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El Adolescente en la Orientación Vocacional. P
El Adolescente en la Orientación Vocacional.

Francisco Mora Larch.

Si algún muchacho no encuentra su carrera, es más conveniente tener menos prisa, esperar a que el adolescente se vuelva a ubicar en su propia historia, antes que inducirlo autoritaria o demagógicamente a tomar un camino que debiera descubrir por sí mismo.


El mundo actual, cada vez más complejo en su organización, nos ha ido imponiendo a cada uno de sus miembros, tareas y relaciones sociales mucho más complicadas. Adultos, jóvenes adolescentes y niños se ven envueltos en problemas que afectan a sus vidas de manera muy marcada. Por ejemplo, basta pensar en la vida académica de los estudiantes de hoy, que se ven exigidos de aprender un cúmulo de conocimientos que no se soñaban hace treinta años y que ahora son incluso de dominio general para los sectores más avanzados y favorecidos socialmente.

Hemos visto así, que la vida académica en general se alarga temporalmente: niños y adolescentes permanecen mucho más tiempo en las aulas, y estando en casa, deben aún dedicar varias horas a preparar el material de sus tareas y obligaciones escolares. No sólo los períodos sino también los años de escolarización se han expandido tanto, que a los 18 años, un joven lleva catorce escolarizados. Esta exigencia social-familiar e incluso personal lleva a adentrarse tanto en los estudios que muchas veces el sentido de los mismos, el para qué se estudia, se esfuma del campo visual, llevando al muchacho a una duda esencial: la duda vocacional.

Pero esta última está de entrada, multi-determinada, siendo factor clave en su aparición, la llamada crisis de identidad. De hecho, el proceso que marca al adolescente, es el de una verdadera metamorfosis en el sentido más kafkiano del término, una especie de revolución generada por el proceso de madurez biológica que acelera cambios en este nivel y trastoca al órgano de control del individuo: el Yo del sujeto, que experimenta también cambios radicales y acelerados que nadie puede detener, que se puede intentar controlarlos o verlo como un proceso al que se puede acompañar y guiar (¿qué proceso nos toco vivir?).

La esencia del sujeto se ve comprometida, ya que este tipo de cambios son verdaderas re-estructuraciones. ¿Qué es lo que se quiere?, o ¿Qué se quiere ser? A este tipo de preguntas, los padres intentan responder, incluso antes que el adolescente mismo, como si la urgencia por la elección de una carrera se desplazara del adolescente a los padres.

Al adolescente parece no importarle, y es que a fin de cuentas, lo sepan los padres o no, son ellos principalmente los que han modelado los gustos y preferencias de los hijos, y claro, lo que han anhelado en su niñez o juventud y que no consiguieron, es lo que por lo regular anhelan para sus hijos, lo que supone ya una orientación y una forma de inducir la vocación para aquellos (por eso, muchos orientadores piensan que la vocación se forja ya, aún antes de nacer el bebé).

Sin una curiosidad por el futuro, no se puede elegir una carrera. ¿Qué futuro queremos? Esta curiosidad, cuando logra desbloquearse, es signo de que la vida interior vuelve a tomar un nuevo ritmo en el desarrollo. Pensemos entonces a la vocación como un proceso, con una historia que tiene un inicio, un desarrollo y un cierre, cierre que puede ser re-abierto.

Lo que un adolescente quiere o desea, profesionalmente hablando, por más disparatado que sea, tiene una correspondencia en las relaciones y en las formas de relación que ha establecido con sus padres e incluso con sus hermanos y el ambiente familiar más amplio.

El conocimiento de la "historia" propia, lo que hace es exorcisar ideologías y valores dados como inmutables, se trata de una experiencia fantástica y fructífera porque el sujeto se revalora al poder desatarse de aquello que lo aprisionaba a una historia enajenada, porque de ella se estaba enajenado. La vocación, de este modo, es algo que empieza a construirse en los inicios de cada vida individual en el crisol de la familia.

Si entonces la vocación tiene una historia, no será negando esta sino explicitándola y rescatándola del olvido que el trabajo de orientación del técnico tendrá algún sentido, sentido que será restituido a los estudios que por exigencia social el adolescente tenía que cubrir.

El sin-sentido de estudiar por estudiar, encontrará su lugar o su significancia en un proyecto que incluye al individuo, su historia, la familia y el medio social que lo circunda. Al adolescente en este caso, le toca jugar un papel muy importante; se da cuenta que la vida social, la comunidad, apela a él, el medio lo presiona y en este presionar le va poco a poco reconociendo su adultez.

La orientación aparece así como punto de llegada de una niñez que termina. Aquí, se juega la renuncia a las ilusiones infantiles y a crear proyectos realistas y objetivos. Para que se alargue, se agrande, se amplíe la visión de un sujeto que busca orientación, es preciso partir de la percepción que el sujeto tiene del mundo inmediato, de sí mismo, de su familia, de su grupo depares, de su ciudad o de su pueblo (en términos de Pichón Riviere, se trata de indagar su esquema conceptual, referencial y operativo), y no de lo que nosotros percibimos y mucho menos pensando que el debería verlo o interpretarlo como nosotros lo hacemos.

El adolescente en la orientación .ocupa su lugar como individuo que empieza a hacerse cargo de su propio destino. De ahí que la actitud básica del orientador empiece por resolver las demandas y las dependencias infantiles, no fomentando ni respaldando técnicamente el paternalismo socio-cultural. Partimos entonces de estudiar al sujeto, pero no como ente individual, recortado de un medio que lo ha influenciado, falso humanismo.

El orientador asiste como testigo, co-partícipe de la asunción de un nuevo estatus, de aquél que paso a paso, ingresa a la vida de los adultos. Pareciera que el trabajo de un orientador fuera el de un catalizador de la crisis que atraviesa el adolescente, apoyado en el espacio creado o que se crea cuando se reúnen los pares; y es que obviamente un orientador no puede solo y no es su función hacer por otros. Su papel sería el de facilitarse, estar disponible, estar presente en una especie de “parto” socio-afectivo, donde no se exige nada, no se presiona, no se abrevia, no se juzga, sólo se acompaña y se trata de comprender.


La Dificultad de Elegir.

Siempre que hemos aceptado responder a la ayuda o asesoramiento psicológico en orientación, nos hemos preguntado por qué un adolescente (o este que tengo enfrente en particular), no puede elegir por sí mismo una carrera, en otras palabras ¿por qué no sabe lo qué quiere?, ¿Qué es lo que no anda bien en él?, ¿Por qué es incapaz de elegir su modo de vida?.

El que uno -o varios, no sepan que hacer con su vida, no implica a todo mundo, es decir, no todos tienen necesidad de orientación. Quizás muchos, la mayoría de los estudiantes de secundaria y preparatoria, mal o bien, han elegido, sea una carrera técnica o profesional, sea no estudiar o hacerse cargo del negocio del padre, pero todo esto más o menos acorde no sólo a sus intereses, deseos y posibilidades económicas e intelectuales, sino también a las posibilidades del medio externo, tanto social o comunitario como institucional.

Tomando en cuenta lo anterior, cabría inclinarnos ante este hecho como algo a ser explicado, antes que tomarlo como algo natural, por ser de frecuente aparición en la sociedad actual. Cuando hablamos de elección o de toma de una decisión, nos viene a la mente la idea de que cuando uno elige algo, esto implica también que uno renuncie a muchas otras cosas, elegir supone múltiples posibilidades de las que uno escogerá la mejor e implica una serie de renuncias que muchas veces parecen extremas.

Pongamos un ejemplo: si yo elijo a fulanita como mi pareja, esto implica -por las formas de relaciones afectivas de nuestra cultura-, que formalmente debo renunciar a todas las otras mujeres de mi comunidad, es decir, que pierdo la posibilidad de una relación privilegiada con alguna o varias de
ellas, como la que tengo con fulanita. Lo que quiero mostrar es que entre elecciones y renuncias hay una relación muy estrecha, indisoluble: a cada elección hecha, corresponde determinada renuncia.

Muchas veces el adolescente dice No me decido entre Arquitectura, Ingeniero en sistemas y Odontología". ¿Qué nos quiere decir? Que si elige una de esas opciones estará renunciando a las otras dos, incluso a las otras 30 que le ofrece su medio educativo. Aquí no vale el dicho "más vale pájaro en mano..... ”, ya que no se quiere renunciar al ciento que se ve volar. Sin embargo, si no se está seguro...¿Para qué forzar una decisión que aún no se pierde?

Pero quiero llamar la atención sobre una cuestión más acerca de la dificultad de elegir: creo que muchas veces no importa tanto la elección realizada, como la forma en que se la ha realizado, es decir, si un muchacho elige, digamos, Físico-Matemático habría que pensar en saber cómo llegó a esa decisión.

En toda elección influyen múltiples factores. Recuerdo el caso de un adolescente que en plena sesión de trabajo grupal sobre elección vocacional, comento: "Yo voy a estudiar medicina, son siete años, pero no la voy a ejercer, porque al terminar voy a estudiar LAE (Licenciado en Administración de Empresas), que es lo que a mi gusta”. A mi pregunta de por qué haría eso contestó: "ustedes no saben, pero mi padre ha decidido que yo estudie medicina porque quiere un médico en la familia, y él es una persona a la que no se le puede decir que no, así que ¿cómo le hago?".

Ante el azoro de los veinte muchachos que había en el salón de clases, debimos inducir a una discusión sobre la influencia o el poder que los padres tienen en la elección realizada. No nos asombremos, ya que es poco frecuente un caso como el mencionado, pero vale la pena el ejemplo extremo (que era real), para permitirnos pensar en las dificultades que atraviesa un adolescente para elegir una carrera, esto, sin hablar de que pueden existir serias limitaciones para elegir o decidirse por algo, pero esto será tema de otro trabajo.



¿Es de Alguna Ayuda la Orientación en la Etapa de Adolescencia?


En la práctica de la orientación vocacional, uno se encuentra la mayoría de las veces con los consabidos "consejos profesionales", diagnósticos vocacionales y el reforzamiento de elecciones que de hecho ya fueron realizadas, pero nunca reflexionadas.
Catalogar al adolescente, encerrarlo en un marco estrecho de mediciones o de observaciones experimentales, presenta siempre ciertos riesgos. En esos casos se omite siempre lo esencial: la relación del sujeto con su ser.
Así, oímos del orientador: "creo que esta carrera es la que mejor....”; o "según los tests aplicados, tu saliste bueno para..."; o también: "Profe, me decidí por Derecho" -"muy bien, muy bien, que bueno que...", etc..

Sin dudar un momento de las buenas intenciones de aquellos que ejercen la orientación de esta forma, me he preguntado hasta qué punto ayudaban o colaboraban con el adolescente a esclarecer el problema por el cual se acudió al técnico, es decir, si la orientación vocacional llevada de esta forma era útil para algo.

En la clínica del análisis vocacional, vemos por lo regular que la angustia del adolescente desborda casi siempre el marco de los motivos por los que consulta. Por ello, nunca se debe tomar al pie de la letra, y se debe oír lo que puede surgir en un discurso, más allá de la demanda manifiesta (el sujeto venía por otra cosa). Para ser sensibles a ello no se requiere formarse como orientadores. Consejos los da todo mundo, si no, que mejor consejo que el de un padre consciente para con su hijo acerca de un tema tan fundamental como este.


Con proporcionar un diagnóstico, no sucede algo distinto; cuando un orientador le dice a uno: "Ud. es bueno para..." o "Ud. está orientado para intereses...", ¿Sirve realmente de algo?

Cuestiono entonces una información que:

1. O a uno no le sirve de mucho y esto se puede constatar con el adolescente mismo; o
2. Si antes no se ha preparado al muchacho para manejar o procesar una información como esta;


Si no es así, entonces que caso tiene recetársela (lo menciono y subrayo, en referencia a una receta médica, porque se propone como una prescripción que hay que seguir, y si no, pues mal para uno).

Recuerdo a propósito, las campañas de información contra la drogadicción hechas por instituciones como los Centros de Integración Juvenil (CIJ), llevadas a los muchachos de secundarias; lo que descubren los informantes es que lo que escucha el joven no es toda la información, sino sólo la que de alguna manera y -por la historia del muchacho le resuena, es decir, le resulta significativa.

En otras palabras, nuestra escucha es selectiva y sólo procesamos o aceptamos aquello que de algún modo, tiene relación con nosotros y lo demás lo desechamos. Como dice por ahí algún pedagogo, "no es lo mismo llenar cabezas que formar cabezas", de cierta forma, esto cumple una función esencial en la crisis que atraviesa la educación en nuestro país, y los mejores programas fracasarán, mientras se siga pensando que todo es un problema de información y que es necesario que los alumnos o estudiantes "sepan más", no importa como.

Deberíamos concluir entonces que consejos, diagnósticos, o reforzamientos no sirven de mucho si uno como técnico, no está aunque sea un mínimo, empapado de la situación actual del joven, del momento por el que atraviesa (crisis de identidad), y que se vuelve importante porque justamente va a realizar una de las más importantes elecciones de su vida: la elección de su carrera técnica o profesional.


Creo que la respuesta a la pregunta que aparece como encabezado de este punto puede plantearse a partir de aclarar que la práctica de la orientación no es algo homogéneo, aunque de todos modos pueda tener una "filosofía" de base común, que es la de "orientar" a alguien que se encuentra confuso, clarificándole cosas, o ayudando a alguien a realizar una elección, etc..

Lo fundamental, es pensar que las confusiones actuales tienen una historia de malentendidos, de dobles mensajes, incluso de temores o dudas pretéritas; para ello, antes que darle cierre a una duda profesional, que como tal abre mil posibilidades, habría que interrogarla mejor (siempre y cuando el técnico no se abrume con la ansiedad); este involucrarse en el problema será un pretexto válido para acompañar al adolescente en un pequeño tramo de su vida, ofreciéndole no ayudar, sino cooperar en la resolución de su conflicto vocacional. Aquí el orientador y no la orientación, servirá de una gran ayuda.


El Adolescente y la Institución.

Analizando de cerca las instituciones educativas que se vinculan con el adolescente, nos encontramos con varias ofertas de estudio. De algún modo, la institución entonces no es tan rígida y fría en su accionar. Tenemos así que ante la cuestión vocacional, las instituciones se organizan para abordarla y hacerle frente: Identificamos, junto con Antonio Arévalo*, tres modelos:

1. El terminal
2. El propedéutico o de ensayo y
3. El bivalente o mixto

Cada uno de ellos responde en un primer momento, a las diversas situaciones económicas de la población adolescente que se ve condicionada desde aquí, a tomar cualquiera de esos tres modelos citados.

En el modelo terminal están los Conaleps, Cetis y Cetas. Para ingresar a ellos se requiere la educación media. Forman técnicos que se incorporan inmediatamente al nivel productivo de bienes y servicios. El que ingresa, lo hace con una elección vocacional tomada de antemano, ya que se inscribe en un área de especialización.

El modelo propedéutico lo asumen las preparatorias. La institución le da al adolescente el margen de jugar, de ensayar decisiones. Dice Arévalo* que “la prepa incuba o empolla la problemática vocacional”. Voy un poco más lejos al decir que el paso por aquí, incluso agudiza la crisis de identidad adolescente. El tipo particular de liberalización de la vida académica, por contraste con la secundaria, es el aspecto formal que asume la institución. Permisiva, reconoce al adolescente como no niño, delegando en él la responsabilidad por su propia formación y decisiones.

Así, pone en práctica un doble juego, ya que por otro lado lo sujeta y lo mantiene dependiente de su “no saber”, reproduciendo a través de las calificaciones el sistema de premios y castigos para el que “es buen estudiante”. De aquí, que el adolescente de preparatoria se vea torpe, bisoño y hasta grotesco. La institución, al asumir el conflicto de alguna manera lo controla, funciona como continente de las ansiedades confusionales de los adolescentes, por lo que la misma institución refleja cierto tipo de desorganización y caos interior.

El Modelo Bivalente es el de los Cebetis y Cebetas. Como tal modelo, estas instituciones aceptan los pros y contras de los dos anteriores. Al terminar sus estudios el egresado se plantea ahora la decisión de incorporarse al trabajo o estudiar una carrera profesional. Así que la cuestión vocación profesión puede desplazarse hasta el egreso.

En el primer modelo, ¿dónde intervino el técnico vocacional?; en el segundo, ¿cuál fue su papel?; en el tercero, ¿puede obviarse su intervención?


El adolescente se encuentra inserto en un proceso que esquematizo así:

Educación (en sentido amplio): → preparación para la vida social-productiva.....→

....→...Vida social, →....búsqueda e identificación, es encuentro y construcción de realidades profesionales →...Vocación y profesión, es proceso de análisis de posibilidades, construcción racional y afectiva de proyectos singulares como seres sociales.

Entonces, la práctica de la orientación con adolescentes, hace referencia a un proceso de construcción de las vocaciones individuales en un contexto social. De ahí el uso del grupo como estrategia para el trabajo con adolescentes. La vocación no es algo dado que está ya ahí, antes bien, es algo a ser construido, re-construido o incluso destruido, para determinado sujeto que se plantea simplemente qué hacer con su vida.




* Nota. Arévalo, Antonio. Comunicación personal.


Enlaces:

- GeoDescargas: http://www.geodescargas.com/control/?id=18462


Por larch - 05/09/2005 21:56:17 [denunciar este mensaje]

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