Usted está muerta, Ester.

Pausa.

Rachela: ¿Sabe cuál fue su error? Partió demasiado pronto de la casa de su madre. A usted le faltó saber.

Mignón, muy descompuesta.

Rachela: Ya cálmese. Voy a buscar a Schlomo.

Mignón: Son los jureles, los malditos jureles que…

Rachela: Claro que son los jureles. O el aire de mar. Para usted, Ester, ¿qué iba a ser?

Rachela sale. Mignón se queda inclinada sobre el balde.

Apagón.


Por carlos.rouen.menard - 27/05/2007 8:38:33 [denunciar este mensaje]
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CERTIFICACIONES MÉDICAS
Leo Maslíah, humorista, músico y escritor uruguayo nacido en Montevideo, en 1954.
En teatro,
Primera y última obra de teatro estrenadas: "Certificaciones Médicas" (Montevideo, 1982); "El último dictador y la primera dama" (Buenos Aires, 2006).

Ópera estrenada: Maldoror, basada en “Los Cantos de Maldoror”, de Isidore Ducasse. Fue representada en el Teatro Colón de Buenos Aires, en junio del 2003.




CERTIFICACIONES MÉDICAS



Leo Maslíah




Personajes
un ama de casa

un tipo


El ama de casa realiza tareas domésticas todo el tiempo. La escena representa su casa. El tipo lleva una carpeta.



EL TIPO: Entrando. Buenos días.

EL AMA: ¿Qué deseaba?

EL : ¿Acá vive Juan Pérez?

ELLA: Sí.

EL: Tengo que verlo.

ELLA: ¿Qué precisaba?

EL: Dio parte de enfermo, ¿no? Yo soy de certificaciones médicas de la fábrica.

ELLA: ¿Es médico?

EL: Sí.

ELLA: El no está, salió hace un rato para la sociedá (obra social).

EL: ¿Qué tiene?

ELLA: Se sentía mal.

EL: ¿Y por qué no llamaron al médico de la sociedá para acá?

ELLA: Yo probé, pero no funciona ningún teléfono por acá cerca. Ni el del bar, ni el de la farmacia.

EL: No debía sentirse tan mal si pudo salir a la calle tan campante.

ELLA: No salió tan campante. ¿Quién le dijo que salió tan campante?

EL: Supongo yo. Con este frío, ni yo quería salir de casa.

ELLA: Y no hubiera salido.

EL: ¿Qué pretende?¿Que no cumpla con mis obligaciones?

ELLA: Es asunto suyo.

EL: Aunque haga frío, yo salgo igual a trabajar, porque sé lo que es asumir una responsabilidad. No soy su esposo, por ejemplo, que por sentirse un poco mal ya falta al trabajo.

ELLA: ¿Usté lo vio? ¿Sabe cómo se siente?

EL: Aunque lo viera, no podría saber exactamente cómo se siente. Puede haberse aprendido los síntomas de alguna enfermedad para engañarme, como hacen otros.

ELLA: Yo lo que digo es que él se sentía mal y fue a la sociedá.

EL: Bueno, entonces lo voy a esperar. No demorará mucho, supongo.

ELLA: Puede demorar. Mientras saca número y de repente le toca entre los últimos.

EL: Si le pasa eso es por salir tarde. ¿Por qué no fue más temprano?

ELLA: No le convenía salir tan temprano con el resfrío que tenía.

EL: Ah, ¿está resfriado?

ELLA: Sí. Además, me esperó que yo volviera de hablar por teléfono.

EL: ¿Usté trató de llamar a la sociedá y no pudo?

ELLA: No pude. Estaban todos los teléfonos sin línea.

EL: ¿Entonces cómo hizo para comunicarse con la fábrica para avisar que Juan Pérez estaba enfermo? Fue usté que llamó ¿no?

ELLA: No llamé. Le pedí a un vecino qe tabaja cerca que avisara al pasar por allá.

EL: Eso lo voy a tener que corroborar en la portería de la fábrica. Allá tienen constancia de si el aviso fue dado por teléfono o personalmente por alguien.

ELLA: Y bueno.

EL: Además, el aviso fue dado a las nueve y diez. ¿Ustedes no saben que hay que avisar antes de las ocho?

ELLA: Yo no sé. Él no sé si sabe.

EL: Si sabe y no le dijo, es muy grave.

ELLA: ¿Por qué?

EL: ¿No leyeron el reglamento?

ELLA: No sé.

EL: ¡Qué poco enterada!

ELLA: De eso sí.

EL: ¿Sobre otras cosas sabe algo?

ELLA: Yo sé sI sé.

EL: Diga la verdá. ¿Adónde fue su marido?

ELLA: A la sociedá.

EL: ¿Por qué me dice lo mismo por seguna vez?

ELLA: Porque es cierto. Si no fuera cierto no se lo diría.

EL: ¿Nunca me mentiría?

ELLA: No.

EL: ¿Lo jura? Espero que nunca me engañe.

ELLA: ¿Por qué? ¿Piensa venir a menudo?

EL: Depende de su marido. A propósito, ¿volverá?

ELLA: Escuche, ¿por qué no se va de una vez? Si quiere decir que no lo encontró, diga que no lo encontró, y si no, diga lo que se le antoje. ¿Al final. qué? ¿Se va a pasar todo el día haciéndome preguntas?

EL: Me pasaría todo el día si él demora tanto, pero esa demora indicaría que no fue sólo a la sociedá, como usté me dijo. ¿No ve como de a poco se va deschavando sola?

ELLA: No me estoy deschavando nada. ¿Por qué no va hasta la sociedá y no pregunta por él? Así se va a convencer de lo que le estoy diciendo. En este recibo está la dirección, tenga. Lo tira y él se arrastra a recogerlo.

EL: Lo mira. Es muy lejos. ¿Por qué no se afiliron a otra más cerca?

ELLA: Ya estábamos en ésa antes de mudarnos para acá.

EL: ¿Y qué problema tenían en cambiarse? Tirando la carpeta.

ELLA: ¿Qué le importa?

EL: Mire, señora, mi puesto en la empresa no será muy relevante ni de mucha jerarquía, pero como funcionario de ella no puedo dejar de preocuparme por la comodidá de cada operario y de su familia.

ELLA: ¿Por qué no se va? ¿Qué más tiene que hacer acá?

EL: Esperar a su esposo.

ELLA: Ya lo esperó. No vino. Ponga que no lo vio, que no estaba. Si lo quieren suspender, que lo suspendan. Él va a poder certificar que estaba en la sociedá.

EL: Pero señora, si usté sabe que él va a volver, ¿qué incoveniente tiene de que yo me quede a esperarlo?

ELLA: Que estoy en mi casa y tengo derecho a dejar entrar o no al que se me dé la gana.

EL. ¡Así que a otros los deja entrar, pero a mí no! De todos modos, aunque no quiera ya estoy adentro.

ELLA: Así como entró, le pido que se vaya.¡Que se vaya de mi casa!

EL: Si no estoy mal informado, esta casa no es de ustedes.

ELLA: ¿Y eso que tiene que ver?

EL: Es alquilada.

ELLA: No tiene nada que ver, por ahora somos nosotros los que estamos acá y decidimos quién entra y quién no.

EL: Sé muy bien que les dieron el desalojo.

ELLA: ¿Y a usté qué le importa?

EL: Cuando los echen a ustedes, perfectamente puedo alquilar yo este departamento.

ELLA: De acá no nos pueden echar.

EL: Es un apartamento lindo. Lástima que esté tan abandonado, por culpa de ustedes.

ELLA: Usté se mete demasiado en la vida de los demás.

EL: Como médico, ésa sería mi función.

ELLA: Usté ni parece ser médico.

EL: Es que no soy. Formo parte del servicio médico de la empresa, pero soy visitador social.

ELLA: ¿Asistente social?

EL: Sí.

ELLA: Mi prima es asistente social.

EL: ¿Sí? ¿Cómo se llama?

ELLA: Teresa.

EL: ¿Teresa cuánto?

ELLA: Pereira.

EL: ¿Ah, sí? Eramos compañeros de clase, la conocí muy bien. Siempre fue una imbécil.

ELLA: ¿Qué? Si piensa eso, guárdeselo para usté. No tiene por qué decírmelo, igual que yo no lo insulto a usté ni a nadie de su familia.

EL: Porque no los conoce.

ELLA: Por suerte no.

EL: Yo como conozco a Teresa, puedo decir con todo derecho lo que es.Y no se lo vuelvo a repetir para no ofenderla a usté, porque lo que es por ella no me importa nada. Además, le voy a decir una cosa: sé perfectamente que ella estuvo viviendo acá.

ELLA: Eso es mentira. ¿Por qué inventa cosas que no son ciertas?

EL: Sé que es verdá. No se defienda mintiendo usté también.

ELLA: No tengo interés en seguir hablando con usté. Vayasé.

EL: ¿Qué sentido tiene que me vaya ahora? ¿No ve que en cualquier momento cae su marido y se puede salvar de que lo sancionen? ¿O es que tiene miedo de que cuando él llegue piense algo malo de nosotros dos? Déjeme quedarme un rato más, así me voy acostumbrando a este apartamento. Apenas los echen a ustedes voy a tratar de venirme para acá. Ya hablo con el dueño.

ELLA: No crea que va a ser tan fácil. Estamos anotados en el registro de aspirantes a viviendas económicas.

EL: Yo también.

ELLA: ¿Ah, sí? Hasta que no nos den una vivienda no nos pueden sacar de acá.

EL: Hay miles de lugares en los que ustedes podrían vivir. No precisan tanto lujo.

ELLA: ¿Qué lujo? ¿Este apartamento? ¿Y usté con lo que gana no podía conseguir algo mejor?

EL: ¿Cuánto se cree que gano? Gano casi lo mismo que su marido, a pesar de que mi trabajo es muy superior al suyo.

ELLA: Si gana poco, entonces no va a poder pagar el alquiler que van a pedir por este apartamento.

EL: Sí, porque tengo otras entradas.

ELLA: Mejor para usté.

EL: Y con ese dinero puedo hacer una pila de cosas que seguramente ustedes no pueden hacer.

ELLA: ¿Por qué me dice eso? ¿Se cree que lo voy a envidiar?

EL: Muchas mujeres me envidian. Es decir, envidian a mi esposa.

ELLA: Cada cual sabe lo que hace.

EL: Si otras me envidian, ¿por qué no usté también?

ELLA: Dios libre y guarde.

EL: Hágame el favor, prepáreme un café.

ELLA: Vaya al bar de la esquina.

EL: ¿No tiene café?

ELLA: No es asunto suyo.

EL: No se lo pregunto de curioso, ni me interesa saber dónde está el tarro.Yo cierro los ojos y usté lo saca, ¿sí?

ELLA: No insista, no le voy a preparar ningún café.

EL: ¿Y un té? Es más fácil.

ELLA: Bueno. Prepara el té.

EL: Voy a comprar unas galletitas para acompañar. Sale.

Cuando vuelve, ella le sirve el té.

EL: Gracias. ¿Y usté no toma?

ELLA: No tengo ganas.

EL: ¿No tiene más? Tome un poco del mío, si quiere.

ELLA: No,no.

EL: Sírvase una galletita por lo menos. O dos. Ella se sirve.

ELLA: Está muy dura.

EL: ¿A ver? Se acerca a ella. Lo que pasa ea que usté no tiene la dentadura en buen estado. Así no puede masticar nada.

ELLA: Me quedan pocas muelas.

EL: Mi abuelo nunca fue al dentista.

ELLA: Mi marido tampoco, pero ya no tiene ningún diente.

EL: Debe ser espantoso.

ELLA: No tanto como usté.

EL: No diga pavadas. Pausa.

ELLA: ¿Ya terminó el té? Ahora se puede ir.

EL: ¿Todavía insiste en echarme? Déjeme acostumbrarme a mi nueva vivienda.

ELLA: Por ahora no es nada es suyo.

EL: En realidá le mentí. No pienso mudarme para acá con mi familia. Sólo pienso alquilar esto como bulín, ¿me entiende? Para algún viajecito que salga de vez en cuando. Este apartamento para otra cosa no sirve.

ELLA: Hace cinco años que vivimos acá. Nunca tuvimos problema. Mi marido pintó la casa hace poco.

EL: ¿Cuál casa?

ELLA: Esta.

EL: Me viene bien, me viene bien. Mira el RELOJ. Este está demorando demasiado. Para mí que no fue a la sociedá.

ELLA: ¿Otra vez lo mismo? Se lo vuelvo a repetir: ¿por qué no va hasta allá? Tiene el ómnibus a dos cuadras.

EL: ¿Y dejarla a usté acá sola? De ninguna manera.

ELLA: Estoy acostumbrada.

EL: ¿El la deja mucho tiempo sola?

ELLA: Trabaja mucho.

EL: Podría trabajar un poco menos y estar más tiempo con usté.

ELLA: ¿Y quién nos va a dar de comer? ¿Usté?

EL: Lo que pasa es que usté también tendría que trabajar.

ELLA: A veces busco algo.

EL: ¿Quiere trabajar? Yo podría colocarla con cama, a buen sueldo.

ELLA: ¿Dónde?

EL: Acá mismo, cuando ustedes se vayan y me venga yo.

ELLA: No, gracias.

EL: Dice que no pero no sabe ni cuánto sería el sueldo.

ELLA: No me interesa. No puedo aceptar eso.

EL: No sabe lo que se pierde.

ELLA: ¿No tiene que ir a ver a otros enfermos?

EL: No. Con uno por día estoy cumplido.

ELLA: Y justo nos tocó a nosotros.

EL: ¿Por qué? ¿No le gusta que venga?

ELLA: ¡Y claro que no!

EL: Si hubiese venido otro, ya le habían encajado una buena suspención a su marido.

ELLA: ¡Y hágalo! ¿Por qué no lo hace?

EL: Por filantropía, por caridá.

ELLA: No necesitamos eso.

EL: ¿Qué necesitan?

ELLA: Nada suyo.

EL: Pero bien que se comió la galletita que le ofrecí.

ELLA: ¿Me lo está echando en cara?

EL: Sí. Ella se pone los dedos en la garganta, como para arrojar. Él la toma de los brazos. ¡No, no haga eso! ¡Por favor, no quise ofenderla!

ELLA: ¡Sueltemé! Váyase de acá.

EL: Perdonemé. Fui muy grosero. Sírvase otra galletita. Le tiende el paquete.

ELLA: Se sirve una galleta. Gracias.

EL: ¿Quiere otra más? ¡Agarre!

ELLA: No, no, muy amable. Pausa.

EL: Si dentro de tres horas no viene su marido, me voy.

ELLA: No se va a poder quedar tanto rato. Voy a tener que salir.

EL: ¿Adónde se va?

ELLA: Esa pregunta está de más. A usté no le interesa.

EL: Mire que sí, me interesa. Se lo digo sinceramente.

ELLA: No se lo voy a decir.

EL: ¿Es algo secreto? ¡Una cita!

ELLA: No señor.

EL: Bueno, está bien. A su debido tiempo me lo va a contar. De todas formas, usté puede salir y yo me quedo acá esperando a su marido. ¿Tiene algo para leer?

ELLA: ¿Está loco? No puede quedarse acá usté, solo.

EL: Bueno, no querrá que la acompañe a la cita. Sería un poco ridículo, ¿no le parece?

ELLA: ¡No es una cita! ¡No invente cosas!

EL: ¿Entonces puedo ir con usté? ¿No hay problema?

ELLA: No señor. Ni puede quedarse acá tampoco.

EL: ¿Acaso tiene miedo que le robe? No hay mucha cosa acá. Se pone a revisar la casa.

ELLA: ¡Deje quieto! ¿Qué está buscando?

EL: Cosas de valor. Pero no hay nada.

ELLA: Si viniera mi marido, lo sacaría a patadas.

EL: ¿Es muy violento, él?

ELLA: Sí.

EL: ¿Con usté también? ¿La maltrata? ¿Le pega?

ELLA: A veces.

EL: ¡Qué tipo despreciable! Maltratar a una mujer como usté, tan sensacional.

ELLA: Gracias.

EL: Me repugna la gente así.

ELLA: Cuando viene borracho se la agarra conmigo.

EL: ¡Cobarde!

ELLA: Usté capaz que es peor.

EL: Está equivocada. Nunca tomo.

ELLA: No sé.

EL: Diga la verdá: su marido faltó al trabajo porque anoche se mamó.

ELLA: No.

EL: ¿Está tratando de encubrirlo?

ELLA: ¡Le digo que no! No está borracho, ¡está enfermo!

EL: Sin embargo su carné de salú indicaba que él estaba en buenas condiciones.

ELLA: Pero, caramba, ¿nadie puede tener una gripe, un resfrío?

EL: Por un resfrío no se falta al trabajo. ¿Usté, cuando trabaje para mí, va a faltar por estar resfriada? Bueno, usté no porque va a trabajar con cama, pero...

ELLA: ¡No voy a trabajar para usté! Ya se lo dije.

EL: Enojado. ¿Acaso no puede cambiar de opinión? Hágame el favor, hágame otro té.

ELLA: Mientras prepara el té. Así que no se haga ilusiones. ¡Mire si voy a trabajar para otro en mi propia casa!

EL: ¿Tiene casa propia?

ELLA: No, no tengo casa propia, no tengo casa propia. Acá tiene su té. Se lo da.

EL: Gracias. Va tomando de a sorbos. Y éste sigue sin aparecer.

ELLA: “Éste” tiene nombre.

EL: No me gusta el nombre que tiene. Sus padres no debían ser muy letrados.

ELLA: No están muertos.

EL: No, pero según tengo entendido, están muy enfermos.

ELLA: ¿Quién le dijo?

EL: Como asistente social, es mi deber estar al tanto de la situación familiar de cada uno. A propósito, ¿cómo está Teresa? Hace tiempo que no la veo.

ELLA: ¿Para qué quiere saber? Por lo que piensa de ella ni tendría que interesarle.

EL: Eso no tiene nada que ver. También pienso cosas lamentables de su madre, y sin embargo me interesa saber sobre la vida de ella. ¿Cómo está?

ELLA: ¿Qué tiene que decir de mi madre? ¡Váyase de acá, impertinente!

EL: La verdad no ofende.

ELLA: ¿Qué verdá? ¿Qué verdá?

EL: Por favor, no se ponga nerviosa. En el fondo es una buena mujer, pero cometió muchos errores en su vida.

ELLA: ¿Y a usté qué le importa?

EL: Por ejemplo, fíjese la forma en que la crío a usté: no le enseño nada, no le dio ninguna educación. ¿Usté para qué sirve? ¡Para nada!

ELLA: No es culpa mía.

EL: ¡Pero claro! Señora, yo no le estoy diciendo que sea culpa suya, no la voy a atacar ni a insultar por eso, al contrario, la compadezco. Además, eso es uno de los errores más chicos que cometió su madre, de común acuerdo con su padre, por otra parte.

ELLA: Ellos no tienen nada que ver.

EL: Me quedé sin cigarrillos. busca en los bolsillos. No tengo ni plata para comprar. ¿Usté fuma?

ELLA: No.

EL: ¿Me puede prestar algo de plata para comprar cigarrillos? Cualquier día de estos paso por acá y se la devuelvo.

ELLA: A ver. saca de su monedero y le da. Acá tiene.

EL: Gracias. Sale.

Vuelve a entrar.

ELLA: ¿Consiguió?

EL: Mi marca no tenía, pero compré otros. ¿Sigue fumando tanto su madre?

ELLA: Mi madre nunca fumó en su vida.

EL: Entonces le estoy errando. Debe ser su suegra.

ELLA: No sé cuánto fuma.

EL: ¿Y su esposo?

ELLA: No mucho.

EL: Sacando una libreta y un bolígrafo. Lo voy a anotar. Anota. ¡Qué estará haciendo ahora ese tipo!

ELLA: ¿Se refiere a mi marido? Ya le dije.

EL: Me parece que voy a tener que poner que no estaba, nomás.

ELLA: Como quiera.

EL: Señora, ¿por qué tiene la casa tan desprolija?

ELLA: Porque me gusta.

EL: La higiene es fundamental en el hogar.

ELLA: Si ya puso que no está, váyase.

EL: Aunque me vaya, tenga la seguridá de que por un mes o dos voy a tratar de enterarme al máximo de los lugares adonde ustedes van y de todo lo que hacen. Después, un día voy a venir a darles consejos.

ELLA: Por hoy ya me dio demasiados. Además, al final, ¿qué se cree? Ya me tiene podrida. ¿Por qué no se manda a mudar de una vez?

EL: ¿Mudarme? Primero se tienen que ir ustedes. No me gustaría compartir este techo con gente así. No serían del agrado de mis amigas. Lo cual no quiere decir, se lo vuelvo a repetir, que usté no pueda quedarse a trabajar con cama, si quiere.

ELLA: Ya le dije que no.

EL: Bueno, me voy.

ELLA: Adiós.

EL: Antes de irme, quisiera tomar otro té.

ELLA: Bueno.

EL: No, mejor un café. ¿No tiene café instantáneo?

ELLA: Sí. Le prepara.

EL: Ya que no sabe hacer té, haga café; ese té no era feo, pero no tenía gusto a nada.

ELLA: No lo hubiera tomado.

EL: No me gusta despreciar a nadie. ¿Sabe una cosa? De vez en cuando viene bien conversar con gente sin preparación. No requiere ningún esfuerzo y uno hace un poco de obra, porque transmite una parte de su cultura. A usté le debe haber hecho bien ¿no?

ELLA: No sé. Le sirve el café.

EL: Gracias (greciees). Tiene tiempo de pensarlo, de recapacitar. Está rico este café. Claro que eso no se lo tengo que agradecer a usté, sino al fabricante. Una última pregunta antes de irme: ¿adónde fue su marido?

ELLA: ¡A la sociedá!

EL: Eso es lo que le dijo a usté. ¿No se le ocurre pensar que se haya ido con otra?

ELLA: No tengo por qué pensar eso.

EL: Yo sí.

ELLA: Bueno, mejor para él.

EL: Necesito plata para el ómnibus. ¿Puede prestarme?

ELLA: Busca en el monedero. Sirvasé.

EL: Gracias. Cuando venga su marido, dígale que pase por la fábrica a firmar el despido. Sale.

ELLA: Se acerca a la puerta como habiéndose olvidado de algo. ¿En qué horario?

FIN


Por carlos.rouen.menard - 10/04/2007 20:20:16 [denunciar este mensaje]
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El amor de la estanciera
El amor de la estanciera
(Sainete)


Anónimo



Noticia

El amor de la estanciera, procede de las postrimerías del siglo XVIII. El ejemplar manuscrito que aquí se reproduce, debe ser una de las copias que se hicieron para uso del consulta o cosa así. Varias de sus páginas están copiadas en papeles sellados con el sello de: "Carolus III. D.G. Hispanarium Rex: Valga para el Reinado de S.M. El Sr. D: Carlos IV. Seis reales. Sello segundo, seis reales, año de mil setecientos noventa y uno".

Tiene el sello de J.O.F. con tinta veinte años más moderna. No está rubricado por ningún censor, por ser obra demasiado conocida y aceptada por el público de la época. Su estilo, su final y su desarrollo en general, lo mismo que sus burlas al portugués brasileño (Resabios de la pasada guerra, en tiempos del rey Carlos III, cuyo recuerdo estaba fresco), desmuestran su origen posterior a 1780 y anterior a 1795.

Consta el folleto de 24 hojas escritas a mano, cuyos caracteres bastante borrosos por acción de los años, son de letra cursiva inclinada. Cualquier suposición que se haga respecto al autor de este sainete, la juzgo imprudente y novelesca.

Este sainete figura en la carpeta número 825 de mi colección
Mariano G. Bosch
Noviembre de 1925











Personas que hablan





JUANCHO PERUCHO
CHEPA
PANCHA, su madre
CANCHO, su padre
MARCOS FIGUEIRA, portugués




















Acto único


Sale CANCHO.

CANCHO
Maldita sea la Yegua
andariega y relagada
que había sido mañera
me ha perdido la manada.
Todo el campo he caminao
y muy cansado me hallo
lo que más siento es ahora
que estropee mi caallo

Sale JUANCHO PERUCHO.

JUANCHO
(Desde fuera)
Lao sea Dios.

CANCHO
Apéese nomás.

JUANCHO
Todo el día he caminao,
y ya me buelbo azia tras,

CANCHO
A andado usted comprando

JUANCHO
Si señor, con este frío
De puro galopear
traigo el caallo rendido.

CANCHO
A encontrao un Alazán,
un Bayo y un Sebrunito,
un tordillo y un Picaso,
una Yegua mala Cara
con una Potranca obera,
un Redomón Gateado
y un Cojudo con Collera.

JUANCHO
Si, señor, según las señas
que su mersé ha relatao
he encontrado esa manada
allá abajo en un bañao
Entre un pajonal estaba
un cojudito de paso,
un Cebruno Mancarrón
con un Pangaré de paso.

CANCHO
Reparó amigo en el Yerro

JUANCHO

Si, Señor era redondo
con un cala monsito a un lado
Y otro metido en el fondo.

CANCHO
Mire usté, mi Yerro es este: (Hácelo en el suelo con el dedo)
tiene aquesta raya aquí
otra tiene a modo de arado
un cala monsito á su lado.

JUANCHO
Pues, Señor, de aqueje Yerro
he visto unos animales
en aquel último Cerro:
con un [ tachado: aquel] empeño venia.

CANCHO
Diga pues amigo lo que trae,

JUANCHO
he andado galopeando.
CANCHO
Hable no más.

JUANCHO
Siempre me bolveré atrás
porque señoa Chepa.

CANCHO
Acabe, pues, de una vez.

JUANCHO
La vide estar ordeñando,
cierto me pareció bien.

CANCHO
Y que pretende usted amigo
hable pues, no sea corto,

JUANCHO
Tengo mi hacienda y quisiera.
Pero si soy como un Potro,
no sé cómo he de decir,

CANCHO
¡Valiente hombre tan [ Tachado: corto] callao!
Acabe pues de parir.

JUANCHO
Decho tengo vergüenza
esto es cosa de morir. Por fin ya que usté me alumbra
quisiera a señoa Chepa
Presentarle un andador
y que su mercé lo sepa
volveré pues otro día
porque me hallo muy turbao
le traeré una ternera
porque prueve mi ganao. (Vase)

Sale PANCHA.
CANCHO
Cierto vieja que quisiera
comunicaros mis cosas.

PANCHA
Siempre vos habéis de andar
con razones enfadosas
¿Qué tenéis pues que decirme?

CANCHO
Mira, vieja respondona
No me quisiera enojar
Pero si otra vez me habláis
os tengo de patear
Atiende pues mujer vieja
Sabrás como a la muchacha
Me la ha pedido un amigo
Mozo que no tiene tacha
El es un buen enlazador
y boltea con primor
Al fin es Hombre de facha
Monta un redomón ligero
Y visarro lo sujeta
y aunque bellaquee mucho
Cierto lo pone Mazeta.
Tiene sus buenos Caallos,
corredores, y de paso
Sobre todo un Malacara
que puede imitar al Pegaso
tiene sus treinta lecheras
que le han parido este año
y ha hecho porción de Quesos
Ricos y de buen tamaño
tiene sus ducientas reses
Gordas que se pueden ver
entre toros y Novillos
que es lo que hemos menester
por fin Pancha determino
dar ã nuestra Chepa estao
por cierto que este Mozo
esta muy enamorao.

PANCHA
Cancho mira lo que haceys
no te llevéis de marañas
que un Portugués la pretende
Por fin es hombre de España,
trae cosas que bender
de Cintas y Lencería
Cierto, á mí me ha parecido
hombre de buenas partidas
ayer tarde llego al rancho
y le presentó unas ligas
El con migo se ha empeñao
para que à vos os lo diga.

CANCHO
Mujer, áquestos de España
Son todos medio bellacos
Mas vale un paisano Nuestro
Aunque tenga quatro trapos

PANCHA
Decime pues Hombre Viejo
Mas que ese es Juancho Perucho
Pues no veis que es un Salvaje
que no habla poco, ni mucho.

Sale CHEPA.

CHEPA
Mi Padre vengo a decirle
que un hombre le busca afuera

CANCHO
Veremos lo que me quiera

PANCHA
Vamos pues ã ordeñar Chepa.
Sale MARCOS FIGUEIRA.

MARCOS
Deus sea con vósé
Sior Cansio garramuño
Eu so Marcos Figueira
Huome qui no refunfuño
Eu quisiera qui voze
Me tumase pur su Erno
qui á fe, qui le Servirey
en Berano e En Iberno
vozé queire ser mi sogro
Casarei con sua filla
E li darei muitas cousas
e una pulera amarilla
So parente mui cercao
Dul gran Marquez de Rubeyra
que du Rex don Juan quinto
foy camareiro primeiro
tive algunas fanfurriñas
con un guapo Casticiau
E filo con sua folla
fuir a muitos malbadas.
Vein tudo su Abulario
de noso Rex Don Bastean
que con su gurrufeiro
Hade turnar a vivir
con sua folla en la mau
foy á precidu in um serro
y de seu Cavalo branco
tein seus estribus di ferro.
So cabaleiro fidalgo
de uha yente muy cumprida
teñe una gran Viola
Muito fermosa y lucida
Vusei tenerá un suyecto
por su herno de muito nome
Y se folgará tea Pancia
sendo sogra de un tal Home
también seu filla Chepina
Mei teñerá por seu criado
E venerarci seu graza
Sendo seu Marido unrado.

PANCHA
Que os parece Viejo Cancho
de este Mozo portugués

CANCHO
Que es un bellaco taimado
Y quiere engañarnos, pues
Amigo mi hija Chepa
con usté no ha de casar
Porque le tengo un marido
que había sido de su andar
¿Y que decís vos Muchacha?

CHEPA
Mi padre muy cortés es
yo quisiera al portuguez.

CANCHO
¿Y vos Pancha que decís?

PANCHA
Visarro a las maravillas
trae su buena Guitarra
Cintas, pañuelos y Evillas
Tiene su recao nuebo
con cabezadas de plata
Mandil y Estribos de Bronce
que es lo que a Chepa le mata
bien podéis pues admitirlo.

CANCHO
Eso veremos después
No sé por que no me agrada
este mozo portuguez
Él presume de nobleza
y me ha ensartado una historia
que para haver de explicarla
ya me falta la memoria: Juancho Perucho es morrudo
Y sabe bien enlazar
y que quiera que no quiera
con Chepa se ha de casar
Vallese amigo à otra parte
Si quiere novia buscar
Porque a mi hija Chepinga
No pretendo ahora casar

MARCOS
Tiu Cancio mire lo q fala
que eu so Marcos Figueiras
fillo de Amarudi Ayala
e de Rufina Nogueira,
teño meu caudaliño
di facenda mui corrente
qui à dexei in um pobo
in caz de un meu Parente.

CANCHO
Por fin veremos amigo
lo que se ha de resolver
que quiero comunicarlo
con mi hija y mi muger.

MARCOS
Pasarei mas adiante
darei bolta ã las estanzas
e vendrei por a reposta
que certu nu habrá mudanza.
(Vase.)

CANCHO
Vení pues hija Chepinga
qual novio os parece bien

CHEPA
Mi Padre usté con mi Madre
Pueden escurrir a quien
El Portugués me acaricia
Y Juancho Perucho no,
Solo me dijo una tarde
Bien aya quien te pario

CANCHO
Y vos vieja que os parece

PANCHA
El que este portuguez fuese,

CANCHO
Sois una vieja bellaca
Yo puesta a mí parecer
pues por vida de mi aguela
Juancho Perucho ha de ser

PANCHA
Miren que viejo tan malo
con sus locuras me mata
Cancho por que despreciáis
aun hombre que tiene plata

CANCHO
Mira muger porfiada
siempre haveis de ser mañera
no me seas respondona
que os abriré la Moyera

PANCHA
que hombre tan malbado es este
Ya reviento de coraje
Mira Cancho lo que hacéis
porque sois un gran salvaje.

CANCHO
Que modos son esos Pancha
Vieja de dos mil Diablos
Mirá que os daré de coses
Y lo juro por Sª Pablo
PANCHA
Que cozes me haveis de dar
Vos que sois un gran caallo
viejo chocho marrullero
Anda reñí con el Gallo

CANCHO
Pancha ya me conocéis
Mira que os he de boltear
Ya meteréis enfadado
Y os tengo de espolear
No me seáis bachillera
Porque si desato el lazo
todo ese Cuerpo malvao
os tengo de hacer pedasos

PANCHA
Que habéis de hacer viejo sonso
Mira que os ira mui mal
Porque yo sabré arañaros
por fin sois un animal

CANCHO
Que decís maldita vieja
veras que, no soy cobarde
(Quiere pegarle y Chepa lo agarra.)

CHEPA
Mi padre, que es lo que hace
No aporree usté a mí Madre
No le haga pues ningún caso
Mire que esta Apasionada
Y no suceda un fracaso
váyase por vida suya
y deje pues de reñir
que entre Marido y Muger
Algo es menester sufrir
Por la Virgen se lo pido
Madre de Dios del Pilar
Déjela porque ya es tarde
Y tenemos que ordeñar:

CANCHO
Quítateme allá Chepinga
Que te cases ya no quiero
Por Dios, que apuro lasaso
le he de desollar el Cuero

CHEPA
Vallase ª ordeñar mi Madre
No impaciente mas al Viejo
Porque de hecho está enojado
Tome pues mi Consejo

PANCHA
Voime por que este malvao
Me la tiene de pagar
Mas valiera que callara
Y me ayudara ª ordeñar.

CANCHO
Chepa yo voy asia el río
a repuntar el ganao
hija mía cuando vuelba
tenme un costillar asado.
(Vase.)

Sale JUANCHO PERUCHO.

JUANCHO
Lao sea Dios

CHEPA
Ya viene pues este sonso
cierto me trae molida

JUANCHO
Coo le ba señoa Chepa,
Usté había sido mi vida
CHEPA
Y vos sois un animal

JUANCHO
Ta güeno

CHEPA
Sois un caallo con freno

JUANCHO
Ta güeno

CHEPA
Chacho de suciedad lleno

JUANCHO
Ta güeno

CHEPA
Puerco Bruto mui moreno

JUANCHO
Ta güeno

CHEPA
Carnero metido en sieno

JUANCHO
Ta güeno

CHEPA
Que pretendéis por acá

JUANCHO
A usté nomás

Sale CANCHO.

CANCHO
Estaba por acá amigo
Has visto Chepa mi sincha
que yo no la puedo hallar
Mira pues si me la hallas
mientras yo me pongo a mear
Coo le [va] amigo Juancho

JUANCHO
Assi no mas: bueno
Y señoa Pancha

CANCHO
Parece que está ordeñando

JUANCHO
Ay le traía un ternero
gordo que estaba mamando,
y paá señoa Chepa
traigo un caallo Picaso,
iba en ella vieja a Misa
yendo te melo dejó
por tanto que me quería
y mucho melo encargo
En su enfermedad penosa
toó se me iba en llorar
porq con tantos descursos
cada instante iba â ( tachado: ensuciar) ensuciar
No se como tubo cuerpo
Paa vasiarse tanto
Pudriendo toda la cama
que era una cosa de encanto
Al fin Dios se la llebó
Y la fuimos à enterrar,
Pero tubo mucho amor
Al caallo de su andar,
Tengo una buena manaa
de caallos asiados
Y ligeros como un viento
Un corredor gateado
sobre todos un rosillo
Un castaño, y un rosado
Un Morillo, y un tordillo
un bello Alazán tostado
Pero ciento un malacara
Y un melado con un Bayo
son de mi mayor estima
Con un Pangare y un saino
A su mandao están toos
señor Cancho hablo verdad
Y al de la señoa Chepa
que le tengo voluntad

CANCHO
Viva su mercé mil años
Amigo Juancho Perucho
que ciento que lo estimamos
yo y mi hija Chepa mucho

CHEPA
Yo estimaba al portuguez
por el me andaba muriendo
pero ã este Juancho Perucho
Medio ya lo voy queriendo
Por fin es hombre de campo
y sabe bien enlazar
El me cogerá las Bacas
y me ayudará á ordeñar

JUANCHO
Quisiera Señoa Chepa
ser su criao alentao,
Sepa que mucho la estimo
y que estoy a su mandao
Lo mismo digo a tía Pancha
Aunque no esta aquí presente
ya su padre Señor Cancho
con todos Sus Parientes

Sale tía PANCHA.

PANCHA
Que hace aquí Juancho Perucho
Que esta hablando con tu Padre
y tu por que no has venido
a ordeñar que ya es tarde

CHEPA
Atraído una Ternera
paa usté gorda, y hermosa
Ya mi un caallo de paso
Bonito como una Roza

PANCHA
Cierto Chepa, q parece
te bas haciendo ardiloza
Ya te inclinas a Perucho
Porque tenés las Quimeras
Mas baliera que casaras
con Marcos de las Figueyras

CANCHO
Que es lo que habláis en secreto
Di Pancha eres el pecado
Mirá que me tienes ya
con tus cosas enfadado
Aquí está Juancho Perucho
el que tu yerno ha de ser
que es mi gusto, y el de Chepa
Por fin tiene que comer

JUANCHO
Yo tía Pancha de mis ojos
ha días que ando muriendo
por ver a señoa Chepa
con mi caallo sintiendo
Ay le tengo a usté unos quesos
presentárselos quisiera
por vida suya los tome
Por que son de mis lecheras
también un poco de Charque
de un nouillo mui morrudo
que mate días pasados
y cierto que era mui fornido: A [ Tachado: Señoa] Señior Cancho le tengo
un poco de Mantequilla
que hice ayer por la mañana
cierto gorda y amarilla,

MARCOS
Deus sea con voses
(Cancho habla de afuera.)

CANCHO
Apéese nomás
Válgate Barrabas
dentre pues
que cojea de los piez

MARCOS
(Entra cojeando)
Teño dau uha rudada
u cavalo disparou
é cum suas fanfurriñas
Di un barrancu metirou
Trao as costas doentes
As pernas y as rudelas
e cum uhu pedra groza
Me tornei fora as moelas
Me poden facer a cama
Purque queiro discansar
Y que sua filla Chepa
que me beña ã descalzar
Suposto es mía muller
que õ depois de miña persoa
que ainda con un Bigairo
Disponeremos aboda

CANCHO
No le tengo dicho amigo
que con el no ha de casar
vallase pues a otra parte
que aquí no se ha de curar
Mui confiado había sido
No tenga tantas lisuras
Sin duda no me conoce
pues habla usté mil locuras,

MARCOS
Vuse me deu esperanzas
Pur isu bine directo
Pos querendo sua filla
Digu qui tudo esta feito

JUANCHO
Bien se puede ir amigo
Mire tome mi consejo
guárdese pues de mis bolas
no ve que no quiere el viejo

MARCOS
Quein mete a vuse in isu
cuñose ã Marcos Figueiras

JUANCHO
Quien es ese jaquetón
que vera como lo enlaso
y lo arrastro p el suelo
haciéndolo mil pedasos [ sic].

MARCOS
Sabe vuse con quem fala
qui con mi folla valente
teño feito tantes mortes
qui ya me teme a Yente
A un taz Faustino de Concas
un home muitu trapaseiro
le di una forte pancada
que le derribei u sombreiro
El era baicio de espardas
Edi Narices cumpridas
con seu fosiño di porco
Eu le fis â quitar sua vida
tenia as patas tortas
Me costou muitu trabaicio
Di valente curaje era
E me fuyó rua bayro
Vendeus pedras pur vinto
y Porcos brabos inteiros
Caracaras purgaliñas
e levé muito dineiro
tamben purqui un Casticiau
Me tocó miña conteira
Saqué valente ã folla
E tiei pancada feira
Punta el uha espirgarda
E queriendu disparar
De sosto mi insucieu tudo
y eti fui orinar
Eu lipidi pur as Chagas
Di neso Pay Yessus
por su Pasou divina
E por sua bindita Cruz
eu toum me quito á folla
e me tirou à baimla
Disendo perru manzanu
Fincate aquí de rudillas
Me fiso besar seus pes
E turnando á lebantar
Medis compre vosta follina
Yus la volverei a quitar
Tambein tuve uha Camurra
Y seus barraganerias
con un fidalgo muito brabo
E le fis á quitar sua vida
Easim seo Juancho Perucho
Eu la teño di levar
A mi Sra. Chepina
Cum ela mi edi casar

JUANCHO
Ya le digo qse calle
No me sea respondón
qpor vida de mi aguela
Le he de dar un bofetón

CHEPA
Por Dios que no riña Ud.
Sr. Marcos q ya es tarde
Pues siempre me casare
Con quien quiera mi Padre
Yassi debalde se cansa
No me meta con Perucho
que había sido el Diablo
y lo aporreará mucho
No faltará otra estanciera
con quien se pueda casar
Mas pulida y mas morruda
que mejor sepa ordeñar
Mire que enlaza mui bien
Y el solo boltea un toro
y le puede atropellar
con su Caallito Moro

PANCHA
Ya esto no tiene remedio
Amigo Marcos Figueiras
Porque el viejo es cabesudo
Y ha querido echarlo fuera

MARCOS
Butu ã Deus Sior Cancio
qui vusé mi fase enfadar
Y ten tumando miña folla
cum Chepa mi he decasar
no tein vusé que decir
De miñia nobre Pesoa
qui cum Chepina ha di ser
Logo si fará áboda
Vuse no me ha de sumbar
Qui el conto lo tiño vlido
Y antes quí veña a noite
teño di ser suo Marido

CANCHO
Que es lo que habla Portugués
desvergonzado tiñoso
que si lo cojo eun pie
lo he de arrojar en un pozo
vaya a la punta de un cuerno
que aquí no se hade casar
No me replique porque
Lo tengo de hacer mear

JUANCHO
Oyga el hombre portuguez
y qué mañero había sido
Por vida de Juancho Perucho
que lo he de [ tachado: hace] echar en el Río
Ya seque Chepa me quiere
El viejo, y vieja también
Y me toca defenderlos
por siempre jamas Amen.

MARCOS
Eu sacarey mi espingarda
pos no tein mas qu falar
Purque a esto Juancio Perucio
Eu li teñu di matar
(Saca una escopeta.)

PANCHA
Este hombre se ha vuelto loco
o se ha vevido está malo
tráigame acá la picana
que lo he de moler a palos
que esto Marcos Figueiras
han visto furia mas rara
Suelte luego la escopeta
o le arañaré la Cara
MARCOS
Deixemé por Deus tea Pancia
Qui si no me heidi casar
Pur ã vida di miu Pay
que lus teñu di matar
Veñan viram mis esforsos
us magunus estanceirus
Pois revento de valente
Eu les heidi quitar u cueiro

Sale CANCHO con un lazo JUANCHO con unas bolas CHEPA con una picana y PANCHA con el yerro de errar y todos cargan sobre MARCOS.

CANCHO
Muera el pícaro atrevido

JUANCHO
Del ombú lo hemos de ahorcar

PANCHA
Le he de moler las costillas

CHEPA
La lengua le he de picar

MARCOS
Por Deus pido a voseés
E por sua bendita May
No me morran ni me aforquem
E por Jessus noso Pay
Casese u Juancio Perucio
con sua filla Chepiña
Eu cucinarei gostoso
e malerei ã fariña
servirei muy ponto al
en tudo õ que quisieren
e asin mandenmé vosees
in lu que gostosos foeren
CHEPA
Padre ya no le matemos
bástele su rendimiento
pues tan humilde se postra
y sírvale de escarmiento

CANCHO
Bien está ã cocinar valla
y disponga la comida
bien compuesta y sasonada
y la olla bien cosida

PANCHA
Que haga unos buenos guisados
Ai tiene charque y menudos
Puede matar un carnero
Y haga un hervido morrudo

CHEPA
La Cabeza del Carnero
la puede poner á asar
Paá que coma Perucho
si lo hemos de festejar

JUANCHO
Sea mui en hora buena
Yo cabeza comeré
y a la salú de mi Chepa
un tragito beberé

CANCHO
Conque amigo Juancho Perucho
usté quiere por esposa
a Chepa de Garramuño
hija de Pancha ardilosa

JUANCHO
Si señor casarme quiero
que el amor es un caallo
y ya me tiene rendido
no puedo pues sugetarlo

CHEPA
Pues yo estoy ya rebentando
Por casarme con Perucho
Por que estoy enamorada
Y el amor pica mucho.

CANCHO
Pues dense los dos las manos
Dios los haga bien casados
y les de un hijo morrudo
para que guarde el ganado.

MARCOS
Muitu u cosasoum padece
ardi como ua fugueira
pois mi quedu sin teer
ulido a tabaqueira
A ingrata Chepa qui y istu
Me morro di sentimentu
No e posibel que eu sane
Di isti disaire viulentu

PANCHA
Mi yerno Juancho Perucho
Goce por muchos años
en compañía de Chepa
y nunca pues le haga daño
Cuide usted su muger
y cuídela con el ser
que ella es Moza mui morruda
y sabe ordeñar y hacer quesos

JUANCHO
Dios se lo pague señoa
y le de salú cumplida
ya se que Chepa es fortacha
la quiero como a mi vida
CANCHO
Marcos baya á encender el fuego
mientras desuello el carnero
pise el agi con la sal
y labe bien el mortero
(Vase Cancho y Marcos.)

JUANCHO
Chepa ya eres mi muger
y yo vuestro Marido
Debalde has corcobeado
que ya mi puesto he cumplido
No te puedo encarecer
mi vida lo que te quiero
hija no puedo esplicarme
por fin yo por ti me muero

CHEPA
Amado Juancho Perucho
medio ya te voy queriendo
procura pues agradarme
que por ty me estoy muriendo
según el viejo mi padre
me aconseja que te quiera
te cuide con alma, y vida
como tu me lastimes

PANCHA
Juancho habéis de ir al pueblo
y comprar manta y camisa
pollera, y unos zapatos
que llebe Chepinga a Misa
ella ordeñará las Bacas
vos las habéis de enlazar
Y en apritando los Quesos
te ha de espulgar, y peinar

CHEPA
Eso haré de buena gana
mas si quisiera comer
y el pelo sele endurece
siempre carnero ha de ser

Sale CANCHO.

CANCHO
Ya me parece que Marcos
A guisado la comida
bien podéis poner la Mesa
Bien asiada y pulida

Sale MARCOS.

MARCOS
Doña tía Pancia ña Mesa
ya esta tudu cosiñadu
muitu terno, e sabruciñu
certu mui ben sasunadu

CHEPA
Y que es lo que ay que comer
Marcos que eslo que aguisado
paá regalar â Juancho
que es morrudo, y alentado


MARCOS
Teñu feito masamurra
cum locru di galiña
uasadu di carneiro
E ua boa perdisiña
(Ponen la meza y sale Marcos con los Platos, siéntanse.)

CHEPA
Comé pues Juancho Perucho
Padre eche la bendición
porque sú Mercé es mas viejo
y el q tiene mas razón.
(Van comiendo.)
JUANCHO
Cierto mi señoa suegra
que la cabeza está rica
Por fin de mano de Chepa
La tomaré por reliquia

CANCHO
Un sonsonete ha de ser
mi hijo Juan Perucho
A la salú de su Chepa
Porque ella lo estima mucho

JUANCHO
Vaya pues todos escuchen: tanto es lo que te quiero Chepa mía
que por mirarte el alma me enguillotro
con mas fuerza que lo hace un potro
chúcaro, y enlazado el primer día
Quedando como por verte seme enfría
La carne por mirar la de tu cara
quedando yerto por tu vista rara
Elandose con migo la comida
son tus ojos dos flechas luminares
que al corasón me llegan sus heridas
espuelas que me pican los hijares
por fin ya la memoria es la perdida
Pues aun de mis caallos no me acuerdo
Ves aquí mi pasión encarecida

CHEPA
Debalde parecí sonso
por lindo, quando
se había de mesquinar
Otro, che, no somos de esos
que en pie se van a orinar

JUANCHO
Chepa de mi corasón
relata otro sonsonete ( sic)
que quiero ver por la mía
el primor de tu caletre
CHEPA
La fuerza del amor q te he cobrado
es tanta q no se como esplicarla
Si la encaresco el pecho se acobarda
y queda frío y como nieve elado
ya no cabe en mi loco pensamiento
el gusto que me endulta [ sic ] la Esperanza
de gozar una vida contento
por tener de ti, Juancho, confianza
Mucho estimé el regalo q me hiciste
del caallo picaso, manso, y bueno
con quien divertiré pesares tristes
Yo te presentaré un morrudo freno
y un caallito de mi andar cojudo
pues por ti muero y en tormentos peno.

CANCHO
Que ingenios tan soberanos
los dos lo han hecho mui bien
Mi bendición los alcance
por siempre jamas Amen.

PANCHA
También la mía les hecho
Dios los conserve en sugracia
por los siglos de los siglos
siempre estén gordos de grasa.

MARCOS
Eu morro di sentimentu
o corasón fas fariña
ynterrenme logo ao ponto
E poña ua crusesiña

CANCHO
Traiga su Guitarra Marcos
que un fandango hemos de hacer
y hade bailar Chepa, y Juancho
Cancho, y Pancha su muger.
MARCOS
(Saca la guitarra.)
Aquí istá pois ã viola,
mui disposta, y encurdada
tein uhas voces galañas
Efica muitu ben temprada
(Canta CANCHO.)
Mi Yerno Juancho Perucho,
con sus lecheras
y sus caallos viva
con su Estanciera
(Canta PANCHA.)
Viva mi hija Chepa
con su Marido
en paz y unión perfecta
y gusto cumplido
(Canta JUANCHO.)
Viva vieja suegra
y mi señor suegro,
que con mi muger Chepa
mucho me alegro.
(Canta CHEPA.)
Tenga mi Padre y mi Madre,
paz con mi Espozo,
y yo mi caallo,
mucho reposo
(Canta MARCOS.)
Vivan todos Busedes
con paz cumprida,
que eu di sentimentu
Perdo ua vida
(Canta CANCHO y repiten TODOS.) Aquí dio fin al Bayle
y el Casamiento
viva pues han quedado
todos contentos


Por carlos.rouen.menard - 10/04/2007 20:18:22 [denunciar este mensaje]
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Le Sacristain
Le Sacristain


Intermède imité de lespagnol




Scène I


Le théâtre représente une chambre. Une chaise longue est dun côté. Pauline, dessus, est livrée au sommeil. Elle se réveille et chante.



Pauline, à demi-voix.

Ah! Grands dieux! Est-ce un songe?

Dans quel trouble il me plonge!

Quelle ivresse je sens!

Elle embrase mes sens.

Délicieux plaisir où mon âme ségare,

Si tu nes quune erreur que le sommeil prépare,

Amour, prolonge cette erreur:

Elle vaut le plus grand bonheur,

Non, jamais, cher amant, ton plus heureux délire

Neut sur moi tant dempire.

Mais, grands dieux, est-ce un songe?

Dans quel trouble il me plonge!

Ah! Dun si doux mensonge,

Amour, embellis mon sort.

Pour rêver à mon Lindor,

Fais-moi sommeiller encor.

Elle se remet sur loreiller, sagite et chante. (Récitatif.)

Je ne dors plus. Jai cessé de jouir.

Je nembrassais quune ombre vaine,

Et mon réveil la fait évanouir.

Dans un songe qui nous entraîne,

Faut-il que lexcès du plaisir

Soit un commencement de peine?

(Air mesuré.)

Sommeil, pourquoi me fuyez-vous? (bis)

Je regrette un moment si tendre:

Lindor était à mes genoux.

Je croyais le voir et lentendre.

Sommeil, pourquoi me fuyez-vous? (bis)

Sommeil, rendez-moi mon vainqueur:

Trompez-moi deux fois au lieu dune.

Un rêve est sans doute une erreur,

Mais le bonheur nen est point une.

Sommeil, pourquoi me fuyez-vous? (bis)

(Elle parle.) Ah! Lindor, mon cher Lindor, si je ne puis te voir, au moins suis-je occupée de toi sans cesse. Eveillée, endormie, je ne songe quà mon Lindor. Faut-il que lavarice de mes parents leur ait fait sacrifier mon bonheur à lappât de quelques richesses, en me livrant à ce vieux Bartholo qui menferme toute la journée, et ne ma encore montré du mariage que les horreurs dun odieux asservissement! Pardonne, cher Lindor, si je fus forcée dobéir: je ten ai dédommagé depuis de tout mon pouvoir. Il est vrai que si les occasions de nous voir ont été rares, cest que je vis sous les yeux dun jaloux qui rôde, veille et gronde sans cesse autour de moi, comme ces chiens à qui lon confie la nuit la garde des jardins... Vrai chien du jardinier, en effet... Il faut pourtant convenir que si lon peut comparer un argus à un chien, le mien nest quun pauvre chien, une bonne bête de chien quil nest pas trop malaisé dattraper. (Elle rit.) Ah! Ah! Ah! Je ne puis mempêcher de rire comme une folle en me rappelant le dernier stratagème que mon amant imagina pour me voir. Lidée de loger dans sa chambre un grenadier qui passait et de venir en sa place présenter à mon jaloux le billet de logement du soldat est une des plus plaisantes choses... Ah! Ah! Ah! Ah! Sous cet habit grivois, avec ces moustaches demprunt, ce sabre, ce bonnet en mauvais garçon, je ne reconnaissais pas dabord mon bachelier. Lair ivre mort quil se donna mit la défiance de Bartholo en défaut. Ah! Ah! Ah! Je lentendais qui disait en le conduisant à son lit: "Pour celui-ci, je ne le crains pas, il na besoin que de sommeil." Et moi, jamais je ne lai trouvé tant éveillé! Ah Ha! Ha! Ha! Quest-ce que jentends? Le bruit des clefs! Cest mon geôlier qui revient. Son seul aspect glacerait la joie la plus immodérée.




Scène II


Pauline, Bartholo.



Bartholo

Bonsoir, ma chère Pauline, ma petite femme, mon coeur. Je rentre un peu tard, bien las, bien fatigué, je tassure. Tu tes sans doute ennuyée en mon absence, mais il ne faut pas me reprocher une course indispensable: tu sais que je te quitte le moins quil mest possible.

Pauline, en bâillant.

Ah mon Dieu oui, je le sais.

Bartholo

Tu me fais bâiller, mon enfant. Sentirais-tu déjà les avant-coureurs du sommeil?

Pauline

Au contraire, ce bâillement en est la suite. Je dormais quand vous êtes arrivé.

Bartholo

Nous nous retirerons ce soir de bonne heure. Il y a plusieurs nuits que je nai pas fermé loeil: jai entendu des bruits sourds, comme des gémissements, et puis un ferraillement, un tapage de chaînes, des voix terribles qui me glaçaient deffroi.

Pauline

Je dormais paisiblement, je nai rien entendu.

Bartholo

Malgré mes frayeurs jai respecté ton sommeil. Mais pourtant si cétaient des esprits, des revenants? Cette maison appartenait avant moi à un contador mayor, et tu sais que ceux qui manient les deniers publics ont plus besoin que dautres de prières après leur mort.

Pauline, à part.

Cest peut-être un nouveau tour de Lindor.

Bartholo

Hem?

Pauline

Oui... de prières après leur mort. Cependant, monsieur, il faudrait voir, consulter. Ce que vous pensez nest pas dénué de fondement; si vous voulez, mon mari, nous irons ensemble au devin.

Bartholo

Oh non, non... Premièrement je ne me soucie pas que tu sortes. Et puis ce sont de si grands fourbes que ces devins!

Pauline

Jen ai rencontré, je vous assure...

Bartholo

Ecoute, mon enfant. (Il chante sur lair du confiteor.)

Quand ma mère fillette était,

Un devin menteur et profane

Lui prédit quelle épouserait

Un assassin à tête dâne.

Vois comme il faut croire au devin:

Mon père fut un médecin,

Le fameux Bartholo, si renommé à Valladolid.

Pauline

Ce nest pas là ce qui mempêcherait dajouter foi à leurs prédictions.

Bartholo

Autre preuve de leur ignorance: cest encore ma mère qui ma conté cela, car elle avait comme toi la faiblesse dy croire. (Même air.)

Quand elle épousa Bartholo,

Une autre sorcière amenée

Lui prédit quelle aurait un veau

Pour tout fruit de cet hyménée.

A leur art ajoutez donc foi!

Ma mère neut denfant que moi

Pauline

Tout cela ne me fait pas changer dopinion. De mon côté, jai des preuves non suspectes de leur profond savoir. (Même air.)

A Burgos quand je demeurais,

Un fameux devin de Castille

Me prédit que je deviendrais

Femme sans cesser dêtre fille.

Jusquà présent, mon cher époux,

Sil ment, je men rapporte à vous.

Bartholo

A cet égard, ma petite, Madrid na pas été fait dans un jour. Songe donc quil y a à peine sept mois que nous sommes mariés, mon fanfan.

Pauline

Moi, monsieur, je réponds à vos arguments contre les devins, voilà tout. Ce nest pas que la vie que je mène soit bien gaie...

Bartholo

Si elle nest pas gaie, elle est honnête et cest le principal. Dom Bazile est-il venu te donner ta leçon de musique?

Pauline

Quand il se serait présenté, ne mavez-vous pas enfermée en sortant?

Bartholo

Tu as raison, mon minet, je ny songeais pas. je suis pourtant fâché de tavoir fait perdre une leçon.

Pauline

Vous pouvez vous dispenser de la regretter, monsieur. Quand vous auriez été ici, je ne laurais pas prise.

Bartholo

Et pourquoi, ma bergère?

Pauline

Quai-je besoin de talents? Pour qui les acquérir? Devant qui les exercer? Je suis condamnée à ne voir personne, et je nai jamais si bien senti que ce que vous donnez à Dom Bazile est de largent perdu. (On entend heurter à la porte.) Cest peut-être lui qui frappe. Je profite de cette occasion pour vous prier de le renvoyer tout dun coup: je ne veux plus entendre parler de rien. Un de ces matins je briserai ma harpe et je jetterai toute ma musique au feu.




Scène III


Bartholo, seul.



Quelle humeur! Quelle humeur! Faites tout au monde pour plaire aux femmes, omettez un seul petit point, et soyez bien sûr quelles ne vous savent aucun gré de tout le reste. (On heurte une seconde fois.) Voyons qui cest! (Il va ouvrir.)




Scène IV


Bartholo, Lindor en moine.



Lindor

Que la paix et la joie soient toujours céans!

Bartholo

Jamais souhait ne vint plus à propos. Y a-t-il quelque chose pour votre service ici, mon révérend Père?

Lindor

Monsieur, je mappelle Dom Roch. Jai lhonneur dêtre sacristain du couvent de monseigneur Saint Antoine. Le révérend Père, lorganiste Dom Bazile qui montre la musique à dona Pauline votre respectable épouse étant incommodé depuis hier, ma prié de continuer toutes ses écolières et de donner surtout mes soins particuliers à la signora Bartholo dont les progrès rapides...

Bartholo

Je crains bien, Père sacristain, que vous nayez pris une peine inutile. Ma femme est dune humeur, ce soir... Quand vous avez frappé, elle me chargeait de renvoyer pour toujours Dom Bazile et menaçait de jeter au feu tous ses instruments. Jai bien à souffrir, mon révérend Père, jai bien à souffrir.

Lindor

Ces petites divisions intestines ne sont malheureusement que trop communes chez les plus honnêtes gens. Mais, monsieur, quand les maris ne peuvent réussir à ramener le coeur ou lesprit de leurs femmes, ils ont recours à nous. Tous nos Pères se font un plaisir de venir à leur secours et de les suppléer. Je suis persuadé que madame est pleine de sens et de raison: vous devriez faire un effort pour lamener ici. Dailleurs, monsieur, la musique rend le calme à une âme agitée de passions, la dispose à recevoir des impressions plus douces, et la met enfin dans une situation dont tout lart de lépoux est de savoir profiter pour ramener chez lui la paix et les plaisirs ineffables qui font le bonheur du mariage.

Bartholo

Vous me consolez un peu, Père sacristain. Je vais essayer de la conduire ici: disposez en attendant tout ce quil faut pour la leçon.




Scène V


Lindor, seul.



Enfin je vais la revoir. Ce nouveau déguisement peut mouvrir une entrée libre ici le jour, et peut-être tirerai-je un aussi grand parti de mes vacarmes nocturnes. Heureux Lindor! Cest pourtant un bon diable que ce Dom Bazile qui pour quelques pistoles dor me prête son froc et menvoie donner la leçon à sa place. Je vais voir ma Pauline! Contiens-toi, mon coeur. Mais songeons à préparer la leçon. (Il chante avec la harpe.) Mais je ne sais ce que jai ce soir. Je sens en moi non plus damour, cela est impossible, mais une ardeur, un feu... Cet habit est-il donc fait de la robe du centaure? Je me sens embrasé comme Hercule. Tâchons cependant de nous modérer. (Il chante avec la harpe.) On dispute, là-dedans. Si elle allait ne pas venir! O ciel! Ecoutons. (Pendant la ritournelle, il prête loreille au fond du théâtre. Il chante.)

"Non, je nirai pas"...

Elle refuse.

Moi je perds, hélas!

Le fruit de ma ruse.

Je perds, hélas!...

Elle refuse!

Ingrate Pauline!

Lamour imagine

Un sûr moyen...

Et ton coeur ne te dit rien!

Je lentends. Craignons de lui causer trop de surprise en me montrant dabord.

Ici se termine le manuscrit du Sacristain. Mais il convient de lui adjoindre deux fragments, publiés par E. Arnould (La Genèse du Barbier de Séville, p. 100-101), qui lui appartiennent par le contenu, lécriture, la nature et le format du papier. Ces fragments permettent de supposer quil y eut jadis un Sacristain complet, qui ne fut pas seulement le brouillon de quelques scènes du Barbier de Séville.




Fragment I


Lindor, Bartholo, Pauline.



Lindor

Seigneur Bartholo, je ne suis plus surpris si votre ménage est aussi souvent divisé. Avec des lubies pareilles à celles dont le hasard ma rendu témoin, il est bien difficile quune jeune femme...

Bartholo, hors de lui.

Vit-on jamais pareille impudence!

Lindor

A mon égard vous avez poussé les choses...

(Trio.)

Bartholo

Oui, ravisseur infâme,

Tu subornais ma femme!

Pauline

Ciel! Pouvez-vous penser

Quon voulût vous offenser!

Prendrait-on le moment

Où mon époux est présent!

Lindor

Votre indiscrète colère

Insulte à mon caractère.

Bartholo

Va, mauvais garnement,

Fuis mon ressentiment!

Pauline

Un si saint personnage!

Lindor

Une femme aussi sage!

Pauline et Lindor, ensemble.

Le ciel nous vengera!

Il vous punira

De cet outrage-là!

Bartholo

Leraleralera,

Je me moque de cela.




Fragment II


Lindor, seul.



Pèlerin un autre (sic), moine le soir, ombre cette nuit, nai-je rien égaré parmi les flots orageux? (Pendant la ritournelle, il examine tout ce quil a apporté. Il chante.)

Comme un vrai moine

De Saint Antoine,

Sans patrimoine

Je vis content.

A la sourdine

Pendant matine

Chez ma Pauline

Je viens souvent.

Quand lheure approche,

Prenons ma cloche:

Si le bonhomme

Est dans son somme,

Din din din din,

Je fais le train

Comme un lutin,

Jusquau matin.

Le misérable,

Qui croit au diable,

Deffroi pâlit

Et se sauve du lit.

Le bruit augmente,

Il se tourmente,

Et laisse enfin

Pauline au sacristain.


Por carlos.rouen.menard - 10/04/2007 20:16:46 [denunciar este mensaje]
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EL INSPECTOR
NIKOLAI GOGOL
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No culpes al espejo si tu rostro es deforme.
DICHO POPULAR.
PERSONAJES
ATON ANTÓNOVICH SCVOZNIK-DMUJANOVSKY, alcalde.
ANA ANDREEVNA, su esposa.
MARÍA ANTÓNOVNA, su hija.
LUKÁ LÚKICH JLÓPOV, supervisor de escuelas.
SU ESPOSA.
AMOS FÉDOROVICH LIAPKIN-TIAPKÍN, juez.
ARTEMIO FILÍPOVICH ZEMLIANIKA, director del hospital.
IVÁN KÚSMICH SHPEKIN, jefe de Correos.
PETR IVÁNOVICH BÓBCHINSKY
PETR IVÁNOVICH DÓBCHINSKY ; hacendados del pueblo.
IVÁN ALEKSÁNDROVICH JLESTAKOV, funcionario de San Petersburgo.
OSIP, su criado.
CRISTIAN IVÁNOVICH GÍBNER, médico local.
FÉDOR ANDREFVICH LIÚLIOKOV
IVÁN LISAREVICH RASTAKOVSKY retirados funcionarios y notables del pueblo
STEPÁN IVÁNOVICH KOROBKIN .
STEPÁN ILICH UJOVÉRTOV, jefe de policía.
SVISTÜNOV
PÚGOVITZIN vigilantes.
DERJIMORDAJ
ABDULIN, comerciante.
FÉVRONIA PETROVÑA POSHLÉPKINA, la mujer del carpintero.
LA ESPOSA DEL SUBTENIENTE. .
MISHKA, criado del alcalde.
CAMARERO DE LA POSADA.
INVITADOS, MERCADERES, BURGUESES, PETICIONANTES


ACTO PRIMERO

Habitación en casa del alcalde
Escena Primera
El ALCALDE, el DIRECTOR DEL HOSPITAL, el SUPERVISOR DE ESCUELAS, el JUEZ, el JEFE DE POLICÍA, el MÉDICO, dos VIGILANTES.
ALCALDE: —Los he invitado, señores, para comunicarles una noticia muy desagradable: viene un inspector
AMOS FÉDOROVICH: —¡Qué! ¿Un inspector?
ÁRTEMIO FILÍPOVICH :—¡Qué! ¿Un inspector?
ALCALDE: —Un inspector de San Petersburgo, de incógnito. Y, para colmo de males, con instrucciones secretas.
AMOS FÉDOROVICH : —¡Esa sí que es buena!
ARTEMIO FILÍPOVICH: —¡Como si tuviéramos pocas preocupaciones!
ALCALDE: —Se diría que yo lo presentía: durante toda la noche soñé con dos enormes ratas. ¡Palabra de honor que nunca vi sabandijas semejantes! ¡Eran de un tamaño descomunal! Vinieron, husmearon... y se fueron. Voy a leerles la carta que acabo de recibir de Andrei Ivánovich Chmíjov, a quien usted conoce, Artemio Filípovich. He aquí lo que me escribe: "Querido amigo, compadre y benefactor..." (Murmura algo, leyendo rápidamente con la vista.) ".. .y para informarte". ¡Ah, aquí está!; "Me apresuro en informarte, por lo demás, que ha llegado un funcionario con instrucciones de inspeccionar toda la provincia y más que nada tu distrito. (El ALCALDE alza un dedo, con gesto significativo) Lo he sabido de muy buena fuente, aunque ese funcionario viaja de incógnito. Como sé que tú, como todo el mundo, tienes tus pecadillos, ya que eres inteligente y no te gusta dejar escapar lo que te viene a. las manos..." (Se interrumpe.) Bueno, aquí dice unas cositas... (Lee más adelante.) "Te aconsejo, pues, que tomes tus precauciones; porque ese funcionario puede llegar de un momento a otro, eso si no ha llegado ya a tu pueblo y vive en alguna parte de incógnito,.. Ayer yo..." Bueno, aquí habla, de asuntos de familia: "Mi hermana Ana Kirílovna vino a visitarme ayer con su marido, Iván Kirílovích ha engordado mucho y sigue tocando el violín...", etcétera, etcétera. ¡Ya ven ustedes cómo están las cosas!
AMOS FÉDOROVICH: —Sí, el caso es excepcional, realmente excepcional.
LUKÁ LÚKICH: —¿Y a qué se deberá eso, Antón Antónovich? ¿Para qué vendrá a vernos el inspector?
ALCALDE: —¿Para qué? ¡Será el destino! (Suspira.) Hasta ahora, a Dios gracias, esa gente metía la nariz en otros pueblos: esta vez nos ha tocado el turno.
AMOS FÉDOROVICH: —Creo, Antón Antónovich, que aquí debe de haber un motivo más sutil y de índole política. Eso significa lo siguiente: Rusia..-, eso es..., Rusia quiere ir a la guerra, y el ministerio ha mandado a un funcionario para averiguar si aquí no hay traidores.
ALCALDE: —¡Vaya una ocurrencia! ¡Traidores en un pueblo de provincias! ¿Acaso esto es la frontera?, Aquí estamos tan lejos de todo poblado, que aunque galopáramos tres años seguidos no llegaríamos a ninguna parte.
AMOS FÉDOROVICH: —No; yo le seguro, Antón Antonovich, que usted no enfoca bien el asunto.. ...créa-me... El Gobierno es muy astuto; aunque este pueblo se halla lejos de la frontera, no lo pierde de vista.
ALCALDE: —Vista o no vista, señores, ya lo saben: están avisados. Por mi parte, he tomado algunas medidas.- ¡Les aconsejo que hagan lo mismo! ¡Sobre todo a usted, Artemio Filípovich! Sin duda, el inspector querrá examinar antes que todo el hospital.... de modo que le conviene adecentarlo; hágales cambiar los gorros de dormir a los enfermos y déles ropa limpia, para que no parezcan unos herreros, como sucede habitualmente cuando andan por la casa.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Bueno, eso es fácil. Podemos cambiarles los gorros.
ALCALDE: —Sí. Y, además, convendría escribir encima de cada cama, en latín o algún otro idioma (eso ya es cosa suya, Cristian Ivánovich), el nombre de cada enfermedad y la fecha en que se enfermó cada paciente... Está mal eso de que sus pupilos, Artemio Filípovich, fumen un tabaco tan fuerte que lo hace estornudar a uno apenas entra. Además, sería preferible que no fueran tantos; pueden atribuirlo inmediatamente a la falta de cuidados o a la ineptitud del médico.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —¡Oh! En cuanto a las curaciones, yo y Cristian Ivánovich hemos tomado ya nuestras medidas; cuanto más dejemos obrar a la naturaleza, mejor..., no usamos medicamentos caros. El hombre es un ser simple; si se tiene que morir, se morirá lo mismo; si se tiene que curar, se curará. Además, a Cristian Ivánovich le costaría trabajo entenderse con ellos: no sabe una sola palabra de ruso. CRISTIAN IVÁNOVICH (Profiere un sonido que fluctúa entre la "i" y la "e".)
ALCALDE: —A usted. Amos Fédorovich, yo le aconsejaría también que tuviera más cuidado con su juzgado. En la antesala donde esperan habitualmente los litigantes, los ujieres han empezado a criar gansos con sus gansitos y uno tropieza con ellos a cada paso. Naturalmente, la avicultura es muy digna de elogio..., ¿y por qué no habría de criar aves un ujier?.. ..pero..., ¿sabe?..., ahí resulta indecoroso hacerlo. Siempre quise decírselo, pero no sé por qué se me olvidaba.
AMOS FÉDOROVICH: —Hoy mismo daré orden de que los lleven a la cocina. Si quiere-... venga a almorzar conmigo.
ALCALDE:, —Además, resulta lamentable que en plena sala de audiencias se tienda ropa a secar y cuelguen un morral sobre el propio armario de los expedientes. Ya sé que a usted le gusta cazar, pero de todos modos convendría descolgarlo por algún tiempo, y cuando se vaya el inspector, podrá volver a colgarlo. También debo decirle que su secretario,.. Claro está que es un hombre capaz, pero huele como si acabara de salir de una vinería... Eso tampoco es muy digno de elogio. Si, como dice su secretario, huele así de nacimiento, habría un recurso: aconséjele que coma ajo o cebolla o cualquier otra cosa. En ese caso, Cristian Ivánovich podría ayudarle con diversos medicamentos.
CRISTIAN IVÁNOVICH (Profiere el mismo sonido.)
AMOS FÉDOROVICH: —No, eso sí que sería imposible eliminarlo; el secretario dice que su madre lo dejó caer al suelo cuando era pequeño y se lastimó, y que desde entonces huele un poco a vodka.
ALCALDE: —Bueno, eso se lo dije de paso, no más. En cuanto a las medidas de orden interno, y a lo que llama pecadillos en su carta Andrei Ivánovich, no puedo decir nada. ¿Y después de todo? ¿Hay acaso un solo hombre que no tenga algún pecadillo? El propio Dios lo ha dispuesto así, y será inútil que despotriquen contra eso todos los volterianos.
AMOS FÉDOROVICH: —¿A qué llama usted pecadillos, Antón Antónovich? ¡Quién no los tiene! Yo les digo a todos abiertamente que recibo coimas, pero..., ¿qué clase de coimas? En forma de perros perdigueros. Eso ya es otra cosa.
ALCALDE: —Bueno... Con perdigueros, o en otra forma, todo es coima.
AMOS FÉDOROVICH: —Pero no, Antón Antónovich. En cambio, por ejemplo, si alguien tiene un sobretodo que vale quinientos rublos y su mujer un chal que...
ALCALDE: —Bueno... ¿Y si usted recibe coimas bajo la forma de perdigueros...? ¿Qué? En cambio, no cree en Dios, nunca va a la iglesia; y yo, por lo menos, soy hombre de fe firme y voy a la iglesia todos los domingos. Y usted... ¡Oh, yo lo conozco! Cuando empieza a hablar de la creación del mundo, a uno se le erizan los cabellos.
AMOS FÉDOROVICH: —Tenga en cuenta que llegué a esa conclusión solo, con mi propia inteligencia.
ALCALDE: —Bueno. De todos modos, más vale no tener inteligencia que tener demasiada. Por lo demás, sólo hablé del juzgado por hablar; para serle franco, no creo que a nadie se le ocurra asomarse ahí; es un lugar tan envidiable, que el propio Dios lo ampara. En cuanto a usted, Luká Lúkich, como supervisor de escuelas, le convendría ocuparse especialmente de los maestros. Desde luego, se trata de gente culta y que ha estudiado en diversos colegios, pero tienen unas costumbres muy raras, que se deben seguramente a su condición de pedagogos. Uno de ellos, por ejemplo, el de la cara regordeta..., no recuerdo su apellido..., siempre que sube a la tarima hace una mueca como ésta (hace una mueca) y luego, con la mano, disimulada bajo la corbata, empieza a alisarse la barba. Claro está que cuando le hace esa mueca a un alumno, el hecho carece de importancia; quizás hasta deba ser así, eso es algo que no puedo juzgar; pero piénselo un poco... Si ese maestro le hiciera esa mueca a un visitante, el asunto podría tomar muy mal cariz; el señor inspector, o cualquier otro podría creer que eso va por su cuenta. ¡Las complicaciones serían terribles!
LUKA LÚKICH: — ¿Y qué quiere que haga con él? Ya se lo he dicho varias veces. Hace unos días, sin ir más lejos, cuando visitó la clase nuestro caudillo político, ese maestro hizo una mueca más espantosa que nunca. Lo movía su innata bondad, nada más, pero yo me gané un sermón por hacerle inculcar ideas liberales a la juventud.
ALCALDE : —Lo mismo debo hacerle notar con respecto al maestro de historia. Es un sabio (eso es evidente, sabe mucho), pero se expresa con tanta vehemencia, que se olvida de todo. Días pasados lo estuve escuchando. Mientras hablaba de los asirlos y los babilonios, todo iba bien, pero cuando llegó a Alejandro el Grande lo que pasó no tiene nombre. ¡Creí que se había incendiado el aula, se lo juro! ¡Bajó corriendo de la tarima y empezó a golpear furiosamente el suelo con la silla! Claro está que Alejandro el Grande es un héroe, pero... ¿a qué romper las sillas? Eso perjudica al fisco.
LÜKA LÚKICH: —¡Sí, es muy vehemente! Ya se lo he hecho notar varias veces... Y me contestó: "¿Qué quiere que haga? ¡Yo daría la vida por la ciencia!"
ALACADE: —Sí, tal es la misteriosa ley del destino: el hombre inteligente, cuando no es un borracho, luce unas muecas capaces de hacerlo huir a uno al fin del mundo.
LUKÁ LÚKICH: —¡Triste fatalidad la de servir en-la rama escolar! Todo lo asusta a uno; todos se entrometen, todos quieren demostrar que también ellos son inteligentes.
ACALDE: —Eso no sería nada... ¡Lo peor es ese maldito funcionario de incógnito! Imagínese que de repente se nos aparezca. "¡Ajá!", dirá. "¡De modo que aquí los tengo a todos ustedes, caballeros! ¿Y quién es el juez del pueblo?" "Liapkin-Tiapkin, señor." "¡Que me traigan a Liapkin-Tiapkin! ¿Y quién es el director del hospital?" "Zemlianika, señor." "¡Que me traigan a Zemlianika!" ¡Eso es lo malo!

Escena II
Dichos y el JEFE DE CORREOS.
JEFE DE CORREOS: —¡Explíquenmelo, señores! ¡Qué!
¿Qué pasa? ¿Qué funcionario es el que viene?
ALCALDE : —¿Acaso no ha oído hablar del asunto?
JEFE DE CORREOS: —Se lo oí decir a Petr Ivánovich Bóbchinsky. Acaba de visitarme en el Correo. ALCALDE: —¿Y bien?... ¿Qué opina del asunto?
JEFE DE CORREOS: —¿Qué opino? Creo que tendremos guerra con los turcos.
AMOS FÉDOROVICH: —¡Justo! ¡Lo mismo pensaba yo!
ALCALDE: —¡Sí, a los dos se les ha ocurrido el mismo disparate!
JEFE DE CORREOS: —¡Habrá guerra con los turcos! ¡Se lo aseguro! Todo eso son intrigas del francés. ALCALDE: —¡Qué guerra ni qué niño muerto! Somos nosotros quienes lo pasaremos mal y no los turcos. Es cosa sabida: tengo una carta.
JEFE DE CORREOS: —Si es así, no habrá guerra con los turcos.
ALCALDE: —¿Y bien?... ¿Cómo están sus cosas, Iván Kúsmich?
JEFE DE CORREOS: —¿Qué importa eso? ¿Cómo están las suyas, Antón Antónovich?
ALCALDE: —¿Las mías? No diré que sienta terror, pero sí un poco de miedo... Los mercaderes y los burgueses me causan dificultades. Dicen que les saco mucho dinero; y yo, palabra de honor, si alguna vez le saqué algo a cualquiera de ellos, lo hice sin mala intención. Hasta he pensado (toma al JEFE DE CORREOS del brazo y lo lleva aparte)..: hasta he pensado esto... ¿No habrá alguna denuncia contra mí? ¿Realmente... ? ¿Cómo se explica que venga un inspector aquí? Escúcheme, Iván Kúsmich. ¿No podría usted, en bien de todos, abrir y leer un poco?. ¿Comprende?... Abrir y leer un poco todas las cartas que le lleguen al Correo, para ver si no contienen alguna denuncia o, simplemente, alguna correspondencia reveladora. En caso contrario, se puede volver a cerrar el sobre; por lo demás, hasta se lo puede entregar así, abierto.
JEFE DE CORREOS: —Lo sé, lo se... No me dé lecciones. Eso lo hago no por cautela sino, más que nada, por curiosidad; me muero por saber qué novedades hay en el mundo. Le aseguro que esa lectura es interesantísima. Hay cartas que se leen con deleite... ¡Se pinta ahí cada cosa!... ¡Son más instructivas que El Informativo de Moscú.
ALCADE: —Entonces, dígame... ¿No ha leído sobre un funcionario de San Petersburgo?
JEFE DE CORREOS: —No, no se habla de ningún funcionario de San Petersburgo, aunque sí de varios "de Kostrom y.Sarátov. Pero es una lástima, qué usted no lea esas cartas: contienen pasajes preciosos. Hace poco, sin ir más lejos, un subteniente le escribía a un amigo, al describirle un baile en. el más juguetón de los lenguajes..., muy, muy bonitamente: "Aquí la vida fluye en el séptimo cielo, querido amigo", decía. "Hay muchas muchachas, Suena la música, se baila con entusiasmo..." Sí. Lo pintaba con mucha emoción. Me guardé la carta expresamente. ¿Quiere que se la lea?
ALCALDE: —Ahora no estamos para bailes. De modo que hágame el favor, Iván Kúsmich: si, por casualidad, cae en sus manos una queja o una denuncia, reténgala sin la menor consideración.
JEFE DE CORREOS: —Con muchísimo gusto.
AMOS FÉDOROVICH: —Mire que algún día lo pagará caro.
JEFE DE CORREOS :—¡Ay, Dios mío!
ALCALDE: —No es nada, no es nada. Otra cosa sería si lo hiciera en público, pero, después de todo, es , algo que queda en familia.
AMOS FÉDOROVICH: —Sí. ¡Este asunto no me gusta nada! Y yo, lo confieso, iba a visitarlo para regalarle un perrito, Antón Antónovich. Hermano de sangre del perdiguero que usted conoce. Como habrá oído decir, Cheptóvich y Berjovinsky han iniciado un pleito, y ahora estoy en la gloria: cazo conejos en las tierras del uno y del otro.
ALCALDE: —¡Dios mío! Ahora no me divierten sus conejos. Ese maldito funcionario de incógnito no abandona mis pensamientos ni a sol ni a sombra. Uno espera que, de un momento a otro, se abrirá la puerta... y ¡zas!...
Escena III
Dichos DOBCHINSKY y BÓBCHINSKY {quienes entran sofocados).
BÓBCHINSKY: —¡Un acontecimiento extraordinario!
DOBCHINSKY:—¡Una novedad inesperada!
TODOS:—¿Qué? ¿Qué pasa?
DOBCHINSKY : —Un caso imprevisto: llegamos a la posada. ..
BÓBCHINSKY (Interrumpiéndolo.): —Llegamos con Petr Ivánovich a la posada...
DOBCHINSKY (Interrumpiéndolo.): —¡Eh! Permítame, Petr Ivánovich. Permítame que lo cuente yo.
BÓBCHINSKY: —¡Oh, no! Permítame que yo.. ..permítame, permítame... Usted no sabrá decirlo como es debido.
DOBCHINSKY: —Y usted se confundirá y olvidará, algo.
BÓBGHINSKY : —Lo recordaré todo, se lo juro, lo recordaré todo. ¡No me estorbe, déjeme contarlo, no me estorbe! Señores, díganle a Petr Ivánovich que no me estorbe.
ALCALDE: —¡Vamos, hablen, por amor de Dios!... ¿Qué ha pasado? ¡Siéntense! Petr Ivánovich, siéntese. (Todos se sientan alrededor de los dos PETR IVÁNOVICH.) Bueno... ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
BÓBCHINSKY: —¡Permítame, permítame! Lo contaré todo por orden. (Al ALCALDE.) Apenas tuve el placer de salir de su casa, cuando usted tuvo a bien turbarse al recibir la carta, sí..., entonces, entré a... ¡Por favor, no me Interrumpa, Petr Ivánovich! ¡Ya lo sé todo, todo, todo! De modo que permítame que se lo diga. Corrí a casa de Korobkin. Y al no encontrar en casa a Korobkin, fui a ver a Rastakovsky, y al no encontrar a Rastakovsky, fui en busca de Iván Kúsmich, para comunicarle la noticia que usted acababa de recibir, y al ir allá, me encontré con Ivánovich...
DOBCHINSKY (Interrumpiéndolo.): —Junto al quiosco donde venden pasteles.
BÓBCHINSKY : —-Junto al quiosco donde venden pasteles. Sí. Me encontré con Petr Ivánovich y le dije:
"¿Está enterado de la noticia que recibió Antón Antónovich, en carta fidedigna?" Y Petr Ivánovich ya lo sabía por boca del ama de llaves de usted, Avdotia, la cual, no sé para qué, había sido enviada a casa de Filip Antónovich Pochechúev.
DÓBCHINSKY (Interrumpiéndolo.): —En busca de un barrilito de vodka francés.
|BÓBCHINSKY (Apartándole las manos.): —En busca de un barrilito de vodka francés. De modo que fuimos con Petr Ivánovich a casa de Pochechúev... ¡Vamos; Petr Ivánovich!... ¡No me interrumpa, por favor, no me interrumpa! Fuimos a casa de Pochechúev, pero, por el camino, Petr Ivánovich me dijo: "Entremos a la posada. Siento un vacío en el estómago..., no he probado bocado desde la mañana.... Y esta mañana a la posada han traído estusrión fresco. Podemos comer a gusto". Y acabábamos de llegar a la posada, cuando de repente un-hombre joven...
DOBCHINSKY (Interrumpiéndolo.): —No mal parecido, con traje de civil...
BÓBCHINSKY : —No mal parecido, con traje de civil, se paseaba así por la habitación y con un aire..., una manera de obrar,y aquí... (señala con la mano derecha cerca de la frente)... y aquí tenía..., bueno, parecía saber de todo. Tuve como un presentimiento y le dije a Petr Ivánovich: "Aquí hay gato encerrado". Eso es. Y Petr Ivánovich ya había llamado con el dedo al posadero..., al posadero Vías; la mujer de Vías dio a luz hace tres semanas y tienen un chiquitín de tantos bríos... Será posadero como su padre, no cabe duda. Después de llamar a Vías, Petr Ivánovich le preguntó, en voz baja: "¿Quién es ese joven?" Y Vías le contestó: "Ese es..." ¡Oh, no me interrumpa, por favor, Petr Ivánovich, no me interrumpa! Usted no lo contará como es debido, tiene una muela perforada y la voz le silba. "Ese es", dijo Vías, "un joven funcionario... sí..., un joven funcionario que viene de San Petersburgo", dijo, "y se llama Iván Aleksándrovich Jlestakov, y viaja hacia la gobernación de Sarátóv y obra de la manera más extraña; ya van dos semanas que vive aquí, no sale de la posada, lo toma todo a crédito y no quiere pagar un solo centavo". Apenas me dijo eso, Dios me iluminó. "¡Eh!", le dije a Petr Ivánovich.
DÓBCHINSKY: —No, Petr Ivánovich. Fui yo quien dijo: "¡Eh!"
BÓBCHINSKY: —Primero lo dijo usted y luego también yo dije: "¡Eh!"."¡Eh!", dijimos Petr Ivánovich y yo. "¿Por qué se estará quietecito aquí ese caballero, cuando tiene que seguir viaje a la gobernación de Sarátóv?." Eso es, eso es. De modo que es él, es. ese funcionario.
ALCALDE: —¡Cómo! ¿Qué funcionario?
BÓBCHINSKY: —El funcionario sobre el cual usted se sirvió recibir una carta... El inspector.
ALCALDE (Con terror.): —¿Qué dice? ¡Vamos, vamos! No es él.
DÓBCHINSKY: —¡Es él! Ni paga ni sigue su viaje. ¿Quién podría ser sino él? Y su licencia de tránsito está dirigida a Sarátóv.
BÓBCHINSKY |: —Es él, por Dios que es él... ¡Es tan observador! ¡No se le escapa nada! Vio que Petr Ivánovich y yo .comíamos esturión..., más que nada porque Petr Ivánovich tenía un vacío en el estomago..., y... ¿saben qué hizo? Pues bien..., ¡,miró en los platos! Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
ACALDE: —¡Dios mío! ¡Apiádate de nosotros, pecadores! ¿Dónde está alojado?
DÓBCHINSKY: —En el número cinco, debajo de la escalera.
BÓBCHINSKY: —En la misma habitación donde riñeron esos oficiales el año pasado.
ALCALDE: —¿Y está aquí desde hace mucho tiempo?
BÓBCHINSKY : —Ya van dos semanas. Llegó el día de San Basilio.
ALCALDE: —¡Dos semanas! (Aparte.) ¡Dios santo!Sálvame, te lo ruego! ¡En esas dos semanas, azotamos a la mujer del subteniente, no les dimos de comer a los presos, las calles están llenas de mugre! ¡Qué vergüenza, qué desastre! (Se aferró, la cabeza.)
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Bueno, Antón Antónovich, ¿vamos en procesión a la posada?
AMOS FÉDOROVICH: —¡No, no! Sería mejor que el grupo fuese encabezado por el clero y los mercaderes…
ALCALDE: —¡No, no, permítanme! Ya me he visto en apuros más de una vez y he salido bien del trance y hasta me han dado las gracias. Quizás Dios me saque también de este atolladero. (Volviéndose hacia BÓBCHINSKY.) ¿Dice usted que el forastero es joven?
BÓBCHINSKY: —Sí. Tendrá de veintitrés a veinticuatro años.
ALCALDE: —Más vale así: resultará más fácil sonsacarlo. Lo malo es tratar con un zorro viejo: el joven todo lo tiene a flor de piel. Ustedes, señores, prepárense a afrontar la situación por su lado, y yo iré solo con Petr Ivánovich, digamos, como quien da un paseo, sin carácter oficial, para averiguar si atienden debidamente a los pasajeros de la posada. ¡Éh,Svistunov!
SVISTUNOV: —¿Qué?
ALCALDE: —Vete a traerme al jefe de policía. ¡O más vale que te quedes! ¡Te necesito! Dile a alguien que me mande cuanto antes al jefe de policía y vuélvete aquí.
(El VIGILANTE sale corriendo, desalado.)
ARTEMIO FILÍPOVICH: —¡Vamos, vamos. Amos Fédorovich! Realmente, podría ocurrir una desgracia.
AMOS FÉDOROVICH: —¿Qué teme, Artemio Filípovich? A usted le bastará con ponerles gorros limpios a sus enfermos y sanseacabó.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —¿Quién piensa en los gorros? Ordené que les dieran sopa de coles a los enfermos, y en los pasillos del hospital hay un olor como para taparse las narices.
AMOS FÉDOROVICH: —Por ese lado, estoy tranquiló. En realidad..., ¿quién tendría el valor de asomarse a un juzgado de provincias? Y si metiera las narices en un expediente, lo lamentaría toda la vida. Soy juez desde hace quince años, y cuando miró un escrito judicial..., prefiero encogerme de hombros. El propio rey Salomón no sabría decidir quién dice ahí la verdad y quién miente.

(El JUEZ, el DIRECTOR DEL HOSPITAL, el SUPERVISOR DE ESCUELAS y el JEFE DE CORREOS hacen mutis y chocan en la puerta con el VIGILANTE que vuelve.)

ESCENA IV
El ALCALDE, BÓBCHINSKY, DÓBCHINSKY y el VIGILANTE.
ALCALDE: —Bueno. ¿El birlocho está a la puerta?
VIGILANTE: —Sí que está.
ALCALDE: —Vete a la calle.... o no.... ¡más vale que te quedes! Vete, tráeme... Pero..., ¿dónde están los demás? ¿Acaso eres el único? ¡Di orden de que Projórov viniese también! ¿Dónde está Projórov? VIGILANTE: —En una casa particular, pero no puede trabajar.
ALCALDE:—¿Porqué?
VIGILANTE: —Pues porque esta mañana lo trajeron borracho perdido. Ya le han echado encima dos baldes de agua y no ha vuelto en sí.
ALCALDE (Aferrándose la cabeza.): —¡Ay, Dios mío, Dios mío! Corre a la calle... O no... Corre antes a mi habitación... ¿Oyes?... Y tráeme la espada y el sombrero nuevo. jVamos, Petr Ivánovich, en marcha!
BÓBCHINSKY : —Y yo, y yo también... ¡Permítame que vaya yo también, Antón Antónovich!
ALCALDE: —¡No, no, Petr Ivánovich, imposible, imposible! Resultaría chocante que fuéramos tantos, y además en el birlocho no hay sitio para los tres.
BÓBCHINSKY: —No se preocupe, no se preocupe: yo correré detrás del birlocho. Me conformo con mirar por una ranura, con asomarme por la puerta, para ver cómo se porta el forastero...
ALCALDE (Recibiendo la espada, al sargento.): —Vete corriendo, reúne a los vigilantes y que cada uno de los lleve... ¡Oh, qué estropeada está mi espada! ¡Maldito sea el mercader Abdulin! ¡Ve que la espada del alcalde está vieja y no es capaz de mandarle una nueva! ¡Vaya unos pillos que son esos mercaderes! Y con seguridad que todos ellos llevan su denuncia bajo la manga. Que cada uno de los vigilantes tome una escoba... y barra a conciencia toda la calle que lleva a la posada... ¿Oyes? Y ten Cuidado... ¡Te conozco! Acostumbras meterte en el chaleco las cucharitas de plata... ¡Cuidado, que a mí no me engaña nadie! ¿Y qué has hecho con el mercader Cherniáiev? ¿Eh? ¡Cherniáiev te dio un par de metros de paño para un uniforme y tú le birlaste toda la pieza! ¡Cuidado! ¡No coimeas de acuerdo con tu jerarquía! ¡Vete!

Escena V
Dichos y el JEFE DE POLICÍA.

ALCALDE: —¡Ah! ¿Es usted, Stepán Ilich? ¡Por amor de Dios! ¿Dónde se había metido?
JEFE DE POLICÍA: —Estaba a un paso de aquí.
ALCALDE: —¡Escúcheme! Ha llegado ese funcionario de San Petersburgo. ¿Qué medidas ha tomado usted?
JEPE DE POLICÍA: —Las que me indicó. Mandé al sargento Púgovitzin con varios vigilantes a limpiar la calle.
ALCALDE: —¿Y dónde está Derjimorda?
JEFE DE POLICÍA: —Se ha ido con la bomba a apagar un incendio.
ALCALDE: —¿ Y Projórov está borracho ?
JEPE DE POLICÍA:—Borracho.
ALCALDE: —¿Y cómo se lo ha permitido?
JEFE DE POLICÍA: —¡Vaya uno a saber! Ayer hubo una pelea en los suburbios... y Projórov fue allí a poner orden y volvió borracho.
ALCALDE: —Escúcheme, pues. Haga lo siguiente: al sargento Púgovitzin, que es tan alto, ubíquelo en el puente; así causará buena impresión. Haga adecentar, a toda prisa esa vieja tapia que está junto al zaguán del remendón y que le pongan unas vigas para que parezca en reparaciones. ¡Cuantas más obras públicas haya, más se nota la actividad del alcalde! ¡Ay, Dios santo! Ahora recuerdo que junto a esa tapia hay una montaña de desperdicios, como para llenar cuarenta carretas. ¡Qué pueblo éste! ¡Basta con levantar un monumento o una simple tapia para que le acumulen al lado toneladas de basura! (Suspira.) Y si el funcionario que acaba de llegar les pregunta a nuestros empleados públicos si están contentos, todos deberán responder: "Muy contentos, Excelencia". Y el que no lo esté, ya verá lo que le pasa. ¡Oh, oh, pecador de mí, pecador de mí! (En lugar del sombrero, toma una caja de cartón.) ¡Haz que esto pase pronto. Dios mío, y te pondré un cirio como no se ha visto nunca! ¡A cada uno de esos estúpidos mercaderes lo obligaré a mandarme diez kilos de cera! ¡Oh Dios mío. Dios mío! ¡En marcha, Petr Ivánovich! (En lugar del sombrero, quiere encasquetarse en la cabeza la caja de cartón.)
JEFE DE POLICÍA: —Antón Antónovich, eso es una caja, no un sombrero.
ALCALDE (Mirando la caja.): —¿Una caja? ¡Al diablo con ella! Y si preguntan por qué no hemos reedificado la capilla del hospital, para la cual se destino una suma. de dinero hace años, que no se olviden de decir que empezamos a construirla, pero que se quemó. Sobre ese asunto, ya presenté un informe. ¡No lo Olvide! De lo contrario, algún imbécil podría decir irreflexivamente que las obras ni siquiera se iniciaron. Y dígale a Derjimorda que no les dé mucho gusto a sus puños: para poner orden, acostumbra empavonarle los ojos a todo el mundo, lo mismo al culpable que al inocente. ¡Vamos, vamos, Petr Ivánovich! (Falso mutis.) ¡Y no deje salir a la calle a los soldados en ropas menores! Esos bribones se ponen la chaqueta sobre la camisa y abajo no hay nada. (Mutis general.)

Escena VI
ANA ANDREEVNA y MARÍA ÁNTÓNOVNA salen corriendo.

ANA ANDREEVNA: —¿Dónde, dónde están? ¡Ay, Dios mío!... (Abriendo la puerta.) ¡Marido! ¡Antoñito! ¡Antón! (Hablando con rapidez.) ¡Y tú tienes la culpa de todo! ¡Que el alfiler, que la trenza, que...! ¡No había forma de terminar contigo! (Corre hacia la ventana y grita.) ¡Antón! ¿Adonde vas? ¿Adonde vas? ¡Qué! ¿Llegó ya? ¿Llegó el inspector? ¿Tiene bigotes? ¿Qué bigotes?
Voz DEL ALCALDE: —¡Después, querida, después!
ANA ANDREEVNA: —¿Después? ¡Mira con lo que sales! ¡Después!... ¡No quiero saber nada de esperar!... Me basta con que me digas esto: ¿qué es el forastero? ¿Coronel? ¿Eh? (Con desdén.) ¡Se fue! ¡No olvidaré la perrería que me has hecho! ¡Y toda la culpa es tuya, Masha: "Mamita, mamita, espera, me falta recogerme la trenza, ya voy". ¡Y lo ves! ¡Ahora, nos hemos quedado en ayunas! Y todo a causa de tu maldita coquetería: apenas oíste decir ¡bahía llegado el jefe de Correos, empezaste a hacer dengues ante el espejo, a mirarte por todos lados. Crees que te galantea y en realidad te hace una
mueca apenas le vuelves la espalda.
MARÍA ÁNTÓNOVNA: —¡Qué le vamos a hacer, mamita! De todos modos, dentro de dos horas lo sabremos todo.
ANA ANDREEVNA: —¿Dentro de dos horas? ¡Muchísimas gracias! ¡Me extraña que no se te haya ocurrido decir que -dentro de un mes lo sabremos mejor! (Se asoma a la ventana.) ¡Eh, Avdotia! ¿Oíste decir que llegó alguien? ¿No? ¡Estúpida! ¿Dices que el alcalde te agitó las manos? ¿Y qué? ¡De todos modos, podías habérselo preguntado! ¡Pensar que no lograste averiguar algo tan sencillo! Es que tienes la cabeza llena de tonterías, no haces más que pensar en novios. ¿Qué dices? ¿Que se fueron pronto? ¡Hubieras seguido al birlocho! ¡Corre, corre inmediatamente! Pregunta qué forastero es ése, si es guapo... ¿Entiendes? Mira por el ojo de la cerradura y averígualo todo, qué ojos tiene, si son negros o no, y vuelve ahora mismo... ¿Me oyes? ¡Apúrate, apúrate, apúrate! (Sigue gritando hasta que ha bajado totalmente el telón, que cubre a madre e hija, asomadas a la ventana.)

ACTO II
Pequeña habitación de la posada. Una cama, una mesa, una maleta, una botella vacía, unas botas, un cepillo, etc.)

Escena Primera
OSIP, tendido sobre la cama de su amo

OSIP: —¡Diablos! ¡Qué ganas tengo de comer, que alboroto en el estómago! Se diría que todo un regimiento está tocando ahí la diana. ¡Creo a este paso, no llegaremos a casa! ¡Qué le hemos de hacer! ¡Hace dos meses ya que salimos de San Petersburgo! ¡Por el camino, el pobre diablo de mi amo perdió todo su dinero a los naipes y ahora sé está sentado aquí muy quietecito, con el rabo entre las piernas, y le pone a mal tiempo buena, cara. Y habríamos podido llegar perfectamente a casa, pero el muy engreído tenía que exhibirse en todas partes. (Haciéndole burla a su amo.) "¡Eh, Osip! ¡Pide la „ mejor habitación y encárgame el mejor almuerzo! Yo no aguanto un mal almuerzo, necesito lo mejor que haya." ¡Y vaya y pase si fuera un alto funcionario! Pero... ¡qué! ¡Si es un tinterillo cualquiera! Trabó relación con otro pasajero, se fue de cabezal a las barajas..., ¡y aquí estamos varados! ¡Ah! ¡Ya me harta esta vida! En el campo se vive mejor, ya lo creo: no hay tanta sociedad, pero uno tiene menos preocupaciones. Basta con conseguirse una paisana y uno se pasa la vida tirado por ahí y comiendo pastelillos. Bueno... Claro que la vida de San Petersburgo es mejor. Si uno tiene dinero se da la gran vida, una vida muy refinada y de gran tren: hay teatros, uno ve números raros y todo lo que le da la gana. Se habla allí un lenguaje tan florido que ni los nobles: uno va al barrio comercial y los mercaderes lo saludan a gritos desde sus puertas; cuando hay que cruzar el río en lancha, uno viaja en compañía de un funcionario; si se aburre, entra a un negocio y allí algún caballero le cuenta cosas de la guerra y le explica la significación de cada estrella del cielo, de tal modo que las cosas le resultan tan claras como si las tuviera sobre la palma de la mano. Y, a veces, entra alguna vieja con una doncella que..., ¡vamos!... (Ríe y menea la cabeza.) A uno lo tratan como si fuera un aristócrata! Nunca se oye una sola palabra descortés: me dicen "usted". Si me aburro de caminar, tomo un coche y me paseo como un gran señor, y si no quiero pagarle al cochero, pues no le pago: todas las casas tienen dos puertas y luego que me echen un galgo. ?Sólo hay esto de malo: unos días se come como príncipe y otros se revienta de hambre, como ahora. Y el amo tiene la culpa de todo. ¿Qué hacer con el? Su padre le manda dinero y le bastaría con cuidarlo, pero..., ¡qué! ¡Vaya parranda! Coche a cada momento, a diario voy a comprarle billetes para el teatro y a la semana..., ¡zas!..., me manda a empeñar el frac nuevo. A veces, empeña hasta su última camisa y se queda en ropas menores y capote. ¡Palabra de honor! ¡Y pensar que todas sus prendas de vestir son de tan buen paño! ¡Casimir inglés nada menos! El frac solamente vale ciento cincuenta rublos, y en el empeño sólo le dan veinte; y de los pantalones no hablemos... ¡le dan cualquier cosa! Y todo ¿por qué? Porque no se de nada serio: en lugar de dedicarse a su trabajo sé pasa el tiempo paseándose por la Perspectiva Nevski y jugando a los naipes. ¡Si lo supiera el viejo patrón! Aunque seas un funcionario, ángel mío, te levantaría la camisa y te daría una azotaina de esas que obligan a rascarse cuatro días consecutivos. ¡El funcionario debe ser un funcionario, qué demonios! Y ahora, el posadero dice que no nos dará de comer mientras no le hayamos pagado lo que le debemos. ¿Y si no se lo pagamos? (Con un suspiro.) ¡Ay, Dios mío! ¡Si nos diera aunque sólo fuese unas coles! Me parece que, en este momento, yo sería capaz de engullirme al mundo entero. Llaman a la puerta: debe ser él. (Se levanta precipitadamente de la cama.)

Escena II
OSIP y JLESTAKOV.
JLESTAKOV: —Vamos, toma esto. (Le da el sombrero y el bastoncito de bambú.) ¡Aja! ¿Has vuelto a revolcarte en la cama?
OSIP: —¿Y para qué habría de revolcarme? ¿Acaso es la primera vez que veo una cama?
JLESTAKOV: —Mientes, te has revolcado. ¿Ves? ¡Está toda revuelta!
OSIP: —¿Y para qué la quiero? ¿Acaso no sé qué es una cama? Tengo piernas: puedo estar de pie. ¿Para qué quiero su cama?
JLESTAKOV (Dando vueltas por la habitación.): —-Fíjate en la tabaquera. ¿No queda más tabaco?
OSIP: —¿Cómo quiere que haya? Hace cuatro días, usted se fumó lo poco que quedaba.
JLESTAKOV (Se pasea y frunce caprichosamente los labios: por fin dice con voz, sonora y tono decidido.):—Oye... ¡Eh, Osíp!
QSIP : —¿ Qué quiere ?
JLESTAKOV (Con voz mucho menos sonora y con tono menos decidido.): —Ve allí.
OSIP:—¿Adonde?
JLESTAKOV (Con voz mucho menos sonora y en la que ya no se transparentó la menor decisión y se advierte algo muy próximo a una súplica.): —Abajo, a la cocina. Diles que me den de almorzar.
OSIP:—No, no quiero ni ir.
JLESTAKOV: —¿Cómo te atreves a contestarme así, estúpido?
OSIP: —Pues me atrevo; de todos modos, aunque vaya, eso no serviría de nada. El posadero dijo que ya no nos daría de comer.
JLESTAKOV: —¿Cómo que no? ¡Vaya un absurdo!
OSIP: —Y, además, dice que irá a denunciarle el caso al alcalde; ya van tres semanas que estamos aquí y usted no le paga. "Tú y tu amo", me dice, "sois unos bribones..., y tu amo es un estafador". "Ya hemos visto picaros y sinvergüenzas de esa laya", dice.
JLESTAKOV: —Y a ti te alegra repetírmelo apenas lo has oído, bestia.
OSIP: —Y también dice: "Así, cualquiera puede vivir como un príncipe y endeudarse: y después, uno ni siquiera puede echarlo". "A mí", dice, "no me gustan las bromas. Iré derechito a hacer la. denuncia, para que lo llamen a declarar y luego a la cárcel".
JLESTAKOV: —¡Vamos, vamos, tonto! ¡Basta! Díselo. ¡Vaya un animal y un bruto!
OSIP:—Más vale que yo llame aquí al propio posadero.
JLESTAKOV: —¿Para qué? Ve a decírselo tú.
OSIP:—Más vale, señor.
JLESTAKOV: —Vamos, vamos. ¡Que te lleve el diablo! Llama al posadero.
(OSIP sale.)

Escena III
JLESTAKOV (solo)
JLESTAKOV: —¡Tengo unas ganas de comer que me muero! Di un paseo, confiando en perder el apetito..., ¡y nada, qué diablos, no se va ni por pienso! De no ser por la francachela de Pensa, me habría alcanzado el dinero para llegar a casa. Aquel capitán de infantería me maltrató de veras. ¡Qué modo de sacar ases! ¡Qué bárbaro! Habremos jugado un cuarto de hora, a lo sumo..., y me dejó en la calle Y, con todo, me muero por volver a medirme con él. Pero no hay oportunidad. ¡Qué pueblecito mala muerte! En las despensas no fían nada. ¡Que canallas! (Silba los compases iniciales de "Roberto el Diablo", luego otra melodía de moda, y finalmente, algo que no es ni fu ni fa.) Se ve que no quiere venir nadie.

Escena IV
JLESTAKOV, OSIP y el CAMARERO de la posada.
CAMARERO:—El patrón pregunta qué quiere.
JLESTAKOV: —¡Hola, hermano! ¿Cómo estás?
CAMARERO : —Bien, a Dios gracias.
JLESTAKOV: —Y... ¿qué tal? ¿Cómo va la posada? ¿Todo va bien?
CAMARERO: —Sí. A Dios gracias, todo va bien.
JLESTAKOV: —¿Muchos pasajeros?
CAMARERO:— Sí, bastantes.
JLESTAKOV: —Oye, querido. Hasta ahora, no me han traído el almuerzo, de modo que haz el favor de meterles prisa. Después de almorzar tengo que hacer... ¿Me entiendes?
CAMARERO: —El patrón dice que no le mandará más de .comer. En realidad, hoy quería ir a quejarse al alcalde;
JLESTAKOV; —¿A quejarse? ¿Para qué? Como comprenderás, querido, yo necesito comer. Si no comiera, podría adelgazar. Tengo muchas ganas de comer, te lo digo en serio.
CAMARERO— SÍ, señor. El patrón dice: "No le daré de comer mientras no me haya pagado lo que me debe". Eso fue lo que contestó.
JLESTAKOV:—Pues hazlo entrar en razón, convéncelo. .
CAMARERO: —¿Qué quiere que le diga? .
JLESTAKOV: —Hazle entender, seriamente, que necesito comer. El dinero es el dinero. Pero esto ya es otra cosa. El patrón cree que como a él, un campesino, no le importa pasarse un día sin comer, a los demás les pasa lo mismo. ¡Vaya una ; ocurrencia!
CAMARERO— Bueno, se lo diré.

Escena V
JLESTAKOV (Solo)
JLESTAKOV: —Las cosas se pondrán feas si no me manda nada. Tengo más ganas de comer que nunca. ¿Y si vendiera algo de ropa? ¿Los pantalones, por ejemplo? No, más vale pasar hambre, pero llegar a casa con el traje de San Petersburgo. Es una lástima que Joachim no me; haya alquilado el coche. ¡Habría sido magnífico volver a casa en coche y visitar como un magnate a algún hacendado vecino y llegar a sus puertas con los faroles encendidos y con Osip sentado a la zaga, de librea ¡Qué alboroto hubiera causado eso! "¿Quién es, qué pasa?" Y, entonces, entra el lacayo (.Se cuadra, encariñando al lacayo.): "Iván Aleksándrovich Jlestakov, de San Petersburgo. ¿Se sirve recibirlo?" ¡Esos pobres diablos ni siquiera saben qué significa "se sirve recibirlo"! ¡Cuando viene a visitarlos algún hacendado, el muy oso entra derechito a la sala! Y luego, uno se arrimaría a alguna de sus lindas hijas y le diría: "Señorita, yo... (Se frota las manos y hace una reverencia, con aire galante.) ¡Al demonio. (Escupe.) ¡Tengo unas ganas de comer que hasta me dan náuseas!

Escena VI
JLESTAKOV, OSIP y el CAMARERO.
JLESTAKOV: —¿Y qué?
OSIP : —Traen el almuerzo.
JLESTAKOV (Palmotea de alegría y se levanta de la silla con un saltito.): —¡Lo traen! ¡Lo traen! ¡Lo traen!
CAMARERO (Con platos y una servilleta.): —El patrón lo manda por última vez.
JLESTAKOV: —Tu patrón, tu patrón... ¡Bueno, que se vaya al diablo tu patrón! ¿Qué traes?
CAMARERO:—Sopa y estofado.
JLESTAKOV: —¡Cómo! ¿Sólo dos platos?
CAMARERO: —Sólo dos platos.
JLESTAKOV: —¡Qué absurdo! Eso yo no lo recibo. ¡Dile al patrón que me parece ridículo!... Es muy poco.
CAMARERO: —No, el patrón dice que hasta eso es demasiado.
JLESTAKOV: —¿Y por qué no hay salsa?
CAMARERO : —Salsa no hay.
JLESTAKOV: —¿Por qué? Yo mismo vi al pasar por la cocina que preparaban muchísima salsa. Y esta mañana, en el comedor, vi a dos individuos bajitos que comían esturión y mucho más de no sé qué.
CAMARERO : —Bueno, de eso hay, pero no hay.
JLESTAKOV: —¿Cómo que no hay?
CAMARERO : —Pues no hay.
JLESTAKOV: —¿Y el esturión y el pescado y las albóndigas?
CAMARERO:—Eso es para los más limpios.
JLESTAKOV:—¡Ah, imbécil!
CAMARERO : —Sí, señor.
JLESTAKOV: —¡Cerdo!... ¿Cómo se explica que ellos coman y yo no? ¿Por qué no puedo? ¿Acaso no son pasajeros como yo?
CAMARERO : —Claro que no.
JLESTAKOV: —¿Y qué son?
CAMARERO: —¡Ya se sabe! Ellos son de los que pagan.
JLESTAKOV: —No quiero discutir contigo, idiota. (Se sirve sopa y come.) ¿Qué sopa es ésta? Simplemente, has echado agua en la taza; esto no tiene ningún sabor, sólo huele mal. No quiero esta sopa, dame otra.
CAMARERO: —Me la llevaré. El patrón dijo: "Si no la quiere, te la llevas".
JLESTAKOV (Defendiendo la comida con las manos.):—Vamos, vamos.. . ¡Déjame, tonto! Estás acostumbrado a tratar así a los demás, pero yo soy distinto, hermano. ¡No te aconsejo obrar así conmigo! (Come.) ¡Dios mío, qué sopa! (Sigue comiendo.) ¡Creo que nadie ha comido aún semejante sopa! En lugar de aceite, sobrenadan unas plumas. (Corta el pollo.) ¡Ay, ay, vaya un pollo! ¡Dame el estofado! Ahí ha quedado un poco de sopa. Cómetela, Osip. (Corta el estofado.) ¿Qué estofado es éste? Esto no es estofado.
CAMARERO:—¿Y qué es, entonces?
JLESTAKOV: —No sé qué diablos es, pero no es estofado. Es un hacha cocinada en el horno. (Come.) ¡Bribones, canallas! ¿Qué le dan de comer a la gente? Basta con comer un pedacito para que duela la mandíbula. (Se hurga los dientes con el dedo.) ¡Pilletes! Se diría que uno ha comido madera, no hay modo de sacarlo; y hasta se ennegrecen los dientes después de semejantes platos. ¡Miserables! (Se limpia la boca con la servilleta.) ¿No hay nada más?
CAMARERO:—No.
JLESTAKOV: —¡Canallas, desalmados! Si por lo menos hubiesen agregado alguna salsa o un pedazo de pastel... ¡Holgazanes! Lo único que saben es despellejar a los pasajeros.
(El CAMARERO limpia la mesa y se lleva los platos en compañía de;0sip.)

Escena VII
JLESTAKOV, luego OSIP.
JLESTAKOV:—Se diría que no he comido; apenas si se me ha abierto el apetito. Si tuviera unas monedas, mandaría al mercado por una perdiz.
OSIP : —(Entrando.): —Ahí ha llegado, no sé para qué, él alcalde; está haciendo averiguaciones y pregunta por usted.
JLESTAKOV (Asustado.): —¡Zas! ¡Ese bruto del posadero ya tuvo tiempo de formular su denuncia! ¿Y si realmente me mandaran a la cárcel? Bueno... Si lo hicieran decorosamente, yo quizás... ¡No, no, no quiero! En este pueblo hay oficiales y vive mucha gente, y yo, para colmo, me di ínfulas y le guiñé el ojo a la hija de un mercader. No, no quiero... Pero... ¿Qué se ha creído ése? ¿Cómo se atreve? Cree que podrá tratarme como a un mercader o a artesano cualquiera? (Cobrando bríos e irguiéndose.) Le diré, sin ambages: "¿Cómo se atreve? Como es que usted... ?" (Gira el picaporte de: la puerta. JLESTAKOV palidece y se encoge.)

Escena VIII
JLESTAKOV, el ALCALDE y DÓBCHINSKY:
(El ALCALDE entra y se detiene. Ambos, asustados, se.miran fijamente, con los ojos dilatados de temor.) ALCALDE (Se repone un poco y se cuadra.): —¡Mis ;saludos y mis mejores augurios!
JLESTAKOV (Inclinándose.): —¡Servidor!
ALCALDE:—Disculpe...
JLESTAKOV: —No hay de qué...
ALCALDE: —Mi deber, como alcalde de este pueblo, es preocuparme de que no se moleste a los pasajeros y demás personas respetables...
JLESTAKOV (Comienza con un leve tartamudeo, pero al final habla con voz sonora y rotunda.): —¿Qué quiere que haga?... Yo no tengo la culpa... Le aseguro que pagaré. Me mandarán dinero de casa (BÓBCHINSKY asoma la cabeza por la puerta,) La culpa, en realidad, la tiene él; me da una carne dura como un tronco; y la sopa..., ¡vaya uno a saber qué pone ahí! Tuve que tirarla por la ventana. Me mata de hambre durante días enteros... ¡Su té es tan raro!... Huele a pescado. ¿Por qué yo habría de...? ¡Vaya una ocurrencia!
ALCALDE (Intimidado.): —Disculpe, la verdad es que yo no tengo la culpa. La carne de nuestro mercado es siempre buena. La traen los mercaderes de tierra adentro, gente que no bebe y de buena conducta.. Francamente, no sé de dónde saca esa carne el posadero. Y, si no es así... Permítame que lo invite a trasladarse conmigo a otro domicilio. .
JLESTAKOV: —¡No, no quiero! Ya sé qué significa ese otro domicilio: usted se refiere a la cárcel. Pero… ¿Con qué derecho me lo propone? ¿Cómo se atreve? Yo soy un funcionario de San Petersburgo... (Cobrando ánimos) ¡Yo, yo, yo...!
ALCALDE:(Aparte.): —¡Oh Dios mío! ¡Qué enojado está! ¡Ya lo sabe todo, ya se lo han contado todo esos malditos mercaderes!
JLESTAKOV (Envalentonado.): —Aunque usted venga ; a buscarme aquí con todos sus guardias..., ¡no iré! ¡Me quejaré al ministro! (Descarga un puñetazo sobre la mesa.) ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve?
ALCALDE (Cuadrándose y temblando de la cabeza a los pies.): —¡Perdóneme usted, no me pierda! Tengo mujer e hijos pequeños..., ¡no haga desdichado a un hombre para toda la vida!
JLESTAKOV: —-No, no quiero. ¡Vaya una ocurrencia! ¿Y a mí, qué me importa? ¿Por el hecho de que usted tenga mujer e hijos debo ir yo a la cárcel? ¡Muy bonito! (BÓBCHINSKY asoma la cabeza con aire asustado y vuelve a desaparecer.) No, muchísimas gracias, no quiero.
ALCALDE (Temblando.): —Todo ha sido por inexperiencia, se lo juro, por mera inexperiencia. Usted comprenderá: el sueldo no le alcanza a uno ni siquiera para el té y el azúcar. Si hubo coima, fue alguna pequeñez; una bagatela para la mesa y un corte-de paño para hacerse un traje. En cuanto a esos rumores de que mandé azotar a la viuda de un subteniente que se dedica al comercio, es una calumnia, por Dios se lo juro, una calumnia. La han inventado esos malvados que me persiguen; son gente tan perversa que sería capaz de atentar contra mi vida.
JLESTAKOV: —¿Ya mí, qué? Yo no tengo nada que ver con ellos... (Meditativo.) Pero no entiendo para qué me habla de unos malvados y de no sé qué viuda de un subteniente. Usted podrá hacer azotar .la viuda de un subteniente, pero conmigo no se atreverá;.. ¡Bueno, fuera! Yo pagaré, pagaré lo que debo, pero en este momento no tengo dinero. Por eso estoy varado aquí, precisamente: no tengo dinero.
ALCALDE (Aparté.): —¡Mírenlo! ¡Vaya un líncel! ¡Ha urdido un galimatías que cualquiera lo entiende Uno ni siquiera, sabe por dónde agarrarlo. Es un ladino! Bueno, suceda lo que suceda. Probaré. (En voz alta.) Si usted necesita realmente dinero, o cualquier otra cosa, estoy a su disposición. Mi deber es ayudar a los pasajeros que llegan-a este pueblo.
JLESTAKOV: —¡Présteme, sí, présteme algún dinero Le pagaré inmediatamente al posadero. Me bastará con doscientos rublos y aun con menos.
ALCALDE (Tendiéndole los billetes.): —Dosciento justitos, ni siquiera vale la pena que los cuente.
JLESTAKOV. (Tomando el dinero.): —Agradecidísimo. Se lo mandaré apenas haya llegado a mi aldea... Ha sido un imprevisto... Ya veo que usted es un hombre bien nacido. Ahora, el asunto cambia.
ALCALDE (Aparte.): —¡Bueno, menos mal! ¡Aceptó el dinero! Me parece que esto marchará sobre rieles. En lugar de doscientos, le endosé cuatrocientos.
JLESTAKOV: —¡Eh, Osip! (Entra OSIP.) ¡Llama al camarero! (Al ALCALDE y a DÓBCHINSKY.) ¿Por qué están de pie? Háganme el favor, siéntense. (A DÓBCHINSKY.) Siéntese, se lo ruego.
ALCALDE: —No se preocupe, nos quedaremos de pie.
JLESTAKOV: —Les ruego que se sienten. (Al ALCALDE.) Ahora veo la sinceridad de su carácter y la. bondad de su corazón; y yo creía que usted había venido para llevarme a... (A DÓBCHINSKY. ) ¡Siéntese! (El ALCALDE y DÓBCHINSKY se sientan. BÓBCHINSKY se asoma por la puerta y escucha.)
ACALDE (Aparte.): —Hay que ser más audaz. Quiere conservar el incógnito. Bueno, fingiré también yo; haré la comedia de que ignoro quién es. (En voz alta.) Al pasearnos en cumplimiento de nuestro deber en compañía del aquí presente Petr Ivánoyich Dóbchinsky, hacendado local, entramos ex profeso a la posada para averiguar si trataban bien a los pasajeros. Porque yo no soy uno de esos alcaldes a quienes no les importa nada de nada; al margen de mi deber, por mero espíritu cristiano y humanidad, quiero que a todos los mortales los reciban bien..., y he aquí cómo, a manera de recompensa, el azar me ha hecho trabar una amistad tan agradable.
JLESTAKOV: —También-yo me alegro mucho. De no haber sido por usted, yo, lo confieso, me habría quedado varado largo tiempo aquí... Francamente, no sabía cómo pagar mi deuda.
ALCALDE (Aparte.): —¡Sí, a otro perro con ese hueso! (En voz alta.) Si no es demasiada indiscreción..., ¿podría preguntarle adonde va?
JLESTAKOV: —A la gobernación de Sarátov, a la aldea de nuestra propiedad.
ALCALDE (Aparte, con aire irónico.): —¡A la gobernación de Sarátov! ¡Aja! ¡Y no se ruboriza al mentir! ¡Este es de los que hilan fino! (En voz alta.) Buena idea. Aunque dicen que se pasan malos ratos con los relevos de las postas, también uno se distrae, no cabe duda. Porque supongo que usted viaja más que nada para distraerse..., ¿verdad?
JLESTAKOV: —No, me llama mi padre. El viejo está enojado porque hasta ahora no he progresado en la administración pública, allá en San Petersburgo. Es uno de esos hombres que creen que, apenas llega uno, le ponen una condecoración en la solapa. ¡Con qué ganas lo mandaría yo a peregrinar por las oficinas públicas, para que viera lo que es bueno!
ALCALDE- (Aparte.): —¡Vaya unas fábulas las que urde! Hasta metió en danza a un padre entrado en años. (En voz alta.) ¿Y se ausenta usted por mucho tiempo?
JLESTAKOV: —Francamente, no lo sé. Mi padre es terco y tonto, lo que se llama un alcornoque. Pienso decirle sin ambages: "Di lo que quieras, pero yo no puedo vivir sin San Petersburgo". Y. realmente... ¿Por qué he de estropearme la vida viviendo entre campesinos? Ahora tengo otras necesidades: mi alma ansia ilustración.
ALCALDE (Aparte.): —¡Buen mejunje! ¡Miente, miente!... ¡Y fresco como una lechuga! Y pensar que es tan flaquito, tan insignificante... ¡Yo podría aplastarlo con la uña! ¡Bueno, espera, hijo mío! Yo te sonsacaré más. ¡Te obligaré a decir más! (En voz alta.) Su observación es muy exacta. ¿Qué se puede hacer en esas soledades? Tomemos este pueblo, por ejemplo. Uno se desvela de noche trabajando por la patria, se sacrifica sin escatimar esfuerzos, pero no sabe cuándo se verá premiado. (Pasea la mirada por la habitación.) Este cuarto parece algo húmedo..., ¿no es así?
JLESTAKOV: —Es detestable. Y con unas chinches como no las he visto en ninguna parte: muerden como perros.
ALCALDE: —¡Es increíble! Un pasajero tan culto y tiene que pasar tan malos ratos.. . ¿Y por culpa de quiénes?... ¡De unas miserables chinches que no merecían haber nacido! Me parece que aquí ni siquiera hay luz… ¿verdad?
JLESTAKOV: —Ni pizca de luz. El posadero se ha habituado a no mandarme velas. A veces yo quisiera hacer algo, leer... o escribir algo..., y no puedo; esto es oscuro, oscurísimo.
ALCALDE: —Si yo me atreviera a pedirle..., pero, no, no soy digno de semejante honor.
JLESTAKOV: —Pero... ¿a qué, se refiere?
ALCALDE: —¡No, no! ¡No soy digno, no soy digno!
JLESTAKOV: —Pero... ¿a qué se refiere?
ALCALDE: —Si me atreviera... En casa, yo podría ofrecerle un hermoso cuarto, con mucha luz, tranquilo... Pero, no, comprendo que sería demasiado honor. ¡No se enoje, por amor de Dios!... Se lo he ofrecido porque soy todo corazón.
JLESTAKOV: —Por el contrario, tendré mucho gusto. Me sentiré mucho más a mis anchas en una casa particular que en esta posada.
ALCALDE: —¡Cuánto me alegro! ¡Y me imagino la satisfacción de mi mujer! Eso ya es una costumbre mía: soy hospitalario desde niño, sobre todo cuando el huésped es una persona culta. No crea que se lo digo para lisonjearlo; no, no tengo ese vicio, hablo de corazón.
JLESTAKOV: —Muy agradecido. Yo mismo..., tampoco a mí me gustan los hipócritas. Me agradan mucho su franqueza y bondad y confieso que me conformaría con eso, con la fidelidad y el respeto, el respeto y la fidelidad.

Escena IX
Dichos y el CAMARERO, acompañado por OSIP.
CAMARERO: —¿Se sirvió usted llamar?
JLESTAKOV:.— Sí: dame la cuenta.
CAMARERO: —Ya se la he dado.
JLESTAKOV: —No recuerdo tus estúpidas cuentas. Habla. ¿Cuánto debo?
CAMARERO: —Usted pidió el almuerzo el día de su llegada y al día siguiente comió esturión, y desde entonces todo lo ha tomado a crédito.
JLESTAKOV: —¡Imbécil! Ahora se te ocurre hacer cálculos. ¿Cuánto se te debe, en total?
ALCALDE: —No se preocupe: puede esperar. {Al CAMARERO.) Vete, ya se te mandará el dinero.
JLESTAKOV: —Después de todo, tiene razón. (Guarda el dinero. El CAMARERO se va. BÓBCHINSKY se asoma por la puerta.)

Escena X
ALCALDE, JLESTAKOV, DÓBCHINSKY.
ALCALDE: —¿No querría inspeccionar ahora algunos establecimientos de nuestro pueblo, el hospital, por ejemplo?
JLESTAKOV: —¿Para qué?
ALCALDE : —Pues... para ver cómo administramos las cosas.... el orden que reina...
JLESTAKOV:— Con muchísimo gusto; estoy a su disposición.
(BÓBCHINSKY asoma la cabeza por la puerta.)
ALCALDE: —Además, si lo desea, podemos visitar la escuela y verá cómo se dictan los cursos aquí.
JLESTAKOV: —¡Cómo no, cómo no!...
ALCALDE: —Luego, si quiere visitar nuestras cárceles. . ., verá usted cómo viven los presos.
JLESTAKOV: —¿Las cárceles? ¿Para qué? Más vale que visitemos el hospital.
ALCALDE: —Como guste. ¿Prefiere viajar en su coche o conmigo, en el birlocho?
JLESTAKOV: —Iré más bien con usted, en el birlocho.
ALCALDE (A DÓBCHINSKY.): —Bueno, Petr Ivánovich. Ahora ya no queda lugar para usted. DÓBCHINSKY:— No importa, iré así, así no más.
ALCAIDE (En voz baja a DÓBCHINSKY.): —Escúcheme: corra, pero corra de veras, con alma y vida, y lleve estas dos carlitas: la una a Zemlianika, al hospital, y la otra a mi mujer. (A JLESTAKOV.) ¿Puedo atreverme a pedirle permiso para escribirle en su presencia dos líneas a mi esposa, a fin de que se disponga a recibir a tan respetable huésped?
JLESTAKOV: —¿Para qué?. . . Bueno, si lo desea, aquí tiene la tinta, pero en cuanto al papel. . ., no sé... ¿Querría usar el de esta cuenta?
ALCALDE: —Aquí mismo lo escribiré. (Escribe, y mientras tanto dice para sí.) ¡Ya veremos cómo marchan las cosas después de una buena comida y una botella de vino añejo! Tenemos por ahí un Madera que parece de poco cuerpo, pero engañador: es capaz de derribar a un elefante. Me bastaría con descubrir los puntos que calza este hombre y si es de cuidado. (Terminada la misiva, se la da a DÓBCHINSKY, el cual se dispone a salir, pero en. ese instante la puerta se desprende de sus goznes y BÓBCHINSKY, quien había estado escuchando desde el otro lado, se desploma con ella sobre el escenario. Todos profieren exclamaciones. BÓBCHINSKY se levanta.)
JLESTAKOV: —¿No se habrá lastimado usted en alguna parte?
BÓBCHINSKY: —No, no, en absoluto, sólo me magullé un poco la nariz. Haré una escapadita a ver a Cristian Ivánovich: tiene unos emplastos que curan esas cosas en un santiamén.
ALCALDE (Con un gesto de reproche a BÓBCHINSKY, le dice a JLESTAKOV.): —No es nada. ¡En marcha, se lo ruego! Le diré a su criado que lleve la maleta. (A OSIP.) Amigo mío, llévalo todo a mi casa, la casa del alcalde. . ., te la indicará cualquiera. ¡Pase, se lo ruego! (Hace pasar a JLESTAKOV y lo sigue, pero se vuelve y le dice con tono de censura a BÓBCHINSKY.) ¡Vaya! ¿No encontró usted mejor lugar donde caer? ¡Y qué manera de estirarse! (Mutis; lo sigue BÓBCHINSKY. Baja el telón.)


ACTO TERCERO
(El mismo cuarto del primer acto.)

Escena Primera
ANA ANDREEVNA y MARÍA AÑTÓNOVNA (ambas de pie junto a la ventana, en la misma actitud en que las sorprendiera el final del primer acto).
ANA ANDREEVNA: —Hace una hora que estamos esperando. ¡Y pensar que tú, con tu estúpida coquetería, eres la culpable de que nos hayamos quedado sin saber nada! ¡Qué fastidio! ¡No pasa nadie! ¡Se diría que todo el mundo ha muerto!
MARÍA AÑTÓNOVNA: —Te aseguro, mamita, que dentro de dos minutos lo sabremos todo. Avdotia debe llegar de un momento a otro. (Mira por la ventana y profiere un grito.) ¡Ay, mamita, mamita! Alguien viene desde el otro extremo de la calle.
ANA ANDREEVNA: —¿Dónde, dónde viene? ¡Tú siempre con tus fantasías! Bueno, sí, alguien viene. ¿Quién será? Bajito. . ., de frac. . . Pero. . ., ¿quién será? ¡Cómo me fastidia no saberlo! ¿Quién será?
MARÍA AÑTÓNOVNA : —¡Es Dóbchinsky, mamita!
ANA ANDREEVNA: —¡Qué ha de ser Dóbchinsky! A ti siempre se te ocurre algo que. . . ¡No es Dóbchinsky ni nada que se le parezca! (Agita el pañuelo.) ¡Eh, oiga, venga aquí, apúrese!
MARÍA AÑTÓNOVNA: —Es Dóbchinsky, realmente, mamita.
ANA ANDREEVNA: —Bueno, sí, es Dóbchinsky, ahora lo veo. .. ¿A qué tanta discusión? (Grita por la ventana.) ¡Pronto, pronto! ¡Camine con más rapidez! Bueno... ¿Dónde están ellos? ¿Eh? Pero contésteme desde ahí, tanto da. ¿Y? ¿Es muy severo el forastero? ¿Eh? ¿Y mi marido, mi marido? (Apartándose un poco de la ventana, con fastidio.) ¡Qué estúpido! ¡No le cuenta nada a una antes de llegar aquí!

Escena II
Dichos y DÓBCHINSKY.
ANA ANDREEVNA: —Vamos, dígame, haga el favor. ¿No tiene vergüenza? Yo confiaba en usted, lo creía un hombre decente. ¡Y de pronto, todos se escapan y usted se va con ellos! Y yo, hasta ahora, no entiendo nada de lo que sucede. ¿No tiene vergüenza? ¡Yo soy la madrina de sus dos hijitos, y mire qué manera de portarse conmigo!
DÓBCHINSKY: —¡Por Dios, comadre! Fui corriendo con tanta prisa a presentar mis respetos que todavía estoy sin aliento. ¿Cómo está usted, María Antónovna?
MARÍA ANTÓNOVNA; —Buenos días, Petr Ivánovich.
ANA ANDREEVNA: —Bueno... ¿Y qué pasa? ¡Cuente! ¿Qué pasa allí?
DÓBCHINSKY: —Antón Antónovich le manda una cartita.
ANA ANDREEVNA: —Bueno, pero. .. ¿Qué tal es él? ¿Es un general ?
DÓBCHINSKY : •—No, no es un general, pero vale tanto como un general. ¡Tanta es su educación y finura! Y se porta de una manera tan importante.
ANA ANDREEVNA: —¡Ah! ¿De modo que es el mismo sobre el cual le escribieron a mi marido?
DÓBCHINSKY: —El mismo. Yo fui el primero en notarlo, junto con Petr Ivánovich.
ANA ANDREEVNA : •—Bueno, cuéntemelo todo.
DÓBCHINSKY: —A Dios gracias, todo va bien. Al principio, el visitante acogió a Antón Antónovich con cierta severidad, eso es; se enojó y dijo que en la posada todo marchaba mal y que no iría a casa de Antón Antónovich y que no quería ir a la cárcel por él; pero luego, al descubrir la inocencia de Antón Antónovich y después de hablar con él, cambió de idea y, a Dios gracias, todo marchó bien. Ahora, han ido a visitar el hospital. . . Por un momento, Antón Antónovich temió que hubiera una denuncia; yo mismo me asusté un poco.
ANA ANDREEVNA: —¿Y por qué habría de asustarse? Usted no es empleado público.
DÓBCHINSKY: —Bueno, le diré... Cuando habla un hombre de tanta jerarquía, uno siente miedo.
ANA ANDREEVNA: —Vamos... Esas son tonterías. Cuénteme... ¿Qué aspecto tiene el forastero? ¿Es
viejo o joven?
DÓBCHINSKY: —Joven, joven, de unos veintitrés años; pero habla como un viejo. "Yo", dice, "soy afecto a escribir y a leer; lo malo es que en la habitación hay poca luz".
ANA ANDREEVNA: —¿Cómo es? ¿Moreno o rubio?
DÓBCHINSKY: —Ni lo uno ni lo otro. De cabello más bien castaño y con unos ojos tan movedizos que hasta lo turban a uno.
ANA ANDREEVNA: —¿Qué me escribe aquí mi marido? (Lee.) "Me apresuro a comunicarte, querida, que mi estado era bastante deplorable; pero gracias a la misericordia divina", por dos pepinos en vinagre y media porción de huevas de arenque, un rublo con veinticinco centavos... (Se interrumpe.) No entiendo nada. ¿Qué tienen que ver aquí los pepinos en vinagre y las huevas de arenque?
DÓBCHINSKY: —Es que Antón Antónovich lo escribió en papel de estraza, para mayor rapidez; y ahí estaba no sé qué cuenta.
ANA ANDREEVNA: -—¡Ah, claro! (Sigue leyendo.) "Pero, gracias a la misericordia divina, parece que todo terminará bien. Prepárale pronto una habitación al importante huésped, la del empapelado amarillo. En cuanto al almuerzo, no te molestes en agregar cosas, ya que comeremos algo en el hospital, con Artemio Filípovich, pero ordena que preparen más vino: dile al mercader Abdulin que mande del mejor: si no lo hace, le revolveré todo el sótano. Beso tu mano, querida, y soy siempre tuyo, Antón Scvoznik Dmujanovsky. . ." ¡Oh Dios mío! ¡Pero hay que darse prisa! ¡Eh! ¿Quién está ahí? ¡Mishka!
DÓBCHINSKY (Corre hacia la puerta y grita.): —¡Mishka, Mishka, Mishka!
(Entra el criado MISHKA. )
ANA ANDREEVNA: —Escúchame: corre al almacén de Abdulin. Espera, te daré una cartita para él. . . (Se sienta a la mesa, escribe y mientras tanto sigue hablando.). .. Dale esta cartita a Isidoro, el cochero, y dile que corra con ella al almacén de Abdulin y que traiga vino. Y tú, arregla inmediatamente la habitación amarilla para el huésped. Pon ahí una cama, un lavabo y todo lo demás.
DÓBCHINSKY: —Bueno, Ana Andreevna. Ahora, correré a ver cómo inspecciona ese forastero el hospital.
ANA ANDREEVNA: —¡Vaya, vaya! No lo detengo.

Escena III
ANA ANDREEVNA y MARÍA ANTÓNOVÑA.
ANA ANDREEVNA: —Bueno, Máshenka. Ahora tenemos que engalanarnos. Ese hombre viene de la metrópoli. ¡Dios nos libre y guarde de que se ría de nosotras! Lo mejor será que te pongas el vestido celeste, el de lunares pequeños.
MARÍA ANTÓNOVÑA: —¡Oh mamita! ¡El celeste, no! ¡No me gusta! La hija de Liapkin-Tiapkin viste de celeste y la hija de Zemlianika también. Será mejor que me ponga el floreado.
ANA ANDREEVNA: —¡El floreado! Lo que más te gusta es llevarme la contraria. El celeste te sentará mucho mejor, porque yo quiero ponerme el anaranjado : me gusta mucho.
MARÍA ANTÓNOVÑA: —¡Oh mamita! ¡El anaranjado no te sienta bien!
ANA ANDREEVNA: —¿Que el anaranjado no me sienta bien, dices?
MARÍA ANTÓNOVÑA: —De veras que no: te apuesto lo que quieras: para usarlo, hay que tener los ojos oscuros.
ANA ANDREEVNA: —¡Esa sí que es buena ¿Y acaso yo no tengo los ojos obscuros? ¡Los más oscuros del mundo! ¡Qué tontería estás diciendo!
MARÍA ANTÓNOVNA: —Te digo que no son oscuros, mamita.
ANA ANDREEVNA: —Tonterías, tonterías. No sabes qué estás diciendo. (Sale precipitadamente con su hija y se la oye hablar entre bastidores.) ¡Vaya una ocurrencia! ¡Que mis ojos no son oscuros! ¡Esa sí que es buena!
(Cuando se han ido, se abre la puerta y MISHKA arroja por ella a la calle la basura. Por otra puerta, entra OSIP con una maleta sobre la cabeza.)

Escena IV
MISHKA y OSIP.
OSIP:—¿Por dónde?
MISHKA:—¡Por aquí, amiguito, por aquí!
OSIP: —Espera, déjame tomar aliento. ¡Qué vida! Cuando uno tiene vacía la panza, cualquier carga le parece pesada.
MISHKA: —Dime, amiguito... ¿Vendrá pronto el general?
OSIP:—¿Qué general?
MISHKA:—Tu amo, pues.
OSIP : —¿Mi amo? ¿Qué general quieres que sea?
MISHKA: —¿Acaso no lo es?
OSIP: —Sí, es general, pero del otro lado.
MISHKA: —Y eso... ¿es más o menos que un general de verdad?
OSIP: —Más.
MISHKA: —¡Aja! ¡Con razón todos están aquí tan alborotados!
OSIP : —Oye. .. Tú, por lo que veo, eres un chico despierto. ¡Prepárame algo de comer!
MISHKA: —Para ti, amiguito, todavía no tenemos nada preparado. No querrás comer un plato sencillo. De modo que, cuando tu amo se siente a la mesa, te darán lo mismo.
OSIP: —¿Qué platos sencillos tienen ustedes?
MISHKA: —Coles, kasha y torta.
OSIP: —¡Vengan las coles, la kasha y la torta! No temas, comeré de todo. ¡Bueno, .llevemos la maleta!
¿ Hay otra salida por ahí?
MISHKA: —Sí que la hay. (Ambos llevan la maleta a la habitación lateral.)

Escena V
(Dos VIGILANTES abren ambos batientes de la puerta. Entran JLESTAKOV, luego el ALCALDE, y después el DIRECTOR DEL HOSPITAL, el SUPERVISOR DE ESCUELAS, DÓBCHINSKY y BÓBCHINSKY, éste con un parche sobre la nariz. El ALCALDE les indica a los VIGILANTES un papel que esta en el suelo y ambos corren a levantarlo, empujándose mutuamente.)

JLESTAKOV: —¡Lindo hospital!... Me alegro de que ustedes acostumbren mostrarles a los pasajeros todo lo que vale la pena de verse en el pueblo. En otros pueblos, no me han mostrado nada.
ALCALDE: —Es que en otras localidades, permítame que se lo diga, los alcaldes y demás funcionarios sólo se preocupan de medrar: y aquí, por así decirlo, sólo se piensa en merecer la atención de los superiores con la laboriosidad y la abnegación.
JLESTAKOV: —El almuerzo ha sido excelente: he comido hasta hartarme. ¿Todos los días se come así aquí?
ALCALDE: —El almuerzo ha sido preparado ex profeso para tan grato visitante.
JLESTAKOV: —Me gusta comer, lo confieso. Para eso se vive, pues. Para arrancar las flores del placer. ¿Cómo se llamaba aquel pescado?
ARTEMIO FILÍPOVICH (Se acerca corriendo, y dice con una reverencia.): —Labardán.
JLESTAKOV: —Muy sabroso. ¿Dónde almorzamos? En el hospital..., ¿verdad?
ARTEMIO FILÍPOVICH : —Eso es.
JLESTAKOV: —Ya recuerdo, ya recuerdo, había camas. ¿Y los enfermos se han curado? Me parece que no eran muchos.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Han quedado unos diez, nada más: todos los demás se han curado. Así andan las cosas aquí. Desde que me hice cargo del hospital (quizás eso le parezca hasta increíble), todos se curan en un abrir y cerrar de ojos, como moscas. Apenas ingresa un paciente, ya está curado; y no tanto con los medicamentos como con la honradez y el orden.
ALCALDE: —¡Le aseguro que si algo da dolores de cabeza, son los deberes de un alcalde! ¡Hay tantos asuntos que resolver! Problemas de limpieza, de reparaciones, de arreglos...; en una palabra, el más inteligente de los hombres se vería en dificultades. Pero, a Dios gracias, todo va bien. Otro alcalde, naturalmente, sólo pensaría en su beneficio personal, pero. .., ¿me creerá usted?..., hasta cuando uno se acuesta a dormir, cavila: "Santo Dios..., ¿cómo podría yo hacer para que los jefes advirtieran mi celo y quedaran satisfechos?" Naturalmente, no sé si me premiarán por mi afán, eso ya depende de ellos; pero, por lo menos, viviré tranquilo. Si en el pueblo reina el orden, las calles están barridas, los presos son mantenidos debidamente y hay pocos borrachos... ¿Qué más puedo pretender? No quiero honores. Claro que son atrayentes, pero ante la virtud todo es oropel y vanidad.
ARTEMIO FILÍPOVICH (Aparte.): —¡Cómo pinta sus méritos el muy zángano! ¡Dios le dio el don de la elocuencia!
JLESTAKOV: —Es verdad. Reconozco que también yo suelo meditar con gusto: mas a veces escribo en prosa y otras hasta versitos.
BÓBCHINSKY (A DÓBCHINSKY. ): —¡Exacto, exacto, Petr Ivánovich! Hace unas observaciones que... Se ve que es un hombre culto.
JLESTAKOV (Al ALCALDE.): —Dígame, por favor... ¿No tienen ustedes algunos pasatiempos, unas sociedades donde, por ejemplo, se pueda jugar a los naipes?
ALCALDE (Aparte.): —¡Ya veo a dónde apuntas, querido! (En voz alta.) ¡Líbrenos Dios! Aquí ni siquiera hemos oído hablar de semejantes sociedades. Yo nunca he tomado en la mano un naipe; ni siquiera sé jugar. Nunca he podido mirarlos con aprecio, y si por casualidad veo a un rey de corazones o cualquier otra figura, siento tanta repulsión que me dan ganas de escupir. En cierta oportunidad, para divertir a los chicos, les hice un castillo de naipes; y después, durante toda la noche, soñé con esos malditos. ¡Al diablo con ellos! ¿Cómo podemos perder así nuestro valioso tiempo?
LÜKÁ LÚKICH (Aparte.): —¡Y a mí el muy sinvergüenza me ganó ayer cien rublos al whist!
ALCALDE: —Será mejor que yo use ese tiempo para el servicio de la patria.
JLESTAKOV: —Vamos, vamos... Usted exagera. Todo eso depende... Si a uno le falta una carta para hacer escalera, entonces, naturalmente... De veras, créame; a veces resulta muy agradable jugar un rato.

Escena VI
Dichos, ANA ANDREEVNA y MARÍA ANTÓNOVNA.
ALCALDE: —Me permito presentarle a mi familia: mi esposa y mi hija.
JLESTAKOV (Con una reverencia.): —¡Qué feliz me siento, señora, al tener el placer de verla!
ANA ANDREEVNA: —A nosotros nos resulta más agradable aún ver a semejante personaje.
JLESTAKOV (Alardeando.): —De ningún modo, señora, todo lo contrario: es a mí a quien me resulta más agradable.
ANA ANDREEVNA: —¡No, no! Usted lo dice por mero cumplido. Le ruego que se siente.
JLESTAKOV: —Estar de pie a su lado es ya una felicidad; por lo demás, si insiste, me sentaré. ¡Qué feliz me siento de estar sentado finalmente a su lado! .
ANA ANDREEVNA: —Por favor, no me atrevo a creer que lo diga por mí... Supongo que, después de vivir en la metrópoli, el viaje le habrá resultado muy desagradable.
JLESTAKOV: —Sumamente desagradable. Cuando uno está habituado a vivir en sociedad..., comprennez vous?..., eso de encontrarse repentinamente en plena carretera... con las sucias posadas, las tinieblas de la ignorancia. .. De no mediar esta casualidad, que. .. (mira de arriba abajo a ANA ANDREEVNA, y adopta una actitud donjuanesca) me compensa todos los sinsabores...
ANA ANDREEVNA: —Realmente... ¡Qué malos ratos debe haber pasado usted!
JLESTAKOV: —Por lo demás, señora, en este momento estoy pasando un buen rato.
ANA ANDREEVNA: —¡No puedo creerlo! Me hace usted demasiado honor. No lo merezco.
JLESTAKOV: —¿Por qué no lo ha de merecer? Sí que lo merece, señora.
ANA ANDREEVNA: —Vivo en una aldea.
JLESTAKOV: —Pero hasta las aldeas tienen sus lomas, sus arroyos... ¡Bueno, claro que no se las puede comparar con San Petersburgo! ¡Ah, San Petersburgo! ¡Qué vida! Quizás usted suponga que soy un simple escribiente; pues no, el jefe es íntimo mío. A veces, me da una palmada en el hombro y me dice:
"¡Ven a almorzar conmigo, hermano!" Apenas entro por dos minutos a la oficina, nada más que para decir: esto debe hacerse así y aquello así. Y no bien lo digo, el escribiente dale que te dale con la pluma... Hasta quisieron ascenderme a secretario del ministro, pero les dije: "¿Para qué? ¡No vale la pena!" Y el conserje corre detrás de mí por la escalera con el cepillo y me dice: "Permítame que le lustre las botas, Iván Aleksándrovich". (Al ALCALDE.) ¿Por qué están de pie, señores? ¡Tengan la bondad de sentarse!
ALCALDE : —Ante tanta jerarquía, podemos estar de pie.
ARTEMIO FILÍPOVICH : —Nos quedaremos tiempo, al mismo tiempo
LUKÁ LÚKICH: —¡No se moleste!
JLESTAKOV: —¡Olvídense de la jerarquía! Les ruego que tomen asiento. (El ALCALDE y los demás se sientan.) No me gustan tantas ceremonias. Por el contrario: hasta trato de pasar inadvertido. ¡Pero no hay forma de ocultarse, no hay forma! Apenas entro a alguna parte, ya oigo decir: "¡Ahí está Iván Aleksándrovich!" En cierta oportunidad, hasta me confundieron con el general en jefe: los soldados salieron corriendo de los cuarteles y presentaron armas. Más tarde, el oficial, que es muy amigo mío, me dijo: "Bueno, hermano. Te habíamos confundido por completo con el general en jefe".
ANA ANDREEVNA: —¡No me diga!
JLESTAKOV: —Tengo amistad con las actrices bonitas. He escrito algunos vodeviles... ¿Comprenden? Me encuentro a menudo con los literatos. Soy amigo de Pushkin. A veces le digo: "¿Qué tal, hermano Pushkin?" Y él me contesta: "Y... Así vamos... Así vamos, no más". Es un individuo muy original.
ANA ANDREEVNA: —¿De modo que usted también escribe? ¡Qué agradable debe ser eso! Seguramente, publica cosas en las revistas..., ¿verdad?
JLESTAKOV: —Sí, a menudo. He escrito muchas obras: Las Bodas de Fígaro, Roberto el Diablo, Norma. Ya ni siquiera recuerdo los nombres. Todo ha sido obra del azar. No tenía ganas de escribir, pero la dirección artística del teatro me decía: "Por favor, hermano, escríbenos alguna cosa". Y pensé: "Bueno, vamos a complacerlos". Y lo escribí todo en una noche, si mal no recuerdo, y se quedaron asombrados. Mi agilidad mental es maravillosa. Todo lo que se ha publicado con el nombre de Barón Branbeus, de La Fragata Esperanza y El Telégrafo de Moscú-.., todo eso lo he escrito yo.
ANA ANDREEVNA: —¡Oh! ¿De modo que usted es Branbeus?
JLESTAKOV: —ANA ANDREEVNA: —Entonces, seguramente el Iuri Miloslavsky también es obra suya.
JLESTAKOV: —Sí que lo es.
ANA ANDREEVNA: —Me lo imaginé en seguida.
MARÍA ANTONOVNA: —¡Oh mamita! Ahí dice que es una obra del señor Zagoskin.
ANA ANDREEVNA: —Ya sabía yo que hasta eso ibas a discutírmelo.
JLESTAKOV: —¡Oh, pero si es cierto! Esa obra es de Zagoskin. Pero hay otro Iuri Miloslavsky que es mío.
ANA ANDREEVNA: —Entonces, debo haber leído el suyo. ¡Estaba tan bien escrito!
JLESTAKOV: —Yo, lo confieso, vivo de la literatura. Mi casa es la mejor de San Petersburgo. Es bien conocida; todos hablan de la casa de Iván Aleksándrovich. (Volviéndose hacia los demás.) Háganme el favor, señores. Si visitan a San Petersburgo, no dejen de visitarme. Hasta doy bailes.
ANA ANDREEVNA: —Supongo que los bailes son allí suntuosos y de muy buen gusto..., ¿verdad?
JLESTAKOV: —¡Ni me hable! A la mesa, por ejemplo, sirven sandías que valen setecientos rublos. La sopa que está en la marmita acaba de llegar de París; uno levanta la tapa y sale un vapor nunca visto. Todos los días voy a bailes. Hemos formado un quinteto para jugar al whist: el ministro de Relaciones Exteriores, el embajador francés, el embajador inglés, el embajador alemán y yo. ¡A veces, uno se cansa tanto jugando!... Cuando uno vuelve a casa, sube al cuarto piso y sólo le quedan fuerzas para decirle a la cocinera: "Toma el abrigo, Mavra..." ¡Ah, qué tonto! Se me olvidaba que ocupo todo un piso en el primero. Tengo una escalera tan suntuosa que sólo eso me ha costado... Lo curioso es ver mi antesala cuando todavía no me he despertado: los condes y los duques se empujan y zumban allí de tal modo que parecen unos moscardones. .. A veces, aparece un ministro... (El ALCALDE y los demás, intimidados, se ponen de pie.) Cuando me mandan un paquete, hasta suelen poner: "Para Su Excelencia". En cierta ocasión, fui jefe de una repartición. Y, de pronto, el director general se fue..., no se sabe a dónde. Naturalmente, se empezó a hablar del posible sustituto. Hubo muchos generales que intentaron ocupar el cargo, pero tuvieron que dejarlo. . ., era demasiado difícil. . . La tarea parecía simple..., ¡pero, en realidad, era endiablada! Finalmente, vieron que no había nada que hacer...., y recurrieron a mí. Y empezaron a mandarme una legión de emisarios..., uno tras otro, uno tras otro. "¡Iván Aleksándrovich, venga a dirigirnos la repartición!" Confieso que me desconcerté un poco, salí a recibirlos en bata y quise negarme, pero pensé que el zar se enteraría de la negativa y que además eso sería una nota discordante en mi foja de servicios. . . "Buenos, señores, acepto el cargo", les dije. "Así sea. Pero conmigo... ¡mucho ojo! ¡Mucho ojo! Porque yo..." Y, efectivamente, cuando paso por la repartición..., aquello parece un terremoto. .., todo tiembla como una hoja. (El ALCALDE y los demás tiemblan de terror; JLESTAKOV se enardece más aún.) ¡Oh, nada de bromas conmigo! A todos ellos les hice marchar derechos. A mí me teme el propio consejo imperial. ¡Y claro! ¿Por qué no? ¡Yo soy así! No me importa nadie. . . Les digo a todos: "Yo sé quién soy". Voy a todas partes. Visito el palacio a diario. Pronto me nombrarán minist... (Resbala y poco le falta para caer de bruces al suelo, pero los -funcionarios lo sostienen respetuosamente.)
ALCALDE (Acercándose y temblando de pies a cabeza, se esfuerza en decir.): —Exc... Exc... Exc...
JLESTAKOV (Rápidamente y con voz cortante.): —¿Qué hay?
ALCALDE : —Exc... Exc... Exc...
JLESTAKOV (Con la misma voz-). —Tonterías... ¡No entiendo nada!
ALCALDE: —Exc... Excelencia... ¿No querría Su Excelencia descansar? Tiene preparada la habitación y todo lo necesario.
JLESTAKOV: —¿Descansar? ¡Qué tontería! Bueno, sea, estoy dispuesto a descansar. El almuerzo que me han ofrecido, señores, ha sido muy sabroso... Estoy contento, contento.(Con énfasis.) ¡Labardán! ¡Labardán! (Sale por una puerta lateral, seguido por el ALCALDE. )

Escena VII
Dichos, menos JLESTAKOV y el ALCALDE.
BÓBCHINSKY (A DÓBCHINSKY.): —¡Ese sí que es un hombre, Petr Ivánovich! ¡He aquí lo que significa un hombre! Nunca estuve en presencia de un personaje tan importante. ¿Qué le parece, Petr Ivánovich? ¿Qué jerarquía tendrá?
DÓBCHINSKY : —Supongo que no le faltará mucho para general.
BÓBCHINSKY: —Pues yo opino que un general no le llega ni a las botas: y si es un general, será por lo menos el generalísimo. ¿Oyó lo que dijo del consejo imperial? Vamos, vamos a contárselo pronto a Amos Fédorovich y a Korobkin. ¡Hasta pronto, Ana Andreevna!
DÓBCHINSKY: —¡Hasta pronto, comadre! (Ambos hacen mutis.)
ARTEMIO FILÍPOVICH (A LUKÁ LÚKICH.): —La verdad es que uno tiene miedo y no sabe de qué. ¡Y ni siquiera nos hemos puesto el uniforme! ¿Y qué pasará si, cuando se despierte, se le ocurre mandar una denuncia a San Petersburgo? (Se van, con aire pensativo, junto con el SUPERVISOR DE ESCUELAS, diciendo.) ¡Adiós, señora!

Escena VIII
ANA ANDREEVNA y MARÍA ANTÓNOVNA.
ANA ANDREEVNA : —¡Oh, qué agradable!
MARÍA ANTÓNOVNA: —¡Oh, es un encanto!
ANA ANDREEVNA: —¡Qué finura en los modales! Se ve inmediatamente que es de San Petersburgo. Me gustan muchísimo esos jóvenes. Me gustan con locura. Por lo demás, le agradé mucho: lo noté. Me miraba sin cesar.
MARÍA ANTÓNOVNA: —¡Oh mamita! Era a mí a quien miraba.
ANA ANDREEVNA: —¡Haz el favor de no decir absurdos! Eso está completamente fuera de lugar.
MARÍA ANTÓNOVNA: —¡Te aseguro que sí, mamita!
ANA ANDREEVNA: —¡Bueno, ya apareció aquello! ¡Cómo no me ibas a discutir! ¿Para qué te iba a mirar el huésped?
MARÍA ANTÓNOVNA: —¡De veras, mamita! Te digo que me miró. Cuando empezó a hablar de literatura me miró y después, al contar cómo jugaba al whist con los embajadores, volvió a mirarme.
ANA ANDREEVNA: —Bueno, puede ser que alguna vez te haya mirado, pero para salir del paso, nada más. "Bueno", habrá pensado, "¡la miraré a ella un poco también!"

Escena IX
Dichos y el ALCALDE.
ALCALDE (Entrando en puntas de pie.): —¡Chist..., chist!
ANA ANDREEVNA : —¿ Qué ?
ALCALDE: —Lamento haberle dado tanto de beber. ¿Y si sólo fuera cierto la mitad de todo lo que nos ha dicho? (Se queda pensativo.) ¿Y por qué no ha de serlo? Cuando un hombre ha bebido, dice la verdad. Claro que habrá mentido algo; pero ya se sabe, no se puede hablar sin mentir un poco. Juega a las barajas con los ministros y va a palacio... Cuanto más lo piensa uno, más caos tiene en la cabeza.
ANA ANDREEVNA: —Pues yo no sentí la menor timidez.: simplemente, vi en él a un hombre culto y de mundo. Las jerarquías no me importan.
ALCALDE: —¡Ah, ustedes las mujeres! ¡Mujeres y basta! ¡Para ustedes, todo son bagatelas! Hablaste con él como si fuera un Dóbchinsky cualquiera.
ANA ANDREEVNA: —De esto, te aconsejo que no te preocupes. Nosotras sabemos ciertas cosas... (Mira fijamente a su hija.)
ALCALDE (Aparte.): —¿Para qué voy a perder el tiempo hablando con ustedes?. .. ¡Qué barbaridad! Todavía no se me ha pasado el susto. (Abre la puerta y habla hacia afuera.) ¡Mishka! Llama a los vigilantes, a Svistunov y a Derjimorda: deben estar cerca. (Breve pausa.) ¡Las cosas que se ven! Vaya y pase si fuera un hombre de aspecto respetable, importante, pero es flacucho, pequeño. .. ¿Cómo se podría adivinar quién es? Todavía, si fuera un militar, eso ayudaría a reconocerlo, pero el que se pone un frac... parece una mosca con las alas cortadas. ¡Y pensar en todos los rodeos con que habló en la posada!. . . ¡Creí que no nos entenderíamos! Pero, finalmente, se rindió con armas y bagajes. Y hasta habló más de la cuenta. Se ve que es joven.

Escena X
Dichos y OSIP. Todos corren a su encuentro, llamándolo con el, dedo.
ANA ANDREEVNA: —¡Ven aquí, querido!
ALCALDE: —¡Chist!... ¿Y qué? ¿Duerme?
OSIP: —Todavía no... Se está revolviendo en la cama.
ANA ANDREEVNA:—Oye;.. ¿Cómo te llamas?
OSIP:—Osip, señora.
ALCALDE (A su mujer y a su hija.): —¡Basta, cállense! (A OSIP.) Bueno, amigo. Te han dado de comer bien. . ., ¿verdad?
OSIP: —Sí, muchísimas gracias. Muy bien.
ANA ANDREEVNA: —Bueno, dime... A tu amo lo visitan a menudo condes y duques..., ¿verdad?
OSIP (Aparte.): —¿Qué le diré? Creo que, si me han dado de comer bien después me darán de comer mejor. (En voz alta.) Sí, suelen venir condes.
MARÍA ANTÓNOVNA: —¡Osip, tesoro! ¡Qué guapo es tu amo!
ANA ANDREEVNA: —Dime una cosa, querido Osip... ¿Cómo es que;..?
ALCALDE: —¡Pero... basta, basta! Con esa palabrería ustedes no hacen más que desconcertarlo. Bueno... ¿Qué nos dices, amigo?
ANA ANDREEVNA: —¿Qué jerarquía tiene tu amo?
OSIP: —¿Qué jerarquía? Ya se sabe qué jerarquía.
ALCALDE: —¡Ah, Dios mío! ¿Hasta cuándo seguirán ustedes con sus estúpidas preguntas? No me dejan hablar ni un momento de cosas concretas. Vamos, dime, amiguito... ¿Cómo es tu amo? ¿Severo?... ¿Le gusta echar sermones o no?
OSIP: —Sí, le gusta el orden. Quiere que todo esté bien.
ALCALDE: —Me gusta mucho tu cara, amigo. Debes ser un buen hombre... Bueno, mira...
ANA ANDREEVNA: —Escúchame, Osip... ¿Cómo viste allí tu amo ? ¿De uniforme ?
ALCALDE: —¡Basta, basta, cotorras! Aquí hay que hablar de lo positivo: está en juego la vida de un hombre. (A OSIP.) Como te decía, amigo, me gustas mucho. Por el camino, no está de más tomar otra taza de té (ahora está haciendo frío), de modo que aquí tienes un par de rublos para el té.
OSIP (Tomando el dinero.): —¡Agradecidísimo, señor! ¡Que Dios le dé salud de toda clase! Le ayuda usted a un pobre hombre.
ALCALDE: —Bueno, bueno. Me alegro... Dime, amigo...
ANA ANDREEVNA: —¡Osip, querido mío! ¿Qué ojos le gustan más a tu amo?. ..
MARÍA ANTÓNOVNA: —¡Osip, tesoro! ¡Qué nariz tan pequeña tiene tu amo!
ALCALDE: —Pero basta, basta:.. ¡Déjenme hablar! (A OSIP. ) Dime una cosa, por favor, amigo mío... ¿Qué le gusta más a tu amo cuando viaja, qué le llama más la atención?
OSIP: —Según. Más .que nada, le gusta que lo atiendan como es debido, que le den bien de comer.
ALCALDE: —¿Bien?
OSIP: —Sí, bien. Ya lo ve... Hasta de mí se preocupa, de mí, que soy su siervo y quiere que también me atiendan debidamente. A veces, visitamos a alguien y luego me pregunta: "Dime, Osip;. . ¿Te han dado de comer bien?" "Mal, Excelencia", le contesto. "¡Ah!", dice. "Entonces, ésa debe ser mala gente. Recuérdamelo cuando llegue a San Petersburgo." "Bah", pienso, "entonces (hace un gesto), ¡que Dios los perdone!" ¡Yo soy un hombre sencillo!
ALCALDE: —Bueno, bueno, eso es hablar. Ya te di para el té. Toma, ahora, para unos pastelillos.
OSIP (Tomando el dinero.): —¿Por qué se molesta, Excelencia? (Guarda el dinero.) Bueno. ¡Beberé a su salud!
ANA ANDREEVNA: —¡Ven a verme, Osip, también yo te regalaré algo!
MARÍA ANTÓNOVNA: —¡Osip, tesórito, llévale un beso a tu amo! (Ruido en el cuarto al que entró JLESTAKOV.)
ALCALDE: —¡Chist! (Se pone en puntas de pie y dice en voz, baja.) ¡Dios las libre de hacer ruido! ¡Vayanse!. .. Basta ya...
ANA ANDREEVNA: —¡Vamos, Máshenka! Ya te lo dije... Observé en el huésped algunas cosas de las cuales sólo entre nosotras podemos hablar.
ALCALDE: —¡Bueno, ya seguirán charlando allá! Una vez quise escucharlas, pero renuncié... ¡Más vale taparse los oídos! (Volviéndose hacia OSIP.) Bueno, amigo...
Escena XI
Dichos, DERJIMORDA y SVISTUNOV
ALCALDE: —¡Chist! ¡Caminan como unos osos! ¡Vaya una manera de golpear con las botas! ¡Entraron con tanto estrépito como si alguien hubiese dejado caer diez toneladas de una carreta! ¿Dónde diablos estaban?
DERJIMORDA : —Fui a cumplir órdenes...
ALCALDE: —¡Chist! (Le tapa la boca.) ¡Qué graznido! (Lo remeda.) ¡A cumplir órdenes! ¡Tu voz parece salir de un tonel! (A OSIP.) Bueno, amigo, ve a preparar lo que necesite tu amo. Puedes pedir todo lo que haya en la casa. (OSIP se va.) Y ustedes..., ¡monten guardia en el porche y no se muevan de ahí! ¡No dejen entrar a ningún extraño, sobre todo a ningún mercader! ¡Si entra uno solo, yo...! Apenas vean llegar a alguien con una queja (o que, aunque no traiga un papel con una queja, parezca dispuesto a quejarse de mí), ¡agárrenlo del cuello y aléjenlo de aquí! ¡Y denle uno de éstos! (Gesto de dar un puntapié.) ¿Entienden? Chist... Chist.
(.Se va en puntas de pie, en pos de los VIGILANTES.)


ACTO CUARTO
(La misma habitación en casa del alcalde.)

Escena Primera
Entran cautelosamente, casi en puntas de pie, AMOS FÉDOROVICH, ARTEMIO FILÍPOVICH, el JEFE DE CORREOS, LUKÁ LÚKICH, DÓBCHINSKY y BÓBCHINSKY, estos Últimos muy engalanados, aquéllos en uniforme de gala. Toda la escena se desarrolla a media voz.

AMOS FÉDOROVICH (Reúne a todos en semicírculo.): —¡Por amor de Dios, señores, formemos pronto un círculo cerrado y más orden! ¡Dios sea loado! ¡Ese hombre va a palacio y sermonea al consejo imperial! ¡Tenemos que presentar armas, por así decirlo, como en un desfile militar! Usted, Petr Iváno-vich, ubíquese a ese lado, y usted, Petr Ivánovich, al otro. (Ambos PETR IVÁNOVICH corren en puntas de pie.)
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Usted dirá lo que quiera, Amos Fédorovich, pero hay que hacer algo.
AMOS FÉDOROVICH: —¿Por ejemplo?
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Bueno, ya se sabe a qué me refiero.
AMOS FÉDOROVICH: —¿Untarle la mano?
ARTEMIO FILÍPOVICH : —Bueno, sí, digamos que untarle.
AMOS FÉDOROVICH: —¡Es peligroso, qué diablos!... Puede gritarnos; recuerden que es un alto funcionario. ¿No será preferible ofrecerle dinero como un aporte de la nobleza para algún monumento?
JEFE DE CORREOS : —O podríamos decirle: "Mire, aquí tiene dinero que ha llegado por correo, con destino desconocido".
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Tenga cuidado, no sea que él lo mande a usted con destino desconocido. Escúchenme: esas cosas no se hacen así en un país como es debido. ¿Para qué vamos a abordarlo todos juntos como un batallón? Tenemos que abordarlo uno por uno, y cuando sólo haya cuatro ojos presentes, ponerle en la mano. . ., bueno, ya me entienden. . . ¡Y tan a la chita callando que no se enteren los ojos! ¡Así se obra en la buena sociedad! Empiece usted, Amos Fédorovich.
AMOS FÉDOROVICH : —Más vale que empiece usted; fue en su hospital donde almorzó el distinguido visitante.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Mejor sería Luká Lúkich, en su carácter de orientador de la juventud.
LUKÁ LÚKICH: —¡No puedo, señores, no puedo! Confieso que me han educado en tal forma que, apenas me habla alguien de jerarquía superior, me quedo acobardado y mudo. ¡No, señor! ¡Excúsenme, por favor, excúsenme!
ARTEMIO FILÍPOVICH : —Sí, Amos Fédorovich. Usted es insubstituible. Su elocuencia es comparable a la del propio Cicerón.
AMOS FÉDOROVICH: —¡Vamos, vamos! ¡Cicerón! ¡Mire con qué me sale! Si alguna vez uno se entusiasma hablando de asuntos domésticos o de un perdiguero...
TODOS (Acosándolo.): —No, usted .no sólo sabe hablar de los perros, sino hasta de la creación del mundo. . . ¡Vamos, Amos Fédorovich, no nos abandone, sea nuestro padre!. . . ¡Vamos, Amos Fédorovich!
AMOS FÉDOROVICH: —¡Déjenme en paz, señores!
(Pero en este momento se oyen pasos y una tosecita en la habitación de JLESTAKOV. Todos se precipitan, atropellándose, hacia la puerta de salida, se agolpan allí y tratan de salir, no sin que alguien se lleve un empellón. Se oye decir/a media voz:)
Voz DE BÓBCHINSKY: —¡Ay! ¡Petr, Ivánovich, Petr Ivánovich, me ha dado un pisotón!
Voz DE ZEMLIANIKA: —¡Suéltenme señores..., me han dejado sin respiración!
(Se oyen varios ayes, finalmente todos salen empujándose y la habitación queda desierta.)

Escena II
JLESTAKOV. (Solo, sale con aire adormilado.)
JLESTAKOV: —Por lo visto, he dormido como Dios manda. ¿Dónde habrá reunido esa gente tantos colchones y frazadas? Hasta estoy transpirado. Al parecer, ayer me dieron algo de beber en el almuerzo y todavía me zumba la cabeza. Aquí, ya lo veo, se puede pasar el tiempo muy agradablemente. Me gusta la buena voluntad, y más que nada que me agasajen de todo corazón y no por interés. Y la hija del alcalde no está mal ni mucho menos, y hasta su mamá está todavía tan bien que se podría... Francamente, esta vida me gusta mucho.

Escena III
JLESTAKOV y el JUEZ.
EL JUEZ (Entra, se detiene y dice para sí:): —¡Dios mío! ¡Sácame de este trance! ¡Me tiemblan las rodillas! (En voz alta, cuadrándose y sujetándose la espada.) Tengo el honor de presentarme: el juez local, con grado de consejero, Liapkin-Tiapkin.
JLESTAKOV: —Tenga la bondad de sentarse. ¿De modo que usted es el juez de este pueblo?
EL JUEZ: —En 1816 fui elegido para un período de tres años por voluntad de la nobleza y desde entonces sigo desempeñando el cargo.
JLESTAKOV: —¿Y resulta provechoso ser juez?
EL JUEZ: —Por mis tres primeros años de servicios, me propusieron para la Orden de Vladimiro de cuarta categoría, con mención especial de la jefatura. (Aparte.) Tengo el dinero en el puño y el puño me arde como si llevara fuego.
JLESTAKOV: —Pues a mí me gusta la Orden de Vladimiro. La Orden de Ana de tercera clase ya no me gusta tanto.
EL JUEZ (Adelantando un poco el puño cerrado, aparte.): —¡Dios mío! No sé dónde estoy sentado. Se diría que sobre unas brasas.
JLESTAKOV: —¿Qué tiene usted en la mano?
AMOS FÉDOROVICH (Perplejo y asustado, deja caer los billetes.): —Nada.
JLESTAKOV: —¿Cómo que nada? Veo que se le ha caído dinero.
AMOS FÉDOROVICH (Temblando de la cabeza a los pies.): —¡No, de ningún modo! (Aparte.) ¡Oh Dios mío! ¡Ya me veo preso ante los jueces!
JLESTAKOV (Levantando los billetes.): —Sí, es dinero.
AMOS FÉDOROVICIÍ (Aparte.): —Bueno, todo ha terminado. .. ¡Soy hombre al agua..., al agua!
JLESTAKOV: —¿Sabe una cosa? Présteme este dinero.
AMOS FÉDOROVICH (Precipitadamente.): —¡Cómo no! ¡Cómo no! Con muchísimo gusto. (Aparte.) ¡Valor, valor! ¡Sácame del trance, Virgen Santa!
JLESTAKOV: —Le confieso que, durante el viaje, gasté más de lo que esperaba... Entre una cosa y otra... Por lo demás, se lo mandaré apenas llegue a mi aldea.
AMOS FÉDOROVICH: —¡Por favor, ni se preocupe! Para mí es un gran honor... Naturalmente, yo, con mis débiles fuerzas, mi tesón y afán trato de servir lealmente a mis superiores... (Se levanta de la silla. Se cuadra.) No me atrevo a seguir molestándolo con mi presencia. ¿Tiene alguna orden que darme?
JLESTAKOV:—¿Qué orden?
AMOS FÉDOROVICH: —Quiero decir... ¿No desea darle alguna orden al juez local?
JLESTAKOV: —¿Para qué? En este momento, no tengo ninguna necesidad de hacerlo: no, ninguna. Muy agradecido.
AMOS FÉDOROVICH (Hace una reverencia y se va, diciendo aparte.): —¡Bueno, estamos salvados!
JLESTAKOV (Solo.): —¡El juez es un buen hombre!

Escena IV
JLESTAKOV y el JEFE DE CORREOS (que entra, se cuadra y se sujeta la espada.)
JEFE DE CORREOS: —Tengo el honor de presentarme: soy el jefe de Correos local, consejero de quinta categoría, Schpekin.
JLESTAKOV: —¡Encantado de conocerlo! Me gustan mucho las compañías agradables. Siéntese. Usted vive siempre aquí. . ., ¿verdad?
JEFE DE CORREOS :—Sí, señor.
JLESTAKOV: —Me gusta esta localidad. Es cierto que no está muy poblada..., pero. .. ¿y qué? Después de todo, esto no es la metrópoli. ¿Verdad que no?
JEFE DE CORREOS : —La pura verdad, señor.
JLESTAKOV: —Sólo en la metrópoli reina el buen tono, y no hay alcornoques de provincias. ¿No le parece?
JEFE DE CORREOS: —Así es. (Aparte.) Pues no tiene nada de altanero: pregunta acerca de todo.
JLESTAKOV: —Confiese que hasta en un pueblecito se puede vivir feliz.
JEFE DE CORREOS : —Así es, señor.
JLESTAKOV: —En mi opinión..., ¿qué hace falta? Basta con que a uno lo respeten y lo quieran sinceramente..., ¿ no es eso ?
JEFE DE CORREOS : —Es la pura verdad.
JLESTAKOV: —Me alegro de que su opinión coincida con la mía, se lo confieso. Naturalmente, dirán que soy un hombre extraño, pero mi carácter es así. (Lo mira a los ojos y dice, para sí.) Le pediré un préstamo a este jefe de Correos. (En voz. alta.) Me ha pasado un caso insólito: de viaje, me quedé totalmente sin dinero. ¿No me podría prestar trescientos rublos?
JEFE DE CORREOS: —¡Cómo no! Lo consideraré una gran felicidad. Sírvase, hágame el favor. Estoy a sus órdenes de todo corazón.
JLESTAKOV: —Muchísimas gracias. Le confieso que no me gusta privarme de nada cuando estoy de viaje. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿No le parece?
JEFE DE CORREOS: —Así es, señor. (Se levanta, se cuadra y se sujeta la espada.) No me atrevo a seguir molestándolo con mi presencia. ¿Desea usted hacer alguna observación sobre el Correo?
JLESTAKOV: —No, ninguna.
(El JEFE DE CORREOS hace una reverencia y se va.)
JLESTAKOV (Solo, encendiendo un cigarrillo.): —Me parece que también el jefe de Correos es un hombre excelente: por lo menos, servicial. Me gusta esta clase de gente.

Escena V
JLESTAKOV y LUKÁ LÚKICH, a quien hacen salir a escena casi a empellones. Detrás de él se oyen, casi en voz alta, las palabras: "¿Por qué te acobardas?"
LUKÁ LÚKICH (Cuadrándose, no sin temblar y sujetándose la espada.): —Tengo el honor de presentarme: el supervisor de escuelas y consejero de tercera categoría, Jlopov.
JLESTAKOV: —¡Ah, sírvase pasar! ¡Siéntese, siéntese! ¿Quiere un cigarrito? (Le da un cigarro.)
LUKÁ LÚKICH (Para sí, indeciso.): —¡Vaya! Esto sí que no me lo esperaba. ¿Lo tomo o no lo tomo?
JLESTAKOV: —Tómelo, tómelo: es un buen cigarro. Claro que no como los de San Petersburgo. Allí, hermano, yo los fumaba de a veinticinco rublos el centenar... Daban ganas de besarse las manos después de haberlos fumado. Sírvase fuego, enciéndalo. (Le acerca una vela.)
LUKÁ LÚKICH (Trata de encender y tiembla de pies a cabeza.)
JLESTAKOV: —¡Hay que encenderlo por el otro lado!
LUKÁ LÚKICH (Del susto, deja caer el cigarro, escupe y hace un gesto de desaliento, diciendo para sí.): —¡Que se vaya al diablo! ¡Me ha perdido mi maldita timidez!
JLESTAKOV: —Por lo que veo, usted no es aficionado a los cigarros. En cambio, le confieso que son mi debilidad. También me atrae el bello sexo: no puedo mostrarme indiferente con ellas a ningún precio. ¿Y usted? ¿Cuáles, le gustan más, las morenas o las rubias?
LUKÁ LÚKICH (Absolutamente desconcertado, no sabe qué decir.).
JLESTAKOV: —Vamos, contésteme con franqueza: ¿las morenas o las rubias?
LUKÁ LÚKICH : —No me atrevo a saberlo.
JLESTAKOV: —¡No, no, nada de evasivas! Quiero Saber sin falta cuáles son sus predilecciones.
LUKÁ LÚKICH: —Me permito informarle que... (Aparte.) Yo mismo no sé qué estoy diciendo.
JLESTAKOV: —¡Aja! ¡No me lo quiere decir! Seguramente, alguna morenita le habrá puesto ya una pica en Flandes. Confiéselo. . . ¿Es así?
(LUKÁ LÚKICH guarda silencio.)
JLESTAKOV: —¡Ah! ¡Se ha sonrojado! ¿No ve? ¿No ve? ¿Por qué no habla?
LUKÁ LÚKICH: —La timidez, Su Exc. . . Su Alt. . . (Aparte.) ¡Maldita lengua, me ha vendido!
JLESTAKOV: —¿La timidez? En mis ojos, lo reconozco, hay algo que provoca la timidez. Por lo menos, sé que ninguna mujer logra resistirlos..., ¿no le parece?
LUKÁ LÚKICH: —Sí, señor.
JLESTAKOV : —Me ha pasado un imprevisto; por el camino me quedé sin un solo centavo. ¿No podría prestarme trescientos rublos?
LUKÁ LÚKICH (Aferrándose precipitadamente el bolsillo.): —¡Ya lo creo! ¡Cómo no, cómo no! (Saca los billetes y se los entrega, temblando.)
JLESTAKOV: —Agradecidísimo.
LUKÁ LÚKICH (Cuadrándose y sujetando su espada.):—No me atrevo a seguir molestándolo con mí presencia.
JLESTAKOV: —Adiós.
LUKÁ LÚKICH (Sale casi corriendo y dice, aparte.): —¡Dios sea loado! Esperemos que no se le ocurra visitar la escuela!

Escena VI
JLESTAKOV y ARTEMIO FILÍPOVICH, que se cuadra, sujetándose la espada.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Tengo el honor de presentarme: el director del hospital local y consejero de tercera, Zemlianika.
JLESTAKOV: —Buenos días. Haga el favor de sentarse.
ARTEMIO FILÍPOVICH; —Tuve el honor de acompañarlo y de recibirlo en el hospital confiado a mis cuidados.
JLESTAKOV: —¡Ah! ¡Ya recuerdo! Me ofreció un excelente almuerzo.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Me alegro de hacer todo lo que pueda al servicio de la patria.
JLESTAKOV: —Yo (le confieso que es mi debilidad) adoro la buena cocina. Dígame, por favor. Me parece que ayer usted era un poco más bajo..., ¿verdad?
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Es muy posible. (Después de una pausa.) Se puede decir que no ahorro esfuerzos para servir con celo a mi país. (Se acerca más con su silla y dice, en voz baja.) En cambio, el jefe de Correos del pueblo no hace absolutamente nada; todo está abandonado, el envío de las encomiendas demora semanas enteras... Usted mismo podría comprobarlo. También el juez, que acaba de precederme aquí, no hace más que cazar liebres, tiene perros en la antesala del juzgado, y su conducta, debo confesárselo (en bien de la patria me veo obligado a decirlo, aunque es mi pariente y amigo), es de las más vituperables. Aquí hay un estanciero llamado Dóbchinsky, a quien usted se sirvió ver; y apenas sale de su casa ese Dóbchinsky, el juez va a hacerle compañía a su mujer, eso yo podría jurarlo. .. Y mire a los hijos de Dóbchinsky; ni uno solo de ellos se parece a Dóbchinsky: todos, hasta la niña más pequeña, son idénticos al juez.
JLESTAKOV: —¡No me diga! Nunca se me hubiese ocurrido semejante cosa.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Y ahí tiene al supervisor de escuelas. . . No sé cómo pudo confiarle semejante cargo la jefatura; es peor que un jacobino, y le enseña unos principios tan corruptores a la juventud, que hasta cuesta concebirlo. ¿No preferiría usted que yo le expusiera todo eso por escrito?
JLESTAKOV: —Bueno, dígalo por escrito. Tendré mucho gusto. Cuando me aburro, me gusta leer algo divertido. ¿Cómo se llama usted? Se me olvida continuamente.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Zemlianika.
JLESTAKOV: —¡Ah, sí! Zemlianika. Y dígame, entre paréntesis... ¿Tiene hijos?
ARTEMIO FILÍPOVICH: —¡Cómo no! Cinco. Dos ya son grandes.
JLESTAKOV: —¡Qué me dice! ¿Y cómo es que se... ?
ARTEMIO FILÍPOVICH: —¿Querría saber cómo se llaman?
JLESTAKOV: —Eso es, ¿cómo se llaman?
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Nicolás, Iván, Isabel, María y Anastasia.
JLESTAKOV: —Eso me parece muy bien.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —No atreviéndome a molestar con mi presencia y a robarle el tiempo destinado al cumplimiento de sagrados deberes... (Hace una reverencia para irse.)
JLESTAKOV {Acompañándolo.): —No, no es nada. Me ha dicho usted cosas muy entretenidas. No deje de volver a visitarme. . . Eso me gusta mucho. (Vuelve y, después de haber abierto la puerta, grita en pos del visitante.) ¡Eh, oiga! ¿Cómo se llama usted? ¡Siempre se me olvida!
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Artemio Filípovich Zemlianika.
JLESTAKOV: —Hágame un favor, Artemio Filípovich. Me ha pasado un caso insólito: durante el viaje, me he quedado sin un centavo. ¿No podría prestarme. .. cuatrocientos rublos?
ARTEMIO FILÍPOVICH : —¡Cómo no!...
JLESTAKOV: —¡Qué oportuno! Muchísimas gracias.

Escena VII
JLESTAKOV, BÓBCHINSKY y DÓBCHINSKY.
BÓBCHINSKY: —Tengo el honor de presentarme: un vecino de este pueblo, Petr Ivánovich Bóbchinsky.
DÓBCHINSKY : —El hacendado Petr Ivánovich Dóbchinsky.
JLESTAKOV: —¡Ah! ¡Pero si yo ya los he visto! ¡Si mal no recuerdo, usted se cayó entonces! ¿Cómo sigue su nariz?
BÓBCHINSKY: —¡A Dios gracias, bien! No se preocupe. Está curada ya, completamente curada.
JLESTAKOV: —Me alegro. . . (De pronto, con voz cortante.) ¿No tendrían ustedes dinero?
DÓBCHINSKY: —¡Dinero! ¿Qué dinero?
JLESTAKOV: —Dinero para prestarme. Unos mil rublos.
BÓBCHINSKY: —Tanto no tengo, por Dios se lo juro. ¿Y usted, Petr Ivánovich?
DÓBCHINSKY: —Aquí no tengo dinero, mis fondos están invertidos en bonos del tesoro público.
JLESTAKOV: —Bueno. Si no tienen mil, denme cien.
BÓBCHINSKY (Hurgándose en el bolsillo.): —¿No tendría usted cien rublos, Petr Ivánovich? Yo sólo tengo cuarenta, en asignados.
DÓBCHINSKY (Consultando su billetera.): —Veinticinco rublos, en total.
BÓBCHINSKY: —¡Busque mejor, Petr. Ivánovich! Usted, lo sé, tiene un agujero en el bolsillo derecho. ¡Se le habrá caído el dinero allí!
DÓBCHINSKY: —No, no. En el agujero tampoco hay nada.
JLESTAKOV: —Bueno, es lo mismo. Después de todo, yo sólo lo decía por decir. Que sean sesenta y cinco rublos... Tanto da. (Toma el dinero.)
BÓBCHINSKY: —Me atrevo a formularle un pedido sobre un asunto muy delicado.
JLESTAKOV: —¿De qué se trata?
DÓBCHINSKY: —Sí, algo muy delicado: mi hijo mayor, verá usted, nació antes del matrimonio...
JLESTAKOV: —¿De veras?
DÓBCHINSKV: —Es decir, sólo es una manera de hablar, pero nació lo mismo que si fuera en el matrimonio, y todo eso lo completé luego con los vínculos conyugales que manda la ley. Pues bien. . . Quiero que ese niño sea mi hijo legítimo y se llame como yo, Dóbchinsky.
JLESTAKOV: —Bueno, que se llame así. No hay inconveniente.
DÓBCHINSKY: —Yo no lo molestaría a usted, pero es .una lástima por su talento. El chiquillo es tan. . ., infunde muchas esperanzas: recita versos, y apenas cae en sus manos un cortaplumas, esculpe unos pequeños trineos que maravilla verlos. Petr Ivánovich se lo puede confirmar.
BÓBCHINSKY: —Sí, es una criatura de mucho talento.
JLESTAKOV: —¡Está bien, está bien! Ya me ocuparé del asunto, hablaré de eso. ., Espero que se hará todo, sí, sí. . . (Volviéndose hacia BÓBCHINSKY.) ¿No tiene también algo que decirme?
BÓBCHINSKY: —¡Ya lo creo! Tengo un humildísimo pedido que hacerle.
JLESTAKOV: —¿Cuál?
BÓBCHINSKY: —Le ruego muy humildemente que, cuando llegue a San Petersburgo, les diga a todos los nobles, senadores y almirantes que, en tal y cual pueblo, vive Petr Ivánovich Bóbchinsky-. Dígalo así no más: que aquí vive Petr Ivánovich Bóbchinsky.
JLESTAKOV: —Perfectamente.
BÓBCHINSKY: —Y si, por casualidad, visita al propio zar, dígale: "Majestad, en tal y cual pueblo vive Petr Ivánovich Bóbchinsky".
JLESTAKOV: —Perfectamente.
BÓBCHINSKY : —Disculpe .que lo hayamos molestado con nuestra presencia.
DÓBCHINSKY: —Disculpe que lo hayamos molestado con nuestra presencia.
JLESTAKOV: —¡No es nada, no es nada! He tenido el mayor gusto. (Los acompaña hasta la puerta.)

Escena VIII
JLESTAKOV (solo).
JLESTAKOV: —Aquí hay muchos funcionarios. Pero me parece que me toman por un alto personaje. Seguramente, anoche les habré contado unas cuantas fábulas. ¡Vaya unos imbéciles! Le escribiré sobre todo esto a Triapichkin, a San Petersburgo; como pergeña cosas para los diarios, podrá sacarle partido al asunto. ¡Eh, Osip! ¡Dame papel y tinta! (OSIP asoma la cabeza por la puerta y contesta: "Ya va".) Y si alguien cae en manos de Triapichkin, pobre de él: con tal de ubicar una palabra mordaz, no tiene piedad ni de su propio padre: y le gusta el dinero. Por lo demás, estos funcionarios son buena gente; el hecho de que me hayan hecho préstamos es un hermoso rasgo de su parte. Veamos cuánto dinero tengo. El juez me ha dado trescientos; el jefe de Correos, otros trescientos: son seiscientos. Seiscientos, setecientos, ochocientos... ¡Qué papel grasiento! Ochocientos, novecientos... ¡Caramba! Pasa los mil rublos... Bueno, capitán... Si nos encontramos ahora..., ¡ya verás el desquite que me voy a tomar!

Escena IX
JLESTAKOV y OSIP (con tinta y papel).
JLESTAKOV: —Bueno..., ¿ves ahora, estúpido, cómo me reciben y agasajan? (Comienza a escribir.)
OSIP: —¡Sí, a Dios gracias! Pero. .. ¿sabe una cosa, Iván Aleksándrovich?
JLESTAKOV: —¿Qué?
OSIP: —¡Vayase de aquí! De veras... ¡Ya es hora!
JLESTAKOV (Escribiendo.): •—¡Vaya una tontería! ¿Porqué?
OSIP: —Sí. ¡Déjeles, qué diablos! Se ha divertido usted aquí durante dos días. . . y basta. No se enrede más con ellos. Todo puede ser; quizá venga algún otro y. . . ¡De veras, Iván Aleksándrovich! Y los caballos son tan buenos aquí... ¡Volarían como flechas!
JLESTAKOV (Escribiendo.): —No, todavía tengo ganas de vivir acá. Que sea mañana.
OSIP: —¿Por qué ha de ser mañana? ¡Por Dios, Iván Aleksándrovich! ¡Vamonos! Aunque lo tratan aquí con grandes honores, lo mejor sería que nos marcháramos: ya se ve que lo confunden con alguien... ¡Por Dios, Iván Aleksándrovich! Además, su papá se enojará si demora tanto. ¡Y aquí nos darían unos caballos de primera! ¡Volarían como flechas!
JLESTAKOV {Escribiendo.): —Bueno, bueno. Pero lleva antes una carta al Correo. ¡Y cuida de que nos den buenos caballos! Diles a los postillones que les daré un rublo de propina para que canten por el camino, como cuando viaja un personaje... (Sigue escribiendo.) Supongo que Triapichkin se morirá de risa...
OSIP : —Más vale que yo mande la carta al Correo con un criado de la casa y empiece a empacar, para no perder tiempo.
JLESTAKOV: —Bueno, pero tráeme antes una vela.
OSIP (Sale y habla entre bastidores.): —¡Eh, escúchame, hermano! Lleva esta carta al Correo y dile al jefe que la reciba sin franqueo, y encarga que le preparen a mi amo la mejor de las troikas que haya aquí: di que mi amo no paga derechos de postas por ser funcionario del Gobierno. Y que se apuren: de lo contrario, el amo se enojará. Espera, la carta no está lista aún.
JLESTAKOV (Sigue escribiendo.): —Me gustaría saber dónde vive ahora Triapichkm..., si en la calle Pochtámskaia o en la Gorojovaia... ¡Es tan amigo de mudarse y no pagar el arriendo! Le escribiré a la Pochtámskaia. .., quizás acierte. (Cierra el sobre y escribe la dirección.)
OSIP (Trae una vela. JLESTAKOV sella la carta. En ese momento, se oye la voz de DERJIMORDA, quien dice: "¿Adonde vas, barbudo? Te he dicho que tengo orden de no dejar pasar a nadie".).
JLESTAKOV (Le dala carta a OSIP.) : —Toma, llévala.
VOCES DE LOS MERCADERES: —¡Déjanos entrar! No puedes impedirnos la entrada: hemos venido a hablar de un asunto importante.
Voz DE DERJIMORDA: —¡Afuera, afuera! No puede recibirlos, duerme. (El alboroto se acentúa.)
JLESTAKOV: —¿Qué pasa ahí, Osip? Ve a ver qué ruido es ése.
OSIP (Mirando por la ventana.): —Son unos mercaderes que quieren entrar, pero el vigilante no los deja. Agitan unos papeles: seguramente, quieren hablar con usted.
JLESTAKOV (Acercándose a la ventana..): —¿Qué quieren, amigos?
VOCES DE LOS MERCADERES: —Venimos a ver a Su Excelencia. ¡Permítanos Su Excelencia que le presentemos una petición!
JLESTAKOV: —¡Déjenlos entrar! Que vengan, Osip, diles que los dejen entrar.
(OSIP sale.)
JLESTAKOV (Toma varias peticiones por la ventana, desdobla una de ellas y lee.): —"A Su Notable Excelencia el Señor Comandante de las Finanzas, del mercader Abdulin..." ¡Al diablo con éste! ¡Ni siquiera existe semejante jerarquía en toda la administración pública!

Escena X
JLESTAKOV y los MERCADERES (con una tinaja de vino y pilones de azúcar).
JLESTAKOV: —¿Qué quieren ustedes, amigos?
MERCADERES: —Nos inclinamos profundamente ante Su Excelencia.
JLESTAKOV: —¿ Qué desean ?
MERCADERES: —¡No nos pierdas, señor! Estamos sufriendo vejámenes insoportables.
JLESTAKOV: —¿De quién?
UNO DE LOS MERCADERES: —¿De quién ha de ser? ¡Del alcalde! ¡Nunca se ha visto un alcalde como ése, Excelencia! Nos agravia tanto que no podríamos ni describirlo. Lo agarra a uno de la barba, por ejemplo, y le dice: "¡Ah, salvaje! ¡Ya verás!" ¡Por Dios se lo juro! Cualquiera diría que uno no se ha portado bien con él y, sin embargo, nosotros cumplimos con lo que corresponde: le mandamos lo que necesita para hacerles vestidos a su mujer y a su hija..., no nos negamos a eso. Y, ya lo ve, todo le parece poco.. . Viene a nuestra tienda y se lleva todo lo que encuentra. Ve un corte de paño y dice: "Oye, buen hombre. Ese es un hermoso género. Tráemelo". Y uno se lo lleva y el corte mide no menos de cincuenta metros.
JLESTAKOV: —¿De veras? Pero... ¡qué bribón!
MERCADERES: —¡De veras! No hay memoria de un alcalde semejante. Cuando uno lo ve llegar, tiene que esconder todo lo que hay en la tienda. Y no sólo se lleva lo mejor, sino cualquier basura: hasta cuando un montón de ciruelas lleva siete años en un barril, y el propio criado de uno las rechaza, él se las lleva. Su cumpleaños cae en el día de San Antón y uno le lleva todo lo que necesita. Pues... ¿sabe una cosa? ¡Eso no le basta! ¡Dice que el día de San Honorio también es su cumpleaños! ¡Y el día de San Honorio, uno tiene que llevarle regalos también!
JLESTAKOV: —Pero... ¡si ese hombre es, simplemente, un salteador de caminos!
MERCADERES: —¡Claro que sí! Y si uno trata de resistirse, le manda a todo un regimiento de soldados para que lo aloje. O le clausura el negocio."Yo no te castigaré con una pena corporal, hijo mío", le dice a uno. "Ni te torturaré. Eso está prohibido. ¡Pero tendrás que apretarte el cinturón!"
JLESTAKOV:—¡Qué miserable! ¡Con eso, bastaría para mandarlo a Siberia!
MERCADERES: —Mándelo Su Excelencia a donde quiera..., con tal que esté lejos de aquí. No rechaces, padre, nuestro tributo: te .traemos vino y un pilón de azúcar.
JLESTAKOV: —No, se equivocan; yo no acepto sobornos de ninguna clase. Pero si ustedes, por ejemplo, me ofrecieran un préstamo de trescientos rublos. .., el asunto sería completamente distinto: si se tratara de un préstamo, yo podría aceptarlo.
MERCADERES: —¡Sí, por favor, padre nuestro! (Sacan dinero.) ¿Por qué trescientos? Más vale que tomes quinientos. ¡Pero ayúdanos!
JLESTAKOV: —Bueno; tratándose de un préstamo, no hay inconveniente. Lo acepto.
MERCADERES (Presentándole el dinero sobre una bandeja de plata.): —Y llévate también esta bandeja, por favor.
JLESTAKOV: —Bueno, me quedaré con la bandeja.
MERCADERES (Inclinándose ante él.): —Entonces, acepta también el azúcar.
JLESTAKOV: —¡Oh, no! No puedo aceptar sobornos de ninguna clase. . .
OSIP: —¡Excelencia! ¿Por qué no lo acepta? ¡Acéptelo! ¡Durante el viaje, todo le servirá! ¡Denme el azúcar y el vino! ¡Denme todo lo que tengan, todo servirá! ¿Qué hay ahí? ¿Una cuerda? Denme la cuerda. . . También nos servirá en el viaje. Si se rompe el eje, habrá con que atarlo.
MERCADERES: —¡Entonces, háganos esa merced, Excelencia! Si no nos ayuda, ya no sabremos qué hacer. ¡Será como para ahorcarnos!
MERCADERES: —¡No nos pierdas, señor! Estamos sufriendo vejámenes insoportables.
JLESTAKOV: —¿De quién?
UNO DE LOS MERCADERES: —¿De quién ha de ser? ¡Del alcalde! ¡Nunca se ha visto un alcalde como ése, Excelencia! Nos agravia tanto que no podríamos ni describirlo. Lo agarra a uno de la barba, por ejemplo, y le dice: "¡Ah, salvaje! ¡Ya verás!" ¡Por Dios se lo juro! Cualquiera diría que uno no se ha portado bien con él y, sin embargo, nosotros cumplimos con lo que corresponde: le mandamos lo que necesita para hacerles vestidos a su mujer y a su hija..., no nos negamos a eso. Y, ya lo ve, todo le parece poco.. . Viene a nuestra tienda y se lleva todo lo que encuentra. Ve un corte de paño y dice: "Oye, buen hombre. Ese es un hermoso género. Tráemelo". Y uno se lo lleva y el corte mide no menos de cincuenta metros.
JLESTAKOV: —¿De veras? Pero... ¡qué bribón!
MERCADERES: —¡De veras! No hay memoria de un alcalde semejante. Cuando uno lo ve llegar, tiene que esconder todo lo que hay en la tienda. Y no sólo se lleva lo mejor, sino cualquier basura: hasta cuando un montón de ciruelas lleva siete años en un barril, y el propio criado de uno las rechaza, él se las lleva. Su cumpleaños cae en el día de San Antón y uno le lleva todo lo que necesita. Pues... ¿sabe una cosa? ¡Eso no le basta! ¡Dice que el día de San Honorio también es su cumpleaños! ¡Y el día de San Honorio, uno tiene que llevarle regalos también!
JLESTAKOV: —Pero... ¡si ese hombre es, simplemente, un salteador de caminos!
MERCADERES: —¡Claro que sí! Y si uno trata de resistirse, le manda a todo un regimiento de soldados para que lo aloje. O le clausura el negocio."Yo no te castigaré con una pena corporal, hijo mío", le dice a uno. "Ni te torturaré. Eso está prohibido. ¡Pero tendrás que apretarte el cinturón!"
JLESTAKOV:—¡Qué miserable! ¡Con eso, bastaría para mandarlo a Siberia!
MERCADERES: —Mándelo Su Excelencia a donde quiera..., con tal que esté lejos de aquí. No rechaces, padre, nuestro tributo: te .traemos vino y un pilón de azúcar.
JLESTAKOV: —No, se equivocan; yo no acepto sobornos de ninguna clase. Pero si ustedes, por ejemplo, me ofrecieran un préstamo de trescientos rublos. .., el asunto sería completamente distinto: si se tratara de un préstamo, yo podría aceptarlo.
MERCADERES: —¡Sí, por favor, padre nuestro! (Sacan dinero.) ¿Por qué trescientos? Más vale que tomes quinientos. ¡Pero ayúdanos!
JLESTAKOV: —Bueno; tratándose de un préstamo, no hay inconveniente. Lo acepto.
MERCADERES (Presentándole el dinero sobre una bandeja de plata.): —Y llévate también esta bandeja, por favor.
JLESTAKOV: —Bueno, me quedaré con la bandeja.
MERCADERES (Inclinándose ante él.): —Entonces, acepta también el azúcar.
JLESTAKOV: —¡Oh, no! No puedo aceptar sobornos de ninguna clase. . .
OSIP: —¡Excelencia! ¿Por qué no lo acepta? ¡Acéptelo! ¡Durante el viaje, todo le servirá! ¡Denme el azúcar y el vino! ¡Denme todo lo que tengan, todo servirá! ¿Qué hay ahí? ¿Una cuerda? Denme la cuerda. . . También nos servirá en el viaje. Si se rompe el eje, habrá con que atarlo.
MERCADERES: —¡Entonces, háganos esa merced, Excelencia! Si no nos ayuda, ya no sabremos qué hacer. ¡Será como para ahorcarnos!
JLESTAKOV: —¡Estén tranquilos, estén tranquilos! Haré todo lo que pueda.
(Los MERCADERES se van. Se oye una voz de mujer que dice: "¡No, no te atreverás a impedirme la entrada! ¡Me quejaré de ti a Su Excelencia! ¡No me empujes así, bruto!")
JLESTAKOV: —¿Quién está ahí? (Se acerca a la ventana.) ¿Quién eres, mujer?
VOCES DE MUJERES: —¡Venimos a pedirte ayuda, padre nuestro! Ordena que nos dejen entrar, señor.
JLESTAKOV (Por la ventana.): —Déjenlas entrar.

Escena XI
JLESTAKOV, la MUJER DEL CARPINTERO y la VIUDA DEL SUBTENIENTE.
LA MUJER DEL CARPINTERO (Con una gran reverencia.):—Vengo a pedirte protección.
LA VIUDA DEL SUBTENIENTE: —Vengo a pedirte protección ...
JLESTAKOV: —¿Quiénes son ustedes?
LA VIUDA DEL SUBTENIENTE: —Soy la viuda del subteniente Ivanov.
LA MUJER DEL CARPINTERO: —Soy la mujer del carpintero del pueblo, Fevronia Petrovna Poshiépkina, padre mío...
JLESTAKOV: —Un momento, hablen de a una. (A la MUJER DEL CARPINTERO.) ¿Qué quieres tú de mí?
LA MUJER DEL CARPINTERO: —¡Vengo a quejarme del alcalde, señor! ¡Que Dios le maride todos los males del mundo! ¡Que nunca sean felices ni él ni sus hijos ni sus tías ni sus tíos, el muy miserable!
JLESTAKOV: —¿Por qué? ¿Qué pasa?
LA MUJER DEL CARPINTERO: —Pues ordenó que a mi marido lo engancharan en el ejército, aunque no le tocaba el turno, el muy bribón. Y la ley no lo permitía: era casado.
JLESTAKOV: —¿Y cómo pudo hacerlo?
LA MUJER DEL CARPINTERO: —Pues lo hizo el muy píllete, lo hizo..., ¡que lo zurre .bien Dios en este mundo y en el otro! ¡Si tiene tía, que le pasen todas las desgracias imaginables de su tía; y si su padre está vivo, que reviente o se atragante para siempre, maldito sea! Tenían que enganchar para el ejército al hijo del sastre, un borrachín, pero sus padres le mandaron un buen regalo al alcalde, y entonces el alcalde le echó el ojo al hijo de la tendera Panteleeva, y la Panteleeva le mandó a la mujer del alcalde tres piezas de paño y el alcalde me vino a ver y me dijo: "¿Para qué quieres a tu marido? Ya no te sirve". Pues yo sé si me sirve o no me sirve. ¡Eso es cosa mía, maldito sea ese bribón! "Tu marido", me dijo, "es un ladrón: aunque no haya robado nada todavía, tanto da, robará más adelante; y el año próximo lo engancharán en el ejército de todos modos". ¿Y cómo quiere el muy infame que yo viva sin marido? ¡Yo soy un ser débil! ¡Ojalá reviente toda la parentela de ese canalla! Y si tiene suegra, que su suegra. . .
JLESTAKOV: —Bueno, bueno. ¿Y tú? (Empuja afuera a la vieja.)
LA MUJER DEL CARPINTERO (Saliendo.): —¡No me olvides, padre nuestro! ¡Sé misericordioso!
LA VIUDA DEL SUBTENIENTE: —He venido a quejarme del alcalde, padre mío. . .
JLESTAKOV: —¿Por qué? Vamos, habla y sé breve.
LA VIUDA DEL SUBTENIENTE: —¡Me azotó, padre mío!
JLESTAKOV: —¿Cómo es eso?
LA VIUDA DEL SUBTENIENTE: —¡Por error, padre mío! Dos de nuestras campesinas riñeron en el mercado y la policía no llegó a tiempo, y cuando vino me agarró a mí y me dio una azotaina tal, que estuve dos días sin poder sentarme.
JLESTAKOV: —¿Y qué quieres que yo haga ahora?
LA VIUDA DEL SUBTENIENTE: —Claro está que no se puede hacer nada. Pero hazle pagar una multa por el error cometido. El dinero me vendría muy bien.
JLESTAKOV: —¡Bueno, bueno! ¡Vete, vete! Ya daré órdenes. (Por la. ventana, asoman manos con peticiones.) Pero... ¿quién está ahí, todavía? (Acercándose a la ventana.) ¡No quiero, no quiero! ¡No, no! (Alejándose de la ventana.) ¡Ya estoy harto, qué diablos! ¡No los dejes entrar, Osip!
OSIP (Gritando por la ventana.): —¡Vayanse, vayanse! ¡Es mala hora, vengan mañana!
(Se abre la puerta y se asoma la figura de un individuo de capote, con barba de varios días, el labio hinchado y la mejilla vendada; detrás de él, se advierte a varias otras personas.)
OSIP: —¡Vete! ¡Vete! ¿Adonde vas? (Empuja al intruso apoyándole las manos sobre las rodillas y sale con él a la antesala, cerrando la puerta tras de sí.)

Escena XII
JLESTAKOV y MARÍA ANTÓNOVNA
MARÍA ANTÓNOVNA: —¡Ah!
JLESTAKOV: —¿Por qué se ha asustado, señora?
MARÍA ANTÓNOVNA:—No, no me he asustado.
JLESTAKOV (Donjuanesco.): —¡Caramba, señora!... Me encanta que me haya tomado por un hombre que... Me atrevería a preguntarle: ¿adonde se proponía ir?
MARÍA ANTÓNOVNA: —Ño iba a ninguna parte, se lo aseguro.
JLESTAKOV: —¿Y por qué no iba a ninguna parte?
MARÍA ANTÓNÚVNA: —Creí que quizás estuviera aquí mamá...
JLESTAKOV: —No, lo que quiero saber es por qué no iba a ninguna parte...
MARÍA ANTÓNOVNA: —Lo he molestado. Usted se ocupaba de asuntos importantes...
JLESTAKOV (Donjuanesco.): —Pues sus ojos son mejores que los asuntos importantes... Usted no podría molestarme, de ningún modo; por el contrario, hasta podría proporcionarme un placer.
MARÍA ANTÓNOVNA: —Usted habla como la gente de San Petersburgo.
JLESTAKOV: —Para una personita tan deliciosa... ¿Me atrevería a tener la dicha de ofrecerle una silla? Pero, no. . . ¡Lo que usted se merece no es una silla, es un trono!
MARÍA ANTÓNOVNA: —La verdad, no sé... Yo tenía que irme. (Se sienta.)
JLESTAKOV: —¡Qué hermoso pañuelo el suyo!
MARÍA ANTÓNOVNA: —Ustedes son unos burlones, lo que más les gusta es burlarse de nosotras las provincianas.
JLESTAKOV: —¡Cómo me gustaría ser su pañuelo, señora, para rodear su blanquísimo cuello!
MARÍA ANTÓNOVNA: —No entiendo de qué me habla... No sé qué pañuelo... ¡Qué tiempo extraño el de hoy! .
JLESTAKOV: —Y sus labios, señora, son mejores que ningún tiempo.
MARÍA ANTÓNOVNA: —¡Ustedes dicen siempre unas cosas...! Yo le pediría que me escribiera más bien unos versos en el álbum. Seguramente sabrá muchos.
JLESTAKOV: —Para usted, señora, todo lo que quiera. Exija. ¿Qué versos desea?
MARÍA ANTÓNOVNA: —Lo mismo me da... Algunos que sean lindos, nuevos.
JLESTAKOV: —Y... ¡Conozco tantos!
MARÍA ANTÓNOVNA: —Vamos, dígame... ¿Cuáles me escribiría?
JLESTAKOV: —Tengo muchísimos. Podría escribirle éstos, por ejemplo: "Oh, tú, que en el infortunio te quejas sin razón de Dios"... Y he hecho otros más.. ., pero ahora no los recuerdo; por lo demás, eso no tiene importancia. Será mejor que yo le ofrezca mi amor, que con su mirada... (Acerca su silla a la de ella.)
MARÍA ANTÓNOVNA: —¡El amor! No comprendo el amor... Nunca supe qué es el amor... (Aparta su silla.)
JLESTAKOV: —¿Por qué aparta su silla? Será mejor que estemos sentados muy cerca el uno del otro.
MARÍA ANTÓNOVNA: —¿Para qué cerca? Lo mismo da que sea lejos.
JLESTAKOV: —¿Para qué lejos? Lo mismo da que sea cerca.
MARÍA ANTÓNOVNA: —Pero... ¿para qué todo esto?
JLESTAKOV (Arrimándose.): —A usted sólo le parece que estamos cerca: y puede imaginarse que estamos lejos. ¡Qué feliz sería yo, señora, si pudiera oprimirla entre mis brazos!
MARÍA ANTÓNOVNA (Mirando por la ventana.): —¿Qué es eso que pasó volando? ¿Fue un gorrión u otro pájaro?
JLESTAKOV (La besa en el hombro y mira por la ventana.): —Fue un gorrión.
MARÍA ANTÓNOVNA (Levantándose indignada.): —¡Oh! ¡Esto ya es demasiado!... ¡Qué atrevimiento!...
JLESTAKOV (Reteniéndola.): —Perdóneme, señorita; lo hice movido por el amor, eso es, por el amor.
MARÍA ANTÓNOVNA: —Usted me cree tan provinciana... (Se esfuerza en irse.)
JLESTAKOV (Sigue reteniéndola.): —Por amor, de veras, por amor. Sólo lo hice por broma, María Antónovna. ¡No se enoje! Estoy pronto a pedirle perdón de rodillas. (Cae de rodillas.) ¡Perdón, perdón! Ya lo ve, estoy de rodillas.

Escena XIII
Dichos y ANA ANDREEVNA.
ANA ANDREEVNA (Al ver a JLESTAKOV de rodillas.):—¡Oh, qué situación!
JLESTAKOV (Levantándose.): —¡Demonios!
ANA ANDREEVNA (A su hija.): —¿Qué significa eso, señorita? ¿Qué conducta es ésa?
MARÍA ANTÓNOVNA : —Yo, mamita...
ANA ANDREEVNA: —¡Sal de aquí! ¡Sal de aquí! ¿Me oyes? Y no te atrevas a presentarte ante mis ojos. .(MARÍA ANTÓNOVNA se va, deshecha en lágrimas.) Perdóneme, pero, se lo confieso, estoy tan sorprendida. ..
JLESTAKOV (Aparte.): —Y ésta también es muy apetitosa, no está mal. (Dejándose caer de rodillas.) Señora... ¡Estoy ardiendo de amor! ¿Me comprende?
ANA ANDREEVNA: —¡Cómo! ¿Usted de rodillas? ¡Oh, levántese, levántese! Aquí el piso no está limpio ni mucho menos.
JLESTAKOV: —No, debo estar de rodillas, de rodillas, quiero saber si he de esperar la vida o la muerte.
ANA ANDREEVNA: —Pero, discúlpeme... Todavía no comprendo el sentido de sus palabras. Si no las interpreto mal, usted ha hecho una declaración con respecto a mi hija.
JLESTAKOV: —No, la amo a usted. Mi vida pende de un hilo. Si no premia mi fiel amor, no merezco vivir en este mundo. Con el corazón en llamas, pido su mano.
ANA ANDREEVNA : —Pero permítame que le diga que... en cierto modo. . . estoy casada.
JLESTAKOV: —¡Tanto me da! Para el amor, no hay fronteras; y Karamzim ya dijo: "Las leyes nos condenan". Nos iremos a un país lejano... Pido su mano, pido su mano.

Escena XIV
Dichos y MARÍA ANTÓNOVNA (entra corriendo repentinamente).
MARÍA ANTÓNOVNA: —Mamita, papito dijo que tú... (Al ver de hinojos a JLESTAKOV, exclama.): ¡Ah, qué situación!
ANA ANDREEVNA: —Bueno... ¿Qué hay? ¿A qué viene eso? ¡Qué ligera de cascos! ¡Entras corriendo como una gata escaldada! Bueno... ¿Qué hay de sorprendente en esto? ¿Qué se te ha ocurrido? Pareces una niña de tres años. Nadie diría que tienes dieciocho. No sé cuándo serás más razonable y te portarás como una muchacha bien educada; cuándo sabrás qué significan las buenas normas y la seriedad en la conducta.
MARÍA ANTÓNOVNA (Entre lágrimas.): —Yo, mamita, francamente, no sabía...
ANA ANDREEVNA: —Se diría que siempre se te pasea una corriente de aire por la cabeza; sigues el ejemplo de las hijas de Liapkin-Tiapkin. ¿Quién te manda mirarlas? ¡No tienes por qué hacerlo! Más vale que sigas otros ejemplos: ahí tienes a tu madre. He ahí los modelos que debes imitar.
JLESTAKOV (Asiendo la mano de la hija.): —¡Ana Andreevna! ¡No se oponga a nuestra felicidad! ¡Bendiga nuestro eterno amor!
ANA ANDREEVNA (Asombrada.): —¿De modo que usted la ama a ella?...
JLESTAKOV: —Decida: ¿la vida o la muerte?
ANA ANDREEVNA: —Bueno, ya lo ves, tonta, ya lo ves; por ti, por una basura como tú, el huésped se sirvió arrodillarse; y tú entras corriendo como una loca. Merecerías que yo le dijera, que no; no eres digna de semejante felicidad.
MARÍA ANTÓNOVNA: —No lo volveré a hacer, mamita; palabra, no lo volveré a hacer.

Escena XV
Dichos y el ALCALDE (que entra, sin aliento).
ALCALDE: —¡Excelencia! ¡No me pierda! ¡No me pierda!
JLESTAKOV: —¿Qué le pasa?
ALCALDE: —Los mercaderes se han quejado a Su Excelencia. Le juro por mi honor que no es cierto ni la mitad de lo que le han dicho. Son ellos quienes estafan y roban en el peso a la gente. La subtenienta le mintió a Su Excelencia que yo la azoté: miente, por Dios se lo juro, miente. Se azotó ella misma.
JLESTAKOV: —¡Que el diablo se la lleve! ¡Ahora no estoy como para pensar en ella!
ALCALDE: —¡No le crea, no le crea! ¡Son tan embusteros! Ni un niño podría creerles. Ya tienen fama de embusteros en todo el pueblo. Y en cuanto a eso de que soy un bribón, permítame decirle esto: ellos son unos bribones como no se han visto nunca.
ANA ANDREEVNA: —¿Sabes el honor con que nos distingue Iván Aleksándrovich? Pide la mano de nuestra hija.
ALCALDE: —¡Vamos! ¡Vamos! ¡Has perdido la chaveta, vieja! No se enoje, Excelencia: nunca tuvo los sesos en su sitio, como su madre.
JLESTAKOV: —Pero si es cierto, pido la mano de su hija. Estoy enamorado.
ALCALDE: —¡No puedo creerlo, Excelencia!
ANA ANDREEVNA: —Pero... ¡si te lo dicen!
JLESTAKOV: —No es broma. El amor me puede enloquecer.
ALCALDE : —No me atrevo a creerlo, no merezco tanto honor.
JLESTAKOV: —Si no me concede la mano de María Antónovna, estoy dispuesto a... a cometer cualquier disparate...
ALCALDE: —No puedo creerlo, Excelencia. ¡Su Excelencia bromea!
ANA ANDREEVNA: —¡Oh, qué estúpido! Pero... ¡si te dicen que es así!
ALCALDE : —No lo puedo creer.
JLESTAKOV: —¡Concédamela, concédamela! Estoy desesperado, soy capaz de todo: cuando me pegue un tiro, a usted lo condenarán por eso.
ALCALDE: —¡Ay, Dios mío! ¡Juro que soy inocente en cuerpo y alma! ¡No se enoje, por favor! ¡Sírvase obrar como guste, Excelencia! Francamente, en este momento, estoy mareado..., no sé qué me pasa. Estoy más tonto que nunca.
ANA ANDREEVNA : —¡Vamos, dales tu bendición!
(JLESTAKOV se acerca, con MARÍA ANTÓNOVNA.)
ALCALDE: —¡Dios los bendiga! ¡Pero yo no tengo la culpa! (JLESTAKOV se besa con MARÍA ANTÓNOVNA. El ALCALDE los mira.) ¡Qué diablos! Pero... ¡es cierto! (Se -frota los ojos.) ¡Se besan! ¡Santo Dios, se besan! ¡Es un novio, un novio de verdad! (Lanza un grito y da una cabriola de alegría.) ¡Hola, Antón! ¡Antón! ¡Alcalde! ¡Mira a lo que hemos llegado!

Escena XVI
Dichos y OSIP.
OSIP: —Los caballos están listos.
JLESTAKOV: —¡Ah! Bueno... Ya voy.
ALCALDE: —¡Cómo! ¿Se va?
JLESTAKOV: —Sí, me voy.
ALCALDE: —Pero, entonces... Es decir... Creo que usted mismo tuvo a bien aludir a un casamiento..., ¿no es así?
JLESTAKOV: —¡Oh! Me voy por un minuto, nada más...,a pasar un solo día con un tío..., un viejo rico; y mañana mismo estoy de regreso.
ALCALDE: —No nos atrevemos a retenerlos, confiando en un feliz retorno.
JLESTAKOV: —¡OH, claro, claro! Volveré en un abrir y cerrar de ojos. Adiós, amor mío... ¡No, realmente no logro expresar todos mis sentimientos! ¡Adiós, tesoro! (Le besa la mano a MARÍA ANTÓNOVNA.)
ALCALDE: — ¿No necesita Su Excelencia algo para el viaje? Me parece que necesitaba dinero. .., ¿no es eso?
JLESTAKOV: —¡OH, no! ¿Para qué? (Lo piensa un poco.) Por lo demás, no hay inconveniente.
ALCALDE: — ¿Cuánto desea Su Excelencia?
JLESTAKOV: —En aquella oportunidad usted me dio doscientos rublos (es decir cuatrocientos y no doscientos, no quiero aprovechar su error), de modo que déme ahora otro tanto y serán ochocientos justitos.
ALCALDE: — ¡Inmediatamente! (Saca de su cartera.) Y, como a propósito, con los papelitos más nuevos.
JLESTAKOV: — ¡Ah, sí! (Toma el dinero e inspecciona los billetes.) Eso está bien. ¡Dicen que el dinero nuevo da dicha nueva!
ALCALDE: —Exacto, Excelencia.
JLESTAKOV: — ¡Adiós, Antón Antónovich! Muy agradecido por su hospitalidad. Lo confieso de todo corazón: en ninguna parte me hicieron tan buena recepción. ¡Adiós, Ana Andreevna! ¡Adiós, querida María Antónovna! (Salen.)

TRAS DE LA ESCENA
Voz DE JLESTAKOV: — ¡Adiós, ángel mío, María Antónovna!
Voz DEL ALCALDE: —Su Excelencia viajará un poco incómodo en este coche sin elásticos. ¿No querría una alfombrita en el suelo, por lo menos?
Voz DE JLESTAKOV: —No... ¿Para qué? Por lo demás... Bueno, que pongan la alfombrita.
Voz DEL ALCALDE: —¡Eh, Avdotia! Ve a la alacena y trae la mejor alfombra... ¡La celeste, la persa! Voz DEL POSTILLÓN : —Brr...
Voz DEL ALCALDE: — ¿Cuándo podemos esperar de regreso a Su Excelencia?
Voz DE JLESTAKOV: —Mañana o pasado.
Voz DE OSIP: —¡Ah! ¿Esa es la alfombra? ¡Dámela, ponía aquí! Ahora, agrega heno del otro lado.
Voz DEL POSTILLÓN : —Brr...
Voz DE OSIP: —¡De ese lado! ¡Aquí! ¡Más! ¡Está bien! ¡Ahora viajará cómodo! (Golpea la alfombra.)
¡Siéntese ahora, Excelencia!
Voz DE JLESTAKOV: —¡Adiós, Antón Antónovich!
Voz DEL ALCALDE: —¡Adiós, Excelencia!
VOCES DE MUJERES: —¡Adiós, Iván Aleksándrovich!
Voz DE JLESTAKOV: —¡Adiós, mamita!
Voz DEL POSTILLÓN: —¡En marcha, caballitos míos!
¡Sus! ¡Sus! (Suenan unos cascabeles; baja el telón.)

ACTO QUINTO
(La misma habitación.}

Escena Primera
El ALCALDE, ANA ANDREEVNA y MARÍA ANTÓNOVNA.
ALCALDE: — ¿Qué te parece, Ana Andreevna? ¿Soñaste alguna vez con esto? ¡Diablos, qué presa magnífica! Vamos, confiésalo sinceramente. ¡Ni siquiera lo soñabas! Y, de la noche a la mañana..., ¡zas! ¡Con qué personaje vas a emparentarte!
ANA ANDREEVNA: —Nada de eso: yo lo sabía desde hace tiempo. Eso te parecerá raro a ti porque eres un rústico, un hombre que nunca ha visto a gente como es debido.
ALCALDE: —Yo también soy un hombre como es debido, vieja. Pero, si bien se piensa, Ana Andreevna., ¡qué pajarracos de alto vuelo somos ahora! ¿Verdad? ¡Ahora sí que les bajaré los humos a todos esos amigos de presentar quejas! ¡Eh! ¿Quién está ahí? (Entra un VIGILANTE.) ¡Ah! ¿Eres tú, Iván Karpovich? Llámame aquí a los mercaderes, hermano. ¡Ya verán esos bribones cómo los voy a tratar! ¡Con quejas contra mí! ¡Malditos traidores! ¡Ya verán! Hasta ahora los he tratado con severidad solamente: ahora lo haré con mano de hierro. Anótame a todos los que vinieron a quejarse de mí, y más que nada a esos escribas que les pergeñaron las quejas. Y diles, para que lo sepan: que ahora Dios le ha mandado un gran honor al alcalde, que casa a su hija..., ¡y no con un hombre cualquiera, sino con uno de esos que se ven pocas veces, que es capaz de hacerlo todo, todo, todo! Anúnciaselo a todos, que lo sepan. ¡Grítaselo a todo el pueblo, echa las campanas a vuelo, qué diablos! El triunfo es el triunfo. (El VIGILANTE se va.) ¡Pues ya ves cómo están las cosas. Ana Andreevna! ¿Cómo viviremos ahora y dónde? ¿Aquí o en San Petersburgo?
ANA ANDREEVNA: —En San Petersburgo, naturalmente. ¡Cómo vamos a quedarnos aquí!
ALCALDE: —Si quieres San Petersburgo, que sea San Petersburgo: y tampoco lo pasaríamos mal aquí. Supongo que, entonces, tendríamos que mandar al diablo mi cargo de alcalde..., ¿eh, Ana Andreevna?
ANA ANDREEVNA: —Naturalmente... ¿Quién piensa ya en eso?
ALCALDE: —Porque, ahora..., ¿verdad. Ana Andreevna?, uno puede pretender una gran jerarquía. ¿No te parece? Porque él es carne y uña con todos los ministros y va a palacio, y con su influencia yo podría con el tiempo llegar a general. ¿Qué te parece, Ana Andreevna? ¿Podría yo llegar a general?
ANA ANDREEVNA : —¡Claro que sí! Naturalmente.
ALCALDE: — ¡Ah, qué diablos! ¡Es tan bueno eso de ser general! Le cuelgan a uno esas charreteras al hombro. ¿Qué charreteras prefieres, Ana Andreevna? ¿Las rojas o las azules?
ANA ANDREEVNA: —Claro que las azules son mejores.
ALCALDE: — ¡Mira qué pretensión! Ya te podrías conformar con las rojas. ¿Por qué quiere uno ser general? Porque cuando llega a alguna parte, lo preceden los asistentes y edecanes y gritan: "¡Caballos!" Y en la posta no le dan caballos a nadie, todos tienen que esperar, todos esos consejeros de segunda, todos esos capitanes y alcaldes. ¡Y uno está antes que nadie! Uno almuerza en casa del gobernador, y ahí... el alcalde lo saluda humildemente! ¡Ja, ja, ja! (Ríe a más no poder, se sofoca de risa.) ¡Eso sí que es atrayente, qué diablos!
ANA ANDREEVNA: —A ti siempre te gusta lo grueso. No olvides que tendremos que cambiar totalmente de vida, que tus amistades serán otras, nada de ir a cazar con jueces aficionados a los perros ni de Zem-lianikas; por el contrario, tus amistades serán gente de modales finos; condes y hombres de mundo... Pero, a decir verdad, temo por ti; se te suele escapar cada palabrota de las que nunca se oyen en la buena sociedad.
ALCALDE: — ¿Y qué? Una palabra nunca daña.
ANA ANDREEVNA : —Eso está bien cuando uno es alcalde, pero ahí la vida es totalmente distinta.
ALCALDE: —Sí: dicen que ahí sirven un pescado tan sabroso que uno se babea de placer cuando lo come.
ANA ANDREEVNA: — ¡A ti te bastaría con el pescado! Yo sólo me conformaré si mi casa es la mejor de la metrópoli, y quiero que haya allí un perfume tal que no se pueda entrar y que uno se vea obligado a entornar los ojos así. (Entorna los ojos y husmea.) ¡Ah, qué bien!

Escena II
Dichos y los MERCADERES.
ALCALDE: — ¡Ah! ¡Salud, amiguitos!
MERCADERES (Con una reverencia.): — ¡Le deseamos mucha salud, señor alcalde!
ALCALDE: —Y bien, queridos... ¿Qué tal? ¿Cómo van los negocios? De modo que vinieron a quejarse..., ¿verdad? ¡Bribones, canallas, estafadores!... Conque a quejarse..., ¿eh? ¡Creyeron que me mandarían a la cárcel! ¿Saben ustedes, engendros del diablo, que...?
ANA ANDREEVNA: — ¡Ay, Dios mío! ¡Qué palabrotas dices, Antosha!
ALCALDE (Fastidiado.): —¡OH, ahora no estoy para pensar en palabras! ¿Saben ustedes que el funcionario a quien se quejaron se casa con mi hija? ¿Eh? ¿Y...? ¿Qué me dicen ahora? ¡Ya verán! ¡Ya verán cómo los trataré! Ustedes engañan a la gente... Le venden cien mil rublos de paño podrido al Estado..., ¡y luego donan veinte metros y todavía esperan un premio por eso! Si supieran la verdad, los mandarían a... ¡Y hay que ver las ínfulas que se dan! ¡Se diría que son intocables! "Nosotros", dicen, "no somos menos que los propios nobles". Y olvidan los muy patanes que el noble estudia ciencias: si lo azotan en la escuela es por algo, para que aprenda lo útil. ¿Y tú, mercader, a qué tantas pretensiones? Empiezas a aprender picardías desde niño: el patrón te vapulea porque no sabes engañar a los clientes. Eres una criatura aún, ignoras el padrenuestro y ya le robas a la gente en la medida. Y apenas echas barriga y te llenas el bolsillo. .., ¡vaya una importancia la que te das! ¡Dónde se ha visto! ¡Y todo porque vendes con trampa dieciséis samovares diarios! ¡Me río de ti y de tu importancia!
Los MERCADERES (Con una reverencia.): — ¡Nos reconocemos culpables, Antón Antónovich!
ALCALDE: —Conque con quejas..., ¿eh? (A uno de ellos.) Y a ti..., ¿quién te ayudó a hacer aquella bribonada, cuando construiste el puente y anotaste que habías proveído veinte mil rublos de madera, y apenas eran cien? ¡Fui yo quien te ayudó, barba de chivo! ¿Ya lo has olvidado? Si te hubiera señalado, te habrían podido enviar a Siberia. ¿Qué me dices? ¿Eh?
UNO DE LOS MERCADERES: —¡Por Dios que somos culpables, Antón Antónovich! El Malo nos enredó. No nos volveremos a quejar. ¡Pídenos lo que quieras, pero no te enojes!
ALCALDE: — ¡No te enojes! Ahora, ustedes se arrastran a mis pies. ¿Por qué? Sólo porque triunfé; y si ustedes, canallas, hubiesen triunfado, en parte no más, me habrían hundido en el barro y hasta me habrían tirado un leño encima.
Los MERCADERES (Con una profunda reverencia.):¡No nos pierdas, Antón Antónovich!
ALCALDE: —"¡No nos pierdas!" Ahora, "no nos pierdas". .. Y antes... ¿qué? ¡Yo les daría...! (Hace un gesto.) ¡Bueno, que Dios los perdone! ¡Se acabó! No soy rencoroso. ¡Pero ahora, cuidado, mucho ojo conmigo! No caso a mi hija con un noble cualquiera... La felicitación debe ser..., ¿entienden?... ¡Nada de salir del paso con algún esturión o un pilón de azúcar! ¡Bueno, vayan con Dios!

(Los MERCADERES se van.)

Escena III
Dichos, AMOS FÉDOROVICH, ARTEMIO FILÍPOVICH, luego RASTAKOVSKY.
AMOS FÉDOROVICH (Desde el umbral.): — ¿Debo creer en los rumores, Antón Antónovich? ¿Es cierto que usted ha tenido una extraordinaria fortuna?
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Tengo el honor de felicitarlo por su extraordinaria suerte. Me alegré mucho al "enterarme. (Se acerca a ANA ANDREEVNA y le besa la mano.) ¡Ana Andreevna! (Se acerca a MARÍA AN-TÓNOVNA y le besa la mano.) ¡María Antónovna!
RASTAKOVSKY (Entrando.): —Lo felicito, Antón An-tónovich. ¡Que Dios le conceda larga vida a usted y a la joven pareja y le dé una numerosa descendencia de nietos y biznietos! ¡Ana Andreevna! (Se acerca y le besa la mano a ésta.) ¡María Antónovna! (Le besa la mano a MARÍA ANTÓNOVNA. )

Escena IV
Dichos, KOROBKIN con su esposa; LIÚLIOKOV.
KOROBKIN: — ¡Tengo el honor de felicitarlo, Antón Antónovich! ¡Ana Andreevna! (Le besa la mano.) ¡María Antónovna! (Le besa la mano.)
LA ESPOSA DE KOROBKIN: —La felicito de corazón, Ana Andreevna, por esta nueva felicidad.
LIÚLIOKOV: — ¡Tengo el honor de felicitarla, Ana Andreevna! (Le besa la mano y luego, volviéndose hacia los espectadores, hace chasquear la lengua con aire fanfarrón.) ¡María Antónovna! Tengo el honor de felicitarla. (Le besa la mano y vuelve a mirar a los espectadores con el mismo aire fanfarrón.)

Escena V
(Muchos visitantes de jaquet y frac se acercan primero a besarle la mano a ANA ANDREEVNA, diciendo:
"¡Ana Andreevna!", luego a MARÍA ANTÓNOVNA, diciendo: "¡María Antónovna!".BÓBCHINSKY y DÓBCHINSKY se abren paso a codazos.)
BÓBCHINSKY :-¡Tengo el honor de felicitarlo
DÓBCHINSKY: - Atón Antónavitch, tengo el honor de felicitarlo
BÓBCHINSKY: —¡ Por el feliz acontecimiento
DÓBCHINSKY —¡Ana Andreevna!
BÓBCHINSKY: —¡Ana Andreevna! (Ambos se acercan a un tiempo a la alcaldesa y sus frentes chocan.)
DÓBCHINSKY: —¡María Antónovna! (Le besa la mano.) Tengo el honor de felicitarla. Usted será muy, muy feliz, se paseará en un vestido de oro y comerá toda clase de sopas refinadas. Pasará muy bien el tiempo.
BÓBCHINSKY (Interrumpiéndolo.): •— ¡María Antónovna, tengo el honor de felicitarla! ¡Que Dios le dé toda clase de riquezas, rublos de oro y un hijito pequeño (muestra la talla), tan pequeño que uno pueda sentarlo en la palma de la mano! Y que grite ¡gua,gua, gua!

Escena VI
J (Varios visitantes más, que se acercan a ANA ANDREEVNA y a MARÍA ANTÓNOVNA para besarles la mano. LUKÁ LÚKICH, con su mujer.)
LÜKÁ LÚKICH: —Tengo el honor...
Su ESPOSA (Se adelanta corriendo.): — ¡La felicito, Ana Andreevna! (Se besan.) ¡Qué alegría me causó el saberlo! Me dijeron: "¡Ana Andreevna casa a su hija!" "¡Ah, Dios mío!", pensé. Y me alegré tanto, que le dije a mi marido: "Oye, querido. ¡Mira qué felicidad le ha deparado el destino a Ana Andreevna!" Y pensé: "Bueno. ¡A Dios gracias!" Y le dije:
"Estoy tan encantada, que me consume la impaciencia de decírselo personalmente a Ana Andreevna". "¡Ah, Dios mío!", pensé, "Ana Andreevna esperaba precisamente un buen partido para su hija y ya ven qué destino: las cosas se presentaron precisamente como lo quería". Y me sentí tan contenta, se lo juro, que no pude hablar. Lloré, lloré tanto que aquello ya era sollozar. Y Luká Lúkich me dijo:
"¿Por qué lloras así, Nástenga?" "Yo misma no lo sé, querido", le dije. "Las lágrimas me brotan de los ojos como un río."
ALCALDE: — ¡Les ruego que se sirvan sentarse, señores! ¡Eh, Mishka! ¡Trae más sillas!

(Los visitantes se sientan.)

Escena VII
Dichos, el JEFE DE POLICÍA y los VIGILANTES.
JEFE DE POLICÍA: —Tengo el honor de felicitar a Su Excelencia y de desearle que sea dichoso durante muchísimos años.
ALCALDE: — ¡Gracias, gracias! ¡Sírvanse sentarse, señores!
(¿Los visitantes se sientan.)
AMOS FÉDOROVICH: —Cuéntenos por favor, Antón Antónovich, cómo empezó todo eso..., ¿comprende?.... cómo se desarrolló el asunto.
ALCALDE: —Pues fue algo nunca visto: Su Excelencia se sirvió hacer el pedido de mano personalmente.
ANA ANDREEVNA : —Con mucho respeto y en la forma más fina imaginable. Todo lo expresó muy bien. Dijo: "Yo, Ana Andreevna, lo hago sólo por respeto a los méritos de usted". ¡Y qué hombre magnífico, culto, educado, de hermosos principios morales! "Para mí, créame, Ana Andreevna, para mí la vida no tiene importancia: sólo lo hago por respeto a sus raras virtudes."
MARÍA ANTONOVNA.:—¡OH mamita! Eso me lo dijo a mí.
ANA ANDREEVNA: — ¡Cállate! ¡Tú no sabes nada y te metes en lo que no te importa! "Yo, Ana Andreevna, estoy asombrado." Habló de una manera tan lisonjera. .. Y cuando le quise decir: "No nos atrevemos de ningún modo a esperar semejante honor", se dejó caer de rodillas repentinamente y dijo, en la forma más caballeresca imaginable: "¡Ana Andreevna! ¡No me haga desdichado! Corresponda a mis sentimientos, porque de lo contrario pondré fin a mi vida".
MARÍA ANTONOVNA: —Te aseguro, mamita, que eso lo dijo por mí.
ANA ANDREEVNA: —Sí, claro..., también dijo algo por ti, no lo niego.
ALCALDE: —¡Y hay que ver cómo nos asustó! Amenazó con pegarse un tiro. "Me pegaré un tiro, me pegaré un tiro", dijo.
MUCHOS VISITANTES: — ¡No me diga!
AMOS FÉDOROVICH: — ¡Es increíble!
LUKÁ LÚKICH : —Por lo visto, era el destino.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —No es el destino, amigo mío: fueron los servicios prestados. (Aparte.) ¡Estos cerdos siempre tienen suerte!
AMOS FÉDOROVICH : —Estoy dispuesto a venderle aquel perro perdiguero que le interesaba, Antón Antónovich.
ALCALDE: —No... Ahora no estoy para perdigueros.
AMOS FÉDOROVICH: —Como guste, Antón Antónovich.
Ya nos entenderemos en otro perro.
LA ESPOSA DE KOROBKIN: —¡Oh, cómo me alegro de su felicidad, Ana Andreevna! ¡No se lo imagina! KOROBKIN: —¿Dónde está ahora, permítame que se lo pregunte, el distinguido huésped? He oído decir que se fue.
ALCALDE: —Sí, por un día, para atender a un asunto muy importante.
ANA ANDREEVNA: —A ver a su tío, para pedirle la bendición.
ALCALDE: —Para pedirle la bendición, pero mañana mismo... (Estornuda, se oyen felicitaciones en medio del alboroto general.) Muy agradecido... Pero mañana mismo volverá. {Estornudo; alboroto de felicitaciones; se destacan varias voces.)
JEFE DE POLICÍA: — ¡Le deseamos mucha salud, Excelencia!
BÓBCHINSKY: — ¡Cien años de vida y una pirámide de rublos de oro!
DÓBCHINSKY: — ¡Y qué Dios le dé mucho más todavía!
ARTEMIO FILÍPOVICH : —¡Ojala revientes!
LA ESPOSA DE KOROBKIN: — ¡Que te lleve el diablo!
ALCALDE: — ¡Agradecidísimo! ¡Les deseo otro tanto!
ANA ANDREEVNA: —Ahora pensamos vivir en San Pe-tersburgo. Aquí, lo confieso, se respira un aire... ¡muy de aldea!... Muy desagradable, lo confieso... Además, a mi marido... lo harán allí general.
ALCALDE: —Sí, señores, lo confieso. Tengo muchas ganas de ser general.
LUKÁ LÚKICH: —¡Ojala lo consiga, con la ayuda de Dios!
RASTAKOVSKY: —No todo puede esperarse del hombre, pero sí de Dios.
AMOS FÉDOROVICH: —A barco grande... una travesía grande.
ARTEMIO FILÍPOVICH : —A tales servicios, tal honor.
AMOS FÉDOROVICH (Aparte.): — ¡Me lo imagino si le dan realmente el grado de general! “¡He ahí un hombre al cual el título le sentaría como una silla de montar a una vaca! Bueno, para eso falta mucho todavía. Aquí hay hombres más decentes que tú y aún no son generales.
ARTEMIO FILÍPOVICH {Aparte.): — ¡Eh, qué diablos! ¡Este ya quiere ser general! Y, quién sabe... ¡A lo mejor! Lo que es ínfulas no le faltan. (Al ALCALDE.) ¡Cuando sea general no nos olvide, Antón Antónovich!
AMOS FÉDOROVICH: — ¡Y si necesitamos alguna recomendación para un trámite, no nos abandone!
KOROBKIN: —El año próximo llevaré a mi hijo a la metrópoli para ponerlo al servicio del Estado. Por favor hágale entonces el papel de padre.
ALCALDE: —Por mi parte estoy pronto, pronto a hacer todo lo que pueda.
ANA ANDREEVNA: —Tú, Antosha, siempre estás dispuesto a prometer. En primer lugar, no tendrás tiempo de pensar en eso. ¿Y cómo es posible comprometerse con semejantes promesas? Y, además..., ¿para qué?
ALCALDE: — ¿Por qué no, querida? A veces, se puede.
ANA ANDREEVNA: —Se puede, naturalmente, pero no te propondrás proteger a cualquier insignificancia.
LA ESPOSA DE KOROBKIN: —¿Han oído cómo nos trata?
Los VISITANTES: —Siempre fue así, la conozco: si la sientan a la mesa, pone los pies sobre. ..

Escena VIII
Dichos y el JEFE DE CORREOS, (sin aliento, con una carta abierta en la mano).
JEFE DE CORREOS: — ¡Un caso sorprendente señores! El funcionario a quien tomamos por inspector, no era tal inspector.
TODOS: — ¿Cómo, que no era tal inspector?
JEFE DE CORREOS: — ¡Ni sombra de inspector!... Lo he sabido por esta carta.
ALCALDE: — ¿Qué? ¿Qué dice? ¿Por qué carta?
JEFE DE CORREOS: —Por una carta de él mismo. Me la traen al Correo, miro la dirección y veo: "Calle Pochtámtskaia". Me quedé petrificado de susto. "Bueno", pensé. "Debe haber descubierto algo indebido en el Correo y les avisa a sus jefes." De modo que abrí la carta.
ALCALDE: — ¿Cómo pudo hacer eso?
JEFE DE CORREOS: —Yo mismo no lo sé: me empujó una fuerza sobrenatural. Ya había llamado al postillón para mandarla con la estafeta, pero sentí una curiosidad tan grande que no pude resistirme. En un oído, alguien parecía decirme: "¡Eh, no la abras, te perderás sin remedio!" Y en el otro, un demonio me murmuraba: "¡Ábrela, ábrela, ábrela!" Y cuando apreté el lacre. .. Sentí fuego en las venas. .., y al abrir la carta... me recorrió todo el cuerpo un escalofrío, lo juro, un escalofrío. Me temblaban las manos y todo lo veía turbio.
ALCALDE: —Pero... ¿cómo se atrevió a abrir la carta de un personaje tan autorizado?
JEFE DE CORREOS: — ¡Esa es la cuestión! ¡Que ni es autorizado ni personaje!
ALCALDE: — ¿Y qué es, en su opinión?
JEFE DE CORREOS: —Ni fu ni fa. ¡Vaya uno a saber quién diablos es!
ALCALDE {Iracundo.): •— ¿Cómo, ni fu ni f a? ¿Cómo se atreve a llamarlo ni fu ni f a y el diablo sabe quién? Yo lo arrestaré...
JEFE DE CORREOS: — ¿Quién? ¿Usted?
ALCALDE: — ¡Sí, yo!
JEFE DE CORREOS: — ¡Lo veo difícil!
ALCALDE: — ¿Sabe que él se casa con mi hija, que yo mismo ingresaré en la nobleza, que podré mandarlo a usted a la propia Siberia?
JEFE DE CORREOS: — ¡Ah, Antón Antónovich! ¡Olvídese de Siberia! Eso está muy lejos. Más vale que yo les lea la carta. ¿Me permiten que se la lea, señores?
TODOS: — ¡Léala, léala!
JEFE DE CORREOS {Leyendo.): —"Me apresuro a contarte, mi querido Triapichkin, las cosas raras que me han pasado. Por el camino, me dejó sin un centavo un capitán de infantería, a tal punto que el posadero me quería mandar ya a la cárcel; pero de pronto, a causa de mi fisonomía petersburguesa y mi ropa, todo el pueblo me tomó por un general en jefe. Y ahora vivo en casa del alcalde, disfruto en grande y galanteo furiosamente a su mujer y a su hija: sólo que no he decidido aún por cuál debo empezar...; creo que empezaré por la mamá, ya que parece pronta a prestarle a uno todos los servicios. ¿Recuerdas las miserias que pasamos contigo, comiendo un día sí y otro no, y cómo en cierta ocasión el dueño de una confitería me aferró del cuello, a causa de las masas que me había comido con los bolsillos vacíos? Ahora las cosas se presentan muy distintas. Todos me prestan dinero, todo el dinero que quiero. Son gente muy pintoresca; te morirías de risa si los vieras. Tú, ya lo sé, escribes para los diarios: mete a esos individuos en tus artículos. En primer lugar: el, alcalde es estúpido como un pavo cebado..."
ALCALDE: —¡No puede ser! Ahí no dice eso.
JEFE DE CORREOS (Le muestra la carta.): —Léalo usted mismo.
ALCALDE (Leyendo.): —"Como un pavo cebado". ¡No puede ser! Eso lo escribió usted mismo.
JEFE DE CORREOS: — ¿Cómo iba a escribirlo yo?
ARTEMIO FILÍPOVICH : —¡Lea!
LUKÁ LÚKICH :—¡Lea!
JEFE DE CORREOS (Sigue leyendo.): —"El alcalde es estúpido como un pavo cebado..."
ALCALDE: —¡OH, qué diablos! ¿Hay necesidad de que lo repita? ¡Como si eso no estuviera escrito ahí, de todos modos!
JEFE DE CORREOS (Sigue leyendo.): —Hum. .., hum..., hum... "Como un pavo cebado. El jefe de Correos es también un buen hombre..." (Deja de leer.) Bueno, aquí también se expresa en forma indecorosa sobre mí.
ALCALDE: —¡No, léalo!
JEFE DE CORREOS :—Pero... ¿para qué?
ALCALDE: —¡No, qué diablos! ¡Ya que lee, léalo todo! ¡Léalo todo!
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Permítame, lo leeré yo. (Se pone los lentes y lee.) "El jefe de Correos es idéntico a nuestro ordenanza Nijeev. Debe ser un bribón y borracho perdido."
JEFE DE CORREOS (A los espectadores.): — ¡Bueno, es un chiquillo malcriado que sólo se merece una azotaina!
ARTEMIO FILÍPOVICH (Sigue leyendo.):—"El director del hospital..." (Se interrumpe.)
KOROBKIN: —¿Por qué no sigue?
ARTEMIO FILÍPOVICH: —La letra es poco clara... y por lo demás, se ve que es un miserable.
KOROBKIN: —¡Démela a mí! Creo que tengo mejor vista. (Toma la carta.)
ARTEMIO FILÍPOVICH (Resistiéndose a entregársela.):
—No, podemos prescindir de ese pasaje. Lo que sigue se entiende.
KOROBKIN:—Permítame, ya lo veré.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Yo mismo puedo leerlo: más adelante, de veras, todo está muy legible.
JEFE DE CORREOS: —¡No, léanlo todo, ya que se ha leído todo hasta ahora!
TODOS: —Déle la carta, Artemio Filípovich, déle la carta. (A KOROBKIN.) Lea.
ARTEMIO FILÍPOVICH: —Inmediatamente. (Le da la carta a KOROBKIN.) Pero, permítame... (Tapa un pasaje con el dedo.) Lea desde aquí. (Todos lo acosan. )
JEFE DE CORREOS: — ¡Lea, lea! ¡Tonterías! ¡Léalo todo!
KOROBKIN (Leyendo.): —"El director del hospital, Zemlianika, es un perfecto cerdo con birrete."
ARTEMIO FILÍPOVICH (A los espectadores.): — ¡Ni siquiera es ingenioso! ¡Un cerdo con birrete! ¿Dónde se han visto cerdos con birrete?
KOROBKIN (Sigue leyendo.): —"El supervisor de escuelas huele a cebolla que da miedo."
LUKÁ LÚKICH (A /os espectadores.): — ¡Nunca he probado una cebolla, por Dios lo juro!
AMOS FÉDOROVICH (Aparte.): — ¡Gracias a Dios, por lo menos no habla de mí!
KOROBKIN (Leyendo.): —"El juez. . ."
AMOS FÉDOROVICH: —¡Santo Dios! (En voz alta.) Señores, esta carta me parece larga. ¡Y no vale la pena leer semejante bazofia!
LUKÁ LÚKICH: —¡No!
JEFE DE CORREOS: — ¡No, léala!
ARTEMIO FILÍPOVICH : —¡No, que la lea!
KOROBKIN (Continúa.): —"El juez Liapkin-Tiapkin, salta a la vista, es un movetón..." (Se interrumpe.) Debe ser una palabra francesa.
AMOS FÉDOROVICH: —¡Quién sabe qué demonios significa! Y menos mal si significa solamente bribón, pero quizá sea algo peor todavía.
KOROBKIN (Sigue leyendo.): —"Pero, por lo demás, la gente es aquí hospitalaria y de buen corazón. Adiós, querido Triapichkin. Yo mismo, siguiendo tu ejemplo, quiero ocuparme de literatura. Aburre vivir así, hermano, uno ansia finalmente alimentos para el alma. Veo que, en realidad, hay que ocuparse de algo elevado. Escríbeme a-la provincia de Sarátov, y de allí a la aldea Podkatílovka." (Invierte la carta y lee la dirección.) "Al distinguido caballero Iván Vasilievitch Triapichkin, San Petersburgo, calle Pochtámtskaia, en la casa que está bajo él número 97, al doblar el patio, en el tercer piso, a la derecha."
UNA DE LAS DAMAS: —¡Qué contratiempo extraordinario!
ALCALDE: —¡Me ha degollado, me ha degollado! ¡Estoy muerto, muerto, completamente muerto! No veo nada: sólo unas jetas de cerdos en lugar de caras y nada más... ¡Háganlo volver, háganlo volver! (Agita la mano.)
JEFE DE CORREOS: —¡Quién podría hacerlo volver! Yo, como ex profeso, ordené que le dieran la mejor troika; y el diablo me incitó a entregarle también una orden escrita para que le dieran los mejores relevos por el camino.
LA ESPOSA DE KOROBKIN: —¡Qué confusión nunca vista!
AMOS FÉDOROVICH: —¡Caramba, caballeros! Yo le di en préstamo trescientos rublos.
ARTEMIO FILÍPOVICH : —Yo, otro tanto.
JEFE DE CORREOS (Suspirando.): —¡También yo le presté trescientos rublos!
BÓBCHINSKY: —Yo y Petr Ivánovich le dimos sesenta y cinco.
AMOS FÉDOROVICH (Desconcertado, con un gesto de perplejidad.): —Pero... ¿qué es esto, señores? ¿Cómo se explica que hayamos caído así en esta impostura?
ALCALDE (Golpeándose la frente.): —¿Cómo se explica que eso me haya pasado a mí..., a mí, viejo tonto? ¡Se ve que he perdido ya el seso! Hace treinta años que sirvo en la administración pública; nunca pudo estafarme un mercader o un proveedor; engañé a un pillo tras otro; burlé a bribones capaces de robar al mundo entero. ¡Me metí en el bolsillo a tres gobernadores! ¡Y qué gobernadores! (Hace un gesto de desaliento.) No hablemos de gobernadores ...
ANA ANDREEVNA: —Pero eso no puede ser, Antosha... El se ha comprometido con Máshenka...
ALCALDE (Enfurecido.): —¿Comprometido? ¡Tres palmos de narices! ¡Y dale ella con su compromiso! (Frenético.) ¡Miren, miren todos, mire todo el mundo, toda la cristiandad, miren todos cómo han tomado por tonto al alcalde! ¡Vean cómo ha pasado por imbécil el viejo bribón! (Se amenaza a sí mismo con el puño.) ¡Eh, narigón! ¡Confundiste a un títere con un hombre importante! ¡Ahí lo tienes, riendo con los cascabeles de su troika por el camino! Divulgará lo ocurrido por todo el mundo. No sólo. seré un hazmerreír; ya aparecerá algún escriba, algún emborronador de papeles que me hará figurar en una comedia. ¡Eso es -lo que más me duele! No respetará mi grado ni mi posición y todos mostrarán los dientes y batirán palmas. ¡Ya me parece verlos! ¿Por qué os reís? ¡Os reís de vosotros mismos! . . . ¡Ah, imbéciles! (Golpea el suelo con el pie, airado.) ¡Yo les daría a todos esos plumíferos! ¡Ah, escritorzuelos, ah, malditos liberales, simiente del diablo! ¡Yo los ataría a todos en un solo fardo, los haría polvo, los...! (Blando el puño y golpea el suelo con el pie. Después de una pausa.) Todavía no logro volver en mí. Así son las cosas: si Dios quiere castigarnos, empieza por quitarnos el Discernimiento. Vamos a ver... ¿Qué tenía de inspector ese monigote? ¡Nada, absolutamente nada! Ni un meñique de semejanza..., ¡y de pronto todos dale que te dale, el inspector, el inspector! Vamos a ver... ¿Quién fue el primero en decir que era inspector? ¡Contesten!
ARTEMIO FILÍPOVICH (Con gesto de perplejidad.):— ¡Que me maten si entiendo cómo sucedió eso! Se diría que me entró una niebla en la cabeza, que me enredó el demonio.
AMOS FÉDOROVICH : —Pues quien lanzó la noticia, aquí está: ¡fueron estos caballeros! (Indica a DÓBCHIN-SKY y BÓBCHINSKY. )
BÓBCHINSKY: —¡Eh, eh! ¡Yo, no! Ni siquiera pensé...
DÓBCHINSKY: —Yo no hice nada, absolutamente nada...
ARTEMIO FILÍPOVICH : —Claro que fueron ustedes.
LUKÁ LÚKICH: —Claro. Vinieron corriendo de la posada como unos locos y gritando: "Vino, vive, y no paga. . ." ¡Vaya con el personaje que descubrieron!
ALCALDE: —¡Naturalmente que fueron ustedes, los chismosos del pueblo! ¡Malditos embusteros!
ARTEMIO FILÍPOVICH: — ¡Que se los lleve el diablo con su inspector y sus cuentos!
ALCALDE: — ¡Ustedes no hacen más que corretear por la ciudad, condenados charlatanes! ¡Siembran habladurías, estúpidos cuervos!
AMOS FÉDOROVICH: — ¡Malditos difamadores!
LUKÁ LÚKICH: — ¡Payasos!
ARTEMIO FILÍPOVICH: —¡Intrigantes panzudos! {Todos rodean a BÓBCHINSKY y DÓBCHNSK.Y ) BÓBCHINSKY: — ¡Les juro por Dios que no fui yo, fue Petr Ivánovich!
DÓBCHINSKY: —¡Oh, no, Petr Ivánovich! Pero si fue usted el primero que...
BÓBCHINSKY: —No. no. El primero fue usted.

Ultima Escena
Dichos y el GENDARME.
GENDARME: —Un funcionario que acaba de llegar de San Petersburgo, con órdenes terminantes, exige que ustedes comparezcan inmediatamente ante él. Para en el hotel.
(Las palabras pronunciadas fulminan a todos como un rayo. De todos los labios femeninos surge un sonido de sorpresa: el grupo íntegro, después de haber cambiado repentinamente de postura, queda petrificado.)


















Escena Muda
El ALCALDE está en el centro, como una columna, con las manos tendidas y abiertas y la cabeza echada hacia atrás. A la derecha, están su esposa y su hija, con todo el cuerpo tendido hacia él; detrás de ellas, el JEFE DE CORREOS, convertido en un signo de interrogación, dirigido hacia el público; detrás de él, LUKA LÚKICH, que se ha perdido en la-forma más inocente del mundo; detrás de él, en el extremo mismo de la escena, tres de las damas visitantes están arrimadas la una a la otra con la más satírica de las expresiones en el rostro, aludiendo directamente a la familia del ALCALDE. A la izquierda del ALCALDE están: ZEMLIA-NIKA, con la cabeza un poco inclinada a un costado, como escuchando algo; detrás de él, el JUEZ, con las brazos muy separados, casi en cuclillas y con los labios contraídos en tal -forma como si quisiera silbar o exclamar: "¡Ya nos llegó el Juicio Final!" Detrás de él está KOROBKIN, quien se dirige a los espectadores con el ojo entornado y aludiendo sardónicamente al ALCALDE; más atrás, en el extremo del escenario, DÓB-CHINSKY y BÓBCHINSKY, con los brazos tendidos el uno hacia el otro, boquiabiertos y con los ojos fuera de las órbitas. Los demás visitantes, simplemente, han quedado reducidos a meras columnas. Durante cerca de medio minuto, el grupo petrificado se mantiene en esa actitud. Baja el telón.


Por carlos.rouen.menard - 10/04/2007 20:15:31 [denunciar este mensaje]
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Hiroshima mon amour
Hiroshima mon amour
Marguerite Duras


OBRA COLABORACIÓN DE USUARIO

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PREFACIO


He tratado de dar cuenta lo más fielmente posible del trabajo que he hecho para A. Resnais en Hiroshima mon amour.
Que nadie se asombre pues de que nunca, prácticamente, se describa en este trabajo la imagen de A. Resnais.
Mi papel se limita a dar cuenta de los elementos a partir de los cuales ha hecho Resnais su película.
Los pasajes sobre Nevers que no formaban parte del guión inicial (julio del 58) fueron comentados antes del rodaje en Francia (diciembre del 58). Son objeto pues de un trabajo aparte del script (v. apéndice; Las Evidencias Nocturnas).
He creído acertado conservar cierto número de cosas no utilizadas por la película en la medida en que arrojan luz de manera útil sobre el proyecto inicial.
Entrego este trabajo a la edición, desolada por no poder completarlo con la relación de las conversaciones casi cotidianas que teníamos A. Resnais y yo, por una parte, G. Jarlot y yo, por otra, y Resnais, G. Jarlot y yo, por otra más. Nunca pude prescindir de sus consejos, nunca abordé un episodio de mi trabajo sin someterles lo anterior, sin escuchar sus críticas, a la vez exigentes, lúcidas y fecundas.

Marguerite DURAS


PRIMERA PARTE


[La película se abre sobre el despliegue del famoso "hongo" de BIKINI.
El espectador debería tener la sensación de volver a ver y de ver, al mismo tiempo, ese "hongo" por vez primera.
Debería estar muy ampliado, en cámara muy lenta, y su desarrollo acompañado de los primeros compases de G. Fusco.
A medida que ese "hongo" se eleva en la pantalla, por debajo de él] (1), van apareciendo, poco a poco, dos hombros desnudos.
Sólo se ven esos dos hombros, están cortados del cuerpo a la altura de la cabeza y de las caderas.
Esos dos hombros se abrazan y están como empapados en cenizas, en lluvia, en rocío o en sudor, como se quiera.
Lo principal es que se tenga la sensación de que ese rocío, esa transpiración, ha sido depositado por [el "hongo" de BIKINI], a medida que se alejaba, a medida que se esfumaba.
Debería resultar de ello una sensación muy violenta, muy contradictoria, de frescor y de deseo.
Los dos hombros abrazados son de distinto color, uno es oscuro y el otro claro.
La música de Fusco acompaña este abrazo casi escandaloso.
La diferenciación de las dos manos respectivas debería ser muy marcada.
La música de Fusco se aleja. Una mano de mujer, [muy aumentada], permanece apoyada en el hombro amarillo, apoyada es una manera de hablar, aferrada sería más exacto.
Una voz de hombre, mate y sosegada, recitativa, anuncia:

EL. — Tú no has visto nada de Hiroshima. Nada.

A usar a voluntad.
Una voz de mujer, muy velada, igualmente mate, una voz de lectura recitativa, sin puntuación, contesta:

ELLA. — Lo he visto todo. Todo.

La música de Fusco vuelve a oírse, justo el tiempo durante el cual la mano de la mujer vuelve a apretarse sobre el hombro, lo suelta, lo acaricia, y mientras dura sobre el hombro amarillo la señal de las uñas de la mano blanca.
Gomo si el rasguño pudiese dar la ilusión de una sanción del "No, tú no has visto nada de Hiroshima".
Después vuelve a oírse la voz de la mujer, tranquila, igualmente recitativa y mate:

ELLA. — Por ejemplo, el hospital lo he visto. De eso estoy segura. Hay un hospital en Hiroshima. ¿Cómo iba a poder dejar de verlo?

El hospital, pasillos, escaleras, enfermos, con un desdén supremo por parte de la cámara ( ). (No se la ve nunca viendo.)
Volvemos a la mano, ahora crispada sin descanso sobre el hombro de color amarillo.

EL. — No has visto ningún hospital en Hiroshima. No has visto nada de Hiroshima.

A continuación la voz de la mujer se va haciendo más y más impersonal. Dando una condición (abstracta) a cada palabra.
Vemos ahora el museo que desfila ( ). Lo mismo que sobre el hospital, luz cegadora, fea.
Cuadros documentales.
Vestigios de bombardeo.
Maquetas.
Hierros retorcidos.
Pieles, cabelleras quemadas, de cera.
Etc.

ELLA. — Cuatro veces en el museo...

EL. — ¿Qué museo de Hiroshima?

ELLA. — Cuatro veces en el museo de Hiroshima. He visto a la gente paseando. Todo el mundo pasea, pensativo, por en medio de las fotografías, las reconstituciones, a falta de otra cosa, a través de las fotografías, las fotografías, las reconstituciones, a falta de otra cosa, las explicaciones, a falta de otra cosa.
Cuatro veces en el museo de Hiroshima.
He contemplado a la gente. He mirado a mi vez, pensativamente, el hierro. El hierro quemado. El hierro roto, el hierro que se ha hecho vulnerable como la carne. He visto ramilletes de cápsulas, ¿quién iba a pensarlo? Pieles humanas flotantes, supervivientes, con sus sufrimientos aún recientes. Piedras. Piedras quemadas. Piedras hechas añicos. Cabelleras anónimas que las mujeres de Hiroshima encontraban enteras, caídas, por la mañana al despertarse.
He tenido calor en la plaza de la Paz. Diez mil grados, en la plaza de la Paz. Ya lo sé. La temperatura del sol, en la plaza de la Paz. ¿Cómo no lo iba a saber...? La hierba, es muy sencillo...

EL. — Tú no has visto nada en Hiroshima, nada.

El museo sigue desfilando.
Después, partiendo de la foto de una cabeza quemada, descubrimos la plaza de la Paz (que continúa esa cabeza).
Vitrinas del museo con los maniquís quemados.
Secuencias de películas japonesas (de reconstitución) sobre Hiroshima.
El hombre despeinado.
Una mujer sale del caos, etc.
ELLA. — Las reconstituciones se han hecho lo más seriamente posible.
Las películas se han hecho lo más seriamente posible.
La ilusión, es muy sencillo, es tan perfecta que los turistas lloran.
Siempre puede uno burlarse, ¿pero qué otra cosa puede hacer un turista sino precisamente eso, llorar?

ELLA.— [...sino precisamente llorar para soportar ese espectáculo abominable entre todos. Y salir de él lo bastante entristecido como para no perder la razón.]

ELLA. — [La gente permanece allí, pensativa. Y sin ironía alguna, puede decirse que las ocasiones de hacer pensar a la gente siempre son buenas. Y que los monumentos, de los que algunas veces se sonríe uno, son sin embargo los mejores pretextos para esas ocasiones...]

ELLA. — [Para esas ocasiones... de pensar. Generalmente, es verdad, cuando se le presenta a uno la ocasión de pensar... con ese lujo... no se piensa nada.
Lo que no quita que el espectáculo de los demás, que se supone que están pensando, sea alentador.]

ELLA. — La suerte de Hiroshima siempre me ha hecho llorar. Siempre.

Panorámica de una foto de Hiroshima tomada después de la bomba, un "desierto nuevo", sin ninguna semejanza con los demás desiertos del mundo.

EL. — No.

La plaza de la Paz desfila, vacia, bajo un sol deslumbrante que recuerda el de la bomba, cegador. Y sobre ese vacío, de nuevo la voz del hombre:

EL. — ¿Qué es lo que iba a hacerte llorar?

Pasamos por la plaza vacia (a la una del mediodía).
Los noticiarios tomados a raíz del 6 de agosto del 45.
Hormigas, gusanos, salen de la tierra.
La alternancia de los hombros continúa. Vuelve a oírse la voz femenina, alocada, al mismo tiempo que van desfilando las imágenes, alocadas también.

ELLA. — Yo vi los noticiarios.
Al segundo día, dice la historia, no me lo he inventado yo, desde el segundo dia, determinadas especies animales resurgieron de las profundidades de la tierra y de las cenizas.
Se fotografiaron perros.
Para siempre.
Los he visto.
He visto los noticiarios.
Los he visto.
Del primer día.
Del segundo día.
Del tercer día.

EL (interrumpiéndola). — No has visto nada. Nada.

Perro amputado.
Gente, niños.
Llagas.
Niños quemados que lloran.

ELLA. —... del quinceavo día también.
Hiroshima se llenó de flores. Por todas partes no había más que acianos y gladiolos, y campanillas y lirios que renacían de las cenizas con extraordinario vigor, desconocido hasta entonces en las flores ( ).

ELLA. — Yo no me he inventado nada.

EL. — Te lo has inventado todo.

ELLA. — Nada.
De la misma manera que existe esta ilusión en el amor, esta ilusión de ser capaz de no olvidar nunca, también yo he tenido la ilusión ante Hiroshima de que jamás olvidaría. Igual que en el amor.

Unas pinzas quirúrgicas se acercan a un ojo para extraerlo.
Siguen los noticiarios.

ELLA. — También he visto a los supervivientes y a los que estaban en el vientre de las mujeres de Hiroshima.

Un hermoso niño se vuelve hacia nosotros. Entonces vemos que es tuerto.
Una muchacha quemada se mira en un espejo.
Otra muchacha ciega con las manos retorcidas toca la citara.
Una mujer reza junto a sus hijos agonizantes.
Un hombre se está muriendo porque hace años que no puede dormir. (Una vez a la semana le llevan sus hijos.)

ELLA. — He visto la paciencia, la inocencia, la aparente dulzura con que los supervivientes provisionales de Hiroshima se acomodaban a una suerte tan injusta que la imaginación, generalmente tan fecunda, se cierra ante ellos.

Volvemos siempre al abrazo, perfecto, de los cuerpos.

ELLA {en voz baja).— Oye...
Sé...
Lo sé todo.
Todo sigue.

EL. — Nada. No sabes nada.

Nube atómica.
Atomium que gira.
La gente camina por la calle bajo la lluvia.
Pescadores afectados por la radioactividad.
Un pescado no comestible.
Miles de pescados no comestibles enterrados.

ELLA. — Las mujeres corren peligro de dar a luz niños deformes, monstruos, pero todo sigue.
Los hombres corren el peligro de verse atacados de esterilidad, pero todo sigue.
La lluvia da miedo.
Lluvias de cenizas sobre las aguas del Pacífico.
Las aguas del Pacífico matan.
Han muerto pescadores del Pacífico.
La comida da miedo.
Se tira la comida de toda una ciudad.
Se tira la comida de ciudades enteras.
Toda una ciudad monta en cólera.
Ciudades enteras montan en cólera.

Noticiarios: unas manifestaciones.

ELLA. — ¿ Contra quién, la cólera de ciudades enteras ?
La cólera de ciudades enteras tanto si lo quieren como si no, contra la desigualdad establecida como principio por ciertos pueblos contra otros pueblos, contra la desigualdad establecida como principio por ciertas razas contra otras razas, contra la desigualdad establecida como principio por ciertas clases contra otras clases.

Cortejos de manifestantes.
Discursos "mudos" por los altavoces.

ELLA (en voz baja). — Oye...
Igual que tú, yo conozco el olvido.

EL. — No, tú no conoces el olvido.

ELLA. — Igual que tú, estoy dotada de memoria. Y conozco el olvido.

EL. — No, tú no estás dotada de memoria.

ELLA. — Como tú, también yo intenté luchar con todas mis fuerzas contra el olvido. Y he olvidado, como tú. Como tú, deseé tener una memoria inconsolable, una memoria de sombras y de piedra.

La sombra "fotografiada" sobre la piedra de un desaparecido de Hiroshima.

ELLA. — Luché por mi cuenta, con todas mis fuerzas, cada día, contra el horror de no comprender ya en absoluto el por qué de recordar. Y como tú, he olvidado...


Tiendas en que, en cien ejemplares, se encuentra el modelo reducido del Palacio de la Industria, único monumento cuya estructura retorcida permaneció en pie tras la bomba, y que ha sido conservado así desde entonces.
Tienda abandonada.
Autocar de turistas japoneses.
Turistas en la plaza de la Paz.
Gato atravesando la plaza de la Paz,

ELLA. — ¿A qué negar la evidente necesidad de la memoria...?

Frase que martillea sobre los planos del esqueleto del Palacio de la Industria.

ELLA. — ... Oye... Sé más. Esto se repetirá.
Doscientos mil muertos.
Ochenta mil heridos.
En nueve segundos. Estas cifras son oficiales. Aquello se repetirá.

Arboles.
Iglesia.
Tiovivo.
Hiroshima reconstruido. Vulgaridad.

ELLA. — Habrá diez mil grados en la tierra. Diez mil soles, dirán. El asfalto arderá.

Iglesia.
Anuncio japonés.

ELLA. — Reinará un profundo desorden. Toda una ciudad será levantada del suelo y volverá a caer convertida en cenizas...

Arena. Un paquete de cigarrillos "Peace". Una planta grasa extendida como una araña sobre la arena.

ELLA. — Nuevas vegetaciones brotan en las arenas...

Cuatro estudiantes "muertos" charlan a orillas del río.
El río.
Las mareas.
Los muelles cotidianos de Hiroshima reconstruida.

ELLA. —.... Cuatro estudiantes esperan juntos una muerte fraternal y legendaria.
Los siete brazos del estuario en delta del río Ota se vacían y se llenan a la hora de costumbre, exactamente a las horas de costumbre, de un agua fresca y venenosa, gris o azul según la hora y las estaciones. Por las fangosas orillas, ya no hay gente mirando la lenta subida de la marea en los siete brazos del estuario en delta del río Ota.

Cesa el tono recitativo.
Las calles de Hiroshima, las calles otra vez. Puentes.
Pasajes cubiertos.
Calles.
Afueras. Raíles.
Trivialidad universal.

ELLA. — ... Y te encuentro a ti.
Te recuerdo.
¿ Quién eres ?
Me estás matando.
Eres mi vida.
¿Cómo iba yo a imaginarme que esta ciudad estuviera hecha a la medida del amor?
¿Cómo iba a imaginarme que estuvieras hecho a la medida de mi cuerpo mismo?
Me gustas. Qué acontecimiento. Me gustas.
Qué lentitud, de pronto.
Qué dulzura.
Tú no puedes saber.
Me estás matando.
Eres mi vida.
Me estás matando.
Eres mi vida.
Tengo tiempo de sobra.
Te lo ruego.
Devórame.
Defórmame hasta la fealdad.
¿Por qué no tú?
¿Por qué no tú, en esta ciudad y en esta noche tan semejante a las demás que se confunde con ellas?
Te lo ruego...

Bruscamente, el rostro de la mujer aparece muy tierno, tendido hacia el rostro del hombre.

ELLA. — Es de locura lo bonita que tienes la piel.

Gemido de felicidad del hombre.

ELLA. — Tú...

El rostro del japonés aparece después del de la mujer en una risa extasiada (en carcajada), que no viene a cuento en la conversación. Se vuelve:

EL. — Yo, sí. Me habrás visto.

Aparecen los dos cuerpos desnudos. La misma voz de mujer muy velada, pero esta vez no declamatoria.

ELLA. — ¿Tú eres japonés del todo o no eres japonés del todo?

EL. — Del todo. Soy japonés.

EL. — Tienes los ojos verdes. ¿No es eso?

ELLA. — Oh, me parece..., sí... creo que son verdes.

El la mira. Afirma suavemente:

EL. — Eres como mil mujeres a la vez...

ELLA. — Porque no me conoces. Por eso.

EL. — A lo mejor no es del todo sólo por eso.

ELLA. — No me disgusta ser mil mujeres a la vez para ti.

Le besa el hombro y hunde la cabeza en el hueco de ese hombro. Tiene la cabeza vuelta hacia la ventana abierta, hacia Hiroshima, de noche. Pasa un hombre por la calle y tose. (No se le ve, sólo se le oye.) Ella se endereza.

ELLA. — Oye... Son las cuatro...

EL. — ¿ Por qué ?

ELLA. — No sé quién es. Pasa todos los días a las cuatro. Y tose.

Silencio. Se miran.

ELLA. — Tú estabas, en Hiroshima...

El se ríe. Como ante una niñería.

EL. — No... claro que no.

Ella le acaricia el hombro desnudo otra vez. Ese hombro es efectivamente hermoso, intacto.

ELLA. — Oh. Es verdad... Qué tonta soy.

Casi sonriente.
El la mira de pronto, serio y vacilante, y luego acaba por decirle:

EL. — Mi familia sí que estaba en Hiroshima. Yo estaba en la guerra.

Ella interrumpe su gesto sobre el hombro.
Tímidamente, esta vez, con una sonrisa, pregunta:

ELLA. — Qué suerte, ¿ no ?

El aparta la vista, pesa los pros y los contras:

EL. — Sí.

Ella añade, muy amable pero afirmando:
ELLA. — Qué suerte también para mí.

Pausa.

EL. — ¿ Cómo es que estás en Hiroshima ?

ELLA. — Una película.

EL.—¿Cómo una película?

ELLA. — Trabajo en una película.

EL. — Y antes de estar en Hiroshima, ¿ dónde estabas?

ELLA. — En París.

Otra pausa, aún más larga.

EL. — ¿Y antes de estar en París...?

ELLA. — ¿Antes de estar en París...? Estaba en Nevers. Nevers.

EL.— ¿Nevers?

ELLA. — Está en Niévre. Tú no lo conoces.

Una pausa. El pregunta, como si acabara de descubrir un vínculo HIROSHIMA-NEVERS :

EL. — ¿Y por qué querías verlo todo, en Hiroshima?

Ella hace un esfuerzo por ser sincera:

ELLA. — Me interesaba. Tengo mis ideas a ese respecto. Por ejemplo, mira, en realidad yo creo que se aprende.

SEGUNDA PARTE


Por la calle pasa un enjambre de bicicletas corriendo a rueda suelta, en medio de un ruido que crece y disminuye.
Ella está en albornoz en el balcón de la habitación del hotel. Le mira. Lleva en la mano una taza de café.
El está durmiendo todavía. Tiene los brazos en cruz, está echado boca abajo. Está desnudo de cintura para arriba.
[Por las cortinas entra un rayo de sol y hace sobre su espalda una pequeña señal, como dos rasgos cruzados (o manchas ovales).]
Ella le mira con una intensidad anormal las manos, que se estremecen levemente, como a veces, mientras duermen, las de los niños. Sus manos son bonitas, muy viriles.
Mientras ella está mirándole las manos, aparece brutalmente, en lugar del japonés, el cuerpo de un joven, en la misma postura, pero mortuoria, en el muelle de un río, a pleno sol. (La habitación está en penumbra.) Ese joven está agonizando. Sus manos son también muy hermosas, y se parecen asombrosamente a las del japonés. Están agitadas por los espasmos de la agonía. [No se ve cómo va vestido ese hombre porque una mujer está echada sobre su cuerpo, boca con boca. Las lágrimas que brotan de sus ojos se mezclan con la sangre que mana de su boca.]
[La mujer—esta última — tiene los ojos cerrados. Mientras que el hombre sobre el que está echada tiene los ojos fijos de la agonía.}
La imagen dura muy poco.
Ella está inmóvil en la misma postura, apoyada en la ventana. El se despierta. Y le sonríe. Ella no le sonríe inmediatamente. Sigue mirándole atentamente, sin cambiar de postura. Después le lleva el café.

ELLA. — ¿Quieres café?

El asiente. Coge la taza. Pausa.

ELLA. — ¿Qué soñabas?

EL.—Ya no lo sé... ¿Por qué?

Ella ha recobrado la naturalidad, muy, muy amable.

ELLA. — Estaba mirándote las manos. Las mueves cuando duermes.

El se mira sus propias manos, a su vez, con asombro, y tal vez juega a mover los dedos.

EL. — Eso es cuando se sueña, a lo mejor, sin darse uno cuenta.

Con calma, con amabilidad, ella hace un signo de duda.

ELLA. — Hum, hum.

Están los dos bajo la ducha de la habitación del hotel. Están contentos.
El pone la mano en la frente de ella de tal manera que le echa la cabeza hacia atrás.
EL. — Eres muy guapa, ¿ sabes ?

ELLA. — ¿Tú crees?

EL. — Creo.

ELLA. — Algo cansada. ¿No?

El hace un gesto sobre su rostro. Lo deforma. Se echa a reír.

EL. — Algo fea.

Ella sonríe bajo la caricia.

ELLA. — ¿No te importa?

EL. — Eso es lo que noté ayer noche en aquel café. Tu manera de ser fea. Y luego...

ELLA (muy relajada). — ¿Y luego?

EL. — Y luego cómo te estabas aburriendo.

Ella hace hacia él un ademán de curiosidad.

ELLA. — Sigue...

EL. — Te aburrías de esa manera que mete a los hombres en ganas de conocer a una mujer.

Ella sonríe, baja los ojos.

ELLA. — Hablas muy bien el francés.

En tono alegre:

EL. — ¿Verdad que sí? Me alegro de que por fin te des cuenta de lo bien que hablo el francés.

Pausa.

EL. — Yo no me había dado cuenta de que tú no hablabas el japonés... ¿Habías observado tú que uno siempre advierte las cosas en el mismo sentido?

ELLA. — No. Yo te observé a ti, y ya está.

Risas.

Después del baño. Ella se entretiene mordisqueando una manzana, con el pelo mojado. En albornoz.
Está en el balcón, le mira, se estira, y como para orientarse en su situación, dice lentamente, con una especie de "delectación" en las palabras:

ELLA. — Conocerse en Hiroshima. Eso no pasa todos los días.

El viene a reunírsele en el balcón, se sienta frente a ella, ya vestido. (En mangas de camisa, con el cuello desabrochado.)
Tras una vacilación, pregunta:

EL. — ¿Qué era para ti Hiroshima, en Francia?

ELLA. — El final de la guerra, quiero decir, del todo. El estupor... ante la idea de que se hubieran atrevido... el estupor ante la idea de que lo hubieran logrado. Y también, para nosotros, el comienzo de un miedo desconocido. Y además, la indiferencia, el miedo a la indiferencia también...

EL. — ¿ Dónde estabas tú ?

ELLA. — Acababa de dejar Nevers. Estaba en París. En la calle.

EL. — Es una palabra francesa bien bonita, Nevers.

Ella tarda un poco en contestar.

ELLA. — Es una palabra como otra. Igual que la ciudad.

Se aleja.
El está sentado en la cama, enciende un cigarrillo, y la mira intensamente.
La sombra de ella, vistiéndose, pasa sobre él, de vez en cuando. Está pasando precisamente sobre él cuando él pregunta:

EL. — ¿Has conocido a muchos japoneses en Hiroshima ?

ELLA. — Ah, sí que he conocido, ... pero como tú (con convencimiento), no...

El sonríe. Alegría.

EL. — ¿Soy el primer japonés de tu vida?

ELLA. — Sí.

Se la oye reír. Reaparece arreglándose y dice (muy puntuado):

ELLA. — Hi-ro-shi-ma. [Tengo que cerrar los ojos para acordarme... Quiero decir acordarme de cómo, en Francia, antes de venir aquí, me acordaba de Hiroshima. Siempre pasa lo mismo con los recuerdos.]

El baja los ojos, muy tranquilo.

EL. — Todo el mundo se alegraba. Tú te alegrabas con todo el mundo.

Continúa, en él mismo tono.

EL. — Era un hermoso día de verano en París, aquel día, he oído decir, ¿verdad?

ELLA. — Hacía muy buen tiempo, sí.

EL. — ¿Qué edad tenías tú?

ELLA. — Veinte años. ¿Y tú?

EL. — Veintidós.

ELLA. — La misma edad, ¿no?

EL. — En realidad, sí.

Aparece ella completamente vestida, ajustándose la toca de enfermera (pues aparece como enfermera de la Cruz Roja). Se pone en cuclillas junto a él en un gesto repentino, o se echa a su lado.
Juega con la mano de él. Le da un beso en el brazo desnudo.
Se entabla una conversación corriente.

ELLA. — ¿Qué haces tú, en la vida?

EL. — Arquitectura. Y política también, además.

ELLA. — Ah, ¿por eso es por lo que hablas tan bien el francés?

EL, — Por eso. Para leer la Revolución francesa.

Se ríen.

Ella no se asombra. Cualquier precisión
sobre la política que él hace e» absolutamente imposible porque eso significaría inmediatamente ponerle una etiqueta. Además, resultaría ingenua. No se olvide que sólo un hombre de izquierdas puede decir lo que él acaba de decir.
Que así lo tomará inmediatamente el espectador. Sobre todo después de sus frases sobre Hiroshima.

EL. — ¿Qué es esa película en la que trabajas?

ELLA. — Una película sobre la Paz. ¿Qué quieres que se ruede en Hiroshima sino una película sobre la Paz?

Pasa un enjambre de bicicletas ensordecedoras. [Vuelve a surgir entre ellos el deseo.]

EL.— Me gustaría volver a verte.

Ella hace un gesto negativo.

ELLA. — A estas horas, mañana, me habré marchado a Francia.

EL. — ¿De veras? No me lo habías dicho.

ELLA. — De veras. (Pausa.) No valía la pena decírtelo.

El se pone serio, en su estupefacción.

EL.— ¿Por eso me dejaste subir a tu habitación anoche...? ¿porque era tu último día en Hiroshima?

ELLA. — No, en absoluto. Ni siquiera lo pensé.

EL. — Cuando hablas, me pregunto si estás mintiendo o si dices la verdad.

ELLA. — Estoy mintiendo. Y digo la verdad. Pero a ti no hay razón para que te mienta. ¿Para qué?

EL. — Dime... ¿te pasan a menudo historias como... ésta?

ELLA. — No muy a menudo. Me gustan los chicos...

Pausa.

ELLA. — Soy de dudosa moralidad, ¿sabes?

Sonríe.

EL. — ¿A qué llamas tú una dudosa moralidad?

Tono muy ligero.

ELLA. — A dudar de la moralidad de los demás.

El se ríe con ganas.

EL. — Me gustaría volver a verte. Aunque el avión salga mañana por la mañana. Aunque seas de una dudosa moralidad.

Pausa. La del amor que ha vuelto a brotar.

ELLA. —No.

EL. — ¿Por qué?

ELLA. — Porque. (Molesta.)

El se calla.

ELLA. — ¿Ya no quieres hablar conmigo? EL (tras una pausa). — Me gustaría volver a verte.

Están en el pasillo del hotel.

EL. — ¿A dónde vas, de Francia? ¿A Nevers?

ELLA. — No. A París. (Pausa.) A Nevers, no, ya no voy nunca.

EL. — ¿Nunca?

Ella hace una especie de mueca, al decir:

ELLA. — Nunca.

Facultativo.

[Nevers es una ciudad que me hace daño.]
[Nevers es ana ciudad que ya no me gusta.]
[Nevers es una ciudad que me da miedo.]

Y añade, arrebatada por su propio juego.

ELLA. — En Nevers es donde he sido más joven en toda mi vida...

EL. — Joven-en-Nevers.

ELLA. — Sí. Joven en Nevera. Y además, una vez, loca en Nevers.

Están ante el hotel, pasean arriba y abajo. Ella está esperando el coche que ha de venir a recogerla para llevarla a la plaza de la Paz. Hay poca gente. Pero los coches pasan sin cesar. Es un bulevar.
Diálogo casi a gritos a causa del ruido de los coches.

ELLA. — Nevers, ya ves tú, es, de todo el mundo, la ciudad, e incluso la cosa, con que más sueño, por la noche. A la vez que es en lo que menos del mundo pienso.

EL. — ¿Cómo era tu locura en Nevers?

ELLA. — La locura es como la comprensión, ¿sabes? No se la puede explicar. Exactamente como la comprensión. Se te viene encima, te llena y entonces se la entiende. Pero cuando le abandona a uno, ya no se la puede entender en absoluto.

EL. — ¿Eras mala?

ELLA. — Esa era mi locura. Estaba loca de maldad. Me parecía que se podía hacer una verdadera carrera en la maldad. Lo único que me decía algo era la maldad. ¿Comprendes?

EL. —Sí.

ELLA. — Es verdad, tú también debes de comprenderlo.

EL. — ¿Y no te ha repetido nunca?

ELLA. — No. Se acabó (en voz muy baja).

EL.— ¿Durante la guerra?

ELLA. — Inmediatamente después.

Pausa.

EL. — ¿Formaba parte de las dificultades de la vida francesa después de la guerra?

ELLA. — Sí, puede decirse que sí.

EL. — ¿Cuándo se te pasó, a ti, la locura?

En voz muy baja, tal como debería decirse:

ELLA. — Poco a poco, se fue pasando. Y luego, cuando tuve hijos..., qué remedio.

Ruido de los coches, que aumenta y disminuye en razón inversa de la gravedad de las frases.

EL. — ¿Qué dices?

A gritos, a "contra-tono", tal como no puede decirse.

ELLA. — Digo que poco a poco se fue pasando. Y que luego, cuando tuve hijos..., qué remedio...

EL. — Me gustaría estar contigo unos cuantos días, en alguna parte, una vez.

ELLA. — A mí también.

EL. — Volver a verte hoy no sería volver a verte. En tan poco tiempo, eso no es volver a ver a la gente. Me gustaría mucho.

ELLA. — No.

Se detiene ante él, tozuda, inmóvil, muda. El casi acepta.

EL. — Bueno.

Ella se echa a reír, pero resulta un tanto forzado.
Se le nota un cierto despecho, leve, pero real.
Llega el taxi.

ELLA. — Eso es porque sabes que me marcho mañana.
El ríe con ella, pero menos que ella. Tras una pausa:

EL. — Puede que sea también por eso. Pero es una razón como cualquier otra, ¿no? La idea de no volverte a ver... nunca... dentro de unas horas.

Ha llegado el coche y se ha parado en el cruce. Ella hace una señal de que va. Sin apresurarse, mira al japonés y dice:

ELLA. — No.

El la sigue con los ojos. Tal vez sonríe.

TERCERA PARTE

Son las cuatro de la tarde, en la plaza de la Paz de Hiroshima. En último término vemos alejarse a un grupo de técnicos de cine llevando una cámara, proyectores y pantallas-reflectoras. Unos obreros japoneses están desmontando el estrado oficial que acaba de servir de marco a la última secuencia de la película.
Una observación importante: a los técnicos se les verá siempre de lejos y no se sabrá nunca qué película es la que están rodando en Hiroshima. Lo único que se verá siempre es el decorado que se está desmontando. [Quizá se sabrá, todo lo más, el título.]
Unos tramoyistas llevando unas pancartas en distintas lenguas, en japonés, en francés, en alemán, etc. "NUNCA MAS HIROSHIMA", circulan.
De modo que los obreros están desmontando las tribunas oficiales y quitando las banderolas. En medio del decorado, volvemos a ver a la francesa. Está dormida. Su toca de enfermera está medio deshecha. Está echada, con la cabeza apoyada en el [pilar de una enorme pancarta que ha servido para la película] (debajo de algo o a la sombra de una tribuna).
Se comprende que acaba de rodarse en Hiroshima una edificante película sobre la Paz. No se trata forzosamente de un film ridículo, es sencillamente una película edificante. La gente pasa junto a la plaza en la que acaba de rodarse la película. Esta gente se comporta con indiferencia. A excepción, de algunos niños, nadie mira, en Hiroshima están acostumbrados a ver rodar películas sobre Hiroshima.
Sin embargo, un hombre pasa, se detiene y mira. Es el que acabamos de dejar hace un momento en la habitación del hotel donde vive la francesa.
El japonés se acercará a la enfermera, y la contemplará dormir. La mirada del japonés fija en ella acabará por despertarla pero antes la habrá dejado pesar sobre ella bastante rato.
Durante la escena, se ven quizás algunos detalles, a lo lejos y por ejemplo una maqueta del Palacio de la Industria, [un guía rodeado de turistas japoneses], [una pareja de mutilados de guerra vestidos de blanco alargando el tronco para pedir limosna], [una familia en la esquina de la calle charlando]...
Se despierta ella. Su cansancio desaparece. De golpe, volvemos a entrar en la historia personal de ambos. Esta historia personal se impondrá siempre a la historia forzosamente demostrativa de Hiroshima.
Se levanta y va a su encuentro. Se ríen pero sin exceso. Luego vuelven a ponerse serios.

EL.— Eras fácil de encontrar en Hiroshima.

Ella se ríe feliz.
Pausa. El la mira otra vez.
Pasan entre ellos dos o cuatro obreros que llevan una fotografía muy aumentada representando el plano de la madre muerta y el niño que llora, en medio de las ruinas humeantes de Hiroshima, de la película "Les enfants dHiroshima". Ellos no miran la foto que pasa. Pasa otra fotografía que representa a Einstein sacando la lengua. Sigue inmediatamente a la del niño y la madre.

EL. — ¿Es una película francesa?

ELLA. — No. Internacional. Sobre la Paz.

EL. — Está terminada.

ELLA. — En lo que a mí respecta, sí, se ha terminado. Van a rodar las escenas de masas... Hay la mar de películas publicitarias sobre el jabón. Entonces... a la fuerza... a lo mejor.

El está muy seguro en su concepción a este respecto.

EL. — Sí, a la fuerza. Aquí, en Hiroshima, la gente no se burla de las películas sobre la Paz.

Se vuelve hacia ella. Las fotografías han acabado de pasar del todo. Se acercan instintivamente uno al otro. Ella se sujeta la toca que se ha soltado mientras dormía.

EL.— ¿Estás cansada?

Ella le mira de una manera bastante provocadora y dulce a la vez. Dice con una sonrisa dolorida, precisa:

ELLA. — Lo mismo que tú.

El la mira fijamente de un modo que no deja lugar a dudas y le dice:

EL. — He estado pensando en Nevers de Francia.

Ella sonríe. El añade:

EL. — He estado pensando en ti.

Y añade aún:

EL. — ¿ Sigue siendo mañana cnando sale tu avión?

ELLA. — Sí, mañana.

EL. — ¿Mañana sin remedio?

ELLA. — Si. La película se ha atrasado bastante. En París me están esperando desde hace ya un mes.

Le mira de frente.
Lentamente, él le quita la toca de enfermera. (Ella está muy maquillada, con los labios tan oscuros que parecen negros, o bien apenas maquillada, casi descolorida, al sol.)
El gesto del hombre es muy libre, muy calculado. Debería experimentarse el mismo impacto erótico que al principio. Ella aparece con el pelo despeinado como la víspera, en la cama. Se deja quitar la toca, se deja hacer, como debió de dejarse hacer, la víspera, el amor. (En esto, déjesele desempeñar un papel erótico funcional.)
Ella baja los ojos. Mueca incomprensible. Juega con algo que hay en el suelo.
Levanta los ojos hacia él. El dice con una lentitud enorme:

EL. — Me das muchas ganas de amar.

Ella no contesta en seguida. Ha bajado los ojos bajo el golpe de la turbación en que la sumen sus palabras. ¿El gato de la plaza de la Paz está jugando contra su pie? Dice, con los ojos bajos, muy lentamente también (la misma lentitud)..

ELLA. — Siempre... los amores... fortuitos... Yo también...

Pasa por en medio de ellos un objeto extraordinario, de naturaleza imprecisa. Yo veo un marco de madera (¿atomium?) de una forma muy precisa pero cuyo uso escapa por completo. Ellos no lo miran. El dice:

EL. — No. No siempre tan fuertes. Y tú lo sabes.

8e oyen gritos, a lo lejos. Luego cantos infantiles. Pero no por ello se distraen.
Ella hace una mueca incomprensible (licenciosa seria la palabra). Vuelve a levantar la vista, pero esta vez hacia el cielo. Y dice, una vez más, incomprensiblemente, mientras se enjuga la frente cubierta de sudor:

ELLA. — Dicen que habrá tormenta antes de que anochezca.

Se ve el cielo que ella ve. Unas nubes avanzan... Los cantos se hacen más precisos. Después da comienzo (el final) del desfile.
Ellos dos se han hecho un poco atrás. Ella se mantiene delante de él (igual que en las "revistas" las mujeres) y coloca una mano en su hombro. Su rostro queda apoyado en sus cabellos. Cuando alza los ojos le ve. El tratará de llevársela lejos del desfile. Ella se resistirá. Pero se alejará con él, casi sin "sentir". Ante los niños, sin embargo, [se parará completamente, fascinada].
Desfile de jóvenes Ll evando pancartas.

1ª SERIE DE PANCARTAS

1ª pancarta:

Si una bomba atómica
equivale a 20.000 bombas
ordinarias.

2ª pancarta:

Y si la bomba H equivale a 1.500 veces la bomba atómica.

3ª pancarta:

¿A cuánto equivalen las 40 mil bombas A y H fabricadas actualmente en el mundo?

4ª pancarta:

Si 10 bombas H soltadas
sobre el mundo significan
la prehistoria.

5.ª pancarta:

¿40.000 bombas H y A qué significan?

2ª SERIE DE PANCARTAS

Este prestigioso resultado hace honor a la inteligencia científica ( ) del hombre.
II
Pero es lamentable que la inteligencia política del hombre esté 100 veces menos desarrollada que su inteligencia científica.
III
Y nos impida por completo admirar al hombre.

2.a SERIE

[1ª pancarta:
una foto de hormiga.
NOSOTROS no tememos
a la bomba H.]

2ª pancarta:
[Este es el grito de los 160 millones de sindicados de Europa.]

3ª pancarta:
[Este es el grito de los 100.000 cadáveres desaparecidos de HIROSHIMA.]

Mujeres, hombres, siguen los niños que cantan.
A los niños siguen unos perros.
Hay gatos en la» ventanas. (El de la plaza de la Paz ya está acostumbrado y duerme.)
Pancartas. Pancartas.
Todo el mundo tiene mucho calor.
El cielo, sobre los desfiles, está sombrío. Las nubes ocultan el sol.
Son muchos los niños, y guapos. Tienen calor y cantan con esa buena voluntad de la infancia. El japonés, irresistiblemente y casi sin darse cuenta, empuja a la francesa en la misma dirección que el desfüe o en dirección contraria.
La francesa cierra los ojos y lanza un gemido al ver a los niños del desfile. Y en medio de este gemido, deprisa, como un ladrón, el japonés dice:

EL.—No me gasta pensar que te marchas. Mañana.
Creo que te quiero.

El gemido de la francesa continúa de tal manera que puede llegar a ser el de un anonadamiento amoroso. El japonés hunde la boca en sus cabellos, los mordisquea, discretamente. La mano oprime su hombro. Ella abre lentamente los ojos.
Continua el desfile.
Los niños van pintados de blanco. El sudor gotea a través del talco. Dos de ellos se pelean por una naranja. Están rabiosos.
ELLA. — [¿Por qué los han pintado así?

EL. — Para que los niños de Hiroshima se parezcan.]

[Estas palabras son pronunciadas sobre los niños.]

[(O voces japonesas con subtítulos.) Voces que gritan.]

ELLA.— [¿Por qué?

EL. — Porque los niños quemados de Hiroshima se parecían.]

Pasa un quemado fingido que ha debido de intervenir en la película. Va perdiendo la cera, que se le derrite en el cuello. Esto puede ser muy repugnante, muy terrible.
Ellos se miran, en un movimiento inverso de cabeza. El dice:

EL. — Vas a venirte conmigo otra vez.

Ella no contesta.
Pasa una admirable mujer japonesa. Va sentada en una carroza. Del saliente que forman sus senos ( ), ceñidos por una blusa negra, echan a volar unas palomas.

EL. — Contéstame.

Ella no contesta. El se inclina y, al oído:

EL. — ¿Tienes miedo?

Ella sonríe. Niega con la cabeza.

ELLA. — No.

[Unos gatos ven las palomas que salen de la blusa de la mujer y se agitan.]
Los cantos informes de los niños continúan, pero disminuyendo. Una instructora riñe a los dos niños que se pelean por la naranja. El pequeño llora. El mayor empieza a comerse la naranja.
Todo esto dura más de lo preciso.
Detrás del niño que llora, llegan los quinientos estudiantes japoneses. Resulta un poco cansado, desbordante. El la aprieta completamente contra él, con ocasión de este nuevo desorden. La mirada de ambos es de desesperación. El mirándola, ella mirando el desfile. Debería tenerse la sensación de que este desfile les despoja del tiempo que les queda. Ya no se dicen nada. El la coge de la mano. Ella se deja llevar. Echan a andar, a contra corriente del desfile. Se les pierde de vista ( ).
Volvemos a encontrarla de pie en el centro de una gran sala de una casa japonesa. Estores bajados. Luz suave. Sensación de frescor tras el calor del desfile. La casa es moderna. Hay sillones, etc.
La francesa se comporta como una invitada. Está casi intimidada. El viene hacia ella desde el fondo de la sala (puede suponerse que viene de cerrar una puerta, o del garaje, eso es lo de menos). Y dice:

EL. — Siéntate.

Ella no se sienta. Ambos permanecen de pie. Se nota que entre ellos el erotismo es dominado por el amor, de momento. El está de pie ante ella. Y en su mismo estado, casi torpe. Es la baza inversa a la que jugaría un hombre en caso de una ganga.
Ella pregunta, pero por decir algo:

ELLA. — ¿Estás completamente solo en Hiroshima...? ¿dónde está tu mujer?

EL. — En Unzen, en la montaña. Estoy solo.

ELLA. — ¿Cuándo vuelve?

EL. — Un día de éstos.

Ella continúa, en voz baja, como en un aparte:

ELLA. — ¿Cómo es, tu mujer?

El dice, mirándola, muy intencionado. (Tono como de: no se trata de eso.)

EL. — Guapa. Soy un hombre que es feliz con su mujer.

Pausa.

ELLA. — Yo también soy ana mujer que es feliz con su marido.

Lo dice con verdadera emoción, inmediatamente recubierta por el instante en curso.

EL. —... Hubiera sido demasiado sencillo.

(En este momento, suena el teléfono.) El se acerca como si se le echara encima. Ella le mira y dice:

ELLA. — ¿No trabajas por la tarde?

EL. — Sí. Ya lo creo. Sobre todo por la tarde.

ELLA. — Es una historia idiota...

De la misma manera que diría "Te quiero".
Se besan mientras sigue sonando el timbre del teléfono.
El no contesta.

ELLA. — ¿Es por mí por quien estás perdiendo la tarde?

El sigue sin contestar.

ELLA. — Pero dilo, ¿qué puede importar eso?

En Hiroshima. [Están juntos, desnudos, en una cama.] La luz se ha modificado ya. Es después del amor. Ha pasado un rato.

EL. — ¿Era francés, el hombre a quien quisiste durante la guerra?

En Nevers. Un alemán atraviesa una plaza, a la hora del crepúsculo.

ELLA. — No... no era francés.

En Hiroshima. Ella está echada en la cama embargada de cansancio y de amor. La luz ha ido disminuyendo sobre sus cuerpos.

ELLA. — Sí, fue en Nevers.

En Nevers. Imágenes de un amor en Nevers. Carreras en bicicleta. El bosque. Las ruinas, etc.

ELLA. — Al principio nos encontrábamos en las trojes. Luego entre las ruinas. Y luego en habitaciones. Como en todas partes.

En Hiroshima. En la habitación, la luz ha seguido bajando. Les encontramos en una posición enlazada casi tranquila.

ELLA. — Y después, murió.

En Nevers. Imágenes de Nevers. Ríos. Muelles. Alamos al viento, etc.
El muelle desierto.
El jardín.
En Hiroshima, ahora. Y volvemos a encontrarles [casi en penumbra.]

ELLA. — Yo dieciocho años y él veintitrés.

En Nevers. En una cabaña, de noche, las "bodas" de Nevers. (Sólo contesta sobre las imágenes de Nevers. Las preguntas que él hace son "evidentes", "algo que se da por supuesto".)
Siempre en el mismo encadenamiento. Sobre Nevers que consagra la respuesta. Después, ella dice finalmente, tranquila:

ELLA. — ¿Y por qué hablar de él en vez de otros?

EL. — ¿Y por qué no?

ELLA. — No. ¿Por qué?

EL. — Sólo gracias a Nevers puedo empezar a conocerte. Y entre los miles de cosas de tu vida, me quedo con Nevers.
ELLA. — ¿Como cualquier otra cosa?

EL. — Sí.

¿Se nota que él miente? Se imagina. Ella se pone casi violenta, y, buscando a tu vez algo que decir (momento de cierto aturdimiento):

ELLA. — No. No es una casualidad. (Pausa.) Eres tú quien debe decirme por qué.

El puede responder (muy importante para la película), bien:

EL. — Ahí está, me parece haber comprendido que eres tan joven... tan joven, que aún no eres nadie concretamente. Eso me gusta.

O bien:

ELLA. — No, no es eso.

EL. — Ahí está, me parece haber comprendido que he estado a punto... de perderte... y que he corrido el peligro de no conocerte nunca.

O bien:

EL. — Ahí está, me parece haber comprendido, que debiste de empezar a ser como sigues siendo hoy.

(Elegir entre estas tres últimas réplica» o dar las tres ( ), ya una detrás de otra, ya separadamente, al azar de los movimientos amorosos en la cama. Esta última solución es la que yo preferiría si ello no alarga demasiado la escena.)
[Por última vez, Nevers desfila. Se suceden imágenes de premeditada trivialidad. A la vez que asustan.]
Volvemos a ellos por última vez. [Es de noche.] Ella dice, grita:

ELLA. — Quiero marcharme de aquí.

Al mismo tiempo que se agarra a él de un modo casi salvaje.
Están en la habitación en que estaban hace un momento, ya vestidos. La habitación está ahora iluminada. Ambos están de pie. El dice, tranquilo, tranquilo...

EL. — Ahora sólo nos queda matar el tiempo que nos separa de tu marcha. Dieciséis horas aún para tu avión.

Ella dice aturdida, deshecha:

ELLA. — Es tremendo...

El contesta, suavemente:

EL. — No. No debes tener miedo.

CUARTA PARTE


En Hiroshima, cae la noche sobre el río en largos rastros luminosos.
El rio se llena y se vacía según las horas, según las mareas. A lo largo de las fangosas orillas, la gente contempla a veces la lenta subida de la marea.
Hay un café frente al río. Es un café moderno, americanizado, con un gran ventanal. Cuando se está sentado en el fondo del café, ya no se ven las orillas del río sino sólo el río mismo. En medio de esta imprecisión se dibuja la desembocadura del rio. Ahí es donde termina Hiroshima y empieza el Pacifico. El local está medio vacío. Están sentados a una mesa del fondo de la sala. Están uno frente a otro, ya sea mejilla contra mejilla, ya sea frente con frente. Acabamos de dejarlos deshechos ante la idea de las dieciséis horas que les separan de su definitiva separación. Y volvemos a encontrarlos casi felices. El tiempo pasa sin que ellos se den cuenta. Se ha producido un milagro. ¿Cuál? Precisamente el resurgimiento de Nevers. Y lo primero que él dice, en esta postura perdidamente enamorada, es:

EL.— ¿Nevers no quiere decir nada en francés, de otra manera?

ELLA.— No. Nada.

EL.—-¿Habrías tenido frío, en aquel sótano de Nevers, si nos hubiéramos amado allí?

ELLA. — Habría tenido frío. En Nevers los sótanos son fríos, tanto en invierno como en verano. La ciudad se escalona al borde de un río que se llama Loire.

EL. — No soy capaz de imaginármelo, Nevers.

Nevers. El Loire.

ELLA. — Nevers. Cuarenta mil habitantes. Construido como una capital, (pero...). Un niño puede darle la vuelta. (Se separa de él.) Yo nací en Nevers (bebe), y me crié en Nevers. En Nevers aprendí a leer. Y allí tuve veinte años.

EL. —¿Y el Loire?

Toma la cabeza de ella entre sus manos.
Nevers.

ELLA. — Es un río sin navegación ninguna, siempre vacío, por su curso irregular y sus bancos de arena. En Francia, el Loire pasa por ser un río bonito, sobre todo por su luz... tan suave, si supieras...

Tono extasiado. El le suelta la cabeza, y escucha muy intensamente.

EL.— Cuando estás en el sótano, ¿yo he muerto?

ELLA. — Has muerto... y...

Nevers: el alemán agoniza lentamente en el muelle.

ELLA. — ¿...cómo soportar un dolor así?

ELLA. — El sótano es pequeño.

Para hacer el gesto de medirlo con las manos, ella se aparta de su mejilla. Y continúa, muy cerca de su rostro, pero ya no pegada a él. Ningún encantamiento. Se dirige a él apasionadamente:

ELLA. —... muy pequeño.

ELLA. — Por encima de mí pasa la Marsellesa... Es... ensordecedor...

Se tapa los oídos, en ese café (en Hiroshima). De pronto, reina en el café un gran silencio.
Sótanos de Nevers. Manos ensangrentadas de Riva.

ELLA. — Las manos son inútiles en los sótanos. Arañan. Se desuellan contra las paredes... hasta que sale sangre...

En alguna parte están sangrando unas manos, en Nevers.
Las suyas, sobre la mesa, están intactas. Riva lame su propia sangre, en Nevers.

ELLA. —... es lo único que se le ocurre a uno hacer para aliviarse...
ELLA. —... y también para recordar...
ELLA. —... Me gustaba la sangre, desde que probé la tuya.

Apenas se miran, cuando ella habla. Contemplan Nevers. Ambos son, en cierto modo, presas de Nevers. Sobre la mesa hay dos vasos. Ella bebe con avidez. El más lentamente.
Apoyan las manos sobre la mesa.
Nevers.

ELLA. — La sociedad circula sobre mi cabeza. En lugar del cielo... qué remedio... Y yo veo avanzar esa sociedad. Deprisa, entre semana. Los domingos, lentamente. No sabe que yo estoy en el sótano. Me dan por muerta, muerta lejos de Nevers. Mi padre lo prefiere así. Como estoy deshonrada, mi padre lo prefiere.

Nevers: un padre, farmacéutico de Nevers, detrás del escaparate de su farmacia.

EL. —¿Gritas?

La habitación de Nevers.

ELLA. — Al principio no, no grito. Te llamo bajito.

EL. — Pero yo he muerto.

ELLA. — Y sin embargo te llamo. Incluso muerto. Luego, un día, un día, de pronto, grito, grito muy fuerte, como si estuviera sorda. Y entonces me meten en el sótano. Para castigarme.

EL. — ¿Y qué gritas?

ELLA. — Tu nombre alemán. Solamente tu nombre. No me queda ya más que un recuerdo, el de tu nombre.

Habitación de Nevers. Gritos silenciosos.

ELLA. — Prometo no gritar más. Entonces me suben a mi habitación.

Habitación de Nevers. Acostada, con la pierna doblada, llena de deseo.

ELLA. — Ya no puedo más de necesidad de ti.

EL. — ¿Tienes miedo?

ELLA. — Tengo miedo. En todas partes. En el sótano. En la habitación.

EL. — ¿De qué?

Manchas en el techo de la habitación de Nevers, objetos terribles de Nevers.

ELLA. — De no volver a verte más, nunca más.

Vuelven a acercarse como al principio de la escena.

ELLA. — Un día, cumplo veinte años. En el sótano, viene mi madre y me dice que cumplo veinte años. (Pausa, como para hacer memoria.) Mi madre llora.

EL. — ¿Y le escupes a tu madre a la cara?

ELLA. — Sí.

(Como si estas cosas las supiesen los dos.) El se aparta.

EL. — Bebe.

ELLA. — Sí.

El sostiene el vaso, le da de beber. Ella sigue teniendo una expresión hosca, a fuerza de recordar. Y de pronto:

ELLA. — Después, ya no sé nada. Ya no sé nada... El, para animarla, para inspirarla:

EL. — Son unos sótanos muy antiguos, muy húmedos, los sótanos de Nevers... decías...

Ella cae en la trampa.

ELLA. — Sí. Llenos de salitre. [Me he idiotizado.]

La boca de ella contra las paredes del sótano de Nevers, mordiendo.

ELLA. — A veces entra un gato y se queda mirando. No es malo. Ya no sé nada.

Entra un gato en un sótano, en Nevers, y mira a esa mujer. Ella añade:

ELLA. — Después ya no sé nada.

EL. — ¿Cuánto tiempo?

Ella no sale de la enajenación.

ELLA. — Toda la eternidad. (Con convencimiento.)

Alguien, un hombre que está solo, pone un disco francés de acordeón en el juke-box. Para que dure el milagro del olvido de Nevers, para que nada "se mueva", el japonés vierte el contenido de su vaso en el de la francesa.
En un sótano de Nevers brillan los ojos de un gato y los ojos de Riva.
Al oír el disco de acordeón (borracha o loca), sonríe y grita:

ELLA. — ¡ Ah! ¡ Qué joven fui un día!

Ella vuelve a Nevers, cuando apenas si ha salido. Está obsesionada (la elección de los adjetivos es voluntariamente variada).

ELLA. — De noche... mi madre me baja al jardín. Me mira la cabeza. Todas las noches me mira la cabeza con atención. Aún no se atreve a acercárseme... De noche es cuando yo puedo contemplar la plaza, así que la miro. ¡Es inmensa! (gestos). Se curva en el centro. [Parece un lago.]

Respiradero del sótano de Nevers. A través de ese ventanuco, ruedas irisadas de las bicicletas que pasan al alba en Nevers.

ELLA. — Al amanecer es cuando viene el sueño.

EL. — ¿Llueve a veces?

ELLA. —... a lo largo de las paredes.

Ella busca, busca, busca.

ELLA. — Pienso en ti. Pero ya no lo digo. (Casi maligna.)

Se acercan.

EL. — Loca.

ELLA. — Estoy loca de amor por ti. (Pausa.) Está volviéndome a crecer el pelo. Con la mano, todos los días, lo noto. Me da lo mismo. Pero sin embargo, me está empezando a crecer el pelo...

Riva en su cama de Nevers, con la mano en el pelo.
Se pasa la mano por él.

EL.— ¿Gritas, antes de lo del sótano?

ELLA. — No. No me doy cuenta de nada...

Están mejilla con mejilla, con los ojos entornados, en Hiroshima.

ELLA.— [Son jóvenes. Son héroes sin imaginación.] Me cortan el pelo al rape, con mucho cuidado. Creen que es su deber rapar bien a las mujeres.

EL. — ¿Te da vergüenza de ellos, amor mío? (Muy claro.)

El corte de pelo.

ELLA. — No. Tú has muerto. Estoy demasiado ocupada con sufrir. Cae el día. Sólo presto atención al ruido de las tijeras en mi cabeza (dice esto guardando la mayor inmovilidad). Eso me alivia un poquitin... de... tu muerte... como... como, ¡ah! mira, no encuentro mejor manera de explicártelo, como las uñas, y las paredes, de la cólera.

Continúa, perdidamente contra él, en Hiroshima.

ELLA. — ¡ Ah! qué dolor. Qué dolor en el corazón. Es de locura... Se canta la Marsellesa por toda la ciudad. Cae el día. Mi amor muerto es un enemigo de Francia. Alguien dice que hay que pasearla por la ciudad. La farmacia de mi padre está cerrada por culpa de la deshonra. Estoy sola. Los hay que se ríen. De noche, vuelvo a casa.

Escena de la plaza de Nevers. Ella ha de proferir un grito informe pero que se reconozca en todas las "lenguas" del mundo como el de un niño que llama a su madre: mamá. El sigue apoyado en ella. Y tiene cogidas sus manos.

EL. — Y luego, un día, amor mío, sales de la eternidad.

Habitación en Nevers. Riva da vueltas sobre sí misma. Derriba objetos. Salvaje, animalidad de la razón.

ELLA. — Sí, dura mucho.
Me dijeron que había durado mucho.
A las seis de la tarde, suenan las campanadas de la catedral de San Esteban, en invierno y en verano. Un día, de veras, las oigo. Recuerdo que las había oído antes — antes—, cuando nos queríamos, cuando éramos felices.
Empiezo a ver.
Recuerdo que ya había visto antes — antes — antes— cuando nos queríamos, cuando éramos felices.
Recuerdo.
Veo la tinta.
Veo la luz.
Veo mi vida. Y tu muerte.
Mi vida que sigue. Tu muerte que sigue

Habitación y sótano de Nevers.

y que la sombra invade ya menos deprisa los ángulos de las paredes de mi cuarto. Y que la sombra invade ya menos deprisa los ángulos de los muros del sótano. Hacia las seis y media.
El invierno ha terminado.

Pausa. En Hiroshima.
Ella está temblando. Se aparta del rostro.

ELLA. — ¡Ah! Es horrible. Empiezo a no recordarte tan bien.

El coge el vaso y le da de beber. Ella se horroriza de sí misma.

ELLA. — ... Empiezo a olvidarte. Tiemblo de pensar que he olvidado tanto amor...
Más (de beber).

Está divagando. Esta vez. Sola. El está perdiéndola.

ELLA. — Teníamos que encontrarnos a las doce del mediodía en el muelle del Loire. Tenía que irme con él.
Cuando a las doce llegué al muelle del Loire aún no estaba muerto del todo.
Alguien había disparado desde un jardín.

El jardín del muelle de Nevers. Ella está delirando, ya no le mira.

ELLA. — Permanecí junto a su cuerpo todo el día y luego toda la noche que siguió. A la mañana siguiente vinieron a recogerle y le metieron en un camión. Aquella noche se liberó Nevers. Las campanas de la iglesia de San Esteban sonaban... sonaban... Se fue poniendo frío poco a poco debajo de mí. ¡ Ah! tardó mucho en morir. ¿Cuanto? Ya no lo sé exactamente. Yo estaba echada encima de él... sí... el momento de su muerte me pasó desapercibido, realmente, porque... porque incluso en aquel momento, y después también, sí, también después, se puede decir que no llegaba a encontrar la más mínima diferencia entre aquel cuerpo muerto y el mío... Entre aquel cuerpo y el mío no podía encontrar más que semejanzas... desgarradoras, ¿entiendes? Era mi primer amor... (a gritos).

El japonés le da un bofetón. (O bien, como se prefiera, le aplasta las manos entre las suyas.) Ella reacciona como si no supiera de dónde procede el dolor. Pero reacciona.
Y se comporta como si comprendiese que este dolor era necesario.

ELLA — Y luego, un día... Yo había vuelto a gritar. Y entonces me habían metido en el sótano.

La voz recobra su ritmo.
(Aquí toda la escena de la canica que entra en el sótano, que ella recoge, caliente, y sobre la cual cierra la mano, etc., y que devuelve a los niños de fuera, etc.)

ELLA. —... Estaba caliente...

El la deja hablar sin comprender. Ella sigue:

ELLA. — (Pausa.) Creo que en aqnel momento dejé de ser mala.

Pausa.

Ya no grito.

Pausa.

Me vuelvo razonable. Los demás dicen: "Se esta volviendo razonable"

Pausa.

Una noche, una fiesta, me dejan salir.

Al amanecer, en Nevers, a la orilla de un río.

A orillas del Loire. Está amaneciendo. Pasan algunas personas por el puente, más o menos numerosas según la hora. De lejos, es como si no fueran nadie.

Place de la République, en Nevers, de noche.

ELLA. — No mucho después, mi madre me anuncia que tengo que marcharme, de noche, a París. Me da dinero. Salgo para París en bicicleta, de noche.
Es verano. Las noches son muy agradables.
Cuando llego a París, al cabo de dos días, el nombre de Hiroshima está en todos los periódicos. Mi pelo está ya bastante más decente.
Estoy en la calle, con la gente.

Alguien ha vuelto a poner el disco de acordeón en el juke-box.
Ella añade, como si despertara:

ELLA. — Han pasado catorce años.

El le llena el vaso. Ella bebe. Aparentemente vuelve a estar más tranquila. Salen del túnel de Nevers.

ELLA. — Hasta de las manos me acuerdo mal... Del dolor, aún me acuerdo un poco.

EL. — ¿Esta noche?

ELLA. — Sí, esta noche lo recuerdo. Pero algún día, ya no me acordaré. En absoluto. De nada.

En este momento levanta la cabeza hacia él.
ELLA. — Mañana a estas horas estaré a miles de kilómetros de ti.

EL. — ¿Tu marido sabe todo esto?

Ella vacila.

ELLA. — No.

EL. — ¿Nadie más que yo, entonces?

ELLA. — Sí.

Se levanta de la mesa, la toma en sus brazos, la obliga a levantarse a su vez, y la abraza muy fuertemente, escandalosamente. La gente les mira. No comprenden. La alegría de él es violenta. Se echa a reír.

EL. — No lo sabe nadie más que yo. Sólo yo.

Cerrando los ojos, ella dice:

ELLA. — Calla.

Y se le acerca aún más. Levanta la mano, y, muy levemente, le acaricia la boca. Y dice, casi con una súbita alegría:

ELLA. — ¡ Ah!, qué agradable es estar con alguien alguna vez.

Se separan, muy lentamente.

EL. — Sí (con su mano en la boca).

[El disco, en la máquina; el juke-box acaba de disminuir de pronto de volumen.] En alguna parte se apaga una lámpara, ya sea en la orilla del río, ya sea en el bar.
Ella ha tenido un sobresalto. Ha retirado la mano de la boca de él. El no había olvidado lo hora. Dice:

EL. — Signe.

ELLA. — Sí.

EL. — Habla.

Lo intenta. No lo consigue.
Ella dice, agotada:

ELLA. — [Tengo el honor de haber perdido el honor. Con la navaja sobre la cabeza, se tiene una extraordinaria iluminación de lo que es la estupidez...]
Me alegro de haber vivido aquel instante. Aquel instante incomparable.

El dice, apartado del momento presente:
EL. — Dentro de unos cuantos años, cuando te haya olvidado, y cuando otras historias como ésta, por la fuerza de la costumbre otra vez, vuelvan a suceder, me acordaré de ti como del olvido del amor mismo. Pensaré en todo esto como en el horror del olvido. Lo sé ya desde ahora.

Entran algunas personas en el café. Ella los mira y pregunta (la esperanza vuelve):

ELLA. — Por la noche, ¿no para nunca esto, en Hiroshima?

Ellos entran en una última comedia. Pero ella se deja prender. Mientras él contesta mintiendo:

EL. — Esto nunca para, en Hiroshima.

Ella sonríe. Y, con una dulzura extrema, con una aflicción sonriente, dice (de un modo adorable) :

ELLA. — Cómo me gusta esto... las ciudades en las que la gente está despierta, de día y de noche...

La dueña del bar apaga una lámpara. El disco ha terminado. Están casi en penumbra. Ha llegado la hora tardía pero ineluctable del cierre de los cafés en Hiroshima.
Ambos bajan los ojos, como embargados por un exagerado pudor. Están relegados a la puerta del mundo del orden, en el que no tiene cabida su historia. Es inútil luchar.
Ella lo comprende perfectamente, de golpe.
Cuando vuelven a levantar los ojos, sonríen sin embargo "por no llorar", en el sentido más corriente de la expresión.
Ella se levanta. El no hace ademán de retenerla.
Están fuera, en medio de la noche, delante del café.
Ella permanece de pie ante él.

ELLA. — Es mejor no pensar en estas dificultades que presenta el mundo, a veces. Si no, se haría completamente irrespirable.

(Esta última frase es pronunciada como en un "soplo".)
En el café se apaga una última lámpara, muy cerca. Ellos tienen los ojos bajos. [Una motora que recuerda el ruido de un avión va río abajo hacia el mar.]

ELLA. — Aléjate de mí.

El se aleja. Mira el cielo a lo lejos y dice:

EL. — Aún no ha amanecido...

ELLA. — No. (Pausa.) ¿Es probable qae muramos sin habernos visto nunca más?

EL. — Es probable, sí. (Pausa.) A no ser que, a lo mejor, un día, la guerra...

Pausa. Ella contesta (subráyese la ironía).

ELLA. — Si, la guerra...

QUINTA PARTE


Otra vez ha pasado un rato.
Se la ve por una calle. Anda deprisa.
La vemos luego en el hall del hotel. Coge una llave.
Después la vemos en la escalera.
Luego la vemos abrir la puerta de la habitación. Penetrar en la habitación y pararse en seco como ante un abismo o como si hubiera alguien ya en ese cuarto. Y luego salir de espaldas. La vemos después volver a cerrar suavemente la puerta de la habitación.
Subir la escalera, bajarla, volverla a subir, etc.
Volver sobre sus pasos. Ir y venir por un pasillo. Retorcerse las manos buscando una solución, sin encontrarla, volver a la habitación, de pronto. Y esta vez, soportar el espectáculo de esa habitación.
Va hacia el lavabo, y se moja la cara. Y se oye la primera frase de su monólogo interior:

ELLA. — Cree uno que sabe. Y luego no. Nunca.

ELLA. — [Aprender la duración exacta del tiempo. Saber cómo el tiempo, a veces, se precipita y luego su caída, inútil, pero que es preciso soportar, es también eso, sin duda, aprender la comprensión (entrecortado, con repeticiones y balbuceos).

ELLA. — Ella tuvo en Nevers un amor juvenil alemán...
Iremos a Baviera, amor mío, y nos casaremos.
Ella no fue nunca a Baviera. (Se mira al espejo.)
Que se atrevan a hablarle de amor quienes no han ido nunca a Baviera.
No estabas muerto del todo.
He contado nuestra historia.
Esta noche te he engañado con ese desconocido.
He contado nuestra historia.
Ya ves, se podía contar.
Catorce años que no había vuelto a encontrar... el sabor de un amor imposible.
Desde Nevers.
Mira cómo te olvido...
— Mira cómo te he olvidado.
Mírame.

[Por la ventana abierta se ve Hiroshima reconstruido y dormido apaciblemente.]
Ella levanta bruscamente la cabeza, se ve la cara mojada en el espejo (como lágrimas), envejecida, estropeada. Y, esta vez, cierra los ojos, con desagrado.
Se seca el rostro, sale muy deprisa, y vuelve a atravesar el hall.
Volvemos a encontrarla sentada en un banco, o sobre un montón de grava, o a una veintena de metros del café donde estaban juntos un rato antes.
Con la luz del restaurante (el restaurante) en sus ojos. Trivial, casi desierto, del que él se ha marchado.
Ella (se echa, se sienta) en la grava y sigue mirando el café. (Sólo hay una luz encendida en el bar. La sala en que estaban los dos hace un rato está cerrada. Por la puerta del bar recibe esa sala una débil claridad reflejada que, al azar de la disposición de las mesas y las sillas, proyecta sombras precisas y vanas.)
[Los últimos clientes del bar hacen pantalla entre la luz y la mujer sentada en el montón de grava. De este modo ella pasa de la luz a las sombras, según pasan los clientes del bar. Mientras ella continúa en la sombra, mirando el lugar que ha abandonado él.]
Cierra los ojos. Luego vuelve a abrirlos. Se diría que duerme. Pero no. Cuando los abre lo hace de golpe. Como un gato. Se oye su voz (monólogo interior):

ELLA. — Voy a quedarme en Hiroshima. Con él, todas las noches. En Hiroshima.

Abre los ojos.

ELLA. — Voy a quedarme aquí. Aquí.

Aparta la vista del café, y mira a su alrededor. Y de pronto se acurruca lo más posible, en un movimiento muy infantil. El rostro oculto entre los brazos. Los pies encogidos.
El japonés llega junto a ella. Ella le ve, no se mueve, no reacciona. Su ausencia "mutua" ha comenzado. Ningún asombro. El está fumando un cigarrillo. Y dice:

EL. — Quédate en Hiroshima.

Ella le mira a hurtadillas:

ELLA. — Seguro que voy a quedarme en Hiroshima contigo.

Se recuesta mientras lo dice (puerilmente).

ELLA. — Qué desgraciada soy...

El se le acerca.

ELLA. — No me lo esperaba en absoluto, ¿comprendes...?

ELLA. —Vete.

El se aleja diciendo:

EL. — No puedo dejarte.

Los encontramos de nuevo en un bulevar. De trecho en trecho, clubs nocturnos iluminados. El bulevar sigue una perfecta linea recta.
Ella va andando. El la sigue. Puede vérseles primero a uno, luego a otro. Ambos tienen la misma expresión desesperada. El la alcanza y le dice en voz baja:

EL. — Quédate en Hiroshima conmigo.

Ella no contesta. Entonces se oye su voz, casi a gritos (del monólogo interior):

ELLA. — [Me gastaría no tener ya patria. A mis hijos les enseñaré la maldad y la indiferencia, la comprensión y el amor por la patria de los demás hasta la muerte.]
ELLA. — Vendrá hacia mi, me cogerá por los hombros, me be-sa-rá...

ELLA. — Me besará... y estoy perdida.

(Perdida es dicho en éxtasis.)

Volvemos a él. Y nos damos cuenta de que anda más despacio para dejarle campo. Y de que en vez de ir hacia ella se aleja. Ella no se vuelve.
Sucesión de las calles de Hiroshima y Nevers. Monólogo interior de Riva.

RIVA. — Te encuentro.
Me acuerdo de ti.
Esta ciudad está hecha a la medida del amor.
Tú estabas hecho a la medida de mi propio cuerpo.
¿Quién eres?
Me estás matando.
Estaba hambrienta. Hambrienta de infidelidades, de adulterios, de mentiras y de morir.
Desde siempre.
Ya me imaginaba que un día tropezaría contigo.
Y te esperaba con una impaciencia sin límites, sosegada.
Devórame. Defórmame a imagen tuya para que nadie más, después de ti, comprenda ya en absoluto la razón de tanto deseo.
Vamos a quedarnos solos, amor mío.
La noche no tendrá fin.
El día no amanecerá ya para nadie.
Nunca. Nunca más. Por fin.
Me estás matando.
Eres mi vida.
Lloraremos al día muerto con conocimiento y buena voluntad.
No tendremos ya nada más que hacer, nada más que llorar al día muerto.
Pasará tiempo. Solamente tiempo.
Y vendrá un tiempo.
Vendrá un tiempo en que ya no sabremos dar un nombre a lo que nos una. Su nombre se irá borrando poco a poco de nuestra memoria.
Y luego, desaparecerá por completo.

El la aborda esta vez de frente. Es la última vez. Pero permanece lejos de ella. Desde este momento ella es intocable. Llueve. Están bajo la marquesina de una tienda.

EL.— Tal vez es posible que te quedes.

ELLA. — Lo sabes perfectamente. Más imposible aún que separarnos.

EL. — Ocho días.

ELLA. — No.

EL. — Tres días.

ELLA. — ¿El tiempo de qué? ¿De vivir de esto? ¿O de morir por ello?
EL. — El tiempo de saberlo.

ELLA. — Eso no existe. Ni el tiempo de vivir de esto, ni el de morir por ello. Así que me deja sin cuidado.

EL. — Hubiera preterido que murieras en Nevers.

ELLA. — Yo también. Pero no morí en Nevers.

La encontramos instalada en un banco de la sala de espera de la estación de Hiroshima. Otra vez ha pasado un rato. A su lado, una anciana japonesa espera. Se oye la voz de la francesa (monólogo interior) :

ELLA. — Mi olvidado Nevers, me gustaría volver a verte esta noche. Durante meses te he abrasado todas las noches, mientras mi cuerpo se abrasaba a su recuerdo.

El japonés ha entrado como una sombra y se ha sentado en el mismo banco que la anciana, en el extremo opuesto al que ella ocupa. No mira a la francesa. Su rostro está empapado de lluvia. Le tiembla ligeramente la boca.

ELLA. — Mientras mi cuerpo se abrasa ya a tu recuerdo. Me gustaría volver a ver Nevers... el Loire.

Nevers.

Hermosos álamos del Niévre, os doy al olvido.

La palabra "hermosos" ha de decirse igual que la palabra amor.

Historia de tres al cuarto, te doy al olvido.

Ruinas de Nevers.

Una noche lejos de ti y yo esperaba el día como una liberación.

Las "bodas" de Nevers.

Un día sin sus ojos y ella se muere.
Muchachita de Nevers.
La pequeña que correteaba por Nevers.
Un día sin sus manos y ya cree en la desdicha de amar.
Muchachita de nada.
Muerta de amor en Nevers.
Pequeña rapada de Nevers, yo te doy al olvido esta noche.
Historia de tres al cuarto.
Igual que pasó con él, el olvido empezará por tus ojos.
Lo mismo.
Luego, como pasó con él, el olvido llegará a tu voz.
Igual.
Después, como pasó con él, triunfará de ti por completo, poco a poco.
Te convertirás en una canción.

ELLA. — [A eso de las siete de la tarde, en verano, dos multitudes se cruzan en el bulevar de la République, apaciblemente, preocupadas con sus compras. Muchachas de pelo largo que ya no ofenden a su patria. Me gustaría volver a ver Nevers. Nevers. Tan estúpido que da grima.]

ELLA. — [En aquel sótano de Nevers sentí el amor de aquel hombre. Sentí el amor por ti.
En el barrio de Beausoleil, en el que mi recuerdo quedó como un ejemplo que no hay que seguir, sentí tu amor.]
[Precisamente porque en el barrio de Beausoleil quedó mi recuerdo como un ejemplo que no hay que seguir, llegué a estar, un día, libre de amarte. Nunca me hubiera atrevido a quererte de no haber dejado en Beausoleil aquel indigno recuerdo. Yo te saludo, Beausoleil, y me gustaría volver a verte esta noche, Beausoleil, tan estúpido que da grima.]

El japonés está separado de ella por la anciana japonesa.
Saca un cigarillo, se endereza ligeramente y tiende el paquete a la francesa.
"Es todo cuanto puedo hacer por ti, ofrecerte un cigarrillo, como se lo ofrecería a cualquiera, a esta anciana." Ella no fumará.
Se lo ofrece a la anciana, le da fuego.
El bosque de Nevers desfila en medio del crepúsculo. Y Nevers. Mientras, el altavoz de la estación de Hiroshima anuncia: "¡Hiroshima! ¡Hiroshima!" por sobre las imágenes de Nevers.
La francesa parece dormida. Hablan sobre su sueño. Hablan bajo.
Gomo la cree dormida, la anciana le pregunta al japonés:

ANCIANA. — ¿Quién es?

EL. — Una francesa.

ANCIANA. — ¿Qué pasa?

EL. — Se marcha del Japón en seguida. Nos entristece separarnos ( ).

Ella ya no está. Volvemos a encontrarla en las cercanías de la estación. Sube a un taxi. Se detiene ante una boite, "Le Casablanca", delante de la cual llega también él.
Está en una mesa sola. El se sienta en otra mesa en el lado contrario al que ella ocupa.
Es el final. El final de la noche al término de la cual se separarán para siempre.
Un japonés que estaba en la sala se dirige hacia la francesa y la aborda con estas palabras (en inglés):

EL JAPONÉS. — Are you alone?

Ella contesta sólo por señas. [Le señala o bien la silla, o bien el taburete que hay a su lado.]

EL JAPONÉS. — Do you mind talking with me a little?

El lugar está casi desierto. La gente se aburre.

EL JAPONÉS. — It is very late to be lonely?

(Se deja abordar por otro hombre para "perder" al que nosotros conocemos. Pero esto es no sólo imposible sino inútil. Le ha perdido ya.)

EL JAPONÉS. — May I sit down?

EL JAPONÉS. — Are you just visiting Hiroshima?

De vez en cuando se miran, muy poco, es horrible.

EL JAPONÉS. — Dou you like Japan?

EL JAPONÉS. — Dou you live in Paris?

El alba sigue creciendo [en los cristales.]
El monólogo interior ha cesado también.
El japonés desconocido le habla. Ella mira al otro. El japonés desconocido deja de hablarle.
Y aquí está, a través de los cristales, aterradora, "la aurora de los condenados".
La encontramos detrás de la puerta de su cuarto. Tiene la mano en el corazón. Llaman. Ella abre. El dice:

EL. — No he podido dejar de venir.

Están de pie en la habitación.
De pie uno contra otro, pero con los brazos a lo largo del cuerpo, sin tocarse en absoluto.
La habitación está intacta.
Los ceniceros están vacíos.
La aurora ha acabado de llegar. Hace sol.
Ni siquiera fuman.
La cama está intacta.
No se dicen nada.
Se miran.
El silencio del alba pesa sobre toda la ciudad. El entra en la habitación. A lo lejos, Hiroshima duerme toaavía.
De pronto, ella se sienta.
Se coge la cabeza entre las manos y gime. Sombría queja.
En sus ojos está la claridad de la ciudad. Resulta casi embarazoso, y grita de pronto:

ELLA. —¡Te olvidaré! ¡Te estoy olvidando ya! ¡Mira cómo te olvido! ¡Mírame!

El la tiene cogida por los brazos, [las muñecas], y ella permanece frente a él, con la cabeza echada hacia atrás. Se separa de él muy bruscamente.
El la asiste ausente de tí mismo, Como si ella estuviera en peligro.
La mira, mientras ella le contempla como contemplaría la ciudad y le llama de pronto muy suavemente:
Le llama "a lo lejos", maravillada. Ha conseguido anegarle en el olvido universal. Y esto la tiene maravillada.

ELLA. — Hi-ro-shi-ma.

ELLA. — Hi-ro-shi-ma. Ese es tu nombre.

Se miran sin verse. Para siempre.

EL. — Ese es mi nombre. Sí.

[Estamos sólo en esto todavía. Y ahí nos quedaremos para siempre.] Tu nombre es Nevers. Ne-vers-de-Fran-cia.



FIN

APÉNDICES


LAS EVIDENCIAS NOCTURNAS

(Notas sobre Nevers) (1)

A PROPÓSITO DE LA IMAGEN DE
LA MUERTE DEL ALEMÁN

Ambos, en plano de igualdad, son presas de este acontecimiento: la muerte de él.
No hay cólera alguna ni en uno ni en otro. Sólo la mortal añoranza de su amor.
El mismo dolor. La misma sangre. Las mismas lágrimas.
El absurdo de la guerra, el desnudo, planea sobre sus cuerpos indistintos.
Se la creería muerta, hasta tal punto muere de la muerte de él.
El trata de acariciarle la cadera, como hacía durante el amor. No lo consigue.
Se diría que ella le ayuda a morir. No piensa en si misma sino solamente en él. Y él la consuela, se excusa casi de tener que hacerla sufrir, de tener que morir.
Cuando ella está sola, en el mismo sitio en que estaban hace un momento, el dolor no se ha instalado aún en su vida. Está, sencillamente, en un indecible asombro por encontrarse sola.

SOBRE LA IMAGEN DEL JARDÍN
DESDE EL CUAL HAN DISPARADO SOBRE EL ALEMÁN

Han disparado desde este jardín como hubieran podido hacerlo desde cualquier otro jardín de Nevers. Desde todos los demás jardines de Nevers.
Sólo el azar ha hecho que fuera éste.
Desde ahora queda marcado este jardín con el signo de la trivialidad de su muerte.
Su color y su forma son desde ahora fatídicos. De ahí es de donde ha salido su muerte, para toda la eternidad.

UN SOLDADO ALEMÁN
ATRAVIESA UNA PLAZA DE PROVINCIA
DURANTE LA GUERRA

El algún lugar de Francia, al caer la tarde, cierto dia, un soldado alemán cruza una plaza de provincia.
Incluso la guerra es cotidiana.
El soldado alemán cruza la plaza como un blanco tranquilo.
Estamos en el fondo de la guerra, en el momento en que ya se desespera de que tenga salida. La gente no presta ya atención a los enemigos. La guerra se ha convertido ya en costumbre. La plaza del Campo de Marte refleja una tranquila desesperanza. El soldado alemán la siente también. Nunca se hablará bastante del tedio de la guerra. En medio de ese tedio, algunas mujeres, tras los postigos cerrados, contemplan al enemigo que camina por la plaza. Aquí la aventura se limita al patriotismo. La otra aventura debe estrangularse. Miran, eso no importa. No hay nada a hacer contra la mirada.


A PROPÓSITO DE LAS IMÁGENES DE LOS ENCUENTROS
ENTRE RIVA Y EL SOLDADO ALEMÁN

Nos hemos besado detrás de las murallas. Con la muerte en el alma, si, pero con una irrefrenable felicidad, he besado a mi enemigo.
Las murallas estaban siempre desiertas durante la guerra. Unos franceses fueron fusilados allí durante la guerra. Y después de la guerra, unos alemanes.
Descubrí sus manos cuando tocaban unas barreras para abrirlas ante mi. Muy pronto sentí deseos de castigar sus manos. Las muerdo después del amor.
En los muros de la ciudad me convertí en su mujer.
Aún no soy capaz de recordar la puerta del fondo del jardín. Allí me esperaba él, a veces durante horas. De noche sobre todo. Cada vez que yo tenía un momento de libertad. El tenía miedo.
Yo tenía miedo.
Cuando teníamos que atravesar la ciudad juntos yo caminaba delante, con miedo. La gente bajaba los ojos. Estábamos convencidos de su indiferencia. Y empezamos a ser imprudentes.
Yo le pedía que cruzara la plaza, detrás de la verja de... para poderle divisar alguna vez de día. Así que pasaba todos los días por delante de aquella verja, y yo le veía.
Entre las ruinas, en invierno, el viento gira sobre sí mismo. El frío. Sus labios estaban fríos.

UN NEVERS IMAGINARIO

Nevers, donde nací, no puede separarse de mí misma en mi recuerdo.
Es una ciudad que un niño puede recorrer.
Limitada por un lado por el Loire, por otro por las Murallas.
Más allá de las Murallas está el Loire.
Nevers puede medirse a paso de niño.
Nevers "tiene lugar" entre las Murallas, el río, el bosque, el campo. Las Murallas son imponentes. El río es el más largo de Francia, el más conocido, el más hermoso.
Nevers, por tanto, está delimitado como una capital.
Cuando yo era pequeña y lo recorría, lo creía inmenso. Su sombra, en el Loire, temblaba, haciéndolo aún más grande.
Durante mucho tiempo he conservado esta ilusión de la inmensidad de Nevers, hasta que fui una muchacha.
Entonces Nevers se cerró sobre sí mismo. Creció como crecemos nosotros. Yo no sabía nada de las demás ciudades. Necesitaba una ciudad a la medida del amor mismo. La encontré en el propio Nevers.
Decir que Nevers es una pequeña ciudad es un error del corazón y de la mente. Para mí, Nevers fue inmenso.
Hay trigo en sus propias puertas. Bosque en sus ventanas. De noche, las lechuzas llegan hasta los jardines. De modo que hay que defenderse del miedo.
El amor está vigilando como en ninguna otra parte.
Hay allí personas que esperan, solas, su muerte. Ninguna otra aventura que no sea ésa podrá hacerles desviar su espera.
En aquellas calles tortuosas se vive, pues, la linea recta de la espera de la muerte.
El amor es allí algo imperdonable. La falta, en Nevers, es el amor. El crimen, en Nevers, es la felicidad. El aburrimiento es una virtud tolerada.
Por sus suburbios circulan locos. Bohemios. Perros. Y el amor.
Hablar mal de Nevers seria también un error tanto de la mente como del corazón.

SOBRE LAS IMAGENES DE LA CANICA PERDIDA
POR LOS NIÑOS

Volvi a gritar. Y aquel dia oí un grito. Fue la última vez que me metieron en el sótano. Llegó hasta mi (la canica) con calma, como un acontecimiento.
En su interior corrían rios de colores, muy vivos. El verano moraba dentro de ella. Tenía también el calor del verano.
Yo ya sabia que no hay que comerse los objetos, comerse cualquier cosa, ni las paredes, ni la sangre de las manos de uno ni las paredes. La miré con amabilidad. Me la puse contra la boca pero sin morder.
Tal redondez, tal perfección, planteaban un problema insoluble.
A lo mejor voy a romperla. La tiro pero rebota hacia mi mano. Lo vuelvo a hacer. Y ella no vuelve. Se pierde.
Cuando se pierde, vuelve a brotar en mi algo que me resulta conocido. Vuelve el miedo. Una canica no puede morir. Lo recuerdo. Me pongo a buscar. Y la encuentro.
Gritos de los chiquillos. Tengo la canica en la mano. Gritos. Canica. Es de los niños. No. No la recobrarán. Abro la mano. Ahi está, cautiva. Se la devuelvo a los niños.

UN SOLDADO ALEMÁN
VIENE A CURARSE LA MANO
EN LA FARMACIA DEL PADRE DE RIVA

[Era pleno verano y yo llevaba Jerseys (negros). Los veranos son frios en Nevers. Veranos de la guerra. Mi padre se aburre. Las estanterías están vacias. Yo obedezco a mi padre como una niña. Miro su mano quemada. Le hago daño al curarle. Cuando levanto los ojos veo sus ojos. Son claros. Se ríe porque le hago daño. Yo no me rio.]

VELADA EN NEVERS DURANTE LA GUERRA
EL SOLDADO ALEMÁN
ACECHA EN LA PLAZA LA VENTANA DE RIVA

[Mi padre bebe y calla. Ni siquiera sé si escucha la música que estoy tocando. Las veladas son mortales pero antes de aquella noche yo aún no lo sabía. El enemigo levanta la cabeza hacia mí y sonríe apenas. Tengo la impresión de estar cometiendo un crimen. Cierro los postigos como ante un espectáculo abominable.] Mi padre, en su sillón, está medio dormido, como de costumbre. Sobre la mesa están aún nuestros dos cubiertos y el vino de mi padre. Tras los postigos, la plaza resuena como el mar, inmensa. Parecía un náufrago. Me dirijo a mi padre y le miro muy de cerca, casi tocándole. Duerme lleno de vino. No reconozco a mi padre.

VELADA EN NEVERS

Sola en mi habitación a media noche. El mar de la plaza del Campo de Marte sigue resonando tras mis postigos. Ha debido de pasar también esta noche. Yo no he abierto los postigos.

LAS BODAS DE NEVERS

Me convierto en su mujer en medio del crepúsculo, la dicha y la vergüenza. Después, la noche había caído sobre nosotros. No nos habíamos dado cuenta.
Había desaparecido de mi vida la vergüenza. Nos alegramos de ver la noche. A mí siempre me había dado miedo la noche. Aquella era una noche negra como no he vuelto a ver ninguna. Mi patria, mi ciudad, mi padre borracho, desaparecieron en ella. Juntamente con la ocupación alemana. En el mismo saco.
Noche negra de la certeza. La contemplamos con atención y después con gravedad. Luego, una a una, las montañas fueron subiendo en el horizonte.

OTRA NOTA SOBRE EL JARDÍN
DESDE EL CUAL DISPARARON CONTRA EL ALEMÁN

El amor sirve para morir más cómodamente a la vida.
Aquel jardín podría hacer creer en Dios.
Aquel hombre, ebrio de libertad, con su carabina, aquel desconocido de finales de julio del 44, aquel hombre de Nevers, hermano mío, ¿cómo iba él a saber?

A PROPÓSITO DE LA FRASE:
“Y DESPUÉS MURIÓ”

Guando aparece esta imagen, Riva no habla ya de ella.
Dar un signo externo de su dolor seria degradarlo.
Acaba de descubrirle, agonizante, en el muelle, al sol. A nosotros es a quien resulta insoportable la imagen. No a Riva. Riva ha dejado de hablarnos. Ha dejado, sencillamente.
El vive todavía.
Riva, sobre él, está en el dolor más absoluto. Está loca.
Incluso verla sonreír seria en ese momento lógico.
El dolor tiene su obscenidad. Riva es obscena. Como una loca. Su entendimiento ha desaparecido.
Era su primer amor. Es su primer dolor. Apenas si somos capaces de mirar a Riva en tal estado. No podemos hacer nada por ella. Esperar a que el dolor tome en ella una forma razonable y decente.
Fresson se muere. Esta como atado al suelo. La muerte le ha alcaneado de lleno. Su sangre corre igual que el río y el tiempo. Igual que su sudor. Se muere como un caballo, con una fuerza insospechada. Está muy ocupado en ello. Luego, sentirá una dulzura, con la llegada de ella y la certeza de la inutilidad de luchar contra su muerte. Dulzura de los ojos de Fresson. Se sonríen. Sí. Ya ves, amor mío, hasta esto era posible para nosotros. Triunfo fúnebre. Consumación. Estoy segura de no poder sobrevivirte, tanto que te sonrio.

DESPUES DE QUE EL CUERPO DEL SOLDADO ALEMÁN
HA SIDO TRASLADADO EN UN CAMIÓN,
RIVA SE QUEDA SOLA EN EL MUELLE

Aquel dia el sol era glorioso. Pero sin embargo, llegó el crepúsculo, como todos los días.
Lo que queda, en este muelle, de Riva, se reduce a los latidos de su corazón. (Ha llovido hacia el final de la tarde. Ha llovido sobre ella como ha llovido sobre la ciudad. Luego, la lluvia cesó. Después, a Riva le cortaron el pelo al rape. Y ha quedado, en el muelle, el sitio, seco, de Riva. Sitio quemado.)
En ese muelle, se diría que duerme. Cuesta trabajo reconocerla. (Los animales pasan sobre sus manos sucias de sangre.)
¿Perro?

EL DOLOR DE RIVA. SU LOCURA.
EL SÓTANO DE NEVES

Riva no habla todavía,
El verano sigue, impunemente. Toda Francia esta de fiesta. En medio del desorden y la alegría.
También los ríos siguen fluyendo impunemente. El Loire. Los ojos de Riva fluyen, como el Loire, pero ordenados por el dolor, en medio de ese desorden.
El sótano es pequeño como podría ser grande.
Riva grita igual que podría callarse. No sabe que grita.
La castigan para enseñarle que grita. Como si fuera sorda.
Hay que enseñarla a oír cuando grita.
Todo esto se lo han contado después.
Ella se desuella las manos como una imbécil. Los pájaros, sueltos por las habitaciones, se cortan las alas y no sienten nada. Riva se ensangrienta las manos y se come la sangre luego. Hace una mueca y vuelve. Un día aprendió, sobre un muelle, a que le gustara la sangre. Como un animal, una cochina. Algo hay que mirar. Riva no es ciega. Mira. No ve nada. Pero ella mira. Los pies de la gente se dejan mirar.
La gente que pasa, pasa por un universo necesario, el de ustedes y el mío, con una duración que nos es familiar.
La mirada de Riva en los pies de esas personas (tan significativos como sus rostros) tiene lugar en un universo orgánico, del que ha huido la razón. Ella mira un mundo de pies.

EL PADRE DE RIVA

El padre está cansado a causa de la guerra. No es malo. Está embrutecido por lo que le pasa y que él no ha deseado. Va vestido de negro.

LA MADRE DE RIVA

La madre vive. Mucho más joven que el padre. Lo que más quiere en el mundo es su hija. Cuando Riva grita, se vuelve loca por ella. La madre tiene miedo de que vuelvan a hacerle daño a su hija. Ella lleva toda la casa. No quiere que Riva muera. Con su hija es de una ternura brutal. Pero de una ternura sin límites. Al contrario que el padre, ella no ha perdido la esperanza respecto a Riva.
La bajan al sótano como si tuviera diez años. Riva, entre los dos, va vestida de claro. Camisón de encaje, de jovencita, hecho por la madre, por una madre que siempre se olvida de que su hija crece.


RIVA EN EL SÓTANO DE NEVERS
Y EN SU HABITACIÓN DE NIÑA

Riva está en un rincón del sótano, toda de blanco. Sigue ahí como podría estar en cualquier otro sitio. Sigue con los mismos ojos de Loire. Los del muelle. Absuelta. Infancia aterradora.
Es la noche en que recobra la razón. En que recuerda que es la mujer de un hombre. También a ella el deseo la ha alcanzado de lleno. El que él haya muerto no quita que ella le desee. No puede más de deseo de él, muerto. Cuerpo vacío, jadeante. Tiene la boca húmeda. Su postura es la de una mujer llena de deseo, impúdica hasta la vulgaridad. Más impúdica que en ninguna otra parte. Repugnante. Desea a un muerto.

RIVA TOCA LOS OBJETOS DE SU HABITACIÓN
"RECUERDO HABER VISTO YA..."

Cualquier cosa puede ser vista por Riva en este estado. Todo un conjunto de objetos, o cada uno de ellos por separado. Igual da. Todo será visto por ella.

RIVA LAME EL SALITRE DEL SÓTANO

A falta de otra cosa, el salitre también se come. Sal de piedra. Riva se come las paredes. Las besa también. Está en un universo de paredes. El recuerdo de un hombre se encuentra entre esos muros, incorporado a la piedra, al aire, a la tierra.

ENTRA UN GATO EN EL SÓTANO DE NEVERS

El gato, siempre igual a sí mismo, entra en el sótano. Riva ha olvidado que existían los gatos.
Los gatos son completamente domésticos. Sus ojos no están domesticados. Los ojos del gato y los ojos de Riva se parecen y se miran. Vacíos. Es casi imposible sostener la mirada de un gato. Riva sí puede.
Penetra poco a poco en la mirada del gato. En el sótano ya sólo hay una mirada, la del gato-Riva.
La eternidad escapa a todo calificativo. Eso no es ni bonito ni feo. ¿Puede ser un guijarro, el ángulo brillante de un objeto? ¿La mirada del gato? Todo a la vez. El gato que duerme. Riva que duerme. El gato que vela. ¿El interior de la mirada del gato o el interior de la mirada de Riva? Pupilas circulares en las que nada se queda prendido. Inmensas. Circos vacíos. En los que el tiempo resuena.

LA PLAZA DE NEVERS VISTA POR RIVA

La plaza sigue. ¿A dónde va esa gente? Tienen su razón. Las ruedas de bicicleta parecen soles. Se mira mejor lo que se mueve que lo que no se mueve. Ruedas de bicicletas. Los pies. Todo se mueve sin cambiar de sitio.
A veces, es el mar. Incluso bastante regularmente es el mar. Más adelante sabrá que lo que ella toma por el mar, es la aurora. Le da sueño, la aurora, el mar.

RIVA, ECHADA, CON LAS MANOS EN EL PELO

Desde el momento que no está muerta, su pelo vuelve a crecer. Tenacidad de la vida. De día y de noche, sus cabellos crecen. Bajo el pañuelo, poco a poco. Me acaricio la cabeza suavemente. Resulta más agradable de tocar. Ya no pincha los dedos.

EL CORTE DE PELO DE RIVA EN NEVERS

Le cortan el pelo al rape.
Lo hacen casi distraídos. Vamos a hacerlo. Aunque tenemos bastantes más cosas que hacer en otra parte. Pero cumplimos con nuestro deber.
El viento caliente que llega a la plaza recorre el lugar. Y sin embargo, se está más fresco que en ningún otro sitio.
La muchacha que están rapando, es la hija del farmacéutico. Casi tiende la cabeza a las tijeras. Casi ayuda a la operación, como con un automatismo adquirido, ya. A la cabeza le sienta bien que la rapen, así está más ligera. (Está llena de cabellos que le han caído encima.)
En algún lugar de Francia están cortándole el pelo al rape a alguien. Aquí, a la hija del farmacéutico. Con el viento del atardecer llega la Marsellesa hasta la galería y estimula al ejercicio de una pronta y estúpida justicia. No tienen tiempo para ser inteligentes. La galería es un teatro en el que no se representa nada. Nada. Hubiera podido representarse algo pero no ha tenido lugar la representación.
Una vez rapada, la muchacha sigue esperando. Está a su disposición. Se ha hecho mucho daño en la ciudad. Eso es bueno. Da hambre. Esta chica tiene que marcharse. Está feo, tal vez es hasta repugnante. Como parece querer quedarse ahí, hay que echarla. La echan como si fuera una rata. Pero no puede subir la escalera muy deprisa, todo lo deprisa que sería de desear. Se diría que tiene ante ella un tiempo inmenso. Se diría que esperaba algo más que no ha sucedido. Que está casi decepcionada de tener que moverse aún, avanzar las piernas, desplazarse. Encuentra que la barandilla está para ayudarse a hacer todo eso.

A MEDIANOCHE, RIVA VUELVE A CASA, CON EL PELO
CORTADO AL RAPE

Riva mira a su madre que viene hacia ella. "Y decir que tú me echaste al mundo" no sería bastante para expresar la mirada de Riva. Lo que mejor la explicaría es: "¿Qué quiere decir esto?".
Riva frunce tal vez algo las cejas e interroga al cielo, a su madre. Ha llegado al límite exacto de sus fuerzas. Cuando su madre llegue a ella, estará más allá de sus fuerzas y caerá en brazos de su madre como desvanecida. Pero sus ojos permanecerán abiertos. Lo que en ese momento ocurre entre Riva y su madre es sólo físico. La madre cogerá a Riva con destreza. Conoce muy bien el peso de su hija. Riva se apretará contra el cuerpo de su madre, donde, desde que era niña, está acostumbrada a esperar que pasen las penas.
Riva tiene frío. Su madre le frotará los brazos y la espalda. Besará la cabeza afeitada de su hija sin darse cuenta. Sin patetismo alguno, nada. Su hija vive. Es una dicha, relativamente. Se la lleva a casa.
La arranca literalmente, hay que arrancarla de ese árbol. Riva pesa en ese momento lo mismo que pesará después de muerta.




RETRATO DE RIVA.
LA VUELTA DE LA RAZÓN

Da vueltas sobre sí misma. Ha pasado tiempo.
Su locura es ahora movediza. Tiene que moverse. Da vueltas sobre sí misma. El círculo va cerrándose pero se hará añicos. Es la última época.
El rostro de Riva está como enyesado. Ese rostro no ha servido desde hace meses. Los labios se han hecho delgados. La mirada puede adelgazar. Y el cuerpo no significar ya nada. El cuerpo de Riva, cuando ella da vueltas, no sirve más que para aguantar la cabeza. Ella le llama todavía, pero lentamente y a intervalos muy largos. Recuerdo del recuerdo. El cuerpo está sucio, deshabitado. Va a ser libre, lo será de un momento a otro. Va a estallar el círculo. Ella destruye un orden imaginario, vuelca objetos; los mira del revés.

LOCURA DE RIVA

Cuando al mirar los ángulos bajos de la habitación reconoce algo, le tiemblan los labios. ¿Sonríe o llora? Es lo mismo. Escucha. Se diría que está preparando una mala jugada. Pero no. Escucha solamente las campanas de San Esteban. Consumación total del dolor. Escucha el ruido de la ciudad. Luego vuelve de nuevo sobre sí misma. De pronto se estira. La razón que ella recobra asusta. Aparta algo con los pies, ¿qué? Sombras.

RIVA LLEGA AL MUELLE DEL LOIRE,
A LAS DOCE DEL MEDIODÍA

Riva llega a lo alto de la escalera del muelle como una flor.
Falda redonda y corta. Nacimiento de los muslos y de los senos.

SALIDA DE RIVA, AL ALBA,
POR LOS MUELLES DEL LOIRE

Me dejan salir. Estoy muy cansada. Demasiado joven para sufrir, dicen. Hace un tiempo agradable, dicen. Ocho meses ya, dicen. Mi pelo es largo. No pasa nadie. Ya no tengo miedo. Aquí estoy. No sé a qué me preparo... Mi madre vigila mi salud con este fin. Yo vigilo mi salud. No hay que mirar demasiado el Loire, dicen. Yo lo miraré.
Pasan algunas personas por el puente. A veces la vulgaridad es impresionante. Es la paz, dice la gente. Esas personas son las que me raparon. Nadie me ha rapado. El Loire es quien me coge los ojos.
Lo miro y no consigo apartarlos del agua. No pienso en nada, en nada. Qué orden.

RIVA SE MARCHA A PARÍS, DE NOCHE

Qué orden. Tengo que marcharme. Me voy. En medio de un orden restablecido. Nada más que existir puede pasarme. De acuerdo.
Hace una buena noche. Dejo el Loire. El Loire está todavía al fondo de todos los caminos. Paciencia. El Loire desaparecerá de mi vida.

NEVERS

(A título informativo)


RIVA CUENTA ELLA MISMA SU VIDA EN NEVERS

A las siete de la tarde, la catedral de San Esteban daba la hora. La farmacia cerraba.
Educada en la guerra, yo no le prestaba la menor atención, a pesar de mi padre, que me hablaba de ella todas las noches.
Yo ayudaba a mi padre en la farmacia. Era preparadora. Acababa de terminar la carrera. Mi madre (1) vivía en un departamento del sur. Iba a verla varias veces al año, en vacaciones.
A las siete de la tarde, en invierno y en verano, tanto en las noches negras de la ocupación como en los soleados días de junio, la farmacia cerraba. A mí siempre me parecía demasiado pronto. Subíamos a las habitaciones del primer piso. Todas las películas eran alemanas, o casi todas. El cine me estaba prohibido. El Campo de Marte, bajo las ventanas de mi habitación, de noche, se hacía aún más grande.
El Ayuntamiento no tenía bandera. Tengo que remontarme a mi primera infancia para recordar los faroles encendidos.
Cruzaron la línea de demarcación.
Llegó el enemigo. Hombres alemanes atravesaban la plaza del Campo de Marte cantando, a horas fijas. A veces venía alguno a la farmacia.
Vino también el toque de queda.
Luego Stalingrado.
Fusilaron hombres junto a las murallas.
Otros hombres fueron deportados. Otros escaparon para unirse a la Resistencia. Algunos se quedaron allí, llenos de susto y de riquezas. El mercado negro hizo su agosto. Los niños del barrio obrero de San... se morían de hambre mientras en el "Grand Cerf" se comía foie gras.
Mi padre daba medicinas a los niños del barrio de San... Yo se las llevaba dos veces por semana, al ir a clase de piano, después de cerrar la farmacia. A veces volvía tarde. Mi padre me acechaba detrás de los postigos. Algunas noches, mi padre me pedía que tocara el piano para él.
Cuando terminaba de tocar, mi padre se quedaba silencioso, y su desesperación se hacía más patente. Pensaba en mi madre.
Cuando terminaba de tocar, por la noche, así, asustada del enemigo, mi juventud se me echaba encima. Pero no le decía nada a mi padre. El me decía que yo era su único consuelo.
Los únicos hombres de la ciudad eran alemanes. Yo tenía diez y siete años.
La guerra no se acababa nunca. Mi juventud era interminable. No conseguía salir ni de la guerra ni de mi juventud.
Morales de orden diverso llenaban ya mi espíritu de confusión.
El domingo era fiesta para mí. Bajaba toda la ciudad en bicicleta para ir a Ezy a buscar la mantequilla que requería mi crecimiento. Iba bordeando el Niévre. A veces, me detenía debajo de un árbol y me impacientaba por lo larga que era la guerra. Mientras que yo crecía hacia y contra el ocupante. Hacia y contra aquella guerra. Siempre me gustaba mucho ver el río.
Un día, un soldado alemán vino a la farmacia a curarse una mano quemada. Estábamos solos los dos en la farmacia. Yo le curaba la mano tal como me habían enseñado, con odio. El enemigo me dio las gracias.
Volvió. Estaba mi padre y me pidió que me ocupara yo.
Y otra vez le curé la mano, en presencia de mi padre. Yo no levantaba los ojos hacia él, tal como me habían enseñado.
Pero aquella noche sentí un especial cansancio de la guerra. Se lo dije a mi padre. No me contestó.
Toqué el piano. Luego apagamos. Me pidió que cerrara los postigos.
En la plaza, apoyado en un árbol, había un muchacho alemán con una mano vendada. Le reconocí en la oscuridad por la mancha blanca que su mano ponía en la sombra. Fue mi padre quien cerró la ventana. Y por primera vez en mi vida supe que un hombre me había estado escuchando tocar el piano.
Aquel hombre volvió al día siguiente. Y entonces vi su cara. ¿Cómo seguir evitándolo? Mi padre vino hacia nosotros. Me apartó y le comunicó a aquel enemigo que su mano no necesitaba ya cuidado alguno.
Aquella noche mi padre me pidió expresamente que no tocara el piano. Bebió mucho más vino que de costumbre, en la mesa. Yo obedecí a mi padre. Me pareció que se había vuelto algo loco. Me pareció borracho o loco.
Mi padre quería a mi madre con amor, locamente. Seguía queriéndola. El estar separado de ella le hacía sufrir mucho. Desde que ella no estaba, mi padre se había dado a la bebida.
A veces, se iba a verla y me confiaba la farmacia.
Se fue al día siguiente, sin volver a hablarme de la escena de la víspera.
Al día siguiente era domingo. Llovía. Yo me dirigía a la granja de Ezy. Me detuve, como de costumbre, bajo un álamo, junto al río.
El enemigo llegó junto a mí, bajo aquel mismo árbol. Iba también en bicicleta. Tenía la mano curada.
No se marchaba. La lluvia caía, espesa. Luego salió el sol, en medio de la lluvia. Dejó de mirarme, sonrió, y me pidió que observase cómo a veces el sol y la lluvia podían estar juntos, en verano.
Yo no dije nada. Pero miré la lluvia.
Entonces me dijo que me había seguido hasta allí. Que no se iría.
Yo me marché. El me siguió.
Durante todo un mes, me estuvo siguiendo. Ya no me detuve más junto al río. Nunca. Pero él estaba apostado allí, todos los domingos. Cómo no iba a saber que estaba allí por mí.
No le dije nada a mi padre.
Empecé a soñar con un enemigo, de día y de noche.
Y en mis sueños, la inmoralidad y la moral se mezclaron de tal forma que pronto fue imposible distinguir una de otra. Cumplí veinte años.
Una noche, en el barrio de San..., al doblar una esquina, alguien me cogió por los hombros. Yo no le había visto llegar. Era de noche, las ocho y media de la noche, en julio. Era el enemigo.
Nos encontrábamos en los bosques. En las trojes. Entre las ruinas. Y luego, en habitaciones.
Un día, mi padre recibió un anónimo. Empezaba el desastre. Estábamos en julio de 1944. Yo negué.
Fue también bajo los álamos que bordean el río donde él me comunicó su marcha. Salía para París al día siguiente, en camión. Era feliz porque aquello era el final de la guerra. Me habló de Baviera, donde yo tenía que ir a reunírmele. Donde teníamos que casarnos
Había ya disparos por la ciudad. La gente arrancaba las cortinas negras. Las radios funcionaban de día y de noche. A ochenta kilómetros de allí, convoyes alemanes yacían por las torrenteras.
Yo exceptuaba a aquel enemigo de todos los demás.
Era mi primer amor.
Ya no era capaz de vislumbrar la menor diferencia entre su cuerpo y el mío. Ya no era capaz de ver entre su cuerpo y el mío más que una escandalosa semejanza.
Su cuerpo se había convertido en el mío, yo ya no conseguía distinguirlo. Yo me había convertido en la negación viviente de la razón. Y todas las razones que hubieran podido oponerse a aquella falta de razón, yo las habría barrido, y cómo, como castillos de naipes, y como, precisamente, por razones puramente imaginarias. Que quienes no hayan sabido nunca lo que es verse así desposeídos de sí mismos, me arrojen la primera piedra. Yo ya no tenía más patria que el amor mismo.
Le dejé una nota a mi padre. Le decía que el anónimo había dicho la verdad: que quería a un soldado alemán desde hacía seis meses. Que quería seguirle a Alemania.
En Nevers, la resistencia flanqueaba ya al enemigo. Ya no había policía. Volvió mi madre.
El se iba al día siguiente. Habíamos quedado en que me llevaría en su camión, debajo de las lonas de camuflaje. Nos imaginábamos que podríamos no separarnos nunca.
Volvimos a ir al hotel, otra vez. Al amanecer él se marchó a reunirse con su acantonamiento, hacia San Lázaro.
Debíamos encontrarnos a las doce del mediodía, en el muelle del Loire. Cuando llegué, a las doce, al muelle del Loire, aún no estaba muerto del todo. Habían disparado desde un jardín del muelle.
Permanecí echada sobre su cuerpo todo el día y toda la noche siguiente.
Al otro día vinieron a buscarle y le metieron en un camión. Aquella noche se liberó la ciudad. Las campanas de San Lázaro llenaron la ciudad. Me parece que sí, que lo oí.
Me metieron en un almacén del Campo de Marte. Allí, algunos dijeron que había que pelarme al rape. A mí me daba igual. El ruido de las tijeras en la cabeza me dejó completamente indiferente. Cuando estuvo hecho, un hombre de unos treinta años me llevó por las calles. Hubo seis que me rodearon. Cantaban. Yo no sentía nada.
Mi padre, detrás de los postigos, debió de verme. La farmacia estaba cerrada a causa de la deshonra.
Me volvieron a llevar al almacén del Campo de Marte. Me preguntaron qué quería hacer. Yo dije que me daba lo mismo. Entonces me aconsejaron que volviera a casa.
Eran las doce de la noche. Escalé el muro del jardín. Hacía muy buen tiempo. Me eché en la hierba para morir. Pero no me morí. Tuve frío.
Estuve llamando a mamá mucho tiempo... Hacia las dos de la madrugada se iluminaron los postigos.
Me hicieron pasar por muerta. Y viví en el sótano de la farmacia. Podía ver los pies de la gente, y, de noche, la gran curva de la plaza del Campo de Marte.
Me volví loca. De maldad. Según parece, le escupía a mi madre en la cara. Guardo pocos recuerdos de aquel período en que me volvió a crecer el pelo. Sólo recuerdo que le escupía a mi madre a la cara.
Después, poco a poco, empecé a distinguir el día de la noche. Empecé a darme cuenta de que la sombra llegaba a los ángulos de las paredes del sótano hacia las cuatro y media y de que el invierno, una vez, se terminó.
De noche, ya tarde, me dejaban salir a veces con capucha. Y sola. En bicicleta.
Tardó un año en crecerme el pelo. Sigo creyendo que si los individuos que me lo cortaron al rape hubieran pensado en el tiempo que hace falta para que el pelo vuelva a crecer hubieran vacilado antes de pelarme. Por la falta de imaginación de los hombres es por lo que fui deshonrada.
Un día, vino mi madre para darme de comer, como solía hacer. Me comunicó que había llegado el momento de marcharme. Me dio dinero.
Me marché a París en bicicleta. El camino era largo pero hacía calor. Era verano. Cuando llegué a París, al cabo de dos noches y un día, la palabra Hiroshima aparecía en todos los periódicos. Era una noticia sensacional. Mis cabellos tenían ya una longitud decente. Nadie fue rapado.

RETRATO DEL JAPONES

Es un hombre de unos cuarenta años. Alto. Tiene una cara muy "occidentalizada".
La elección de un actor japonés de tipo occidental debe interpretarse de la siguiente manera:
Un actor japonés de tipo japonés muy acusado se expondría a que la gente creyera que la francesa es seducida por el protagonista porque es japonés. Por consiguiente, caeríamos, tanto si se quiere como si no, en la trampa del exotismo, y en el involuntario racismo inherente necesariamente a todo exotismo.
El espectador no debe decir: "¡Qué seductores son los japoneses!", sino: "¡Qué seductor es ese hombre!".
Esta es la razón de que sea preferible atenuar la diferencia de tipo entre los dos héroes. Si el espectador no olvida nunca que se trata de un japonés y una francesa, el alcance profundo de la película desaparece. Si el espectador lo olvida, se consigue ese profundo alcance.
Monsieur Butterfly no hace al caso. Como tampoco Mademoiselle de Paris. Hay que contar con la función igualitaria del mundo moderno. Y hacer trampas incluso para transcribirla. Sin eso, ¿qué interés tendría hacer un film franco-japonés? Es preciso que ese film franco-japonés no parezca nunca franco-japonés, sino anti-franco-japonés. Sería una victoria.
De perfil, casi podría ser francés. Frente alta. Boca ancha. Labios pronunciados pero duros. Ninguna afectación en el rostro. Ningún ángulo bajo el cual pudiera aparecer una imprecisión (una indecisión) en los rasgos.
En resumen, es de tipo "internacional". Su seducción debería ser inmediatamente reconocible por todo el mundo como la de los hombres que han llegado a la madurez sin cansancio prematuro, sin subterfugios.
Es ingeniero. Hace política. Esto no es una casualidad. Las técnicas son internacionales. El juego de las coordenadas políticas también lo es. Ese hombre es un hombre moderno. Listo en lo esencial. No estaría profundamente desplazado en ningún país del mundo.
Coincide con su edad, tanto física como moralmente.
No ha "hecho trampas" con la vida. No ha tenido que hacerlo: es un hombre a quien su existencia ha interesado siempre lo bastante como para no "arrastrar" tras de sí un mal de adolescencia que tan a menudo hace, de los hombres de cuarenta años, falsos jóvenes aún a la búsqueda de algo que hacer, para parecer seguros de sí mismos. El, si no está seguro de sí, es por buenas razones.
No tiene una verdadera coquetería pero tampoco es descuidado. No es un donjuán. Tiene una mujer a la que quiere, y dos hijos. No obstante le gustan las mujeres. Pero nunca ha hecho carrera "de mujeriego". Cree que ese tipo de carrera es una carrera de despreciable sustitutivo, y algo más sospechoso. Que quien no ha sabido nunca lo que es el amor de una sola mujer no ha conocido el amor y ni siquiera la virilidad.
Por eso mismo es por lo que vive con esa joven francesa una auténtica aventura, aunque sea fortuita. Porque no cree en el valor de los amores fortuitos es por lo que vive con la francesa un amor fortuito con esa sinceridad, con esa violencia.

RETRATO DE LA FRANCESA

Tiene treinta y dos años.
Es más atractiva que guapa.
En cierto modo podría llamársela también a ella "The Look". Todo en ella, palabra, movimiento, "pasa por su mirada".
Esa mirada se olvida de sí misma. Esa mujer mira por su cuenta. Su mirada no consagra su comportamiento, sino que lo desborda siempre.
En el amor, sin duda, todas las mujeres tienen bonitos los ojos. Pero a ésta, el amor la arroja al desorden del alma (elección voluntariamente stendhaliana del término) algo más pronto que a las demás mujeres. Porque está más "enamorada del amor mismo" que las demás mujeres.
Sabe que de amor no se muere. Ella tuvo, en el curso de su vida, una espléndida ocasión de morir de amor. No murió en Nevers. Desde entonces, y hasta este día, en Hiroshima, en que conoce a ese japonés, arrastra en ella, con ella, el "vacío del alma" de una mujer que vive en prórroga con una ocasión única de decidir su destino.
No es el hecho de haber sido rapada y deshonrada lo que marca su vida, sino ese fracaso en cuestión: no murió de amor el 2 de agosto de 1944, en aquel muelle del Loire.
Esto no está en contradicción con su actitud para con el japonés en Hiroshima. Por el contrario, está en relación directa con su actividad para con ese japonés... Lo que le cuenta al japonés, es esa ocasión que, al mismo tiempo que la perdía, la definió.
El relato que ella hace de aquella ocasión perdida la transporta literalmente fuera de sí y la lleva hacia ese hombre nuevo.
Entregarse en cuerpo y alma, es eso.
Es la equivalencia no sólo de una posesión amorosa, sino también de un matrimonio.
Ella entrega a ese japonés — en Hiroshima — lo que de más caro tiene en el mundo, su propia expresión actual, su supervivencia a la muerte de su amor, en Nevers.


Por carlos.rouen.menard - 10/04/2007 20:13:17 [denunciar este mensaje]
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Opera Pampa
Opera Pampa es un espectáculo que recorre los pasajes más importantes de la historia argentina y las tradiciones gauchescas a través de danzas criollas, música y representaciones ecuestres.

La obra cuenta con libro y dirección de Héctor Berra, música de Lito Vitale y Lucho González, la dirección técnica es de Juan Carlos Baglietto y las actuaciones del Ballet Brandsen y Rodrigo Aragón. Participan del musical más de 50 bailarines, artistas y jinetes que realizan destrezas interpretando a indios, conquistadores y caudillos en un marco de música folklórica, costumbres y tradiciones de todas las regiones que componen la Argentina.




TARIFA:

Funciones: Todos los Jueves, Viernes y Sabados

Opciones, Precios y Horarios:




Opciones Tarifas Menores Horarios
Recepción y Show $ 140 Hasta 3 años Gratis 20 hs.
De 3 años a 12 años $ 60
Recepción Show Cena $ 220 Hasta 3 años Gratis 20 hs.
De 3 años a 12 años $ 90
Recepción Show Cena VIP $ 340 Hasta 3 años Gratis 20 hs.
De 3 años a 12 años $ 150




Central de Reservas e Informes: (54-11) 4777-5557
infooperapampa@la-rural.com.ar





Por carlos.rouen.menard - 02/04/2007 1:47:43 [denunciar este mensaje]
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"Bestiario Grimm"
Bestiario Grimm es un proyecto que reúne los trabajos realizados por diez dramaturgos y directores, coordinados por Alejandro Tantanian, a partir de los cuentos para niños que recopilaron los hermanos Grimm.

Los hermanos Grimm compilaron viejas historias, relatos orales, pequeñas anécdotas enloquecidas: especímenes diversos que perviven – aún hoy – de boca en boca, y que son transformados en otras historias a través del pasaje de lo oral a lo escrito y viceversa. Si un Bestiario es una colección de animales (sean o no reales), éste Bestiario toma esos relatos como “especímenes”, los colecciona haciéndoles participar en tanto que disparadores de un otro montaje, el de algunas preguntas.

El proyecto parte y es parte de una investigación: ¿de qué hablan los cuentos para niños? ¿Qué es lo que sucede al releer esos cuentos ahora, cuando ya no se es un niño? ¿Qué nos recuerdan? ¿Qué terrores esconden y cuales muestran? Sin ánimo de responder, el Bestiario Grimm enumera, describe, muestra y pone a chocar preguntas como animales de una naturaleza extrañada.

En la elección que cada uno de los diez dramaturgos/directores ha tomado, y en la definición de un montaje en particular, están las entradas a este Bestiario. Dado que provienen de experiencias profesionales y creativas diversas, el trabajo se enriquece con un acercamiento interdisciplinario en el que la figura del “curador” o “supervisor” del proceso creativo –asumida por Tantanian- es fundamental. El espectador podrá así atravesar los cuentos trabajados desde el recorte o punto de vista de estos dramaturgos.

Dice ALejandro Tantanian: “En el principio fueron los cuentos: y nosotros -los niños- encerrados en las sábanas, bajo mantas o frazadas: las manos aferrando el borde de la tela, apresando esa pequeña isla que era nuestra única tabla de salvación frente al naufragio del miedo. El miedo es el planeta de los Grimm y nosotros -cuando niños- orbitábamos alrededor de él. No sabíamos, no queríamos saber, que otras edades -las adultas- nos traerían confirmaciones aún más terribles. Hoy -entonces- volvemos a contar los cuentos desde este presente en donde los cuentos parecen sólo eso: cuentos. Pero queda -sí- bajo la apariencia leve de una serie infinita de relatos la certeza de que aquellos niños que fuimos siguen aferrados al borde mordido de la sábana. El trabajo de dos años junto a este grupo de autores y directores en el marco del Curso de Dramaturgia dictado en la Escuela de Arte Dramático nos llevó a querer concretar una experiencia que diera cuenta de nuestra mirada acerca del campo teatral. Es en éste marco y no en el de la relación alumno/ docente que se inscribe Bestiario Grimm, no es una "muestra" o un trabajo de graduación o un "intento de cerrar el año académico": nada de eso. Bestiario Grimm se inscribe en la necesidad de construir un trabajo a partir del encuentro entre todos nosotros, un trabajo que promueva la diversidad y presente nueve miradas sobre el mismo objeto (nueve son los trabajos que Bestiario Grimm aglutina): los cuentos de los Hermanos Grimm.

Con ustedes, el miedo o sus consecuencias.”


Antecedentes del proyecto: Bestiario Grimm es un proyecto que desde el 2005 llevan adelante un grupo de egresados de la carrera de Dramaturgia de la Escuela de Arte Dramático de la Ciudad de Buenos Aires (EAD) bajo la coordinación de Alejandro Tantanian quien fuera docente de ellos en la materia Nuevas Dramaturgias.

Este espectáculo está motivado en el interés por investigar, discutir, enrarecer –entre otras actividades- las respuestas naturalizadas respecto de las viejas y nuevas producciones dramáticas. Entre las inquietudes que los convocaron podrían mencionarse: la necesidad o no de una “narración” para organizar la estructura dramática; la noción de montaje y la redefinición que –a partir del surgimiento del cine y de otras nuevas tecnologías- propone al hecho teatral; los cruces de disciplinas que no supongan solamente la sumatoria de actividades diversas, entre otras cuestiones.



Las obras, Los artistas:


La infancia de Adrián
Milagros Ferreyra: Dramaturgia y Dirección
Lucas Lagré: Actor
Hernán Costa: Actor
María Elena Mobi: Actriz
Victoria Agustina Funes: Actriz
Lautaro Brunatti: Diseño escenográfico
Sebastián Verea: Música
Jaime C. Avila Caro: Fotomontajes
Rodrigo Ottaviano: Fotomontajes
Laura Andreoni: Realización escenográfica
Agustina Levati: Asistente de dirección
Margarita Guzmán: Vestuario
Romina Mengarelli y Julia Clavell: Asistentes de Escenografía


Sobre llovido mojado
Sol Pérez y Ariana Harwicz: Dramaturgia y Dirección
Eva Benito: Actriz
Carla Doorn: Actriz
Ariel Hagman: Música
Pedro De Simone: Asistente de Dirección


El bosque
Paula Bartolomé: Dramaturgia y Dirección
María Zambelli: Actriz
Paul Mauch: Actor
Mora Elizalde: Actriz
Andrea Jaet: Actriz
Karina Antonelli: Diseño sonoro y trabajo coral


Berta y el lobo
Ximena Espeche: Dramaturgia y Dirección
Mariana Salinas: Dramaturgia actoral
Miguel Israilevich: Dramaturgia actoral
Gabriel Yeannoteguy: Dramaturgia actoral


Voyeur (de cuentos infantiles)
Mónica Salerno: Dramaturgia y Dirección
Marina Muñoz: Ilustración
Federico Barreiro: Diseño Escenográfico y Escenógrafía
Elizabet Gora: Objeto y Escenografía
Francisco Paciullo: Escenografía
Mercedes Rondina, Agustín Alzueta: Sonido
Celeste Palma: Asesor sonido
Lorena Salerno, Elizabeth Gora: Fotografía
Lorena Salerno: Arte digital
Lucia Cidale, Emiliano Salvado, Guadalupe Gassies, Joaquín Barreiro,
Joaquin Zuanich: Voces Infantiles

Agradecimientos: Adolfo Birman, Familia Odoriz, Celeste Palma, Tatiana Garcia Fernández y Victor Birman.

Obsidiana
Susana Villalba: Dramaturgia y Dirección
Tian Brass: Actor
Lorena Urcelay: Actriz


Las hermanas impias
Pablo Iglesias: Dramaturgia y Dirección
Clara Virasoro: Actriz
Teresa Virasoro: Actriz
Claudio Benitez: Actor
Cecilia Miserere-Pablo Iglesias: Diseño de Iluminación
Constanza Rataric: Asistente de Dirección


El ir al encuentro
Bea Odoriz: Dramaturgia y Dirección
Ariel Hagman: Música original y Preparación musical
Alejandro Gábor: Hombre
Luciana Millone, María Paula Alberdi, Silvina Peruglia: Mujeres con miembros de animal
Maximiliano Gallo: Hombre
Natalia Iñon: Mujer Lobo
Florencia Rodríguez Giles: Escultura en pelo
Madonna Mayfield: Objeto escenográfico
Javier Pollitzer: Colaboración en objeto escenográfico
Jimena Martínez Pollitzer: Vestuario

Agradecimiento especial Maestro José María Cornide, Maestro Ricardo Herman Univ. Maimónides

Trailer de la tumba del niño moral
Lautaro Vilo: Dramaturgia y Dirección
Darío Pacheco: Actor
Ruben Dellarosa: Actor
María Zambelli: Actriz
Marcela Grasso: Actriz
Luz García: Asistente de Dirección

Participan: Agustín Alzueta • Agustina Levati • Alejandro Gábor • Andrea Jaet • Ariel Hagman • Carla Doorn • Cecilia Miserere • Celeste Palma • Clara Virasoro • Claudio Benitez • Constanza Rataric • Darío Pacheco • Emiliano Salvado • Elizabet Gora • Eva Benito • Federico Barreiro • Florencia Rodríguez Giles • Francisco Paciullo • Gabriel Yeannoteguy • Guadalupe Gasies • Hernán Costa • Jaime C. Avila Caro • Javier Pollitzer • Jimena Martínez Pollitzer • Joaquín Barreiro • Joaquín Zuanich • Julia Clavell • Karina Antonelli • Laura Andreoni • Lautaro Brunatti • Lorena Salerno • Lorena Urcelay • Lucas Lagré • Lucia Cidale • Luciana Millone • Luz García • Madonna Mayfield • Marcela Grasso • Margarita Guzmán • María Elena Mobi • María Paula Alberdi • María Zambelli • Mariana Salinas • Marina Muñoz • Maximiliano Gallo • Mercedes Rondina • Miguel Israilevich • Mora Elizalde • Natalia Iñon • Paul Mauch • Pedro De Simone • Rodrigo Otaviano • Romina Mengarelli • Ruben Dellarosa • Sebastián Verea • Silvina Peruglia • Teresa Virasoro • Tian Brass • Victoria Agustina Funes
Dramaturgia y dirección: Paula Bartolomé, Ximena Espeche, Milagros Ferreyra, Ariana Harwicz, Pablo Iglesias, Bea Odoriz, Sol Pérez, Mónica Salerno, Lautaro Vilo y Susana Villalba









Dirección General: Alejandro Tantanian
Producción Ejecutiva: Luciana Zylberberg
Producción Ejecutiva: Marcelo Schostik











Centro Cultural Ricardo Rojas
Corrientes 2038
4954-5521 / 4954-5523 / 4954-5524
www.rojas.uba.ar/
P. Venta: Boleteria
Martes 13, 20 y 27 // Miercoles 14, 21 y 28, a las 21hs
Entrada(s) $10




Por carlos.rouen.menard - 02/04/2007 1:42:22 [denunciar este mensaje]
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"La duda"John Patrick Shanley
La duda
En una escuela primaria católica la Directora sospecha que un sacerdote de la parroquia ha intentado abusar de un alumno en la soledad de la sacristía. Para confirmar su convicción la religiosa inicia una investigación, intentando desenmascarar al sacerdote aún sin pruebas a la vista. ¿Es culpable el joven cura del crimen del que se lo acusa? No será sencillo llegar a la verdad y sólo hay una cosa que se puede asegurar: el camino inevitable que todos deberán recorrer, los obligará a atravesar la inquietante y reveladora experiencia de la duda.


Género:Drama
Actor:Gabriela Toscano, Fabián Vena, Magela Zanotta y Silvia Baylé
Autor:John Patrick Shanley
Dirección:Carlos Rivas
Diseño De Luces:Fernando Dopazo
Escenografía:Carlos Rivas y Martín Papanicolau
Música Original:Nico Posse
Vestuario:Gabriela Dodero
FUNCIONES PARA ESTA OBRA
Liceo
Rivadavia y Paraná - Capital Federal
4381-5745
Horarios: mié jue vie 21:00, sáb 20:00, sáb 22:30, dom 20:30.


Por carlos.rouen.menard - 02/04/2007 1:32:26 [denunciar este mensaje]
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